CAPÍTULO 15.
Martín llevaba tres noches durmiendo mal.
No por los cadáveres. Uno aprendía pronto que los muertos no eran quienes más ruido hacían al cerrar los ojos. Eran las incoherencias.
Elena había visto demasiadas antes de que existieran oficialmente.
El nombre de Tomás Méndez no le sorprendió. La referencia a la sal, tampoco. Cuando Martín le enseñó la libreta negra, ella no preguntó de dónde había salido ni quién la había tocado. La miró como se mira algo conocido.
Y luego estaba su desaparición parcial: horas sin localización, llamadas que no respondía, consultas de expedientes sin relación aparente con sus casos.
Martín no quería investigar a Elena.
Precisamente por eso empezó a hacerlo.
Esperó a que la comisaría quedara casi vacía y accedió al registro de consultas internas.No buscó su nombre. Eso habría dejado una trazabilidad demasiado obvia. Revisó expedientes que ella había abierto durante los últimos cinco años y los cruzó con muertes no esclarecidas.
Al principio no encontró nada.
Después encontró tres coincidencias.
Un empresario investigado por explotación laboral, muerto en un accidente de montaña dos años después del archivo.
Un proxeneta absuelto por nulidad de escuchas, hallado ahogado en una acequia.
Un entrenador denunciado por dos menores, muerto en un robo aparentemente improvisado.
Elena había consultado los tres expedientes meses antes de cada muerte.
Martín se echó hacia atrás en la silla.
—No —dijo en voz baja.
La pantalla no discutió.
Abrió las fechas.
No eran pruebas. Ni siquiera indicios suficientes. Los policías consultaban expedientes pordocenas de razones. Los tres hombres habían acumulado enemigos. Las muertes no compartían método.
Pero Elena no creía en coincidencias.
Él tampoco.
Cerró la sesión.
En el aparcamiento, la encontró apoyada junto a su coche.
—Trabajas tarde —dijo Elena.
Martín sintió un escalofrío que disimuló buscando las llaves.
—Tú también.
—Yo te estaba esperando.
—Eso no mejora la frase.
Elena no sonrió.
—¿Qué buscabas?
—Expedientes.
—Qué respuesta tan policial.
—Soy policía.
—Yo también.
El silencio cayó entre los dos.
Martín abrió el coche, pero no entró.
—¿Me seguiste?
—No.
—Entonces ¿cómo sabes que estaba buscando algo?
—Porque llevas dos días haciéndome preguntas sin formularlas.
—Quizá estoy preocupado.
—Quizá.
Elena dio un paso hacia él.
—Si empiezas a tirar de un hilo, Martín, asegúrate de saber qué harás cuando descubras que está atado a alguien que conoces.
La frase confirmó más de lo que ella parecía darse cuenta.
—¿Eso es una amenaza?
—Es un consejo.
—De amiga o de inspectora.
Elena bajó la mirada un instante.
—No sé hacer muy bien ninguna de las dos cosas.
Martín la observó. Bajo la luz blanca del aparcamiento parecía más cansada que peligrosa. Y eso le resultó peor.
—Hay tres muertos —dijo.
Elena no se movió.
—Hay muchos más.
—Tres que tú consultaste antes de que murieran.
Ahora sí vio el cambio: mínimo, una tensión en la mandíbula.
—¿Has entrado en mis registros?
—Son registros de la policía.
—No es lo que he preguntado.
—Sí.
Elena miró alrededor. No había nadie.
—¿Y qué crees que has encontrado?
—No lo sé.
—Entonces no has encontrado nada.
—Eso quiero creer.
—Creer no es investigar.
—Tampoco lo es esconder.
Durante unos segundos, Martín pensó que ella se marcharía.
En lugar de eso, Elena se acercó hasta quedar a menos de un metro.
—Si supieras que alguien es culpable —dijo—, no porque lo sientas, no porque te caiga mal, sino porque has visto pruebas suficientes para estar seguro... y supieras también que nunca será condenado, ¿qué harías?
Martín sintió que aquella era la primera pregunta sincera que Elena le hacía en años.
—Seguiría buscando una forma legal.
—¿Y si no existe?
—Entonces viviría con eso.
—Qué fácil.
—No he dicho que fuera fácil.
Elena apartó la vista.
—¿Y la víctima? ¿También tiene que vivir con eso?
—A veces sí. Y es una mierda. Pero si yo decido quién merece morir, dejo de ser policía.
—Puede que ser policía no sea lo más importante.
—Para ti tampoco debería serlo.
Elena lo miró.
—¿Qué debería serlo?
Martín tardó un momento.
—No convertirte en aquello que persigues.
Ella sonrió sin humor.
—Eso solo lo dicen quienes creen que la frontera está bien iluminada.
Se dio la vuelta.
—Elena.
Ella se detuvo.
—Si estás metida en algo, déjame ayudarte antes de que tenga que decidir si te detengo.
No volvió la cabeza.
—Ese es el problema, Martín. Siempre crees que ayudar y detener son cosas distintas.
Se alejó.
Martín se quedó junto al coche, con las llaves en la mano.
Deseó que su investigación estuviera equivocada.
Y por primera vez supo que probablemente no lo estaba.