CAPÍTULO 14.
Martín estaba sentado en el capó del coche de Elena cuando ella llegó a casa.
— Tienes una habilidad especial para aparecer donde no te llaman —dijo ella.
—Y tú para desaparecer cuando más te buscan.
Elena abrió el portal.
—No estoy de servicio.
—No hablo de servicio.
Ella se detuvo.
Martín llevaba la misma carpeta de la fotografía.
—¿Qué hay ahí?
Él la levantó ligeramente.
—La razón por la que me seguiste.
Elena no cambió el gesto.
—No sé de qué hablas.
—Sí. Sabes seguir a la gente, Elena. Pero a veces olvidas que yo también soy policía.
Durante unos segundos ninguno habló.
—Sube —dijo ella.
Martín entró por primera vez en su apartamento. Elena lo dejó en el salón. No miró hacia la estantería que ocultaba el archivo.
—El edificio del extrarradio es un depósito judicial clausurado —explicó Martín—. Allí guardan cajas que nadie ha digitalizado. Casos antiguos, anexos, copias duplicadas.
—¿Y qué hacías allí?
—Buscando a una niña desaparecida en 2005.
Elena sintió un golpe seco en el pecho.
—¿Por qué?
Martín abrió la carpeta.
Había fotografías de tres adolescentes. Informes de centros educativos. Hojas con sellos distintos.
—Porque las tres pasaron por programas de intervención vinculados a una fundación llamada Horizonte. Y porque una de ellas dejó dibujado este símbolo.
Mostró una hoja.
Una espiral con tres ramificaciones.
Elena la había visto en el pecho de Varela, aunque entonces parecía incompleta.
—¿Qué tiene que ver conmigo?
Martín sacó una fotocopia más antigua.
El encabezado decía: SARA DUARTE. DESAPARICIÓN DE MENOR.
Elena dejó de respirar durante un instante.
—¿Por qué tienes eso?
—Porque alguien accedió al expediente hace tres semanas. Desde una credencial antigua que debería estar anulada. Seguí el rastro hasta el depósito.
—¿Quién?
—No lo sé. Pero encontré un anexo que nunca llegó al archivo principal.
Le entregó una hoja.
Constaba una derivación de Sara a «evaluación psicoeducativa externa». Firma de un doctor: Gabriel S. Cardona.
—No recuerdo esto —dijo Elena.
—Tal vez porque eras menor y tu madre no te contó todo.
—Yo tenía diecisiete.Recordaría a un psiquiatra metido en mi casa.
Martín la observó.
—También hay una referencia a ti.
Elena levantó los ojos.
—¿Qué referencia?
—«Hermana mayor. Participa en dos sesiones familiares. Reacción disociativa. Seguimiento no recomendado».
Elena sintió que el suelo se desplazaba.
No recordaba ninguna sesión.
—Esto puede estar falsificado.
—Puede.
—¿Quién más lo ha visto?
—Nadie. Y antes de que me sermonees sobre la cadena de custodia, sí, sé que estoy cruzando líneas.
—No sabes cuánto.
Martín cerró la carpeta.
—Lo que sí sé es que dos hombres aparecen muertos con sal. Tu vecina aparece muerta con sal. Tú desapareces horas. Y cuando te pregunto algo, me miras como si la verdad fuera una habitación a la que yo no tengo llave.
Elena permaneció inmóvil.
Martín se acercó un paso.
—No sé qué has hecho, Elena. No sé qué estás haciendo. Pero sé que alguien te está arrastrando hacia algo que empezó mucho antes de esta semana.
—¿Y si te equivocas?
—Entonces mañana me disculpo.
—¿Y si no?
Martín tardó en responder.
—Entonces espero que todavía sepas de qué lado quieres salir.
Dejó la carpeta sobre la mesa y se fue.
Elena esperó a oír el ascensor.
Después abrió el archivo secreto.
Las ciento doce carpetas dejaron de parecerle un sistema. Le parecieron una jaula.