CAPÍTULO 13.
La imagen mostraba el salón de Elena desde el interior de un armario.
Al principio no ocurrió nada. La lámpara encendida, el sofá, el borde de la mesa. Luego apareció ella misma. Entraba cansada, dejaba las llaves, bebía agua, se sentaba frente al televisor sin encender el sonido.
Elena recordaba aquella noche.
Había sido después del cadáver de Tomás Méndez. Vio su propia soledad desde fuera y sintió una
incomodidad que no tenía que ver con la vigilancia.Nunca se había preguntado qué aspecto ofrecía cuando no interpretaba ningún papel. En el vídeo parecía más pequeña.
En el minuto cuarenta y seis, la Elena grabada salió hacia el baño.
Una figura cruzó por detrás.
Alta. Abrigo oscuro. Rostro cubierto.
Solo apareció un segundo y medio.
Suficiente.
Elena retrocedió el vídeo cinco veces.
La figura se movía con una leve rigidez en la pierna derecha.
Sara se había roto el tobillo a los nueve años al caer de una bicicleta. Durante meses caminó de ese modo. Veintiún años después, era absurdo pensar que seguiría igual.
Y, sin embargo, Elena sintió un frío en la nuca.
La pantalla se volvió negra.
Apareció una frase:
Verte sin que lo sepas. Estar donde crees que estás sola. Respirar el aire que dejas atrás. Esta no es tu casa. Esta es nuestra historia.
Elena arrancó el pendrive y lo tiró al suelo.
Lo aplastó con el tacón.
El gesto fue inmediato y estúpido. Una policía destruyendo una prueba porque la prueba la había tocado donde no debía.
El teléfono sonó.
Número oculto.
—Duarte.
Una voz masculina, plana, deformada electrónicamente, habló sin saludo.
—Tercer piso. Edificio azul de la calle Senda Alta. Piso 3C. Tienes diez minutos antes de que lo cierren para siempre.
—¿Quién eres?
La llamada terminó.
Elena condujo hasta Senda Alta con el arma reglamentaria debajo de la chaqueta.
La puerta del 3C estaba abierta.
Dentro sonaba una pieza de piano a volumen bajo. Había velas en el suelo y una cámara sobre un trípode.
Un hombre estaba atado a una silla con una bolsa de plástico sobre la cabeza.
Elena lo reconoció.
Ignacio Vela, exagente de policía. Expulsado seis años atrás por manipular pruebas en una investigación de abusos. Había protegido a dos hombres y destruido la credibilidad de tres menores. Uno de los expedientes que Elena llevaba tiempo siguiendo.
Un nombre de su lista.
Aún vivo.
Sobre la mesa, un portátil transmitía la escena. En la pantalla apareció una frase.
¿Crees que solo tú puedes decidir quién merece vivir?
Elena se quedó inmóvil.
La bolsa se inflaba y se contraía con respiraciones cada vez más cortas.
Podía no hacer nada.
No sería ella quien lo hubiera matado.
Podía decirse que había llegado tarde.
Podía aceptar el regalo.
Durante un segundo, esa posibilidad no le produjo horror.
Eso fue lo que la hizo moverse.
Arrancó la bolsa de la cabeza de Vela. El hombre aspiró aire con un gemido animal. Elena cortó las bridas de sus muñecas con unas tijeras de cocina.
En la pantalla apareció una nueva línea.
¿Eso es compasión? ¿O solo orgullo herido?
Elena cerró el portátil.
Vela cayó al suelo.
—Mírame —dijo ella.
El hombre levantó unos ojos llenos de pánico.
—Vas a salir por esa puerta. Vas a caminar hasta una avenida con gente. Vas a llamar a una ambulancia. Y no vas a decir que me viste.
—¿Quién... quién eres?
Elena lo agarró por la solapa.
—La persona que acaba de darte algo que tú no diste a otros: una salida.
Vela empezó a llorar.
—Si hablas de mí —continuó ella—, no será S quien venga a buscarte.
Se detuvo.
La frase que estaba a punto de decir era la misma que tantas veces había pensado: yo no dejo huellas.
No la dijo.
Lo soltó.
—Vete.
Cuando el hombre desapareció por las escaleras, Elena se quedó sola frente a la cámara apagada.
Había salvado a un hombre al que durante meses había considerado condenado.
No porque creyera en su inocencia.
Porque se negaba a permitir que otra persona decidiera en su nombre.
Comprendió entonces que sus reglas no eran un código moral.
Eran una frontera psicológica.
Y alguien acababa de obligarla a verla desde el otro lado.