Noches de sal CAPÍTULO 12.
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CAPÍTULO 12.

El almacén 14 llevaba cerrado oficialmente nueve meses. Extraoficialmente, alguien había estado allí la noche

anterior.

La cerradura exterior no presentaba daños, pero el

candado tenía una película de aceite reciente y una de las

cámaras del muelle había dejado de grabar durante

veintisiete minutos. Serrano consiguió una orden de

entrada antes del mediodía.

Elena llegó con ella, Martín y dos técnicos de científica. El edificio era una nave baja, de chapa gris, al final de

una hilera de almacenes logísticos. Desde fuera no tenía

nada que lo distinguiera salvo un número pintado de

blanco junto a la puerta.

14.

Elena había fotografiado aquel número sin verlo meses

atrás.

La idea la irritaba.

Serrano se puso los guantes.

—Nadie toca nada hasta que científica termine la

primera vuelta.

Dentro olía a polvo, aceite y salitre.

Había palés vacíos, estanterías metálicas y una oficina

prefabricada al fondo. Nada sugería el negocio

clandestino de Varela.

Hasta que uno de los técnicos golpeó el suelo con el

mango de una linterna.

El sonido cambió.

—Hueco.

Bajo una plancha de madera encontraron una trampilla. Martín miró a Elena.

—A veces los criminales sí son tan cinematográficos. —No te acostumbres.

La escalera descendía a una cámara de servicio que no

aparecía en los planos del puerto. Había sido

acondicionada con dos colchones, un lavabo portátil, una

mesa y una cerradura interior modificada para que solo

pudiera abrirse desde fuera.

Elena sintió que el aire se volvía más pesado. En una pared había marcas de uñas.

En otra, fechas escritas con lápiz.

Serrano dejó de hablar.

La científica fotografió cada centímetro.

Dentro de un armario aparecieron ropa de mujer,

medicamentos, tres teléfonos antiguos y una caja con

pasaportes falsos. Algunos nombres coincidían con

expedientes de trata vinculados a Varela. Otros no. Uno decía:

LUCÍA ESTÉVEZ MORALES.

Veintidós años.

Nacionalidad española.

Mónica había mencionado a Lucía sin saber quién era. —Localízala —ordenó Serrano a Martín.

—Si es que ese nombre es real.

—Empieza por ahí.

Elena se acercó a la mesa. Encima había un plato de

plástico con un residuo blanco.

Sal.

Sintió un golpe de alarma.

—No lo toquéis.

Serrano ya lo había visto.

—¿Crees que es del asesino?

—Creo que alguien quiere que lo pensemos. El técnico tomó muestras.

Debajo del plato encontraron una tarjeta de memoria

envuelta en papel de aluminio.

La analizaron en el laboratorio móvil del puerto. Contenía cinco vídeos.

El primero mostraba la cámara subterránea con fecha

de hacía dos años. Varela entraba acompañado de otro hombre. Una joven estaba sentada en el colchón,fuera de foco. No se veía violencia explícita. No hacía falta. La puerta cerrándose desde fuera explicaba suficiente.

En el segundo, Varela hablaba por teléfono y mencionaba una ruta de transporte.

En el tercero aparecía Lucía.

Elena reconoció la cara del pasaporte. Más delgada. Un hematoma en la mejilla. Miraba directamente a la cámara oculta sin saber que existía.

El cuarto vídeo estaba vacío durante casi tres minutos.

En el último, grabado seis meses atrás, alguien descendía al sótano.

Una mujer con gorra, mascarilla y abrigo oscuro.

No se veía el rostro.

Abría la puerta.

Lucía salía detrás de ella.

La desconocida llevaba una bolsa. Antes de marcharse, se detenía junto a la mesa y miraba directamente al objetivo.

Luego levantaba una mano.

Tres dedos.

Y trazaba una espiral en el aire.

Elena sintió que Martín la observaba.

—S —dijo él.

Serrano frunció el ceño.

—¿S?

Martín dudó apenas.

—La firma de las notas.

Elena lo miró. Él acababa de compartir con Serrano un dato que hasta entonces circulaba de forma restringida.

La inspectora de Homicidios rebobinó.

—Esa mujer liberó a Lucía.

—Parece —dijo Elena.

—Y seis meses después mata a Varela.

—Eso parece.

—No suenas convencida.

Elena señaló la pantalla.

—Porque alguien colocó esa cámara. Alguien conservó los vídeos. Alguien dejó la tarjeta justo donde sabíamos que buscaríamos después de leer una carta. Demasiadas capas.

Serrano la miró con interés.

—¿Crees que S quiere ayudarnos?

—Creo que quiere dirigirnos.

—¿Diferencia?

—La ayuda termina cuando ya no la necesitas. El control no.

Martín bajó la vista.

Encontraron a Lucía Estévez al día siguiente en un centro de acogida de otra provincia. El nombre era real. Había denunciado a Varela en dos ocasiones y retirado ambas denuncias.

Se negó a volver a comisaría.

Serrano aceptó entrevistarla en el centro.

Elena no estaba oficialmente asignada a esa diligencia, pero Serrano pidió que fuera.

Lucía tenía veinticuatro años ahora. Cabello corto, camiseta gris, un tatuaje pequeño en la muñeca. Se sentó frente a ellas con una trabajadora social a su lado. —No voy a identificar a nadie —dijo de entrada.

—No tiene que hacerlo si no puede —respondió Serrano.

—No es que no pueda. No voy a hacerlo.

Elena no habló.

Lucía la miró.

—Tú eres la de la tele.

—¿Qué tele?

—La policía que salió detrás del comisario cuando encontraron a Varela.

Elena recordó una rueda de prensa en la que apenas había aparecido tres segundos.

—Sí.

—Ella sabía quién eras.

La temperatura de la habitación pareció bajar.

Serrano se inclinó.

—¿Quién?

Lucía miró a la trabajadora social, que asintió.

—La mujer que me sacó.

—¿Te dijo su nombre?

—No.

—¿Cómo era?

—No voy a describirla.

—¿Por qué?

Lucía sostuvo la mirada de Serrano.

—Porque cuando llamé a la policía tres veces, nadie llegó antes que ella.

Elena sintió la frase como una acusación dirigida a toda la habitación.

—¿Te explicó por qué te ayudaba? —preguntó.

Lucía volvió hacia ella.

—Dijo que no me ayudaba. Dijo que estaba corrigiendo una omisión.

Elena conocía esa clase de lenguaje.

—¿Mencionó a Varela?

—Sí.

—¿Dijo que iba a matarlo?

Lucía negó.

—Me preguntó qué quería que le pasara.

Serrano dejó el bolígrafo.

—¿Qué respondiste?

—Que quería no volver a verlo.

—¿Y ella?

—Dijo: «Eso sí puedo prometerlo».

Elena cerró los ojos un segundo.

No era una confesión.

Era peor.

Era una lógica.

—¿Te pidió algo a cambio? —preguntó.

—Que viviera.

Lucía sonrió sin alegría.

—Como si fuera tan sencillo.

La entrevista continuó. La mujer desconocida había conseguido documentos, dinero y un contacto seguro. No había intentado reclutarla. No le habló de una red. No le dio un símbolo.

Antes de marcharse, Lucía pidió hablar un momento a solas con Elena.

Serrano aceptó, a regañadientes, dejando la puerta abierta.

—Ella dijo algo sobre ti —dijo Lucía.

Elena sintió un latido fuerte.

—¿Qué?

—Que todavía no sabías quién eras porque te habían dejado elegir demasiado tarde.

Elena no reaccionó.

—¿Algo más?

—Sí. Dijo que cuando te encontrara, quizá la odiarías por hacer lo que tú no habías hecho.

—¿Qué no había hecho?

Lucía se encogió de hombros.

—Pregunté lo mismo.

—¿Y?

—Dijo: «Buscarme».

Elena salió del centro con las piernas firmes y una sensación de caída en el estómago.

Martín la esperaba junto al coche.

—Serrano me ha contado.

—Qué eficiente.

—¿Quién es?

Elena abrió la puerta del copiloto.

—No lo sé.

Martín la sujetó por el brazo, sin fuerza, solo para detenerla.

—Elena.

Ella miró su mano.

Martín la soltó.

—Alguien te está hablando desde antes de los asesinatos. Conoce tu pasado. Te conoce a ti. Esto no es solo un caso.

—Nunca dije que lo fuera.

—Entonces dime qué es.

Elena miró hacia el edificio donde Lucía intentaba reconstruir una vida que la policía no había sabido proteger.

—Una deuda —dijo.

—¿Con quién?

Elena pensó en una niña de doce años cuyo nombre llevaba más de dos décadas evitando pronunciar. —Todavía no lo sé.