CAPÍTULO 11.
La hermana de Óscar Varela llegó a comisaría un jueves a las nueve de la mañana.
Elena la reconoció por el apellido antes de verla.
Mónica Varela tenía cincuenta y dos años, trabajaba como administrativa en una gestoría y llevaba una carpeta azul abrazada contra el pecho. No se parecía a su hermano salvo por la mandíbula. Cuando Serrano pidió a Elena que estuviera presente en la entrevista, ella pensó en excusarse. No lo hizo.
—No vengo a decir que Óscar fuera bueno —dijo Mónica antes de sentarse—. Si es lo que esperan, perderemos el tiempo.
Serrano dejó la grabadora sobre la mesa.
—Venimos a escucharla.
—Eso también se lo dijeron a las otras.
Elena levantó la vista.
—¿A qué otras?
Mónica abrió la carpeta. Dentro había fotocopias de transferencias, una escritura, recibos de alquiler y tres cartas manuscritas.
—A las mujeres que denunciaron a mi hermano. Yo conocí a dos. Una vino a mi casa hace años. Quería que yo declarara que Óscar tenía un piso que no aparecía a su nombre. Era verdad.
—¿Declaró? —preguntó Serrano.
Mónica negó.
—Tenía dos hijos pequeños y él sabía dónde estudiaban.
No lloró. Eso hizo que el relato fuera más difícil de escuchar.
—Hace seis meses volví a buscar a una de ellas — continuó—.Le di copias de todo esto. Cuentas.Empresas. El piso. Pensé que quizá todavía servía.
—¿Por qué esperó tanto?
—Porque soy cobarde.
Elena sintió la palabra como una piedra lanzada desde otro tiempo.
Gracia.
Madres que no hablaban.
Vecinos que miraban hacia otro lado.
—No la he llamado cobarde —dijo Serrano.
—No hace falta. Hay cosas que una sabe, aunque nadie las diga.
Mónica dejó una carta sobre la mesa.
—Esto es de Óscar.
Serrano se puso guantes antes de tocarla.
—¿Cuándo la recibió?
—Hace dos meses. Me la dejó en el buzón. Estaba asustado.
—¿De qué?
—Decía que alguien lo seguía. Una mujer.
Elena mantuvo el rostro quieto.
—¿La describió?
—No. Solo dijo que era buena. Que nunca la veía dos veces de la misma manera.
Serrano abrió la carta y leyó en silencio. Luego la deslizó hacia Elena.
La letra de Varela era grande, inclinada y sorprendentemente infantil.
Mónica, si me pasa algo, no le des nada a la policía sin hacer copias. No confío en ellos. Hay una mujer preguntando por cosas antiguas. No sé quién la manda. Creo que sabe lo de Lucía y lo del almacén 14. Elena dejó de leer.
No conocía a ninguna Lucía.
Tampoco había identificado un almacén 14.
Desde la muerte de Varela no había aparecido una pieza de información que faltara por completo en su archivo.
—¿Quién es Lucía? —preguntó.
—No lo sé.
—¿Y el almacén?
—Óscar tenía negocios en el puerto. Nunca me contó cuáles.
Serrano tomó nota.
—¿Cree que la mujer que lo seguía pudo matarlo?
Mónica miró a Elena. No a Serrano.
—Creo que mi hermano hizo daño a mucha gente. Y que durante años confundió que nadie pudiera probarlo con que nadie lo supiera.
Elena sostuvo su mirada.
—Eso no responde.
—Sí responde. Solo que no como usted quiere.
La entrevista duró cuarenta minutos más.
Cuando terminó,Mónica recogió la carpeta vacía. Antes de salir se detuvo junto a Elena.
—Inspectora.
—Dígame.
—Cuando encuentren a quien lo hizo, no diga en televisión que mi hermano era un padre, un hermano o una persona querida para suavizar lo que hizo. Lo era. Y también era lo otro.
Elena sintió un cansancio súbito.
—No solemos decidir los titulares.
—Pero sí deciden qué parte de un muerto merece ser contada.
Se marchó.
Serrano permaneció en la sala, mirando la puerta cerrada.
—¿Qué piensas?
Elena volvió a la carta.
—Que tenemos que encontrar a Lucía y el almacén 14.
—No. Te pregunto por ella.
Elena tardó.
—Que está intentando vivir con haber tenido miedo.
Serrano la observó.
—Eso te ha tocado.
—Todo toca a alguien.
—Duarte, llevo muchos años viendo a policías fingirque los casos no entran en casa con ellos. Siempre entran.
Elena se puso de pie.
—A la mía no.
Serrano no discutió.
Aquella tarde, Elena buscó en su archivo privado el nombre Lucía.
No apareció.
Buscó «almacén 14». No encontró nada.
Después abrió el expediente de Varela y encontró una fotografía tomada por ella misma cuatro meses antes. Varela salía de un edificio del puerto. Detrás, parcialmente oculto por una furgoneta, se veía un cartel blanco.
ALMACÉN 14.
Elena acercó la imagen a la lámpara.
Lo había tenido delante.
No lo había visto.
Alguien sí.
Y de pronto comprendió que S no solo conocía su lista. Tal vez la estaba completando.