CAPÍTULO 17.
La fotografía estaba al fondo del paquete de Gracia. Elena no la había visto con atención porque en la
primera revisión solo buscó rostros marcados. Ahora se
fijó en el fondo: una verja curva, baldosas en espiga, un
limonero que su padre podaba demasiado bajo. La casa de su infancia.
En primer plano había cuatro niñas.
Elena reconoció a dos amigas del colegio. A la
izquierda, con una camiseta amarilla, estaba Sara. Una X roja cruzaba su pecho.
Elena dio la vuelta a la fotografía.
Agosto, 2004.
Un año antes de la desaparición.
Se sentó en el suelo del archivo.
Durante veintiún años había pensado en Sara como en
una ausencia: una habitación vacía, una silla, una edad.
Nunca como en una mujer. Nunca con treinta y tres años.
Nunca caminando por una ciudad, aprendiendo a
conducir, envejeciendo.
Porque imaginarla viva implicaba una pregunta peor
que la muerte.
¿Dónde estuvo todo ese tiempo?
Al amanecer, Elena condujo al pueblo costero donde
habían crecido.
La casa seguía cerrada. Después de la muerte de su
madre, nadie quiso venderla y nadie quiso vivir allí. Elena
conservaba una llave que nunca usaba.
Entró.
El aire olía a madera húmeda y abandono.
En el desván encontró cajas de ropa, libros escolares y
un diario de tapas azules que no recordaba haber visto. En la primera página, una caligrafía infantil:
SARA DUARTE. NO LEER, ELENA.
Elena sonrió por primera vez en días.
La sonrisa desapareció en la página doce.
Sara hablaba de «las sesiones», de un hombre que
hacía preguntas raras y de una sala donde le pedían imaginar castigos para personas que habían hecho daño. No utilizaba el apellido Cardona. Solo «G.».
En otra página había cuatro nombres rodeados por un círculo. Uno estaba tachado.
T. Méndez.
Elena sintió náuseas.
Siguió leyendo.
«G. dice que el dolor sin orden se vuelve
enfermedad. Dice que hay que darle forma. Mamá cree que me ayuda. Elena cree que voy a dibujo.»
Más adelante:
«La señora Gracia me vio subir al coche y dijo que no era asunto suyo.»
Elena cerró los ojos.
La muerte de la vecina adquirió un sentido monstruoso.
En la última página escrita había una frase.
Si desaparezco, no es porque me he ido. Es porque alguien me borró.
Elena pasó una hora revisando documentos municipales y copias de expedientes que llevaba en el portátil. Una amiga de Sara murió siete años después en lo que se registró como suicidio. El informe toxicológico mencionaba cristales de sal en la cavidad oral, considerados contaminación post mortem.
Otra chica había sido ingresada en una clínica privada a los dieciséis y desapareció del sistema administrativo tras un cambio de tutela.
El nombre común era Gabriel S. Cardona.
Psicólogo infantil entonces.
Director, años después,de la Fundación Horizonte para jóvenes en riesgo.
El centro seguía abierto en la ciudad.
Elena condujo de regreso sin detenerse.
A las seis de la tarde estaba frente al edificio gris de Horizonte.
En la placa de entrada leyó:
DR. GAbrIEL S. CARDONA
DIRECCIÓN CLÍNICA
Dio un paso hacia la puerta.
El teléfono vibró.
Número desconocido.
—Sí.
Luego una voz femenina, deformada hasta sonar casi
artificial.
—Estás tan cerca que me dan ganas de detenerte. Elena apretó el teléfono.
—Sara.
Una respiración al otro lado.
—No preguntes por Gabriel. No entres. No les creas. —¿Eres Sara?
—Él no guarda respuestas. Guarda réplicas. —¿Qué significa eso?
—Yo también fui paciente allí.
—Sara.
—Ellos borran. Yo recordé.
—Dime dónde estás.
La voz tardó en responder.
—Sara no está muerta, Elena.
El corazón de Elena golpeó una vez, con violencia. —Pero ya no es tu hermana.
La llamada se cortó.