CAPÍTULO 9.
La policía precintó el piso de Gracia a las cinco de la mañana. Elena esperó hasta el día siguiente para volver. No tenía autorización.
Entró porque sabía cómo funcionan los límites cuando eres quien los vigila.
La puerta estaba entornada tras la inspección forense.
El salón conservaba la misma decoración que Elena había visto desde el rellano durante años: flores secas, fotografías en marcos de plata, un televisor demasiado grande para el mueble.
Solo la cinta de la científica sobre una silla indicaba que alguien había muerto allí.
Elena encontró la caja en el aparador del pasillo.
Madera oscura. Candado pequeño.
La llave encajó.
Dentro había un paquete de fotografías y un pendrive sin etiqueta.
Las fotos eran antiguas. Algunas en color desvaído, otras casi sepia. Niñas en el parque. Una fiesta escolar. Un grupo frente a la playa. Elena apareció en varias, adolescente, delgada, con el pelo más largo. En otras estaba Sara.
Sobre determinadas figuras secundarias había una X roja.
Elena pasó una fotografía tras otra.
Una mujer joven que reconoció como auxiliar del colegio. Un entrenador. Un hombre que aparecía al fondo de una función escolar. Tomás Méndez.
Y Gabriel Cardona.
El nombre todavía no llegó a su conciencia. Solo el rostro: un hombre de unos treinta años, gafas metálicas, sonrisa discreta, agachado junto a un grupo de niños.
Elena se quedó mirando la imagen.
Lo había visto antes.
No sabía dónde.
En la cocina encontró un plato con pan y sal.
Debajo, una nota.
Ella te miraba. Yo también. Ella no habló. Yo sí.
¿Sabes qué tienen en común los santos y los monstruos?
Ambos inspiran devoción.
S.
Elena comprendió entonces por qué Gracia había muerto.
No porque estuviera en su lista.
No lo estaba.
Había muerto por callar.
Esa era la diferencia.
El código de Elena exigía culpabilidad directa. S castigaba también el silencio, la omisión, la cobardía. Extendía la responsabilidad como una mancha de aceite hasta alcanzar a cualquiera que hubiera mirado hacia otro lado.
Elena sintió una repulsión limpia hacia su imitador.
No por los métodos.
Por la lógica.
Se guardó el pendrive.
Antes de salir, miró una última vez el piso.
Sobre la nevera había una fotografía reciente de Gracia con dos nietos. La mujer sonreía.
Elena pensó en todos los años en que había compartido ascensor con ella, en las bolsas de la compra, en los buenos días, en la confianza doméstica construida con gestos pequeños.
Luego pensó en Sara.
Si Gracia había sabido algo y no habló, quizá merecía una pregunta.
No una muerte.
Aquella tarde, Elena conectó el pendrive a un portátil sin acceso a internet.
El vídeo duraba cuarenta y siete minutos.
La cámara estaba dentro de su casa.