Noches de sal CAPÍTULO 8.
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CAPÍTULO 8.

Durante dos días, Elena observó a Martín desde el otro lado de la oficina.

Aprendió que un compañero conocido podía convertirse en un extraño con muy poco esfuerzo. Bastaba con mirar de otra manera.

Martín se rascaba la ceja izquierda cuando mentía. Bebía el café demasiado pronto y se quemaba casi siempre. Guardaba los bolígrafos en el bolsillo del pantalón, aunque luego se quejaba de las manchas. Leía los mensajes completos antes de responder. Nada de eso era nuevo.

Lo nuevo era la pregunta que Elena colocaba encima de cada gesto.

¿Qué escondes?

A media tarde, Martín dejó de teclear.

—¿Vas a decirme qué pasa?

—¿Por qué lo dices?

—Porque llevas dos días mirándome como si mi cara apareciera en una rueda de reconocimiento.

Elena bebió un sorbo de café frío.

—Tal vez todo el mundo esconda algo.

—¿Y tú no?

El silencio se hizo más estrecho.

—Todos escondemos algo —dijo Elena—. La cuestión es si eso nos convierte en culpables o en supervivientes.

Martín ladeó la cabeza.

—Bonita frase. ¿De quién es?

—Mía.

Él sonrió, pero sus ojos no.

—Claro que escondo cosas. La diferencia es que yo no soy tan buena como tú disimulando.

Esa noche, Martín salió de la comisaría a las nueve y veintitrés.

Elena esperó quince minutos.

Había cambiado el abrigo por una cazadora oscura, recogido el cabello bajo una gorra y dejado el móvil de trabajo en un cajón. Lo siguió en un coche que no utilizaba desde hacía meses.

Martín condujo hacia el extrarradio.

No puso música. No hizo llamadas. Aparcó frente al mismo edificio de la fotografía.

Un almacén judicial fuera de uso.

Elena lo vio entrar por una puerta lateral que debería estar cerrada.

Esperó.

Veinte minutos.

Cuarenta.

Una hora.

Entonces el teléfono personal vibró.

Era un mensaje del forense.

Elena. Es tu vecina. La anciana del 4.º B. Encontrada esta noche. Tortura. Sal.

El mundo cambió de eje.

La señora Gracia.

La mujer que le guardaba paquetes cuando Elena trabajaba de noche. La que regaba las plantas del rellano. La que sabía a qué hora volvía y fingía no saberlo.

Elena arrancó el coche.

Durante el trayecto no pensó en Martín.

Eso, más tarde, le parecería importante.

Cuando llegó a su calle, las luces azules convertían las fachadas en superficies líquidas. Vecinos en bata se agrupaban detrás de la cinta. Un agente se acercó.

—Inspectora, lo siento. Era la señora Gracia Ferrer.

—¿Cómo?

—Aún no sabemos. Pero hay algo para usted.

Le entregó un sobre dentro de una bolsa de evidencia.

Elena reconoció la caligrafía.

Demasiado ocupada mirando atrás. Yo prefiero mirar dentro. El que duda ya ha perdido.

Dentro había una llave.

No era la llave del buzón de Gracia, como pensó al principio.

Era más pequeña.

La llave de una caja.

Y Elena supo, antes de encontrarla, que la señora Gracia había guardado algo durante años.

Algo que alguien había decidido convertir en sentencia.