CAPÍTULO 7.
La puerta del archivo privado estaba disimulada detrás de una estantería de libros que Elena nunca prestaba a nadie. El mecanismo no era sofisticado: una guía, dos imanes, un pestillo oculto.Lo suficiente para que una visita casual viera una pared de novelas policiales y no una segunda habitación.
Dentro, el aire olía a cartón, tinta y metal.
Había ciento doce carpetas.
Nueve tenían una marca negra en el lomo.
La marca significaba que Elena consideraba el caso
cerrado, no necesariamente que alguien hubiera muerto. En cuatro había llegado una condena tardía, una reapertura o una muerte ajena a ella. Las restantes pertenecían a una zona que no figuraba en ningún expediente policial. Los números, cuando se acumulan, adquieren una moral propia.
Sacó la carpeta de Tomás Méndez.
Fotografías tomadas desde lejos. Copias de denuncias.
Un expediente disciplinario del instituto.
Una carta anónima hallada entre las pertenencias de su madre después de su muerte.
Un listado de antiguas alumnas. Dos entrevistas que Elena había realizado fuera de servicio, sin grabadora y sin identificarse como policía.
Nada de aquello era público.
Revisó el cajón donde guardaba su diario antiguo.
La tapa estaba cubierta de polvo.
Lo abrió.
La página arrancada seguía faltando. El borde irregular coincidía con lo que recordaba. Se acercó a la papelera metálica que había usado años atrás para quemar el fragmento. Ridículo. No podía quedar nada después de tanto tiempo.
Aun así, miró dentro.
Vacía.
El teléfono de trabajo vibró en su bolsillo.
Recepción: Una mujer ha dejado un sobre a tu nombre. Dice que es importante.
Elena apagó la luz del archivo.
A la mañana siguiente, la recepcionista le entregó un sobre crema.
—Una señora mayor —explicó—. Pelo blanco, abrigo rojo. Dijo que un hombre le pagó treinta euros por traerlo. O una mujer. No estaba segura. Llevaba gorra y mascarilla.
—¿Cámaras?
—La de la entrada apunta a otro lado desde la obra. Ya he avisado.
Elena subió a su despacho con el sobre sin abrir. Cerró la puerta. Bajó la persiana interior.
Dentro había una fotografía y una hoja doblada.
Pensé que no te atrevías. He limpiado tu silencio. La justicia no necesita arrepentimiento, solo continuidad. El próximo está muy cerca.
La fotografía mostraba a Martín saliendo de su coche con una carpeta bajo el brazo. La imagen estaba tomada desde la distancia,quizá con un teleobjetivo. En la esquina superior aparecía una fecha de tres semanas atrás.
Elena reconoció el edificio del fondo.
Un almacén de documentación judicial en el extrarradio.
¿Por qué Martín iba allí fuera de horario?
Dio la vuelta a la foto.
En el reverso, una sola letra.
S.
Elena dejó de respirar un instante.
La primera asociación fue inevitable.
Sara.
La rechazó de inmediato.
Su hermana llevaba veintiún años desaparecida. No había cuerpo, pero tampoco había vida. Solo un
expediente amarillo y una edad detenida para siempre: doce años.
S podía significar sal, sentencia, silencio, sombra.
Podía no significar nada.
Elena volvió a mirar la imagen de Martín.
Aquel día descubrió una forma de miedo que no conocía: la de sospechar de alguien a quien, contra su voluntad, había empezado a importarle.