Noches de sal CAPÍTULO 6.
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CAPÍTULO 6.

El tercer cadáver no llegó.

Eso fue, durante cuarenta y ocho horas, lo que más

inquietó a la policía.

Homicidios trabajó como si la ausencia fuera una

cuenta atrás. Dos muertes vinculadas por la sal bastaban

para activar una investigación conjunta, aunque nadie

utilizó todavía la expresión asesino en serie en los

documentos oficiales. En los pasillos, sin embargo, la

palabra ya circulaba.

Los medios fueron más rápidos.

Un digital local publicó una fotografía del acceso al

almacén de Varela y tituló: «El asesino de la sal». A

mediodía, una televisión nacional desplazó una unidad

móvil al puerto. Por la tarde, alguien había creado una

cuenta en redes que recopilaba rumores, nombres de

posibles víctimas y teorías sobre rituales.

Elena leyó dos minutos y cerró la página.

Había aprendido que una investigación pública genera

una segunda escena del crimen: la narrativa. Allí las

pruebas pierden peso frente a lo que la gente necesita

creer.

El comisario reunió al equipo.

—Cero filtraciones —dijo—. Nada de hablar con

prensa, nada de comentar detalles fuera del grupo. La sal

no sale de aquí.

Martín levantó una ceja.

—Ya ha salido.

—Entonces no sale nada más.

Elena observó el panel de fotografías. Varela. Méndez.

Mapas. Horarios. Conexiones financieras. En una esquina, la espiral dibujada en el pecho de Varela. Nadie

sabía qué significaba.

Ella sí sabía que se parecía a algo íntimo.

No podía decir cuánto.

—¿Relación entre víctimas? —preguntó el comisario. Una inspectora de Homicidios respondió.

—Los dos tuvieron investigaciones por delitos graves

que no terminaron en condena. No hay contacto personal

entre ellos que sepamos.

—Eso es una relación.

—También lo es compartir banco. Necesitamos algo

más.

Elena habló antes de decidir si debía hacerlo. —El asesino ha elegido casos que producen rechazo

social y frustración judicial.Si hay un patrón, no busca solo

matar. Busca que parte del público considere las muertes

justificadas.

Todos la miraron.

—¿Un justiciero? —preguntó alguien.

—Una persona que quiere que usemos esa palabra. No

es lo mismo.

Martín la observó desde el otro extremo de la mesa. Elena continuó.

—La sal es visible. El cuerpo de Varela estaba

colocado. Méndez llevaba un mensaje. Hay puesta en

escena. Quien hace esto necesita público, aunque el

público inicial quizá sea una sola persona.

—¿Una sola?

—Sí.

El comisario frunció el ceño.

—¿Por qué?

Elena notó el peso de la nota escondida en su cajón. —Porque algunos mensajes se construyen para que

solo una persona comprenda la referencia.Los demás ven

decoración.

La inspectora de Homicidios escribió algo.

—¿Hablas por experiencia?

—Hablo por comportamiento.

La reunión terminó una hora después.

Martín esperó a que todos salieran.

—Te estás adelantando demasiado al asesino. —Es mi trabajo.

—No. Tu trabajo es seguir pruebas. Esto parecía otra

cosa.

Elena recogió sus papeles.

—¿Quieres acusarme de pensar?

—Quiero saber por qué cada vez que hablamos de ese

tipo pareces estar respondiendo a una conversación que

yo no escucho.

Elena se detuvo.

—Quizá porque tú escuchas demasiado poco. Se arrepintió al instante.

Martín lo notó.

—Eso ha sonado personal.

—Ha sonado cansado.

Salió.

En el baño se encerró en un cubículo y apoyó la frente

contra la puerta.

Ahora el miedo no era que S matara de nuevo. Era que la investigación policial se acercara a la misma

respuesta que ella.

Y que, al hacerlo, alguien terminara encontrando la otra

lista.