Noches de sal CAPÍTULO 5.
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CAPÍTULO 5.

El cadáver de Óscar Varela estaba en un almacén del puerto, sentado en una silla metálica con las manos apoyadas sobre los muslos. No lo habían atado. No había sido necesario.

El forense señaló pequeñas lesiones en las muñecas.

— Bridas plásticas. Se las quitaron antes de colocarlo así.

Elena se agachó a una distancia prudente. Varela tenía la camisa abierta. Sobre el esternón, alguien había dibujado con sal una línea vertical que terminaba en un pequeño círculo.

—¿Eso significa algo? —preguntó Martín.

—Todavía no —dijo el forense.

Elena no respondió.

En su archivo privado, cada nombre terminado llevaba una línea vertical atravesando la ficha, desde la fotografía hasta la fecha de cierre. Era su forma de impedirse volver atrás, de no revisitar decisiones ya tomadas.

El dibujo del pecho no era idéntico.

Pero estaba demasiado cerca.

—No hay signos de agresión sexual —continuó el forense—. La causa probable es asfixia, aunque hay lesiones previas. La sal se colocó después. El asesino quería firma, no sufrimiento químico.

Martín miró a Elena.

—¿Firma?

—O mensaje —dijo ella.

—¿Para quién?

Elena sostuvo la vista sobre el cuerpo.

—Eso es lo que tenemos que averiguar.

A las doce, Homicidios recibió una llamada. Un excursionista había encontrado otro cadáver bajo el puente de la antigua vía del tren.

Elena supo quién era antes de ver el rostro.

Tomás Méndez estaba de rodillas, las manos atadas a la espalda y la cabeza inclinada hacia el suelo. En la boca llevaba un cilindro compacto de sal húmeda. El pecho había sido abierto con una precisión que no era médica, pero sí metódica.

Elena se detuvo a tres pasos.

El olor llegó antes que cualquier otra cosa.

Un perfume floral antiguo, con un fondo de talco.

Su madre lo había usado durante veinte años.

Desde que entró en la policía nunca había querido abandonar una escena. Aquella vez sí; se quedó.

—¿Lo conocías? —preguntó Martín a su espalda.

—De un expediente.

—Otra vez.

Ella se volvió.

—¿Qué quieres decir?

—Que todo el mundo que aparece muerto esta semana parece vivir en algún expediente que tú has leído.

—Trabajo en policía judicial. Es una coincidencia bastante frecuente.

Martín la miró durante un instante largo.

—Sí. Supongo.

El técnico de científica llamó a Elena. Dentro de la camisa de Méndez habían encontrado un fragmento de tela negra. Sobre él, bordada con hilo blanco, había una palabra.

GRACIAS.

Elena tuvo que apretar la lengua contra el paladar.

Aquella palabra existía en un lugar que no estaba en ningún informe.

Años atrás, después de decidir que no mataría a Méndez, había escrito en su diario una frase: Gracias por dejarme uno al que no convertir en cadáver.

Luego arrancó la página y la quemó en el fregadero.

Al menos eso creía.

—Duarte —dijo Martín—. ¿Qué pasa?

Ella miró el trozo de tela.

—Nada.

—Deja de decirme eso.

—Entonces deja de preguntarlo delante de una escena.

Martín se apartó, irritado.

Elena recorrió el espacio con la mirada. No había huellas visibles, ni colillas, ni fibras evidentes. El asesino se había movido con disciplina.Sabía qué podía encontrar la científica y qué no.

Pero había cometido un error.

O quería que Elena creyera que era un error.

El perfume.

El asesino no estaba ocultándose de ella.

Estaba construyendo una conversación.

Esa noche, Elena volvió a casa y revisó cada cerradura dos veces.

Luego entró en la habitación sin ventanas.