Noches de sal CAPÍTULO 4.
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CAPÍTULO 4.

La primera vez que Elena mató a alguien tenía veintinueve años y llevaba ocho de servicio activo.

Durante mucho tiempo se dijo que no había sido una decisión, sino una consecuencia. Una cadena de hechos que empezó con un expediente y terminó con un hombre muerto en un apartamento alquilado por semanas. Años después dejó de utilizar esa mentira.

El hombre se llamaba Samuel Roca. Había sido investigado por la violación de dos mujeres y el secuestro de una tercera.

La causa se derrumbó cuando una prueba biológica quedó inutilizada por un error de conservación y la principal testigo retiró su declaración después de recibir amenazas. Roca salió del juzgado sonriendo.

Elena lo vio desde las escaleras.

No sintió rabia.

Eso la asustó más.

Durante seis meses lo siguió fuera de servicio.

Comprobó que seguía frecuentando los mismos locales. Descubrió a otra mujer que no había denunciado. Habló con ella sin identificarse como policía. Escuchó. Tomó notas. Volvió a revisar el expediente completo.

Esperó una posibilidad legal que no llegó.

Después empezó a construir una posibilidad distinta. No compró veneno en internet ni buscó instrucciones.

Tenía acceso a demasiadas historias de gente que había creído que un plan era perfecto porque no entendía cómo se investigaba un cadáver. Su ventaja no era saber matar. Era saber qué errores cometían quienes intentaban ocultar que habían matado.

Aun así, cometió uno.

Después de la muerte de Roca, registrada como sobredosis accidental tras una noche de consumo, Elena volvió a su casa y vomitó durante una hora. No por culpa. Por el olor del apartamento, que se le había quedado adherido a la ropa.

Al amanecer quemó la camisa.

Tres días después asistió a una reunión del caso desde el otro lado de la mesa. Un inspector comentó que Roca había tenido «el final que se buscó». Dos compañeros rieron. Elena no.

Comprendió entonces que la impunidad y la venganza podían compartir el mismo defecto: ambas convertían una vida humana en una conclusión sencilla.

No volvió a actuar durante tres años.

En ese tiempo escribió las reglas.

Las llamó protocolo.

La palabra le permitía fingir que estaba ante un problema técnico.

Una noche, su madre encontró el cuaderno.

No leyó los nombres. Solo vio las columnas, las fechas, el orden obsesivo.

—¿Qué es esto? —preguntó.

Elena cerró el cuaderno con demasiada rapidez.

—Trabajo.

Su madre la miró de la manera en que solo miran las madres que han aprendido a sospechar de las respuestas correctas.

—No te conviertas en una habitación donde solo quepa lo que te hicieron.

Elena no supo qué decir.

Años después, cuando su madre murió, aquella frase siguió apareciendo en los momentos menos oportunos.

La recordó ante el cadáver de Óscar Varela. La recordó al leer el nombre de Méndez.

Y la recordó, sobre todo, al comprender que alguien había estudiado su protocolo como si fuera un manual.

Elena dejó de temer que la policía descubriera lo que había hecho.

Temió que otra persona hubiera entendido demasiado bien por qué lo había hecho.