CAPÍTULO 15
La última noche del verano tiene un sabor distinto.
No es tristeza exactamente. Es como un tinto de verano cuando se acaba el hielo: todavía sabe bien, pero ya no enfría igual.
Los clientes lo notan. Los camareros también.
El mar, que lleva dos meses siendo un escenario, se convierte de repente en lo que siempre fue: una masa de agua oscura que no pertenece a nadie.
El Náufrago estaba a rebosar. Las mesas, las sillas, la barra, la arena.
Todo ocupado. Todo lleno de gente que había venido a despedir el verano como se despiden las cosas importantes: con risas, con copas, con un punto de melancolía que nadie confesaba en voz alta.
Yo estaba detrás de la barra, sirviendo tintos de verano a un ritmo que ya no necesitaba pensar.
Las manos me iban solas. La cabeza, en cambio, se me iba a otra parte.
Teo estaba a mi lado. Había aprendido a tirar la cerveza sin hacer espuma, a distinguir un tinto de una sangría, a no servir las botellas cerradas.
Esa noche, además, sirvió su primer tinto de verano perfecto.
Lo vi de reojo: la rodaja de limón bien clavada en el borde, el color exacto, la gaseosa en su punto justo.
Levantó el vaso y me miró con una sonrisa de oreja a oreja.
—Mira, Gael. Ni una burbuja de más.
—Ya era hora. Siete veranos he tardado yo. Tú solo uno.
—Es que tengo un buen maestro.
—O un mal ejemplo. No sé.
Se rio. Luego se fue a servir otra mesa, con la bandeja bien equilibrada y la espalda recta. Ya no era el chaval que tiraba los vasos. Era un camarero. De los buenos. Y yo sentí algo raro en el pecho. Algo parecido al orgullo.
En la mesa del fondo estaban ellas. Las fijas.
Maruja, Paquita, Lola y Carmen. Las cuatro con sus pamelas, sus bolsas de rafia y sus sillas de playa, que habían arrastrado hasta el chiringuito para no perderse la última noche.
Maruja llevaba un vestido de flores que no le había visto en todo el verano.
Paquita se había pintado los labios. Carmen, la más mayor, dormitaba con la barbilla apoyada en el pecho, pero de vez en cuando abría un ojo para asegurarse de que todo seguía en orden.
—Gael, ponnos cuatro tintos —me gritó Maruja—. Y que no lleven mucho limón, que luego me da ardor.
—Tres tintos y un agua con gas para Carmen —corrigió Paquita.
—Carmen bebe tinto como todas —protestó Maruja.
—Carmen bebe lo que le da la gana. Y hoy le da la gana agua con gas.
Carmen abrió un ojo, asintió lentamente y volvió a cerrarlo. Serví los tres tintos y el agua con gas. Maruja pagó con un billete arrugado que sacó de un monedero de plástico.
—El año que viene, más —dijo.
—Eso espero.
Alma y Alba estaban sentadas en la arena, cerca de la orilla, con las piernas estiradas y los dedos de los pies rozando la espuma.
Ya no eran aquellas crías de doce años que se contaban secretos al oído y construían castillos de arena.
Alma tenía diecinueve, Alba dieciocho. La primera estudiaba Periodismo, la segunda Derecho.
Llevaban dos veranos juntas, desde que el destino las había vuelto a sentar en la misma barra, y ya no se soltaban.
Compartían un tinto de verano —uno solo, con dos pajitas— y hablaban en voz baja, con esa intimidad de las parejas que no necesitan gritar para entenderse.
De vez en cuando Alma apoyaba la cabeza en el hombro de Alba, igual que hacía a los doce años.
Y Alba le apartaba el pelo de la cara con el mismo gesto de siempre.
Me acerqué a retirarles el vaso vacío.
—Otro tinto, chicas?
—No, gracias, Gael —dijo Alma—. Mañana nos vamos a Barcelona. Hay que madrugar.
—Las dos juntas —añadió Alba—. Este año compartimos piso.
—Eso son palabras mayores.
—Lo son —dijo Alma—. Pero el crac ya no se oye. Así que supongo que vamos por buen camino.
Me guiñó un ojo. Yo sonreí y retiré el vaso. Mientras volvía a la barra, pensé en aquella mañana de hacía seis veranos, cuando una niña de doce años dijo que se le rompía el corazón. Ahora pensé que el corazón por fin estaba completo...
En la barra, Álvaro e Irene discutían sobre quién había pedido el último tinto.
Él decía que ella. Ella decía que él. La picadura de pez araña había quedado muy atrás, en aquel jueves absurdo que acabó con una palangana de agua caliente y una cita a las ocho.
Ahora llevaban tres veranos juntos y discutían por todo: por el color de las toallas, por la temperatura de la cerveza, por quién roncaba más.
Pero siempre se estaban tocando. Un codo, un hombro, una rodilla.
Esas cosas que hacen las parejas cuando ya no necesitan explicarse.
—Gael —dijo Álvaro—, dile tú que el pez araña pica más que un parto.
—No voy a meterme en eso.
—Cobarde —dijo Irene.
—Cobarde y camarero. Es lo mismo.
Más allá, cerca del paseo, el cuñao playero seguía siendo el mismo.
Se había puesto una camisa de flores que le quedaba pequeña y estaba soltando un discurso sobre la temperatura ideal de la nevera a un grupo de turistas que no le estaban prestando la menor atención.
Una de las chicas jóvenes le miraba con cara de «como me digas algo, te arreo otra bofetada».
Pero el cuñao, esta vez, se limitó a la nevera. Algo había aprendido. Poco, pero algo.
En la esquina de la barra, Margot y Jack compartían un tinto de verano.
Ella llevaba un vestido azul —no el del funeral, me dijo una vez, sino uno nuevo que se había comprado en las rebajas—.
Él seguía con su chaleco de cuero y su español de supervivencia.
La Harley estaba aparcada en el paseo, como siempre.
Pero ahora tenía un adhesivo nuevo en el depósito: una calavera con una pamela.
Se lo había regalado Margot. «Para que no te olvides de quién manda aquí», le dijo.
Y Jack, que no entendía la mitad de las palabras pero entendía todas las intenciones, se rio con esa risa profunda que le salía de la barriga.
—El año que viene —dijo Jack—. Viaje. Europa. Tú y yo.
—¿En la Harley?
—En la Harley.
—A mis sesenta y ocho años. A ver qué digo yo ahora en Europa.
—Dices «tinto de verano» en todos los idiomas.
—Eso no me sirve.
—Te sirve para pedir lo importante.
Margot se rio. Esa risa que, según Jack, le quitaba diez años de encima. Luego apoyó la cabeza en el hombro de él, sin dejar de mirar las motos.
Darío estaba apoyado en la barra, con el silbato colgado al cuello y la camiseta del chiringuito —se la había regalado yo a principios de verano, y ya no se la quitaba—. Llevaba un rato en silencio, mirando el mar, cuando de repente señaló hacia el paseo.
—Mira quién viene.
Me giré. Y lo vi.
Quique.
El viejo marinero. El que me contrató por lástima.
El que me enseñó a distinguir un tinto de una sangría.
El que me decía «mañana mejor» cada vez que yo la cagaba.
Venía por el paseo marítimo con una mochila al hombro y el mismo cigarro apagado en la comisura de los labios.
Más viejo. Más encorvado. Pero con los mismos ojos de siempre.
Esos ojos que habían visto tantas tormentas.
Se paró delante de la barra. Me miró. Le miré.
—Vengo a ver si has hundido el chiringuito —dijo.
—Todavía no.
—Entonces lo has hecho bien.
Y me dio una palmada en el hombro. Una palmada seca, de esas que duelen un poco. Como las de antes. Como las de siempre.
—Ponme un tinto —dijo—. Y no me eches mucho limón, que tengo el estómago jodido.
—Sin limón. Como siempre.
—Claro, no te has olvidado.
Se lo serví. Quique se sentó en el taburete del extremo, el de las almas en pena, y se quedó mirando el chiringuito. Las luces de colores, las mesas llenas, la gente bailando. Teo pasó a su lado con una bandeja de calamares y Quique lo siguió con la mirada.
—¿Es nuevo? —preguntó.
—Sí.
—¿Y vale para esto?
—Le costó. Pero ahora sirve el tinto mejor que yo.
—Eso no es difícil.
—Ya lo sé.
Quique se rio. Una risa ronca, de fumador empedernido. Luego dio un sorbo al tinto y se quedó callado un rato.
—Gael —dijo al fin.
—Dime.
—¿Sigues teniendo ganas de abrir cada mañana?
Miré a Valeria, que estaba sentada en su taburete con un tinto en la mano y una sonrisa pequeña, de esas que guardaba solo para mí.
Miré a Teo, que servía copas con la espalda recta y la misma ilusión que yo tenía siete veranos atrás.
Miré a Darío, a Alma y Alba, a las fijas, a Margot y Jack, a los del 3B, que habían vuelto a alquilar el apartamento para discutir quince días más.
Miré el mar. El que me había visto llorar, reír, enamorarme y envejecer.
—Sí —dije.
Quique asintió despacio. Sin prisa. Como quien acaba de comprobar algo que ya sabía.
—Pues ya está. Eso era.
Levantó el vaso. Yo levanté el mío. Brindamos en silencio, como dos viejos marineros que no necesitan palabras.
Afuera, en la arena, alguien puso música.
Un altavoz pequeño, de esos que suenan a lata, pero que a las doce de la noche en una playa vacía tienen la mejor acústica del mundo.
La gente empezó a bailar descalza. Darío se quitó las chanclas y se fue a la pista.
Teo dejó la bandeja y lo siguió. Las fijas se levantaron de sus sillas y se pusieron a bailar entre ellas, con esa dignidad que solo tienen las mujeres que han sobrevivido a todo.
Alma y Alba bailaban en la orilla, con los pies en el agua y las manos enlazadas.
Álvaro e Irene se besaban. Margot y Jack bailaban sin soltarse, torpes pero felices, como dos adolescentes que no saben que tienen setenta años.
El cuñao intentaba bailar con una turista y la turista le daba la espalda. Todo estaba en orden.
Valeria se acercó a la barra. Me cogió la mano.
—¿Bailas?
—Por supuesto.
—¡Además de guapo sabes bailar!
—Claro, cariño…
Me dejé arrastrar hasta la arena. El altavoz sonaba a canción vieja, de esas que saben a verano y a despedida.
Bailamos. Descalzos. Con Valeria apoyada en mi pecho y mis manos en su cintura.
Y mientras dábamos vueltas al ritmo de la música, vi a Quique en la barra, con su tinto de verano y su cigarro apagado, mirándonos. Sonreía.
A la una de la madrugada, apagué las luces de colores.
Los clientes se fueron yendo poco a poco, con abrazos y promesas de volver.
Las fijas recogieron sus sillas y se fueron caminando por el paseo, con Carmen la última, como siempre.
Darío se llevó a su chica del brazo…Margot y Jack se fueron en la Harley, con un rugido que retumbó en toda la playa.
Teo se quedó a recoger las mesas, sin que yo se lo pidiera.
—Mañana cierro —le dije.
—Ya lo sé.
—En octubre vuelvo a abrir los fines de semana. Por si quieres trabajar.
—Quiero.
—El sueldo es el mismo. Una mierda.
—Lo sé. Pero me gusta y me ayuda un montón.
Nos miramos, y sin decir nada más, seguimos recogiendo.
Cuando todo estuvo en su sitio, me senté en la orilla.
Valeria apareció sin hacer ruido, como siempre, y se sentó a mi lado.
No dijo nada. Solo apoyó la cabeza en mi hombro y se quedó mirando el mar conmigo.
El mar estaba en calma. La luna, esa rodaja de limón gigante que me había visto tantas noches, seguía allí.
Y yo, Gael, camarero del Náufrago, pensé en todas las historias que habían pasado por mi barra.
En todos los cracs de corazón que había visto cerrarse.
En todos los besos, todos los plantones, todas las picaduras de pez araña. En todos los veranos.
Porque los veranos se acaban. Las buenas historias, no.