Noches con tinto de verano CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Por fin

Apagué las luces del chiringuito con el mismo ritual de siempre: primero las de colores, luego las de la barra, luego la del porche.

Pero esta vez, cuando eché el cierre, no estaba solo.

Valeria me esperaba apoyada en la barandilla del paseo, con las sandalias colgando de los dedos y el tupper de ensaladilla bajo el brazo.

La tormenta había pasado. El mar ya no rugía.

Solo quedaba un rumor suave, como de sábanas al agitarse, y el reflejo de la luna sobre el agua.

—Vivo ahí detrás —dije señalando el edificio de apartamentos—. Es pequeño. Y tengo el cuadro de Hopper colgado en la cocina. Y el ventilador hace un ruido de avioneta. Te lo advierto por si quieres echarte atrás.

—Llevo siete veranos sin echarme atrás. No voy a hacerlo ahora.

Cogí su mano. Cruzamos el paseo vacío y subimos las escaleras.

Mi apartamento era el tercero, el que tenía la puerta azul y una maceta seca en el descansillo.

Metí la llave, abrí, y de repente me dio vergüenza.

No por el apartamento. Por el momento. Porque detrás de la barra yo era el que controlaba, el que servía las copas, el que escuchaba.

Pero allí, en mi casa, con ella, era solo Gael.

Un tipo con una cafetera italiana, un cuadro de un camarero solitario y una cama que hacía ruido.

—Es acogedor —dijo Valeria.

—Es un desastre.

—Me gustan los desastres. Por algo estoy aquí.

Dejó las sandalias en el suelo. Dejó el tupper en la encimera. Luego me miró. Y esa mirada —esa maldita mirada— hizo que se me secara la boca otra vez.

—Gael.

—Dime.

—No te pongas nervioso.

—No lo estoy.

—Estás agarrando el trapo.

Miré mi mano. Tenía el trapo de la barra. Me lo había llevado sin darme cuenta.

—Es por costumbre —dije soltándolo.

—Pues deja la costumbre. Y bésame.

La besé. No fue un beso de tormenta, como el de la playa.

Fue un beso lento, de los que empiezan en los labios y van bajando al cuello sin preguntar.

Olía a sal y a tinto de verano y a algo más, algo que solo olía ella.

Apoyé las manos en sus caderas. Ella me desabrochó el primer botón de la camisa con una habilidad que me dejó sin respiración.

—¿Cuántos botones tienes? —murmuró.

—Ni idea, nunca lo he contado, creo que cuatro o cinco.

Me desabrochó los cinco. Uno a uno. Despacio.

La camisa cayó al suelo. Luego me quitó el delantal —porque todavía llevaba el delantal, como un idiota— y lo dejó sobre la mesa.

Yo le bajé los tirantes del vestido azul, ese vestido que se le había pegado al cuerpo con la tormenta y que ahora se deslizaba por su piel como si llevara toda la noche esperando caer.

—Qué bonita eres —dije.

—Y tú qué torpe eres.

—Gracias.

—Era un cumplido.

Se rio. Esa risa que me volvía loco. Luego me empujó hacia la cama sin dejar de besarme. La cama protestó. Primero con un crujido seco, luego con un quejido largo, de esos que dicen «no estoy preparada para esto». Los dos nos quedamos quietos.

—¿Siempre hace ese ruido? —preguntó Valeria.

—Solo cuando alguien se sube encima.

—Pues que se acostumbre.

Se subió a horcajadas sobre mí. El vestido ya no estaba. El sujetador tampoco. Solo quedaba su boca buscando la mía y sus dedos enredados en mi pelo y el ventilador que zumbaba en el techo como una avioneta a punto de despegar.

—Gael —susurró.

—Dime.

—¿Cuánto hace que no estás con alguien?

—Siete veranos.

—Eso es mucho tiempo.

—No he encontrado a nadie que me hiciera olvidar la ensaladilla.

—¿La ensaladilla?

—La del primer día. Cuando te dije que una cucharada de mayonesa arreglaba corazones rotos. Tú te reíste. Y yo supe que ya no quería arreglar más corazones. Solo quería el tuyo.

—Eso es muy bonito.

—Es verdad. No sé decir otra cosa.

Me besó en la frente. En los párpados. En la comisura de los labios. Sus caderas se movían despacio, buscando un ritmo que la cama seguía con crujidos cada vez más rápidos. Yo le acaricié la espalda. Le besé el cuello. Le mordí el hombro sin querer.

—Perdón.

—No pidas perdón. Hazlo otra vez.

Lo hice otra vez. Y otra. Y otra. Sus manos recorrían mi pecho, mi vientre, mis muslos. Las mías se perdían en su cintura, en sus pechos, en la curva exacta donde la espalda se convierte en algo más. Jadeábamos. Nos reíamos. A veces las dos cosas a la vez.

—¿Siempre haces el amor así? —preguntó ella.

—No sé. Nunca lo había hecho contigo.

—Pues eres mucho mejor que cortando limones.

—Cortar limones es difícil.

—Hacer el amor también.

—Ya. Pero tú me ayudas.

—¿Te ayudo?

—Me haces olvidar que soy un desastre.

—Pero eres mi desastre.

—Me lo dijiste antes.

—Pues ahora te lo digo desnuda. Cuenta doble.

Me reí. Se rio. Nuestros cuerpos se encontraron en un vaivén cada vez más urgente. El ventilador zumbaba. La cama crujía. Y el mar, al otro lado de la ventana abierta, nos miraba en silencio.

Cuando acabamos, Valeria se quedó tumbada sobre mi pecho, con el pelo revuelto y la respiración todavía agitada. Yo le acariciaba la espalda. No decíamos nada. Porque hay momentos en los que el silencio es lo único que cabe.

—Gael —dijo al rato.

—Dime.

—El tupper de ensaladilla.

—¿Qué le pasa?

—Que se ha quedado fuera de la nevera. Se va a poner malo.

—Mañana te hago otro.

—¿Me lo prometes?

—Te prometo ensaladilla todos los veranos. Y tinto de verano. Y cafés por la mañana. Y una cama que no haga ruido.

—Es la mejor promesa que me han hecho nunca.

Me besó en el pecho. Luego se durmió. Yo me quedé despierto un rato más, acariciándole el pelo, escuchando el mar.

Y pensé en Quique, en mi madre, en los siete veranos.

En cómo la vida te va quitando cosas y luego, de repente, te las devuelve todas juntas en forma de mujer con un vestido azul y un tupper de ensaladilla.

☼☼☼

A la mañana siguiente, Darío apareció en la barra a las nueve. Yo estaba preparando los cafés. Valeria seguía en el apartamento, durmiendo. Darío se sentó en el taburete del extremo, pidió un agua con gas y me miró fijamente.

—Buenos días.

—Buenos.

—¿Dormiste bien?

—Mmmmm…

—No hace falta que contestes.

Me puse a secar un vaso. El vaso ya estaba seco. Darío sonrió. Esa sonrisa de socorrista que lo sabe todo antes que nadie.

—Siete veranos —dijo—. Siete. Y al final...

—Darío.

—Dime.

—Cállate.

—Vale.

Se bebió el agua con gas. Yo serví dos cafés. Uno para mí y otro para Valeria, que en ese momento apareció por la puerta del chiringuito con el vestido azul arrugado, el pelo recogido a medias y una expresión de «he dormido poco pero bien».

—Buenos días —dijo.

—Buenos días —dijimos Darío y yo al mismo tiempo.

Valeria se sentó en su taburete. El del extremo. El suyo. Cogió el café, le dio un sorbo y miró a Darío.

—¿Tú eres el socorrista, verdad?

—Sí.

—Pues no me mires así.

—No te estoy mirando de ninguna manera.

—Sí lo estás haciendo.

—Es que tengo cara de socorrista. No puedo evitarlo.

Valeria se rio. Yo también. Darío pidió otra agua con gas y se la bebió en silencio, con la misma sonrisa de antes. Luego se levantó, se colgó el silbato al cuello y se fue hacia la torre.

—¡Gael! —gritó desde la puerta.

—¿Qué?

—Me debes diez euros.

—¿Por qué?

—Por la apuesta. Dije que antes de agosto. Y estamos a veintinueve de julio.

Y se fue silbando. Valeria me miró.

—¿Habíais hecho una apuesta?

—No. Se la acaba de inventar.

—¿Y le vas a pagar?

—Sí. Porque ha ganado.

—¿Qué ha ganado?

—Todo.

Ella sonrió. Esa sonrisa. La que me había tenido siete veranos esperando. Luego alargó la mano por encima de la barra y me tocó los dedos.

—Gael.

—Dime.

—¿Hay más ensaladilla?

—Sí.

—Pues ponme un tupper . Y luego te quedas un rato conmigo en la orilla.

—Tengo que abrir el chiringuito.

—Que lo abra Teo.

—Teo no sabe freír calamares.

—Pues que aprenda.

La miré. Miré el chiringuito. Miré la torre de Darío, que ya estaba izando la bandera verde.

—Vale —dije—. Pero luego no me digas que soy un desastre.

Y nos fuimos a la orilla. Con el tupper de ensaladilla. Con el mar. Con el sol de julio pegando fuerte. Y con la sensación, por primera vez en siete veranos, de que no hacía falta esperar más.