CAPÍTULO 13
La tormenta
El primer trueno sonó a las seis de la tarde, cuando la playa aún estaba llena de sombrillas y de niños y de señores con gorra que no se habían enterado de que el tiempo iba a cambiar.
Sonó seco, como una tabla al partirse, y rodó por el cielo con esa lentitud amenazante que tienen las tormentas de verano antes de desatar el infierno.
Yo estaba detrás de la barra, secando vasos con el trapo de siempre —el que había perdido la batalla contra la dignidad dos temporadas atrás—, y levanté la cabeza por instinto.
El mar estaba raro. Demasiado quieto. Como si estuviera tomando aire antes de soltarlo todo.
Las gaviotas habían desaparecido. La manga de viento que soplaba del norte traía un olor a sal y a electricidad que se me pegó en la garganta.
—Mierda —dije en voz baja.
Teo, que estaba a mi lado reponiendo servilletas, levantó la cabeza.
—¿Qué pasa?
—Tormenta seca. De las malas. Recoge los vasos de las mesas de fuera y mételos en cajas. Y avisa a los de la cocina que apaguen la freidora.
—¿Por qué?
—Porque si cae un rayo cerca, la corriente se va a ir. Y no quiero freírme yo también.
Teo se fue corriendo hacia la cocina. Yo salí a la arena y vi lo que me temía.
La playa empezaba a vaciarse. Las madres recogían las toallas a toda prisa.
Los padres plegaban las sombrillas como podían.
Los niños chillaban, pero ya no de risa.
Los vendedores de pulseras recogían sus tenderetes y echaban a correr por el paseo.
Y en la torre de vigilancia, Darío hacía sonar el silbato tres veces —tres, la señal de evacuación— mientras izaba la bandera amarilla.
Amarilla. No roja. Todavía no. Pero casi.
El viento se levantó de golpe, como si alguien hubiera abierto una puerta gigante en el horizonte.
Los manteles de las mesas volaron antes de que yo pudiera recogerlos.
Las servilletas se fueron por el aire como gaviotas de papel.
La arena me azotó la cara con esa rabia menuda que tienen los granos cuando el viento los convierte en alfileres.
Una sombrilla que no estaba bien clavada salió rodando por la orilla, dio dos vueltas y se clavó en la arena como una lanza.
—¡Gael!
Era Darío, desde la torre.
—¿Qué?
—¡Que cierres! ¡Viene fuerte!
—¡Ya lo veo!
Pero no cerraba. Porque había que recoger las mesas, las sillas, los cojines, las neveras portátiles que los clientes habían dejado tiradas. Porque un chiringuito no se cierra solo. Porque este era mi chiringuito. Y a mi chiringuito no lo tumbaba una tormenta.
El segundo trueno fue peor. Retumbó dentro del pecho, como si el cielo se estuviera partiendo en dos justo encima de nosotros. Las luces del paseo parpadearon. Un niño se echó a llorar. Y entonces, en medio del caos, la vi.
Valeria.
Estaba de pie junto a la barra, con el vestido azul azotado por el viento y el pelo suelto que se le enredaba en la cara. No se había ido. No había corrido como los demás. Estaba allí, quieta, mirándome.
—¿Necesitas ayuda? —gritó por encima del ruido.
—No. Vete. Esto se pone feo.
—Ni hablar.
Y sin esperar respuesta, se quitó las sandalias, las dejó debajo de la barra y empezó a recoger los cojines de las hamacas. Así. Como si fuera lo más normal del mundo. Como si no hubiera un trueno cada diez segundos y un viento que tiraba hacia atrás todo lo que intentaba poner derecho.
—¡Valeria, que te vas a mojar!
—¡No está lloviendo!
—¡Pero va a llover!
—¡Pues que llueva!
La miré. Me miró. Y por un segundo, solo un segundo, me olvidé de la tormenta.
Trabajamos juntos. En silencio. Ella recogía los cojines y los metía dentro del chiringuito.
Yo plegaba las mesas y las apilaba contra la pared.
Teo había vuelto de la cocina y se ocupaba de las sillas, de las neveras, de los vasos que aún quedaban en las mesas.
Darío seguía en la torre, con el silbato en la boca, vigilando el mar como un centinela.
Las olas empezaban a romper cada vez más cerca.
Demasiado cerca. Tanto que la espuma llegaba hasta las patas de la torre.
El cielo se había puesto de un color que yo no había visto nunca.
Negro por el norte. Gris oscuro por el sur.
Y en el medio, un azul enfermizo, como de moretón, que anunciaba lo peor.
No llovía. Las tormentas secas son así: truenos, rayos, viento, pero ni una gota.
Hasta que de repente, sin avisar, se abren las nubes y cae todo de golpe.
—¡Ya está! —grité cuando la última mesa quedó asegurada—. ¡Dentro!
Teo entró primero. Valeria se quedó fuera, junto a mí, mirando el mar.
Las olas eran bestias negras que se levantaban dos metros y reventaban contra la arena con un rugido de animal.
La mangata —esa línea de luz que se refleja en el agua cuando hay luna— había desaparecido.
No había luna. No había luz. Solo aquel azul oscuro, casi negro, y el blanco de la espuma que brillaba como dientes en la oscuridad.
—Da miedo —dijo Valeria.
—No.
Ella me miró.
—¿No?
—El mar siempre avisa antes de enfadarse. No es como las personas. El mar no te traiciona. Te enseña los dientes, te gruñe, te escupe un poco de espuma. Y si eres listo, te apartas. Si no, te traga.
—Pues yo no soy lista. Porque no me he apartado.
—Ya lo veo.
—¿Y tú?
—Yo tampoco.
Se rio. Una risa de las que salen sin querer.
El viento le pegó el pelo en la boca y ella se lo apartó con la mano.
Un rayo cayó en el mar, a lo lejos, y durante un segundo todo se iluminó de blanco.
Luego el trueno. Luego el silencio. Ese silencio raro que hay entre el trueno y el siguiente, cuando el aire está cargado de electricidad y todo parece suspendido.
—Gael —dijo Valeria—. ¿Por qué no te has apartado?
El viento le azotaba el pelo contra la boca. Otro rayo dibujó una cicatriz blanca en el horizonte.
—Supongo que estaba esperando esto —dije.
—¿El qué?
—Que te quedaras.
Nos miramos. Y, entonces, me besó. Un beso distinto a los otros.
No fue torpe ni fue rápido. Fue un beso de tormenta, de esos que saben a sal y a electricidad y a «ya era hora».
Le puse las manos en la cintura. Ella me agarró la nuca.
El viento nos empujaba hacia el chiringuito, pero nosotros nos quedamos quietos, plantados en la arena como dos estúpidas sombrillas que se niegan a salir volando.
—Así que estabas esperando —dijo al separarse.
—Pues sí.
—Qué paciencia.
—No era paciencia. Era miedo.
—¿A qué?
—A esto. A que te quedaras. A que te fueras. A no saber qué hacer si te quedabas. A no saber qué hacer si te ibas.
—Y ahora, ¿lo sabes?
—No tengo ni puta idea.
Se rio. Esa risa. La que me había tenido toda la semana sin dormir. El viento amainó un instante, como si también quisiera escucharla.
—Pues me gusta más así —dijo.
—¿Así cómo?
—Sin tener ni puta idea. Como yo.
Nos quedamos en silencio. Las olas seguían rompiendo cerca, cada vez más cerca, pero el trueno ya rodaba hacia el sur.
La tormenta se alejaba. La arena, que antes era un ejército de alfileres, ahora estaba quieta.
Valeria me cogió la mano. Sin decir nada.
Sin preguntar. Solo la mano, pequeña y fría, agarrada a la mía.
Detrás, Teo encendió una vela dentro del chiringuito. La llama titubeó, se apagó, volvió a encenderse. Darío bajó de la torre y entró chorreando espuma, con el silbato colgando y una sonrisa que no necesitaba palabras. Nadie dijo nada. Porque no hacía falta.
Al rato, Valeria apoyó la cabeza en mi hombro.
—¿Sabes qué pienso?
—Que el camarero debería invitarte a cenar.
—También. Pero no era eso.
—Pues dispara.
—Que las tormentas dan menos miedo cuando hay alguien al lado.
—Eso ya lo dijo alguien.
—Sí. Y ahora lo digo yo.
Me reí. Ella también. Luego entramos al chiringuito. Darío estaba secándose el pelo con una servilleta. Teo había salvado los mejillones de la nevera y los exhibía como un trofeo de guerra. Valeria pidió su tinto de verano. Yo se lo serví. Con limón. Con la medida justa. Sin tartamudear.
Esa noche, cuando cerré la persiana y me quedé un rato mirando el mar ya en calma, pensé en lo raro que era todo.
En cómo una tormenta seca me había enseñado más que siete veranos.
Siempre había pensado que el mar era mi refugio.
Aquella tarde descubrí que también podía serlo una mano pequeña y fría agarrando la mía.
Comprendí que hay naufragios de los que no quieres que te rescaten.