Noches con tinto de verano CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El legado

El chico se llamaba Teo y apareció una mañana de julio, justo cuando yo estaba colocando las sillas en la arena y preguntándome si aquel verano sería como los anteriores.

Dieciocho años, pantalones cortos, camiseta de los Ramones —seguro que no había escuchado un disco en su vida— y una mezcla de ilusión y hambre que reconocí al instante.

Porque yo había tenido exactamente esa misma cara.

—¿Tú has puesto copas alguna vez? —le pregunté.

—No.

—Pues aprendes en una semana. El sueldo es una mierda, las propinas dependen de la cara que pongas y el horario es de sol a luna. ¿Te interesa?

—Sí.

—Vale. Pues mañana te espero a las ocho.

Respondió sin pensar, igual que hice yo siete veranos atrás.

Y al día siguiente, a las ocho en punto, allí estaba.

Peinado con agua, camiseta planchada —le duró limpia diez minutos— y unos zapatos que no eran de playa ni de trabajo ni de nada que implicara estar de pie más de una hora.

Le di el delantal de los novatos, un trapo viejo y una recomendación.

—Lo primero: si rompes algo, lo pagas. Lo segundo: si no sabes algo, preguntas. Y lo tercero...

—¿Qué es lo tercero?

—Lo tercero lo averiguas tú solo. Como todo el mundo.

Teo asintió. Tenía los ojos muy abiertos y el gesto de quien está a punto de meter la pata pero todavía no sabe cuándo.

El primer desastre ocurrió a las diez de la mañana. Una señora pidió un tinto de verano y él le sirvió una sangría. La señora dio un sorbo y dijo: «Esto sabe a canela». Teo me miró con pánico. Yo, desde el otro extremo de la barra, me encogí de hombros.

—No pasa nada. Tira eso y empieza otra vez. El tinto lleva vino tinto, limón, hielo y un chorrito de gaseosa. La sangría lleva lo mismo pero con fruta y canela. Si ves canela, no es tinto.

—Vale.

—Y si ves fruta, tampoco.

—Vale.

—Y si ves algo que flota y no es un limón, pregunta.

—Vale.

El segundo desastre fue un Aquarius. Un chaval le pidió un Aquarius de limón y Teo le sirvió la botella sin abrir. La dejó en la barra, así, con el tapón puesto, y se quedó esperando a que el cliente hiciera algo. El cliente miró la botella. Miró a Teo. Teo miró al cliente.

—¿Me la abres? —dijo el cliente.

—Ah. Sí. Claro. —Teo cogió la botella, forcejeó con el tapón, no pudo, se la devolvió—. Es que está muy dura.

—¿Me estás diciendo que no sabes abrir una botella?

—Sí, sé. Pero esta está muy dura.

El cliente la abrió él mismo. Teo se puso rojo. Yo me aparté un momento a la cocina para reírme sin que me viera.

El tercer desastre fue la bandeja. Teo había visto a los camareros de las películas llevar bandejas con una mano, por encima del hombro, como si flotaran.

Quiso imitarlos. Cargó cuatro vasos, levantó la bandeja, dio dos pasos y los cuatro vasos salieron volando.

El ruido fue tan seco que hasta las gaviotas se apartaron.

—Lo siento —dijo—. Lo siento. Lo pago. De mi sueldo. Lo que sea.

—No tienes sueldo —le dije—. Estás a prueba.

—Pues entonces no sé cómo lo pago.

—Limpiando. Coge la fregona.

Teo cogió la fregona. Fregó los cristales, el suelo, la barra y hasta una mesa que no se había mojado. Luego se quedó quieto, con el mocho en la mano, mirando al suelo.

—Soy un desastre —dijo.

—Sí.

—No valgo para esto.

—Tampoco es eso.

—¿Y por qué no me echas?

—Porque me recuerdas a alguien.

—¿A quién?

—A mí.

Se quedó callado. Yo me puse a cortar limones y le dejé que procesara la información. Al rato, volvió a la barra con la fregona escurrida y una pregunta.

—¿Tú también eras un desastre?

—Peor.

—¿Peor?

—Una vez le eché sal a un gin-tonic. El cliente era inglés, enorme, con cara de pocos amigos. Dio un sorbo y me dijo que sabía a mar.

—¿Y qué hiciste?

—Le dije que era la especialidad de la casa.

—¿Y se lo creyó?

—No. Pero pagó.

Teo se rio. Por primera vez en todo el día, se rio de verdad. Y yo sentí algo raro. Algo que no había sentido nunca. Era como si de repente el Náufrago tuviera otra vez a alguien que empezaba de cero. Como si la rueda siguiera girando.

A media mañana, Valeria bajó a la playa. Se sentó en su taburete —el del extremo, el suyo— y pidió un tinto de verano con limón. Teo la miró. La miró como se mira a una mujer guapa cuando tienes dieciocho años y no sabes disimular.

—¿Quién es? —me preguntó en voz baja.

—Valeria.

—¿Siempre viene?

—Siempre.

—¿Es tu novia?

Yo estaba bebiendo agua. Me atraganté. El hielo se me fue por el camino equivocado y tosí como si me fuera a morir.

—¿Estás bien? —preguntó Teo.

—Sí. —Tosí otra vez—. No. Bueno. No sé.

—¿No sabes si estás bien o no sabes si es tu novia?

—Las dos cosas.

Valeria, desde su taburete, levantó la cabeza.

—Gael, ¿estás hablando de mí?

—No.

—Sí —dijo Teo—. Estábamos hablando de usted.

—Teo, por el amor de Dios.

—¿Qué? Si es verdad.

Valeria sonrió. Se giró hacia Teo.

—¿Tú eres el nuevo?

—Sí. Me llamo Teo. Bueno, en realidad me llamo Mateo, pero todo el mundo me llama Teo.

—Pues Teo, te voy a dar un consejo. Gael es un desastre respondiendo a según qué preguntas. Mejor pregúntame a mí.

—Vale. —Teo se armó de valor—. ¿Es usted su novia?

—Sí —dijo Valeria.

—No —dije yo al mismo tiempo.

Teo nos miró alternativamente. Valeria arqueó una ceja. Yo me puse a secar un vaso que ya estaba seco.

—Eso no aclara nada —dijo Teo.

—Bienvenido al Náufrago —respondí.

Esa noche, después del cierre, Teo y yo nos sentamos en la orilla. Él estaba agotado, con los pies metidos en la arena y la camiseta de los Ramones manchada de salsa brava. Yo tenía una cerveza. Él no bebía.

—Gael —dijo—, ¿por qué este sitio se llama El Náufrago?

—Porque aquí llega todo el mundo como si acabara de naufragar. Los que han perdido un amor. Los que han perdido un trabajo. Los que se han perdido a sí mismos. Y vienen aquí, se sientan en la barra, piden un tinto de verano y se quedan flotando un rato antes de volver a tierra firme.

—Eso es muy poético.

—Lo sé. Se lo pillé a uno.

—¿A quién?

—A un viejo marinero que se llamaba Quique. Era el dueño antes que yo. Él me lo contó todo. Lo del oficio, lo de las copas, lo de la gente.

—¿Y dónde está ahora?

—En Santander. Jubilado. Nos hacemos videollamadas de vez en cuando.

—¿Y qué le cuentas?

—Que el chiringuito sigue en pie. Que el mar sigue igual. Que a veces me acuerdo de sus frases.

—¿Como cuáles?

—«Mañana más y mejor».

—¿Eso te decía?

—Todos los días. Al principio, cuando yo era un desastre como tú, se apoyaba en la barra, me miraba con su cigarro apagado y me decía: «Mañana mejor». Y al día siguiente yo la volvía a cagar. Y él otra vez: «Mañana mejor». Así hasta que un día dejé de cagarla. Bueno, más o menos.

—¿Y ahora?

—Ahora la sigo cagando. Pero menos.

Teo se quedó callado. El mar sonaba al fondo. Las luces del paseo se reflejaban en el agua.

—¿Sabes qué? —dijo de repente—. Yo quiero ser como tú.

—No digas tonterías. Yo soy un camarero de playa.

—Ya. Pero eres el tío más tranquilo que conozco. Y sabes escuchar. Y todo el mundo te cuenta sus problemas. Y tienes a Valeria.

—Valeria me eligió. Yo no hice nada.

—Algo harías.

—Le di un tupper de ensaladilla.

—¿Y eso funciona?

—A veces.

Teo se rio. Yo también. Y entonces, sin darme cuenta, sin pensarlo, dije:

—Mañana más y mejor.

Me quedé callado. Acababa de decir exactamente lo mismo que Quique me decía a mí. Exactamente. Las mismas palabras. El mismo tono. La misma sensación de que el tiempo no pasa, solo se pliega.

—¿Qué? —preguntó Teo.

—Nada. Una tontería.

Pero no era una tontería. Era Quique. Era yo. Era Teo. Era el Náufrago entero.

A la mañana siguiente, Teo llegó a las ocho. Volvió a tirar un vaso. Volvió a confundir un tinto con una sangría. Volvió a quedarse embobado mirando a una chica guapa que pedía un refresco. Y yo, desde la barra, le miré y sonreí.

—Mañana más y mejor —le dije.

Y esta vez lo dije a propósito.