CAPÍTULO 11
El regreso
Valeria volvió un viernes. Lo sé porque los viernes pongo las sillas de otra manera y porque llevaba toda la semana mirando el móvil como un imbécil esperando un mensaje que no llegaba.
Y también lo sé porque en cuanto la vi aparecer por el paseo marítimo, con un vestido azul y las mismas sandalias que costaban más que mi nevera industrial, me até los dedos con el trapo.
Literalmente. Hice un nudo sin querer y me quedé con dos dedos prisioneros dentro de la bayeta. Darío, que estaba en la barra bebiendo agua, me miró con cara de «¿qué cojones haces?». Yo intenté soltarme con disimulo. No pude. El trapo estaba húmedo y el nudo era firme.
—Gael —dijo Darío—. ¿Por qué tienes la mano metida en el trapo?
—No la tengo metida. Se ha metido sola.
—Los trapos no se meten solos.
—Pues este sí.
—¿Es ella?
—Es ella.
—¿La del beso?
—No. La del trapo. Claro que la del beso, idiota.
Valeria llegó a la barra. Se quitó las gafas de sol. Me miró.
—Hola, Gael.
—Hola. —Me salió normal. Respiré aliviado. Luego añadí—: ¿Otro tinto?
—Sí. Con limón.
—Marchando.
Me giré, cogí el vaso, y al darme la vuelta me golpeé la cadera con el filo del mostrador.
El vaso se tambaleó. Lo salvé en el último segundo, pero el cuchillo de los limones salió disparado y cayó al suelo con un ruido metálico que resonó en todo el chiringuito.
Darío se tapó la cara con la mano. Valeria arqueó una ceja.
—¿Estás bien?
—Perfectamente. —Me agaché a recoger el cuchillo y al incorporarme me di con la cabeza en el borde de la barra—. Mierda.
—Gael.
—Dime.
—Te has dado un golpe.
—No. Ha sido la barra. Que está baja. O yo alto. No sé. ¿Tinto con limón, decías?
—Con limón. Y con hielo. Y con un poco de agua con gas. Pero sobre todo con limón.
—Limón. Claro. ¿Limón amarillo o verde?
—Los limones son amarillos.
—Ya. Eso es verdad.
Cogí un limón. Me puse a cortarlo. Las manos me temblaban tanto que las rodajas me salieron desiguales, una gorda, otra fina como el papel de fumar. Valeria me observaba en silencio. Darío tosió para disimular una risa.
—Oye —dijo Valeria—. ¿Tú estás raro o es cosa mía?
—Raro, ¿yo? Qué va. Estoy normal. Bueno, normal entre comillas. Porque lo de antes fue sin querer. Lo del cuchillo. Y lo de la cabeza. Y lo del trapo. —Me callé. Había dicho lo del trapo—. ¿Qué trapo?
—No sé. Tú has dicho lo del trapo.
—¿Yo? No. Sería otro.
—En la barra solo estamos tú y yo.
—Y Darío.
—Darío no habla.
—Darío habla. A veces. Antes ha hablado.
—He dicho «¿es ella?» —confirmó Darío—. Nada más.
—Vale, cállate, Darío.
—Me callo.
Valeria apoyó los codos en la barra. Me miró fijamente. Yo me puse a secar un vaso que ya estaba seco. Lo sequé tres veces. Luego lo dejé en la barra boca abajo y se cayó. El vaso rodó por el mostrador y lo atrapé con la mano izquierda mientras con la derecha tiraba sin querer el salero.
—Vale —dijo Valeria—. Para. Siéntate.
—No puedo sentarme. Soy el camarero.
—Pues deja de tocar cosas. Estás poniendo perdida la barra.
—No estoy poniendo perdida la barra. Solo se ha caído el salero. Y el cuchillo. Y el vaso. —Miré a mi alrededor—. Y el plato de las aceitunas.
—¿Qué plato de las aceitunas?
Señalé el suelo. Las aceitunas estaban desparramadas junto a mis pies. No recordaba haberlas tirado. Darío, desde su taburete, negó con la cabeza.
—Gael —dijo Valeria—. ¿A ti qué te pasa?
—Nada.
—Mírame.
La miré. Tenía los ojos de ese color imposible que unas veces parecía verde y otras marrón y que me nublaban el cerebro.
Intenté mantener la calma. Intenté ser el de siempre.
El que hablaba de peces araña y de cracs de corazón sin pestañear.
Pero no pude. Porque ella me miraba así, con esa sonrisa pequeña y esa ceja levantada, y a mí se me fue todo el aplomo al carajo.
—Es que... —empecé.
—¿Es que qué?
—Es que hace calor.
—¿Calor?
—Sí. Mucho calor. Treinta y dos grados. Lo he oído en la radio. Bueno, no lo he oído. Lo ha oído Darío. ¿Verdad, Darío?
—Yo no he oído nada.
—Pues hace calor. Y cuando hace calor yo... —Busqué una excusa—. Me pongo así.
—¿Así cómo?
—Torpe. Cuando hace calor me pongo torpe. Es una cosa médica. Le pasa a mucha gente.
—No le pasa a nadie, Gael.
—A mí sí. Soy especial.
Valeria se rio. Esa risa. Esa maldita risa de cristal que me había tenido toda la semana sin dormir. Luego se levantó del taburete, se inclinó sobre la barra y me dijo en voz baja:
—Gael, ¿tú te has puesto nervioso porque te besé?
—¿Qué beso?
—El de la otra noche.
—Ah. Ese beso.
—Sí. Ese.
Me quedé callado. Me sequé las manos en el delantal. Se me cayó el trapo otra vez. Esta vez ni lo recogí.
—No —dije—. No me he puesto nervioso.
—Vale.
—No me he pasado toda la semana pensando en eso.
—Claro.
—Ni he mirado el móvil cada dos minutos por si habías escrito.
—Lógico.
—Ni he ensayado lo que iba a decirte delante del espejo.
—¿Delante del espejo?
—Delante de las croquetas. Les hablo a las croquetas cuando estoy nervioso. No, espera. Eso no lo he dicho. Olvida lo de las croquetas. No hablo con croquetas. Eso sería de locos.
—Sería de locos —confirmó Darío desde el otro extremo.
—Darío, por el amor de Dios.
—Me callo.
Valeria alargó la mano por encima de la barra. Me agarró la muñeca. Suave. Muy suave.
—Gael.
—¿Qué?
—Cállate.
—Vale.
—Y bésame.
—¿Aquí? ¿Delante de Darío?
—Darío no mira.
—No miro —dijo Darío girándose.
La miré. Me miró. Y entonces, como pude, sin soltarme de su mano, me incliné y la besé. Un beso corto, torpe, de los que pillan a contrapié y saben a tinto de verano y a limón y a «por fin». Me temblaban los labios. A ella no. Ella sonreía mientras me besaba. Y eso, joder… eso fue lo mejor de todo.
Nos separamos. Darío aplaudió. Cogí el trapo del suelo y se lo tiré a la cabeza.
—Es la segunda vez que os besáis —dijo Darío esquivándolo—. ¿Esto ya es oficial o qué?
—Cállate, Darío.
—Es que quiero saber si puedo contarlo.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque no hay nada que comentar —dije.
—Claro que no —dijo Valeria—. Solo soy una clienta que viene a tomar tinto de verano.
—Con limón —añadí.
—Con limón. Y a veces besa al camarero.
—A veces —dije—. Muy de vez en cuando.
—Dos veces en poco tiempo —apuntó Darío.
—Darío, te juro que te despido.
—No puedes despedirme. Soy socorrista. No trabajo para ti.
—Pues te echo de la barra.
—Vale, me voy. —Se levantó del taburete y se fue hacia la puerta—. Pero esto lo cuento en la playa mañana. Los de las hamacas me deben diez euros. Teníamos una apuesta.
—¿Qué apuesta?
—Sobre cuándo os ibais a besar otra vez. Yo dije que antes de agosto. He ganado.
Y se fue. Valeria y yo nos quedamos solos. Ella se rio. Yo también. Luego ella se sentó en su taburete y yo me puse a cortar limones como si no hubiera pasado nada. Pero había pasado. Y los dos lo sabíamos.
—Gael —dijo ella al rato.
—Dime.
—La próxima vez que vuelva, no te pongas nervioso.
—Imposible.
—¿Por qué?
—Porque eres la única mujer que me ha besado dos veces en este chiringuito. Y la única que me ha visto hablar con croquetas.
—Yo no he visto nada.
—Pero lo sabes.
—Claro. —Sonrió—.Y me encanta. Entonces decidí que, si hacía falta, hablaría con las croquetas toda mi vida.