EPÍLOGO
Al verano siguiente
El primer día de julio, cuando el sol todavía no ha decidido si va a ser abrasador o simplemente insoportable, abrir el Náufrago es como abrir un cofre del tesoro que huele a lejía y a aceite de freír.
Este año me tocaba a mí. Gael me dejó las llaves el día antes, cuando se fue a Madrid a buscar a Valeria y al pequeño Quique, y me dijo: «Teo, el chiringuito es tuyo.
No lo hundas». Lo mismo de siempre. Pero esta vez añadió algo más: «Y prepara la trona. Este año hay novedades».
No lo he hundido. He barrido la arena del porche.
He rellenado las neveras. He colocado las sillas con esa simetría que tanto le gusta a Gael y que a mí me sigue pareciendo una manía absurda.
He colgado el cartel de «ABIERTO» y me he quedado un rato detrás de la barra, con el trapo al hombro.
Ya no soy el chaval de los pantalones cortos y la camiseta de los Ramones.
Soy el camarero. El que abre. El que cierra.
El que sirve el primer tinto de verano de la temporada.
Darío asoma por la puerta a media mañana.
Lleva el silbato colgando y una camiseta descolorida que dice «Prohibido bañarse sin permiso».
Detrás de él, Lucía aparece con un vestido blanco y las gafas de sol puestas.
Ya no es la chica que lo miraba desde la orilla mientras el dragón le daba crema en la espalda.
Ahora es la que le trae el desayuno a la torre y le grita desde la arena que se ponga protector solar.
—¿Está abierto? —pregunta Darío.
—No. He puesto el cartel porque me gusta engañar a la gente.
—¿Y Gael?
—Está al llegar. Hoy traen al niño.
—Por fin. Le dije que si no lo traía pronto, le quitábamos el título de padre del año.
—Tú no puedes quitarle nada. Eres socorrista.
—Socorrista y juez de paternidad. Tengo doble titulación.
Se sienta en su taburete de siempre y pide un café con hielo.
Lucía se sienta a su lado y pide un tinto de verano.
Son las doce de la mañana, pero a ella le da igual.
Dice que el tinto de verano no entiende de horarios.
Se lo sirvo sin derramarlo. Ya no se me caen las cosas.
Ya no confundo la leche con el agua. Ya no me quedo embobado mirando a las chicas guapas.
Bueno, lo de las chicas guapas no lo he superado del todo. Pero ahora disimulo mejor.
A las doce y cuarto, con la campana del tapeo recién golpeada —sí, he respetado la tradición, porque un Náufrago sin campana no es un Náufrago—, los veo llegar por el paseo marítimo.
Gael camina despacio, con esa calma que tiene él.
Valeria va a su lado, con un vestido blanco que no le había visto nunca y el pelo más largo que el verano pasado.
Y Gael empuja un carrito de bebé. De esos que tienen ruedas todoterreno y capota para el sol.
Lo supe en febrero, cuando Gael me llamó por teléfono a las tantas de la madrugada.
«Teo, ha nacido. Se llama Quique. Bueno, Enrique.
Pero le vamos a llamar Quique». Y yo me emocioné como un idiota, allí solo en mi apartamento de estudiantes, con un examen al día siguiente que ya no me importaba.
Luego me mandó una foto. El bebé era un garbanzo arrugado con los ojos cerrados y los puños apretados.
Se la enseñé a todo el mundo. A mis compañeros de piso, a mis padres, al frutero de la esquina.
«Mira, es el hijo de mi jefe». «¿Y por eso lloras?
», me dijo el frutero. «Sí», le dije. «Pues vaya gilipollez». No se lo discutí.
Ahora, al verlos llegar, me limpio las manos en el delantal y salgo de detrás de la barra. Valeria me da dos besos. Gael me da una palmada en el hombro.
—Te presento al nuevo camarero —dice señalando el carrito.
—¿Ya sabe cortar limones?
—De momento solo sabe dormir y comer. Pero vamos mejorando.
Me inclino sobre el carrito. Quique está despierto, con los ojos muy abiertos —los ojos de Valeria, no hay duda— y los puños apretados alrededor de un dedo invisible. Me mira. Lo miro.
—Hola, Quique —digo—. Yo soy Teo. El que te va a enseñar a tirar la cerveza. Tu padre es un desastre. No le hagas caso.
Gael resopla. Valeria se ríe. El bebé emite un ruido que no sé si es de aprobación o de hambre.
—Ha crecido —digo—. En la foto parecía un garbanzo.
—Eso mismo dije yo —apunta Valeria.
—Era un garbanzo muy guapo —se defiende Gael.
—No. Era un garbanzo a secas —dice Valeria—. Ahora es un garbanzo guapo. Hay diferencia.
Gael se acerca a la barra, mira a su alrededor, inspecciona las neveras, las sillas, los limones ya cortados en el recipiente de plástico. Lo de siempre.
—Has puesto las sillas demasiado juntas —dice.
—Están perfectas.
—No. Así no pasan los carritos. Mira.
Separa dos sillas, hace un pasillo imaginario y me señala el resultado con las cejas levantadas. Yo me encojo de hombros. Valeria se sienta en su taburete —el del extremo, el suyo, el que nadie ocupa aunque esté lleno— y pide un tinto de verano.
—Con limón —dice—. Pero poco. Que estoy dando el pecho.
—¿Eso afecta al limón?
—No lo sé. Pero hoy me apetece poco.
Se lo sirvo. Luego sirvo otro para Gael.
Y otro para mí. Brindamos en silencio, como hacemos siempre que empieza un verano.
El mar está en calma. Las gaviotas sobrevuelan la orilla.
Las fijas, a lo lejos, pinchan la sombrilla en primera línea de playa con la misma determinación de todos los años.
Maruja me ha gritado al pasar: «¡Chaval, este año quiero la paella más grande!
Y quiero ver al niño. Tráemelo, que le voy a dar un poco de ensaladilla».
Le he dicho que sí, que habrá paella y ensaladilla.
Y un flan de postre. Porque quiero a Maruja.
Quiero a todas las fijas. Las quiero como se quiere a las instituciones.
Gael se queda un rato en silencio, mirando el carrito.
Valeria le coge la mano por debajo de la barra.
Yo hago como que no lo veo, pero lo veo.
Y pienso en todas las noches que han pasado por este chiringuito.
En todas las risas, todos los besos, todos los cracs de corazón.
En el tipo que llegó con una picadura de pez araña en los testículos y se fue con una doctora colgada del brazo.
En la niña de doce años que dijo que se le rompía el alma y que ahora estudia Periodismo y comparte piso con Alba.
En la pareja del 3B, que sigue alquilando el apartamento para odiarse quince días.
En Margot y Jack, que este año mandan postales desde Croacia.
En Darío y Lucía, que ya no necesitan dragones ni discotecas para saber que se quieren.
En Gael y Valeria, que han tardado siete veranos en traer un carrito pero lo han hecho. En todo.
—Gael —digo de repente.
—Dime.
—¿Crees que dentro de siete veranos seré yo el que empuje un carrito?
—No lo sé. Pero si lo haces, asegúrate de que el bebé no se parezca a Darío.
—¿Por qué?
—Porque entonces sí que sería feo de verdad.
Valeria se ríe. Esa risa. La que tanto le gusta a Gael. La que a mí también me gusta, aunque no se lo diga. Darío, que ha oído la conversación desde su taburete, se gira con el ceño fruncido.
—Oye, que te estoy oyendo.
—Lo sé —dice Gael—. Por eso lo he dicho.
Lucía se ríe también y le da un beso en la mejilla a Darío, que se queja pero se deja.
Las fijas, desde la orilla, nos insultan con cariño porque quieren otra ronda.
Maruja se ha acercado a la barra con los brazos extendidos y ya se ha llevado a Quique de paseo por la arena, sujetándolo como si fuera un trofeo.
«Este niño va a ser de las nuestras», dice.
«Como su padre y como su abuelo». Y yo, que sé quién fue Quique el viejo, me emociono un poco y me pongo a cortar limones para disimular.
Por la noche, cuando cierro la persiana y apago las luces de colores, me siento en la arena.
Solo. Como hacía Gael al principio de todo esto.
El mar está oscuro. La luna, esa rodaja de limón gigante, flota sobre el agua.
A lo lejos, en el apartamento detrás del chiringuito, se enciende una luz.
La del ventilador ruidoso. La de la cama que cruje.
La del cuadro de Hopper. Ahora hay un carrito de bebé junto a la puerta.
Y un peluche de gaviota en el alféizar. Y una maceta nueva, de esas que Gael siempre olvida regar, pero que Valeria mantiene viva.
Sonrío. Me levanto. Sacudo la arena de los pantalones. Y me voy a casa, pensando en mañana. En los cafés que serviré. En los tintos de verano. En las historias que aún no han pasado.
FIN