Noches con tinto de verano CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El cuñao

Hay una especie que aparece en el chiringuito cada mes de julio, puntual como las medusas y bastante más molesta.

No tiene nombre propio porque no le hace falta.

En todas las familias hay uno. En todos los grupos de amigos también.

Yo lo llamo «el cuñao», y no porque sea cuñado de nadie en concreto, sino porque tiene esa actitud de cuñado universal: la de un tío que lo sabe todo, opina de todo y se mete en todo sin que nadie le haya pedido permiso.

El cuñao del que hablo llegó un lunes por la mañana con un grupo de cuatro parejas que alquilaban un apartamento frente al mar.

Los demás eran gente normal: padres con crema solar, madres con revistas, niños con cubos.

Pero él destacaba desde lejos. Llevaba una camiseta sin mangas que dejaba ver unos tatuajes dudosos, una gorra de paja que no le quedaba bien ni por casualidad y una nevera portátil que arrastraba con la determinación de quien transporta un órgano para un trasplante.

—La logística es clave —le dijo a uno de los padres mientras colocaba la nevera en la arena—. Las cervezas tienen que estar a la temperatura exacta. Ni muy frías, que se entumece el sabor, ni muy calientes, que parecen meados. Seis grados. Justo.

El padre asintió con cara de no tener ni idea de lo que le estaban hablando. Yo, desde la barra, ya había identificado al ejemplar. Lo había visto cientos de veces. Cada verano aparece uno distinto pero igual. Cambia la cara, cambia el nombre, pero el cuñao es una constante universal.

Lo siguiente fue lo de la sandía. El cuñao se plantó en la orilla, justo donde rompen las olas, y empezó a cavar un agujero con las manos como un perro buscando un hueso.

Las mujeres lo miraban desde las toallas con una mezcla de estupefacción y vergüenza ajena. Los niños se acercaron a ver qué hacía.

—¿Qué hace el tío ese? —me preguntó Darío, el socorrista, que había bajado de la torre a por agua.

—Enterrar una sandía.

—¿Para qué?

—Para que esté fresquita. Lo leí en un libro de supervivencia playera. O igual lo vi en un anuncio de cerveza. No sé.

—¿Y funciona?

—No tengo ni puta idea. Pero él está convencido de que sí.

Y ahí residía todo el poder del cuñao: en la convicción.

Daba igual que lo que dijera fuera verdad o mentira, útil o absurdo.

Él lo decía con tanta seguridad que la gente dudaba de su propio criterio.

Si el cuñao afirmaba que las medusas no pican si les silbas bajito, había que ser muy valiente para llevarle la contraria.

Si aseguraba que el protector solar caducado protege más porque «se concentra», solo un temerario se atrevía a rebatirlo.

A media mañana, el cuñao ya se había ganado a pulso el título de Alcalde No Oficial de la Playa.

Controlaba la nevera, la sombrilla, el hinchable de los niños y la música que sonaba en un altavoz portátil que había traído «por si la gente se anima».

La gente no se animaba, pero él ponía reguetón a las once de la mañana y miraba a su alrededor con la satisfacción del que está haciendo un favor a la humanidad.

—El ambiente hay que crearlo —le dijo a una de las madres—. Si no, esto parece un velatorio.

—Mi madre está durmiendo —respondió la mujer, señalando a una señora mayor que dormitaba bajo la sombrilla.

—Pues que se despierte. La siesta a las once es de vagos.

La señora mayor abrió un ojo. Lo cerró. No dijo nada. Pero yo, desde la barra, supe que aquel hombre estaba cavando su propia tumba. Solo era cuestión de tiempo.

A mediodía llegaron los piropos.

El cuñao, que se había liquidado ya cuatro cervezas —«una cada hora, para hidratarse, que el alcohol en la playa se evapora»—, se fijó en un grupo de chicas jóvenes que se habían puesto a tomar el sol cerca de la orilla.

Eran cuatro amigas, de veintitantos, con bikinis de colores y gafas de sol.

El cuñao se levantó de la toalla con la cerveza en la mano y la tripa al aire —porque la camiseta sin mangas se la había quitado— y se acercó con ese andar de quien se creía el dueño de la playa.

—Señoritas, ¿necesitáis que os eche crema? Que tengo manos de artista.

Las chicas se miraron entre ellas. Una se rio, nerviosa. Otra puso cara de asco. La tercera, la más espabilada, dijo sin levantar la vista del móvil:

—No, gracias. Tenemos manos nosotras.

—Pero las mías son profesionales.

—¿Profesionales de qué? —preguntó la cuarta.

—De todo. —El cuñao guiñó un ojo—. Masajista, socorrista, cocinero, experto en lunares...

—Pues yo soy experta en dar hostias —dijo la tercera, todavía sin levantar la vista del móvil—. Y llevo tres copas. Así que mejor vuelve a tu toalla.

El cuñao se rio. Pero no se fue. Dio un trago a la cerveza y contraatacó:

—Qué carácter. Así me gustan a mí las mujeres. Con chispa.

—Pues a mí me gustan los hombres con vergüenza. ¿Tienes? No. Pues adiós.

Las cuatro se rieron. El cuñao se quedó de pie, con la cerveza en la mano y la sonrisa torcida, sin saber muy bien cómo retirarse con dignidad.

Al final se fue farfullando algo sobre que «ya no se puede decir nada» y «la generación de cristal».

Yo, desde la barra, levanté mi tinto de verano imaginario y brindé en silencio por la chica del móvil. Bien ejecutado.

Pero el cuñao no aprendía. Esa era otra de sus características.

Dos horas después, ya repuesto del primer fracaso, se acercó a una mujer que paseaba sola por la orilla.

Una mujer de unos cincuenta años, con un pareo azul y el pelo canoso, que caminaba descalza y parecía la persona menos interesada del mundo en recibir atención masculina.

—¿Paseando solita? Eso es un delito.

—No. Es un paseo —dijo ella sin detenerse.

—Pues yo soy policía de paseos. Y tengo que multarte.

—¿Por qué?

—Por guapa.

La mujer se paró. Lo miró. Lo miró de verdad. Y luego, con una calma que solo había visto en el mar cuando va a haber tormenta, dijo:

—Mira, yo he venido a esta playa a leer, a bañarme y a que no me molesten. Tengo cincuenta y dos años, dos hijos y un perro que me espera en el apartamento. ¿Tú qué tienes?

—Yo... —El cuñao se quedó descolocado—. Simpatía. Tengo simpatía.

—Pues guárdatela. Porque estás a punto de quedarte sin ella.

—Pero...

—Que te pires.

El cuñao se fue. Esta vez más rápido. La mujer siguió su paseo sin volver la vista atrás. Y yo me quedé pensando que había que tener mucho oficio para mandar a paseo a un hombre sin levantar la voz.

El bofetón llegó al atardecer. El cuñao, que ya llevaba siete cervezas y una confianza inversamente proporcional a su dignidad, se acercó a una chica que bailaba cerca del chiringuito.

Era una chica joven, con un vestido blanco y el pelo recogido, que se movía con los ojos cerrados y los brazos en alto.

Parecía feliz. Parecía libre. Parecía exactamente la persona a la que nadie con dos dedos de frente molestaría.

El cuñao se plantó delante de ella y dijo algo que no oí.

La chica abrió los ojos. Lo miró. Él debió de insistir, porque ella negó con la cabeza.

Y entonces, en un gesto que solo un cuñao en estado puro podía hacer, él alargó la mano y le tocó la cadera.

Así, sin más. Como si la cadera de una desconocida fuera un botón de volumen.

La chica le dio una bofetada. La bofetada sonó como un disparo. Seca, limpia, rotunda. Todo el chiringuito se giró. La música siguió sonando, pero la gente dejó de bailar. El cuñao se llevó la mano a la mejilla, incrédulo. La chica lo miró con los ojos llenos de rabia y de algo parecido a la pena.

—La próxima vez que toques a una mujer sin permiso —dijo en voz alta—, te parto la mano.

El cuñao balbuceó una disculpa. Dio dos pasos hacia atrás. Y se fue. Sin nevera, sin sandía, sin dignidad. Sus amigos lo siguieron con la mirada, sin saber si defenderlo o pedir perdón en su nombre.

Yo me quedé detrás de la barra, secando un vaso que ya estaba seco. Darío se acercó y me dijo en voz baja:

—¿Tú crees que ha aprendido algo?

—No.

—¿Por qué?

—Porque los cuñaos no aprenden. Esa es su naturaleza.

—Pues vaya mierda de naturaleza.

—Sí. Pero da mucho material para el chiringuito.

Darío se rio. Yo también. Y la noche siguió.

Al día siguiente, el cuñao volvió. Con la mejilla un poco colorada.

Con la nevera, con la sandía enterrada, con la gorra de paja.

Y se sentó en la arena, en el mismo sitio, como si no hubiera pasado nada.

No pidió perdón. No reconoció su error. Pero estuvo más callado.

Mucho más callado. Y cuando una chica pasó cerca de su toalla, apartó la mirada.

Igual, solo igual, algo había aprendido.

O igual no. Con los cuñaos nunca se sabe.