CAPÍTULO 9
La legión de sombrillas
Si hay algo que he aprendido en siete veranos detrás de esta barra es que el ser humano es capaz de las mayores heroicidades y miserias por un puñado de arena.
No exagero. Lo he visto con mis propios ojos.
Pero nada, absolutamente nada, supera el espectáculo de la legión de las sombrillas a las seis y media de la madrugada.
Yo llego al chiringuito a las siete. En verano, a esa hora, el sol ya pega y el mar tiene ese azul de las mañanas sin viento.
Pero cuando aparco la furgoneta y piso el paseo marítimo, la playa ya está tomada.
Tomada, sí. Como en una guerra. Como en un desembarco.
Las veo desde lejos, diminutas, con sus pareos, sus pamelas y sus bolsas de rafia, avanzando por la arena como una avanzadilla militar.
Son las dueñas de la primera línea. Las reinas de la orilla.
Las que llevan cuarenta veranos viniendo a esta playa y no piensan dejar que nadie —nadie— les arrebate su sitio.
Las llamo «las fijas». Porque lo son. Fijas en la arena, fijas en sus costumbres, fijas en sus odios y en sus afectos.
Tienen entre sesenta y cinco y ochenta años, la piel curtida por la sal y el sol, y una capacidad organizativa que ya quisiera el ejército.
Se levantan antes que las gaviotas, bajan en zapatillas de casa con la sombrilla al hombro y arrastrando la bolsa , y pinchan la susodicha en el mismo sitio exacto donde la pincharon el verano anterior.
Y el anterior. Y el anterior. Si un día desaparece la playa por una tormenta, ellas serían capaces de reconstruirla de memoria solo para volver a clavar la sombrilla.
La jefa indiscutible se llama Maruja. Setenta y siete años.
Viuda de un pescador. Lleva viniendo a esta playa desde que el chiringuito era una caseta de madera con un toldo de lona.
Tiene la voz ronca, las manos nudosas y una mirada de halcón que detecta a un intruso a quinientos metros.
A su lado están las otras: Paquita, la más joven, sesenta y ocho, especialista en «pisar la toalla» —literalmente— de cualquiera que intente colarse.
Lola, setenta y tres, encargada de la intendencia: nevera, fruta, crema solar del Mercadona.
Y luego está Carmen, ochenta y un años, la mayor y la más callada, que ya no pincha sombrilla porque no puede con los brazos, pero ocupa su silla de playa con la dignidad de una emperatriz y supervisa la operación con un silencio que impone más que todos los gritos de Maruja.
Las he visto discutir con guiris madrugadores que no entendían por qué ese trozo de arena era sagrado.
Las he visto negociar con familias numerosas que pretendían desplegarse sin respetar los márgenes establecidos.
Las he visto pactar treguas y trazar fronteras con la misma seriedad que un tratado de paz.
Y las he visto ganar siempre. Porque la playa, aunque no lo parezca, tiene sus leyes. Y las leyes las ponen ellas.
Un día le pregunté a Maruja por qué se levantaban tan pronto. Me miró con esos ojos que habían visto más veranos que yo y me dijo:
—Porque si no, viene el de los patinetes y nos quita el sitio.
—¿El de los patinetes?
—Un chaval de Murcia que alquila patinetes acuáticos. Llega a las siete y los despliega como si la playa fuera suya. Pero antes de las seis y media no viene. Así que nosotras llegamos a las seis y cuarto.
—¿Y no os da pereza madrugar tanto?
—No. ¿A ti te da pereza levantarte para abrir el chiringuito?
—A veces.
—Pues a mí no. Es lo que hay.
Y se fue caminando hacia la orilla, con sus chanclas de goma y su pamela agujereada, a meter los pies en el agua antes de que llegara nadie.
Porque ese era su privilegio: la playa vacía.
El mar solo para ellas. El silencio de la mañana antes de que el mundo se llenara de niños, de balones y de altavoces con reguetón.
Pero donde realmente se ganaron mi respeto fue el día del incidente.
Ocurrió un martes de julio. Yo estaba abriendo la persiana del chiringuito cuando oí los gritos.
Gritos de mujer mayor, de esos que te ponen los pelos de punta porque sabes que detrás viene algo gordo.
Me asomé. Y vi a Maruja plantada delante de un grupo de turistas que habían montado el campamento justo encima del territorio de las fijas.
Eran seis. Dos familias con nevera, tienda de playa y tres niños que ya estaban cavando un agujero justo donde Carmen solía poner su silla.
—Esto está ocupado —decía Maruja con los brazos en jarras.
—Señora, la playa es pública —respondió el padre de familia, un tipo con camiseta de tirantes y tatuaje de un león en el gemelo—. No se puede reservar.
—¿Cómo que no se puede reservar? Llevo cuarenta años viniendo aquí. ¿Tú cuántos llevas?
—Cuarenta años no justifican nada.
—¿Ah, no? ¿Y tú qué justificas? ¿El tatuaje ese? ¿Eso es un gato?
—Es un león.
—Pues parece un gato.
El tío se puso rojo. La mujer del hombre —que hasta entonces había estado desplegando las toallas— se levantó y entró al trapo.
—Señora, no le consiento que le hable así a mi marido.
—Y yo no le consiento que plante su sombrilla donde yo pongo la mía. Así que coja sus cosas y pírese a la tercera línea, que es donde le corresponde.
—¿La tercera línea? ¿Esto qué es, el Teatro Real?
—No. Es mi playa.
La discusión subió de tono. Aparecieron Paquita y Lola como dos soldados de refuerzo.
Lola traía la nevera con ruedas, que sonaba como un carro de combate.
Paquita traía un termo de café y una expresión de «hoy no he dormido bien, así que no me busques».
Carmen, mientras tanto, seguía sentada en su silla, observando la escena con la calma de un general que sabía que la batalla estaba ganada de antemano.
El turista del león intentó razonar:
—A ver, señoras. Esto es una playa. Un espacio público. No se puede reservar. ¿Qué hacemos? ¿Llamamos a la policía?
—Llámala —dijo Maruja—. ¿Sabes quién es el policía de playa? Mi sobrino. Se llama Sergio. Viene a las diez. Le puedes contar lo del gato ese que llevas en la pierna.
—Es un león.
—Lo que tú digas.
Al final no hizo falta llamar a nadie. Los turistas, abrumados por la superioridad numérica y moral de las fijas, recogieron sus bártulos y se retiraron a la segunda línea. Una victoria más. Pero lo que me dejó pensando no fue la pelea, sino lo que pasó después.
Esa misma tarde, una niña de las que estaban en la segunda línea —la hija de los turistas— se perdió.
Se llamaba Martina, tenía cuatro años, y se había alejado de la toalla siguiendo a un perro.
La madre se puso a gritar. El padre corrió hacia la orilla.
Los abuelos se levantaron como resortes.
Y entonces, desde su silla de playa, Carmen dijo con su voz pausada:
—Está en el puesto de los helados. La he visto hace un minuto. Tiene un polo de fresa en la mano. No llores, que no ha pasado nada.
La madre se giró. Miró a Carmen. Carmen le sostuvo la mirada.
—Gracias —dijo la madre.
—De nada. Para eso estamos.
Y volvió a su revista.
Esa noche, cuando cerraba el chiringuito, Maruja se acercó a la barra. Era la primera vez que lo hacía. Siempre se iba a casa antes del atardecer, con su pamela y su bolsa de rafia. Pero esa noche se quedó.
—Ponme un tinto, Gael.
—¿Con limón?
—Sin limón. El limón me da ardor.
Se lo serví. Ella se quedó mirando el mar, ya oscuro, que era lo único que se oía.
—La niña esa de hoy —dijo—. Se parecía a mi nieta.
—No sabía que tenías nieta.
—Tuve dos. Una vive en Barcelona. La otra... —Hizo una pausa—. La otra se fue. Hace tres años. Un coche. Una carretera. Ya sabes.
—Lo siento.
—No lo sientas. No lo sabías. —Dio un sorbo al tinto—.
Por eso vengo a la playa. Por eso madrugo.
Por eso monto estas guerras absurdas. Porque cuando estoy aquí, con las chicas, con la sombrilla, con el mar, me acuerdo de cuando traía a mis nietas y les enseñaba a nadar.
Y por un rato, solo por un rato, no me acuerdo de lo otro.
Me quedé callado. Maruja se bebió el tinto despacio. Luego sacó cuatro euros del monedero y los dejó sobre la barra.
—No te he contado esto para que me hagas descuento.
—No pienso hacértelo.
—Vale. Pues mañana más.
—Mañana más.
Se fue caminando por el paseo, con sus chanclas de goma y su pamela agujereada. Y yo me quedé pensando en que las playas no son de nadie, pero tampoco son de todos. Son de los que las necesitan. Y Maruja, Paquita, Lola y Carmen necesitaban aquella playa más que nadie.
A la mañana siguiente, a las seis y cuarto, allí estaban.
Pinchando la sombrilla. Clavando la bandera.
Defendiendo su trozo de arena como quien defendía un recuerdo.
Las saludé desde la barra y Maruja me devolvió el saludo con un gesto de cabeza.
Luego se metió en el agua, la primera de toda la playa, y se quedó flotando boca arriba con los ojos cerrados.
Parecía frágil. Pero no lo era. Las fijas no son frágiles. Son la columna vertebral de la playa. Y mientras yo siga detrás de esta barra, tendrán su tinto de verano esperándolas al final del día. Aunque sea sin limón.