Noches con tinto de verano CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El caricaturista

Era un tipo flaco, con el pelo siempre revuelto y unas gafas redondas que le daban un aire a John Lennon venido a menos.

Tendría treinta y tantos, quizá cuarenta.

Nunca se lo pregunté. En el chiringuito nos conocíamos todos de vista, pero Bruno era de los que no se mezclaban.

Se tomaba su cerveza al final de la tarde, siempre solo, siempre en el taburete del rincón, y se iba a casa antes de que anocheciera.

Hasta que un jueves de agosto decidió cambiar la rutina.

—Gael —me dijo apareciendo por la puerta con el taburete bajo el brazo y el bloc en la mano—. ¿Te importa si monto aquí esta noche?

—¿Aquí? ¿En el chiringuito?

—Estoy harto del paseo. Harto de los guiris que me piden que les dibuje con ojos de anime y de las despedidas de soltera que quieren salir montadas en una polla gigante. Llevo seis veranos dibujando pollas gigantes, Gael. Seis veranos. Mi talento está en la cloaca.

—¿Y por qué aquí?

—Porque aquí hay gente interesante. Gente con caras. Con arrugas. Con historias. —Señaló la barra con la cabeza—. Tú, por ejemplo. Tienes cara de haber vivido. ¿Te han dibujado alguna vez?

—No.

—Pues esta noche te toca.

Me encogí de hombros. No tenía nada que perder. El chiringuito estaba medio vacío, la noche prometía ser tranquila y un caricaturista en la barra le daba un toque bohemio al local que igual atraía a más clientes. O igual los espantaba. Nunca se sabe.

—Vale —dije—. Pero me haces descuento.

—A ti te lo hago gratis. Por el alquiler.

—No hay alquiler.

—Entonces por la cerveza.

—La cerveza sí la pagas.

—Pues por la conversación. Que contigo siempre es interesante.

Le dejé un rincón junto a la barra, al lado del ventilador, donde la luz era buena y no molestaba a los clientes.

Bruno montó su taburete, su bloc, sus lápices.

Pidió una cerveza y se quedó observando el local con esos ojos de dibujante que lo registraban todo: las arrugas, las sombras, los gestos.

Era un cazador de muecas. Un coleccionista de narices torcidas y sonrisas asimétricas.

Y lo peor —o lo mejor— es que no lo hacía con mala leche.

Lo hacía con ternura. Como quien señala una imperfección y dice: «Mira, esto es lo que te hace humano».

Los primeros clientes de la noche fueron una pareja de turistas madrileños.

Él, calvo prematuro con camiseta de Los Ramones.

Ella, morena de bote y uñas de gel que tecleaba el móvil sin parar.

Bruno les hizo una caricatura en cinco minutos.

A él le dibujó una cabeza que era prácticamente una bombilla con patas.

A ella, unas uñas que ocupaban media lámina.

Los dos se rieron. Pagaron diez euros. Y Bruno se bebió la cerveza con la satisfacción del que ha hecho un trabajo digno.

Luego entró Darío, el socorrista, con su silbato al cuello y su cara de cansancio.

Bruno le dibujó subido a una torre de vigilancia rodeada de tiburones y sirenas.

Darío se rio y colgó el dibujo en el tablón de anuncios del puesto de la Cruz Roja.

Irene, la doctora, pasó más tarde y se llevó uno donde salía ella con una jeringuilla gigante pinchándole el culo a un pez araña.

«Esto lo pongo en la consulta», dijo. Y Bruno, por primera vez en seis veranos, parecía feliz.

Pero la noche cambió cuando entró ella.

Se llamaba Sol. Lo supe después, cuando Bruno me lo contó.

Pero en ese momento era solo una mujer de unos cuarenta años, con el pelo muy negro y liso, los ojos cansados y un vestido rojo que desentonaba con la tristeza que llevaba en la boca.

Se sentó en la barra, pidió un tinto de verano y se quedó mirando el mar con esa expresión de quien ha venido a perderse y todavía no sabe si lo ha conseguido.

Bruno la observó. La observó mucho rato. Dejó de dibujar. Dejó la cerveza. Dejó todo. Y luego, en voz baja, me dijo:

—Esa mujer tiene una cara increíble.

—Es guapa —dije yo.

—No es guapa. Es interesante. Que es mucho mejor.

Tiene las cejas asimétricas. Una más alta que la otra.

Eso significa que es irónica. Tiene la boca caída hacia la izquierda.

Eso significa que ha sufrido pero no quiere que se note.

Y tiene los ojos muy separados, de esos que ven más de lo que dicen. ¿Tú sabes dibujar unos ojos así?

—No sé dibujar nada.

—Pues yo llevo veinte años intentándolo.

Se levantó del taburete. Cogió el bloc. Se acercó a ella. Y yo, desde la barra, me preparé para otro desastre veraniego de los que tanto me gustan.

—Perdona —dijo Bruno—. Soy caricaturista. Bueno, dibujante. Bueno, un tío que hace garabatos en un papel y la gente le paga por ello. ¿Te importa si te dibujo?

Sol giró la cabeza. Lo miró de arriba abajo con una ceja más alta que la otra, exactamente como él había dicho. Irónica.

—¿Y por qué a mí?

—Porque tienes una cara muy interesante.

—Eso es lo que le dices a todas.

—No. A las guapas les digo que son guapas. A las interesantes les digo la verdad. Tú eres de las segundas.

Sol se rio. Una risa corta, de esas que no se esperan.

—Vale. Pero con una condición.

—¿Cuál?

—Si me dibujas como soy, te pago diez euros. Si me dibujas como quiero ser, te pago veinte.

—Eso es trampa.

—¿Por qué?

—Porque no sé cómo quieres ser.

—Pues tendrás que adivinarlo.

Bruno se sentó frente a ella. Apoyó el bloc en la mesa y empezó a dibujar.

Yo me quedé detrás de la barra, secando vasos y observando.

No era solo curiosidad de camarero. Era otra cosa.

Era la sensación de que algo estaba pasando.

De que aquellos dos, el dibujante y la desconocida, estaban a punto de contarse más cosas con un lápiz y un papel que la mayoría de la gente en toda una noche de conversación.

—¿Cómo te llamas? —preguntó él.

—Sol.

—¿Sol de verdad o Sol de nombre artístico?

—Sol de verdad. Mi madre era hippie.

—Pues te pega.

—¿Porque soy rubia y brillo?

—No. Porque calientas, iluminas y si te acercas mucho quemas.

—Vaya. El caricaturista también hace frases.

—No. Las frases las dejo para los camareros. Yo solo dibujo.

El lápiz se movía sobre el papel con una seguridad que yo no le había visto antes. No era la caricatura rápida de los turistas. Era otra cosa. Era un retrato lento, cuidado, de esos que te obligan a mirar de verdad. Bruno fruncía el ceño, borraba, volvía a dibujar. Y Sol, mientras tanto, hablaba.

Le contó que acababa de separarse. Que su exmarido le había dicho que era «demasiado intensa». Que había venido al pueblo a desconectar. Que llevaba tres días encerrada en el apartamento y que esta noche, por fin, se había puesto un vestido rojo y había salido a la calle.

—¿Y qué tal? —preguntó Bruno.

—Pues he acabado en un chiringuito, hablando con un caricaturista que me está dibujando. No sé si es un avance o un retroceso.

—Es un avance. Los chiringuitos son el limbo. No estás en casa, no estás en el mundo. Estás en un sitio donde todo puede pasar.

—¿Tú crees?

—Yo lo sé. Llevo seis veranos aquí. He visto a un inglés de setenta años ligarse a una francesa de sesenta y siete.

He visto a un socorrista enamorarse de la novia de otro.

He visto a un tío picado por un pez araña en los testículos acabar cenando con la doctora que le curó.

En los chiringuitos siempre pasa algo. Es como si el mar lo moviera todo.

—¿Y qué va a pasar esta noche?

—Eso depende de ti.

Sol se quedó callada. Miró el dibujo, que ya estaba casi terminado. Miró a Bruno. Luego a mí. Luego otra vez a Bruno.

—¿Falta mucho?

—No. Ya está.

Bruno giró el bloc y le enseñó el dibujo. Yo, desde la barra, me asomé un poco. Y lo que vi me dejó quieto.

No era una caricatura. Era un retrato. Pero no un retrato cualquiera.

Bruno le había dibujado las cejas asimétricas, sí.

La boca caída hacia la izquierda, también.

Los ojos cansados, el pelo liso, el vestido rojo.

Pero había añadido algo más. Un paisaje detrás de ella.

Un mar en calma. Un sol —el astro, no la mujer— asomando por el horizonte.

Y la cara de ella no era la de una mujer triste.

Era la de una mujer que estaba a punto de sonreír.

Como si el dibujo capturara el segundo exacto en que la tristeza empieza a irse.

Sol se quedó mirándolo un rato largo. Luego levantó la vista y dijo:

—Me has dibujado como quiero ser.

—No —dijo Bruno—. Te he dibujado como eres. Lo que pasa es que todavía no lo sabes.

Ella parpadeó. Una vez. Dos veces. Y luego, sin previo aviso, se le escapó una lágrima. Una sola. Pequeña. De esas que salen sin permiso y te dejan en evidencia.

—Joder —dijo—. ¿Quién te ha pedido que hagas esto?

—Tú. Me has pedido que te dibuje como quieres ser. Y yo he visto esto. No me preguntes cómo. A veces la gente me sale así.

—Pues son veinte euros.

—No. Esto va por la casa. —Bruno arrancó la hoja del bloc y se la tendió—. Quédatelo. Y cuando te mires al espejo dentro de un año, acuérdate de esta noche.

Sol cogió el dibujo con las dos manos. Lo miró otra vez. Negó con la cabeza.

—No sé ni cómo te llamas.

—Bruno.

—Pues Bruno, te debo una cerveza.

—No bebo cerveza a estas horas.

—Pues un tinto de verano.

—El tinto de verano de Gael es fuertecito.

—Oye —protesté desde la barra—. Que estoy aquí.

—Pero es verdad —dijo Bruno—. Es imbebible pero engancha. Como tú.

Sol se rio. Y esa risa fue distinta a la de antes. Más larga. Más suelta. Como si algo se hubiera desatascado dentro de ella.

Se quedaron hablando hasta el cierre. Yo les serví tintos de verano y fui testigo mudo de una conversación que empezó en lo superficial y acabó en lo peligrosamente íntimo.

Bruno le contó que había estudiado Bellas Artes, que había expuesto en dos galerías, que una crítica le había llamado «el nuevo Antonio López» y que a la semana siguiente dejó todo y se vino a la costa porque no soportaba las expectativas.

Sol le contó que era arquitecta, que había diseñado edificios que nunca se construyeron, que su exmarido era también arquitecto y que competían hasta para comprar el pan.

«Un matrimonio de arquitectos es como una guerra fría con planos», dijo.

Y Bruno se rio y le dibujó un plano de una casa en una servilleta.

Una casa pequeña, con un porche, frente al mar.

—Esta es mi casa —dijo Bruno.

—¿Existe de verdad?

—No. Pero me gustaría que existiera.

—Pues es bonita.

—Gracias.

A las dos de la madrugada, apagué las luces de colores. Sol y Bruno se levantaron. Ella tenía el dibujo enrollado en la mano. Él tenía el lápiz gastado y la cara de quien ha hecho algo importante sin querer.

—Bueno —dijo ella—. Ha sido una noche rara.

—Las mejores son así —dijo él.

—¿Me vas a pedir el teléfono o solo dibujas y desapareces?

—Solo dibujo y desaparezco. Pero esta noche voy a hacer una excepción.

—Pues apunta.

Bruno apuntó el número en el bloc. En la misma hoja donde había dibujado la casa que no existía. Luego se despidieron con un apretón de manos que era casi un abrazo. Y cada uno se fue por un lado del paseo marítimo.

Yo me quedé recogiendo la barra. Cuando terminé, me senté en el taburete de Bruno y miré el bloc que se había dejado olvidado.

En la última página había un dibujo. Un camarero con delantal, secando un vaso, con una ceja levantada y una sonrisa de medio lado.

Debajo, escrito con lápiz: «Gael, el filósofo del chiringuito. Julio 2026».

Lo arranqué. Lo doblé. Y me lo guardé en el bolsillo.

Porque los camareros también necesitamos que alguien nos dibuje de vez en cuando.