Noches con tinto de verano CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El crac

El primer verano que trabajé en el «Náufrago» no tenía ni idea de cómo se llevaba una barra.

Me contrataron porque el dueño anterior era amigo de mi madre y porque necesitaban a alguien que no robara en la caja.

Yo acababa de dejar la carrera y estaba hecho un lío, pero eso es otra historia.

La historia que importa ahora empezó una tarde de julio de aquel primer verano, cuando dos chicas de doce o trece años se sentaron en la barra y me pidieron dos polos.

—¿De qué los queréis? —pregunté.

—De fresa —dijo una.

—Ya, pero hay de fresa normal y de fresa ácida.

—Eso es un flash —dijo la otra.

—No, un flash es de otra marca. Esto es polo de fresa ácida.

—Pues el normal —dijeron las dos a la vez, y se echaron a reír con esa risa escandalosa de los trece años, cuando todo hace gracia y nada trae consecuencias.

Se llamaban Alma y Alba. Lo supe después, cuando los padres las gritaban desde las sombrillas.

Eran amigas. O algo más que amigas. O algo que todavía no sabían nombrar.

Yo las observaba desde la barra mientras ellas jugaban en la orilla, construían castillos de arena que el mar deshacía, se tumbaban boca abajo en las toallas y se contaban secretos al oído con esa intensidad que solo tenían los amores de verano.

Porque era amor. Lo supe desde el primer día.

Aunque ellas no lo supieran. Aunque los padres las vieran como «amiguitas del verano».

Aunque el mundo entero se empeñara en ponerle otro nombre.

Alma era la más morena, la que hablaba por los codos, la que se reía tan fuerte que las gaviotas se apartaban. Alba era más callada, con el pelo castaño, los ojos muy claros, y una manera de mirar a Alma que a mí me partía el alma. Nunca mejor dicho.

Pasaron dos semanas. Las chicas eran inseparables.

Se iban juntas al agua, volvían juntas a la toalla, compartían los polos de fresa y los auriculares del móvil para escuchar canciones que yo no conocía.

Una vez las vi cogerse de la mano debajo del agua, donde creían que nadie las veía.

Pero yo sí. Y también vi cómo Alba apoyaba la cabeza en el hombro de Alma al atardecer, cuando el sol se ponía, la playa se vaciaba y todo parecía posible.

Luego llegó el día de la despedida. La familia de Alba se iba antes.

Los padres de Alma y los de Alba se dieron dos besos, dijeron lo de «a ver si coincidimos el año que viene» —la mentira más repetida de los veranos— y Alba se metió en el coche con la cara pegada al cristal, mirando a Alma.

Alma se quedó de pie en la arena, con las chanclas en la mano y el sol dándole en los mofletes.

No lloró. No dijo nada. Solo levantó la mano y la movió despacio, como quien decía adiós a algo que no quería soltar.

Al día siguiente, Alma bajó a desayunar al chiringuito con sus padres.

Se sentó en la barra, pidió un Cola Cao y se quedó mirando la playa vacía con una expresión que no era de una niña de trece años.

Y entonces, sin dejar de mirar el mar, dijo la frase.

La frase que se me quedó tatuada en la memoria y que todavía hoy, seis veranos después, soy incapaz de olvidar.

—Mamá, ¿has oído ese «crac»?

La madre dejó la tostada en el plato. El padre levantó la vista del móvil. Yo, que estaba secando vasos, me quedé quieto.

—¿Qué crac, cariño?

—Ese. —Alma se tocó el pecho, justo donde le latía el corazón—. Es mi corazón. Se ha roto.

Se hizo un silencio de esos que no se producen casi nunca en un chiringuito. Porque los chiringuitos están llenos de ruido: de vasos, de risas, de música, de olas. Pero en ese momento, todo calló.

—¿Tu corazón? —La madre se arrodilló a su lado—. ¿Por qué dices eso?

—Porque Alba se ha ido. Y yo quería estar con ella.

Así. Con trece años. Con la sencillez de quien empieza a saber lo que es el amor y ya lo había perdido.

La madre la abrazó. Le dijo que era normal estar triste, que el año que viene igual volvían a verse.

Las mismas mentiras piadosas de siempre.

Pero Alma, que era lista, se quedó con lo importante.

Con el crac. Con ese ruido que había oído dentro del pecho y que nadie más podía escuchar.

Pasaron seis veranos. Yo aprendí a llevar la barra, a leer a los clientes, a distinguir un plantón de una borrachera y una risa sincera de una de compromiso.

Y una tarde de julio, Alma volvió al «Náufrago».

Entró caminando despacio, con un vestido azul y el pelo suelto, y tardé unos segundos en reconocerla.

Tenía diecinueve años. Los mofletes se le habían afilado, la risa se le había vuelto más contenida, pero los ojos eran los mismos.

Esos ojos que habían mirado a Alba desde la orilla seis veranos atrás.

—Tú eres Gael —dijo.

—Y tú eres Alma.

—¿Sigues acordándote de mí?

—Mira, Alma. En este chiringuito he visto de todo.

He visto a un inglés ligarse a una francesa a base de insistir.

He visto a un socorrista llorar por una mujer que tenía novio.

He visto picaduras de pez araña en sitios que ni te imaginas.

Pero nunca, en seis veranos, he visto a nadie decir algo más importante que lo que dijiste tú aquella mañana.

Alma se puso un poco colorada. A los diecinueve años, el rubor todavía existe, pero ya no se esconde.

—No me lo recuerdes. Tenía trece años. Era una cría.

—Eras una poetisa. Que no es lo mismo.

Se sentó en el taburete del extremo, el de las almas en pena, y pidió un tinto de verano.

Con limón. Yo se lo serví sin decir nada.

Ella miró la playa. La misma playa. El mismo mar.

Las mismas olas. Pero la niña que había dentro ya no estaba.

O sí, pero escondida detrás de una mujer joven que acababa de terminar el primer curso de carrera y que había vuelto al pueblo por nostalgia.

—¿Has sabido algo de ella? —pregunté.

—¿De Alba? No. Perdí el contacto. Tampoco había mucho que perder. Éramos amigas de verano. Dos semanas. Eso no es nada.

—Eso es todo.

—No digas cosas de camarero.

—Soy camarero. No puedo evitarlo.

Alma sonrió. Una sonrisa triste, de esas que ya saben lo que es la vida pero todavía no han decidido si les gusta. Se bebió el tinto a sorbitos. Y entonces...

Entonces, pasó.

Se acercó una chica al mostrador de pelo castaño y ojos claros.

Llevaba un vestido blanco y unas sandalias de tiras, y se movía con la misma calma de antes, la de aquella niña que se sentaba en la orilla y apoyaba la cabeza en el hombro de Alma.

Alba. Era Alba. Tenía diecinueve años, la mandíbula más marcada, el pelo más corto, pero era ella. Sin duda.

Se quedó parada en la entrada. Miró a Alma. Alma la miró a ella.

—Alba —dijo Alma, y la voz le tembló un poco.

—Alma —dijo Alba, y la voz no le tembló nada porque se le había ido del todo.

Cogí el trapo y me fui al otro extremo de la barra. No porque tuviera nada que hacer. Sino porque hay momentos en los que un camarero no debería estar en medio…

—¿Qué haces aquí? —preguntó Alma.

—Mis padres han alquilado el mismo apartamento de siempre. —Alba dio un paso hacia la barra—. Y yo... bueno. Les dije que quería venir este año.

—¿Por qué?

—Porque quería ver si estabas.

—¿Después de seis años?

—Después de seis años.

Se miraron. Se miraron como lo hacía la gente que no se ha olvidado. Como se mira la gente que ha guardado un recuerdo en algún sitio y de repente lo encuentra.

—Yo dije una tontería cuando te fuiste —dijo Alma—. Una tontería muy grande. Le pregunté a mi madre si oía el crac de mi corazón. Así, con esas palabras. Como una idiota.

—No es una tontería —dijo Alba.

—¿Ah, no?

—No. Porque yo también lo oí. Cuando el coche dobló la esquina y ya no te vi. Hizo crac. Como un hueso. Como un plato al caerse. Y me ha estado doliendo seis años.

Alma se bajó del taburete. Dio un paso hacia Alba. Luego otro. Después otro. Hasta que estuvieron a un palmo de distancia.

—¿Y ahora? —preguntó Alma.

—Ahora ya no me duele —dijo Alba.

Y Alma, que había aprendido a llorar en los últimos seis años, sintió que se le escapaba una lágrima. Solo una. Pequeña. Ridícula. Pero Alba se la limpió con el pulgar, como si fuera lo más normal del mundo.

—Oye —dijo Alma—. ¿Te apetece un tinto de verano?

—No sé. Nunca lo he probado.

—Está un poco fuerte. Pero después de tres copas te deja de importar.

—¿Tres copas exactamente? ¿Piensas emborracharme?

—Pienso invitarte a una. Las otras dos las pagas tú.

Se rieron. Se rieron con esa risa de antes, la de los trece años, la que no había desaparecido sino que estaba esperando el momento justo para volver. Yo, desde el otro extremo de la barra, serví dos tintos de verano sin que me los pidieran. Los puse en la barra y me retiré otra vez.

—Gael —dijo Alma—. Este es el camarero que me oyó decir lo del crac.

—Lo sé —dijo Alba—. Me lo contó mi madre. Le llamó la madre de Alma por teléfono. Se rieron mucho. Dijeron que éramos muy dramáticas.

—No éramos dramáticas —dije yo—. Erais adolescentes. Que es peor.

Alba me miró y sonrió. Luego cogió el tinto, alzó el vaso y dijo:

—Por los cracs .

—Por los cracs —repitió Alma.

Brindaron. Y yo me fui a la cocina a buscar limones, porque no quería que me vieran la cara de idiota que se me había puesto. Los camareros no lloran. O no delante de los clientes. Pero a veces, cuando nadie mira, se nos escapa un poco de brillo en los ojos.

Esa noche, Alma y Alba se quedaron hasta el cierre.

Hablaron de todo lo que no habían hablado en seis años: de lo que estudiaban, de lo que querían ser, de los amores que no funcionaron, de los amigos que se perdieron, de aquel verano que nunca olvidaron.

Y cuando apagué las luces de colores y cerré la persiana, las vi caminar por la orilla, cogidas de la mano, con los zapatos en la otra mano y el mar susurrando algo que no necesitaban traducir.

Al día siguiente, Alma vino sola. Se sentó en la barra y me dijo:

—Gael, el crac ya no lo oigo. Se ha ido.

—No se ha ido —le dije—. Lo has llenado.

—¿De qué?

—De ella. De Alba. De lo que sea que hayáis encontrado.

Me miró con esos ojos que ya no eran de niña. Luego sonrió.

—Eres un blando.

—Soy camarero. Que es lo mismo.

Y pidió dos tintos.

Alba estaba a punto de llegar.