CAPÍTULO 5
La Harley
A los sesenta y siete años, una aprende a distinguir entre lo que importa y lo que no.
El ruido de las motos, por ejemplo, no importa, pero jode.
Jode mucho. Sobre todo cuando son las doce de la mañana de un jueves de julio y veinte Harley-Davidson aparcaron en el paseo marítimo como si les perteneciera.
Yo estaba en mi sitio de siempre, en la barra del «Náufrago», con mi tinto de verano y mi silencio, y de repente el mundo se llenó de cuero, barbas y tatuajes de águilas americanas que no venían a cuento.
Gael, el camarero, los miró desde detrás de la barra con esa expresión suya de «otra plaga de langostas». Luego me miró a mí.
—Margot, no les hagas caso. Son ingleses. Vienen cada año. Se beben todo el tanque de cerveza y se van.
—No pienso hacerles caso. Bastante tengo con aguantarte a ti.
Gael sonrió, porque llevo cuatro años viniendo aquí desde que enviudé. Somos como ese viejo matrimonio que nunca llegó a casarse y que solo se veía en temporada alta. Él me sirve el tinto, yo le pago con billetes arrugados y comentarios ácidos. Nos entendemos a la perfección.
Pero aquel día no pude evitar mirar las motos.
Eran preciosas. No como las de ahora, que parecen insectos de plástico.
Eran Harley de verdad, de esas que vibran y rugen y huelen a gasolina y a carretera.
Mi marido, Eugenio, tuvo una Montesa cuando éramos jóvenes.
No una Harley… Una Montesa Brio 110 roja.
Con el asiento gastado y un motor que tosía más que un fumador.
Pero a mí me parecía la máquina más bonita del mundo.
Íbamos los domingos por la carretera de la costa, yo agarrada a su cintura, el viento en la cara, y pensaba: «Esto es la felicidad. No hay más».
Luego llegaron los hijos. La hipoteca. El trabajo.
Y la Montesa se quedó en el garaje, cubierta con una sábana vieja, esperando un «más adelante» que nunca llegó.
Porque Eugenio se fue una mañana de marzo, con sesenta y tres años, mientras desayunaba pan con tomate.
Así, sin avisar. Y yo me quedé con los hijos, con la casa, con la sábana vieja y con la promesa de aquel viaje por Europa que nunca hicimos.
Pero esto no lo sabía nadie. Ni siquiera Gael. Yo venía al chiringuito, me bebía mi tinto, miraba el mar y me iba a casa. Cuatro años haciendo lo mismo. Cuatro años siendo la viuda del rincón. Y entonces llegaron los ingleses.
El que se me acercó era el más alto. O el más viejo, que todo podía ser.
Tenía la barba blanca, llevaba un chaleco de cuero con parches de no sé cuántos sitios, y unos ojos azules muy claros, de esos que ya han visto demasiado.
Se plantó delante de mí con una sonrisa de anuncio de dentífrico y dijo:
—¿Quieres... moto?
Lo dijo en español. O algo parecido. «Moto» le salió bien. El resto fue un desastre.
Le observé por encima de las gafas de sol. Luego miré a Gael, que ya se estaba partiendo de risa detrás de la barra. Después volví a fijar la mirada en el inglés.
—No —dije—. No quiero moto. Quiero que te vayas.
—¿Cómo?
—Que te pires. Go Away. Largo.
El inglés se quedó un segundo parado, como si estuviera traduciendo mentalmente. Luego soltó una carcajada y se fue hacia la barra a pedir una cerveza. Gael me guiñó un ojo.
—Margot, le has roto el corazón.
—No seas imbécil.
—Tiene Harley. Y ojos azules. Y barba blanca. Es como un Papá Noel motero. Podrías ser un poco más amable.
—No me interesa Papá Noel. Ni los moteros. Ni los ingleses.
—¿Y qué te interesa?
—Que me sirvas otro tinto y me dejes en paz.
Me lo sirvió. Pero no me dejó en paz, porque al día siguiente, el inglés volvió.
Solo. Sin los veinte amigos. Sin el ruido.
Aparcó la Harley en el mismo sitio, se bajó con torpeza —tenía la cadera un poco rígida, como todos a esa edad— y se sentó dos taburetes más allá del mío.
No dijo nada. Solo pidió una cerveza y se quedó mirando el mar.
Yo tampoco dije nada. Pero le observé de reojo.
Tenía las manos grandes, con manchas de sol y callos del manillar.
Y un tatuaje borroso en el antebrazo que ponía « Sarah » en letra cursiva.
Una mujer, supuse. Una hija, una esposa, una amante.
A estas alturas de la vida, todos llevamos nombres tatuados en alguna parte, aunque no se vean.
Al tercer día, me harté.
—Oye —le dije girándome hacia él—. ¿Tú qué te has creído? ¿Que por sentarte aquí tres días seguidos voy a cambiar de opinión?
El inglés me miró con esos ojos de hielo. Luego sonrió.
—Tú... hablas muy rápido.
—Y tú hablas muy mal.
—Sí. Español... poco. Muy poco.
—Pues apréndelo. O vete.
—No.
—¿Cómo que no?
—No quiero irme. Quiero... —Se señaló a sí mismo, luego a mí, luego al chiringuito—. Aquí. Contigo. Cerveza.
—Eso no es una frase. Eso es un telegrama.
—¿Telegrama?
—Déjalo.
Gael, que estaba secando vasos y disfrutando del espectáculo, intervino:
—Margot, el hombre quiere invitarte a una cerveza. O a lo que sea. No seas bruta.
—No soy bruta. Soy selectiva.
—Pues selecciónalo a él, que tiene pinta de buena persona.
—Tú calla.
—Vale.
El inglés, ajeno a todo, seguía sonriendo. Luego dijo, con mucho esfuerzo:
—Me llamo Jack.
—Margot.
—Margot. —Lo repitió como si saboreara las sílabas—. Bonito nombre.
—Es francés. Como mi madre.
—Francés. —Asintió—. Yo... inglés. De Birmingham.
—Ya lo suponía.
—¿Por qué?
—Por el acento.
Jack se rio. Una risa profunda, de esas que salían de la barriga. Y a mí, no sé por qué, me hizo gracia. Un poco. Solo un poco. Me recordó a Eugenio, que también se reía así. Con todo el cuerpo. Sin miedo.
Al cuarto día, Jack trajo una rosa. Una rosa roja, mustia, de las que vendían los chinos en el paseo marítimo. La puso encima de la barra, delante de mi vaso, y dijo:
—Para ti.
—¿Has robado eso de algún jardín?
—No. He pagado. —Se metió la mano en el bolsillo y sacó un montón de monedas—. Cinco euros. Muy caro.
—Pues sí. Te han timado.
—No importa. Tú vales más.
Le miré. De verdad. Por primera vez en cuatro días, le miré sin ganas de mandarle a paseo.
Tenía la camisa arrugada y las gafas de sol colgando del cuello y un moreno de los que se conseguían pasando el día al aire libre.
Olía a colonia barata y a carretera. Y me di cuenta de que llevaba cuatro días viniendo solo.
Sin los amigos. Sin las motos. Solo él y su español de supervivencia.
—¿Por qué insistes? —le pregunté—. ¿No te das cuenta de que no quiero nada?
—Porque... —Jack se rascó la barba, buscando las palabras—. Porque cuando sonríes pareces diez años más joven. Y tú solo sonríes cuando miras las motos.
Me callé. Me quedé callada un rato largo.
Porque el hombre, con su español de tres palabras, había clavado algo que yo ni siquiera sabía de mí misma.
Era verdad. Solo sonreía cuando miraba las motos.
Cuando recordaba la Montesa. Cuando Eugenio y yo éramos jóvenes y teníamos toda la vida por delante.
Gael se había ido al otro extremo de la barra. Discretamente. Como si supiera que aquello ya no le incumbía.
—Mi marido —dije de repente—. Tuvo una moto. Una Montesa. Hace muchos años.
—¿Montesa? —Jack abrió los ojos—. Española. Muy buena.
—Era roja. Íbamos los domingos por la costa. Él conducía. Yo iba detrás. —Hice una pausa—. Queríamos ir a Europa. Francia, Italia, Alemania. Un verano entero. Pero nunca pudimos.
—¿Por qué?
—Porque la vida se metió por medio. Los hijos. El trabajo. La hipoteca. Ya sabes.
—Sí. Sé. —Jack se miró las manos—. Yo también... esposa. Sarah. Murió hace seis años. Era la única mujer con la que me imaginé haciéndome viejo. Ahora soy viejo igual, pero sin ella.
—El mío murió hace cuatro. Eugenio.
—Eugenio. —Jack asintió—. Buen nombre.
—Era un buen hombre.
—Seguro.
Nos quedamos en silencio. Pero no era un silencio incómodo. Era un silencio de esos que se daban dos personas que habían vivido lo mismo. Que habían perdido lo mismo. Que sabían que el dolor no se iba, solo se aprendía a llevarlo con mayor dignidad posible.
—¿Y el viaje? —preguntó Jack—. ¿Lo hiciste?
—No. Nunca.
—¿Por qué no?
—Porque ya no tenía con quién.
Jack se levantó del taburete. Fue hasta la Harley —la suya, la que estaba aparcada en el paseo— y volvió con un casco. Un casco negro, con una calavera plateada en la nuca.
—Solo una vuelta —dijo—. Cinco minutos. Si no te gusta... paramos.
—¿Estás loco? Tengo sesenta y siete años.
—Yo setenta. No importa. La edad no importa.
—Claro que importa. Me duele la cadera, me canso enseguida y no me subo a una moto desde los años ochenta.
—Peor. Más tiempo sin moto. Tienes que subir.
—No.
—Sí.
—No.
—Por Eugenio.
Hijo de puta. Me tocó la fibra. Me tocó exactamente donde sabía que dolía. Gael me miró desde la barra, con esa ceja levantada que pone cuando quería decir «hazlo, idiota».
—Vale —dije—. Cinco minutos. Ni uno más.
—Cinco minutos —repitió Jack.
Me puso el casco. Me lo ajustó con cuidado, como si yo fuera tan frágil como la porcelana. Luego se subió a la moto, me tendió la mano y dijo:
—¿Subes?
Me subí. Con torpeza. Con miedo. Agarrándome a su cintura como si me fuera la vida en ello. Porque me iba la vida. O algo parecido. La Harley arrancó con un rugido que me retumbó en el pecho. Jack aceleró despacio y salimos del paseo marítimo hacia la carretera de la costa.
Y, entonces...
No sé explicarlo. El viento. El olor a sal y a gasolina. El sol en la cara. La vibración del motor debajo de mí. Y los ojos de Eugenio, en alguna parte, mirándome. O no. Quizá eran los míos. Los de aquella chica de veinte años que se subía a una Montesa roja y creía que la vida era eterna.
No lloré. Pero casi.
Jack condujo cinco minutos. Luego otros cinco. Luego diez. Cuando llegamos a la curva del faro, redujo la velocidad y gritó por encima del hombro:
—¿Paramos?
—¡No! —grité yo—. ¡Sigue!
Y siguió. Por la carretera de la costa, con el mar a la izquierda y las montañas a la derecha, con el sol pegando fuerte y el viento que me despeinaba y me limpiaba todo lo de dentro.
No sé cuánto rato estuvimos. Media hora.
Una vida. Las dos cosas. Cuando volvimos al chiringuito, Gael estaba en la puerta, con los brazos cruzados y una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja.
—Te has pasado de los cinco minutos —dijo.
—Calla —le respondí.
Pero se me había escapado una sonrisa. La primera sonrisa de verdad en cuatro años. Jack apagó el motor y se giró hacia mí.
—¿Bien?
—Bien.
—¿Repetimos mañana?
—No lo sé.
—Yo sí sé. —Se quitó las gafas y me miró con esos ojos azules—. A las doce. Aquí.
—Eres muy mandón.
—Inglés. —Se encogió de hombros—. No puedo evitarlo.
Me bajé de la moto. Me quité el casco. Se lo devolví. Y entonces, sin pensar, le di un beso en la mejilla. Un beso rápido, de esos que no significan nada. O que lo significan todo.
—Gracias —dije.
—¿Por qué?
—Por la vuelta. Y por lo de Eugenio.
—Eugenio... —Jack se tocó la mejilla donde le había besado—. Eugenio era un hombre con suerte.
—¿Por qué?
—Porque tenía una Montesa. Y porque te tenía a ti.
Me fui a casa caminando. Despacio. Con las piernas temblándome un poco, no sé si por la moto o por el inglés. Por la noche, cuando miré el retrato de Eugenio en la mesilla, le dije en voz baja:
—Perdona. Hoy me he subido a una Harley. Y he sonreído. Y casi lloro. Pero sobre todo he sonreído. ¿Tú me entiendes, verdad?
Y Eugenio, desde la foto, me sonrió. O eso me pareció.
Al día siguiente, a las doce en punto, Jack estaba allí. Con la moto. Con el casco. Con la rosa mustia, otra vez. Yo llegué puntual, con mi tinto de verano y mis gafas de sol, un vaquero azul y una camiseta de tirantes. Gael me vio y no dijo nada. Pero me sirvió el tinto con una aceituna extra.
—Gael —le dije—. ¿Tú crees que a mi edad se puede volver a empezar?
—Margot —me respondió—, hay gente que vuelve a enamorarse. Y otros simplemente vuelven a vivir. A tus años, las dos cosas significan casi lo mismo.
Me reí. Me bebí el tinto de un trago. Y luego me subí a la Harley y me fui con Jack por la carretera de la costa, camino a ningún sitio, con el viento en la cara y la sensación de que Eugenio, desde donde estuviera, me estaba diciendo: «Ya era hora. Pero ponte protector solar, que te vas a quemar».
Y me lo puse. Y me quemé igual. Y me dio igual.
Porque, por primera vez en cuatro años, el «más adelante» era ahora.