CAPÍTULO 4 #2
—Nunca he hecho yoga.
—Se nota.
Álvaro soltó una carcajada que le salió de muy adentro, de ese lugar donde el dolor, la vergüenza y el absurdo se mezclaban y producían algo parecido a la euforia. Irene le sonrió. Y luego pasó algo que no estaba en el protocolo médico: se quedaron hablando.
No de la picadura. De otras cosas. De la vida.
De lo jodido que era a veces levantarse por la mañana.
De que ella había estudiado Medicina en Santiago y había acabado en un puesto de playa porque el MIR le salió mal y la vida se le torció.
De que él trabajaba en Madrid, en un edificio acristalado, y odiaba su trabajo aunque no sabía hacer otra cosa.
De que los dos habían venido a la Costa Blanca a escapar de algo sin saber muy bien de qué.
—¿Y lo del snorkel ? —preguntó Irene—. ¿Era para escapar también?
—Era para ver peces —dijo Álvaro—. Me gustan, pero visto lo visto…
—¿Te gustan los peces?
—Soy biólogo. O lo era. Antes de acabar vendiendo software empresarial.
—¿Vendes seguros?
—No. El software de gestión empresarial es parecido, aunque mucho más caro.
—Y más aburrido.
—Mucho más.
Irene se quitó las gafas de pasta y las dejó sobre la mesa. Sin ellas, parecía más joven aún. Y más cansada. Como si las gafas le sirvieran también para protegerse de la luz y de la gente.
—Yo quería ser cirujana —dijo—. De las buenas. De las que salvan vidas en un quirófano. Y ahora me paso los veranos curando quemaduras de sol y picaduras de medusa. Y de pez araña. En los testículos.
—¿Les han picado a muchos en los testículos?
—Eres el primero.
—Pues ya tengo algo único en mi currículum.
Se rieron los dos. El agua se fue enfriando. El dolor remitió del todo, o casi. Álvaro se incorporó y se ajustó la sábana de papel con la poca dignidad que le quedaba.
—No sé cómo agradecértelo —dijo.
—Es mi trabajo.
—No. Me refiero a lo otro. A haberme escuchado.
—Ah, eso. Eso es gratis.
—Pues deberíais cobrarlo. Lo de escuchar. En la Seguridad Social. Como un servicio adicional.
—Lo propondré en el próximo claustro de la Cruz Roja. Seguro que me hacen caso.
Se miraron. Fue una mirada de esas que se daban dos desconocidos que acaban de compartir algo raro. Algo que no tiene nombre. Irene se recolocó la coleta y adoptó un tono profesional, pero no le salió del todo.
—Bueno —dijo—. Ya puedes vestirte, has sobrevivido.
—Gracias.
—De nada.
—¿Y el bañador?
—Mejor ponte otra cosa. El bañador déjalo secar. Ten cuidado para la próxima vez.—Le dio unos pantalones cortos que alguien había dejado tirado en la arena y una camiseta que se había dejado un turista.
—No sé si va a haber próxima.
—Siempre hay próxima. El mar es muy cabrón pero engancha.
Álvaro se vistió con torpeza. Se puso los pantalones cortos y una camiseta de algodón que olía a suavizante. Irene le dio un ibuprofeno y un vaso de agua. Luego rellenó un parte médico sin levantar la vista.
—¿Me vas a recetar algo más? —preguntó él.
—Reposo. Y nada de mariscos.
—¿Mariscos?
—Era una broma.
—Ah.
—Soy muy mala haciendo bromas.
—No. Ha tenido gracia.
—Mentira.
—Vale, mentira. Pero la intención era buena.
Irene dejó el bolígrafo sobre la mesa. Le miró. Y, de repente, sin venir a cuento, dijo:
—¿Te gusta el tinto de verano?
—Sí. Bueno. No lo sé. Nunca lo he probado.
—Pues tienes que probarlo. Es lo único bueno que tiene este chiringuito. Lo sirve Gael. Está un poco «recio», pero después de tres copas te deja de importar.
—¿Me estás invitando a un tinto de verano?
—Te estoy diciendo que el tinto de verano existe. Y que yo salgo a las ocho.
—Yo también salgo a las ocho.
—Qué casualidad.
—No es casualidad. Estoy de vacaciones. Salgo a todas horas.
Irene sonrió. De verdad. Una sonrisa torcida, como si no estuviera acostumbrada a usarla. Álvaro sintió que el corazón le latía más rápido que cuando le picó el pez. Y entonces, en un arranque de valor postraumático, dijo:
—¿Puedo esperarte aquí? ¿A las ocho? ¿Y te invito a un tinto de verano?
—¿Como agradecimiento?
—Como agradecimiento. Y como lo que tú quieras.
—Pues sí. Puedes. Pero no aquí. Aquí huele a desinfectante. Espérame en el chiringuito. Y ponte moreno, que estás muy blanco.
—Es que soy de Burgos.
—Ah, bueno. Entonces tienes excusa.
Álvaro salió del puesto de la Cruz Roja con la dignidad remendada y una sonrisa de idiota que no se le quitó en todo el día. Yo le vi venir de lejos, caminando todavía un poco raro pero ya sin doblarse. Traía cara de haber visto un milagro.
—¿Qué tal la doctora? —le pregunté cuando llegó a la barra.
—Muy profesional.
—Ya. Y la picadura…
—En remisión.
—Y la sonrisa esa que llevas, ¿también en remisión?
Álvaro se sentó en el taburete del extremo, el de las almas en pena, y me pidió un tinto de verano.
—Con limón —añadió—. Y fuertecito de vino.
—¿Seguro? Con el ibuprofeno no sé si...
—Dame el tinto, Gael. Y no me hagas preguntas.
Se lo serví. Luego me apoyé en la barra y le miré con esa calma que daba el oficio.
—¿A las ocho? —pregunté.
—¿Cómo sabes lo de las ocho?
—Porque la doctora sale a las ocho. Lo sé porque algunos días le llevo un café cuando cierra el puesto. Y hoy, cuando he ido a ver cómo estabais, os he oído por la ventana.
—¿Y has escuchado toda la conversación?
—No toda. Solo hasta lo del tinto. Luego me he ido. El cotilleo tiene un límite.
Álvaro se echó a reír. Se rio con ganas, con el sol dándole en la cara y el tinto de verano a medio beber. Luego me dijo:
—Gael, ¿tú crees en el destino?
—Yo creo en los peces araña. Que es más o menos lo mismo.
—No te entiendo.
—Mira, Álvaro… Llevas toda la semana metido en el agua haciendo snorkel.
Te ha picado un bicho que se esconde en la arena, justo en los huevos, justo el día que yo estaba en la barra, justo a la hora que Irene estaba de guardia.
Si eso no es el universo diciéndote que dejes de vender software y te dediques a otra cosa, yo ya no sé qué es.
—¿A qué otra cosa?
—A lo que te salga de las pelotas. Nunca mejor dicho.
Álvaro se tocó la zona con un gesto instintivo. Luego apartó la mano y me miró fijamente.
—Eres todo un filósofo, Gael.
—Soy camarero. Que es lo mismo pero con más resaca, pero no con un palillo en la oreja, eso nunca…
☼☼☼
A las ocho en punto, Irene apareció por el paseo marítimo. Llevaba un vestido blanco y el pelo suelto, y sin la bata puesta parecía otra persona. Álvaro la vio venir y se levantó del taburete como si le hubiera dado una descarga eléctrica.
—Ve —le dije—. Y no la cagues.
—¿Algún consejo?
—Sí. No le hables del pez araña. Y no le pidas que te revise... A las mujeres no les gusta que les recuerden el trabajo fuera del horario laboral.
—Gracias.
—De nada. Y pídeme dos tintos cuando lleguéis. Que la casa invita.
—¿La casa?
—El chiringuito. O sea, yo. El mismo que te ha arrastrado hasta el puesto de la Cruz Roja mientras tú ibas como un pato mareado.
—Es verdad. Te debo una.
—Me debes dos. La del arrastre y la del consejo. Luego me cuentas.
Álvaro se fue caminando hacia Irene con paso firme, ya recuperado del todo.
Irene le recibió con esa sonrisa torcida y un comentario que no oí pero que les hizo reír a los dos.
Luego se fueron juntos por la orilla, hacia la zona de los chiringuitos, con las manos cerca pero sin tocarse, como hacían los que todavía no sabían si lo suyo era una cita o un agradecimiento médico.
Yo me quedé detrás de la barra, cortando limones otra vez.
Pensé en lo raro que era todo. En cómo un pez araña había hecho más por dos personas en diez minutos que todas las aplicaciones de citas del mundo.
En cómo el dolor, a veces, te llevaba justo adonde necesitabas ir.
En cómo el mar, que todo lo quitaba, de vez en cuando también daba.
Y luego pensé que, total, mañana habría otro desastre. Otra quemadura. Otra picadura. Otro cliente con el corazón roto. Y yo volvería a estar allí, detrás de la barra, viéndolo todo con el único superpoder que tengo: el de saber cuándo retirarme y dejar que la peña se salvara sola.