Noches con tinto de verano CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

La picadura

De todos los desastres que han pasado por la arena del Náufrago —y han pasado muchos, creedme—, el de aquel jueves sigue ocupando el podio. Por lo absurdo. Por lo humillante. Y porque, si no lo hubiera visto con mis propios ojos, no me lo creería.

Ocurrió a las doce del mediodía, con la bandera amarilla ondeando y la playa a medio llenar.

Yo estaba en la barra cortando limones para los tintos de verano —la faena más ingrata de este oficio, aparte de aguantar a los clientes que chasquean los dedos para llamarte— cuando oí un grito.

No un grito de «ay, qué susto». Un grito de verdad.

De esos que te erizaban el vello de los brazos aunque hiciera treinta y dos grados.

Levanté la vista. Y lo vi.

Un hombre salía del agua caminando como si acabara de bajarse de un caballo después de diez horas de montura: las piernas arqueadas, las rodillas hacia dentro, los brazos extendidos buscando un equilibrio imposible.

Daba pasitos cortos, torpes, de esos que dabas cuando tenías una ampolla en cada dedo del pie y el suelo estaba lleno de cristales.

Llevaba unas mallas y las gafas de bucear puestas todavía, lo que le daba un aire a criatura mitológica particularmente desgraciada.

—Socorro —dijo. No lo gritó. Lo susurró, que era peor.

Solté el cuchillo y salí de detrás de la barra. Ya me conocéis. No soy ningún héroe ni pretendo serlo. Pero un tío que salía del agua andando como un pato mareado y susurrando «socorro» como si le fuera la vida en ello, merecía al menos que le echaran un vistazo.

—¿Qué te pasa? —le pregunté cuando llegué a su altura.

—Un pez. Una araña. No sé. —Respiraba entrecortado—. Me ha picado.

—¿Dónde?

El hombre me miró. Tenía los ojos muy abiertos, de un azul casi transparente, y el gesto de quien estaba a punto de confesar un crimen.

—En los testículos.

Lo dijo así. Con todas las letras. Luego se dobló un poco más, como si la propia palabra le produjera un dolor añadido, y soltó un quejido largo, de esos que salen de las entrañas.

Yo me quedé callado tres segundos. Los justos para asimilar la información y decidir que no, que aquello no me lo esperaba.

—¿Un pez araña? —pregunté—. ¿En los huevos?

—Sí.

—Joder.

—Ya.

—¿Y cómo ha sido?

—Estaba haciendo snorkel . He visto una raya. Me he agachado para verla mejor. Y de repente... —Hizo un gesto vago con la mano—. Una nube de arena. Y luego el dolor.

—¿Una raya o un pez araña?

—Una raya. El pez araña estaba debajo. Yo no lo vi.

—Claro. Las rayas no pican. Los peces araña sí. Y se esconden en la arena. Y si te posas encima... —Me callé. No hacía falta terminar la frase.

El hombre asintió con los ojos cerrados. El dolor iba y venía en oleadas, como las del mar, y en ese momento le estaba dando un pinchazo fuerte porque soltó un taco y se agarró a mi brazo con una fuerza que no esperaba.

—¿Tú eres el del chiringuito? —preguntó.

—Gael. Para servirte.

—Pues sírveme, Gael, porque me voy a morir.

—De una picadura de pez araña no se muere nadie.

—¿Tú estás seguro?

—Completamente. Duele como el infierno, eso sí. El veneno es termolábil.

—¿Termo queeé?

—Que se va con agua caliente. Muy caliente. Todo lo caliente que aguantes.

—Pues no aguanto nada. Soy un blando.

—Ya lo veo.

Me miró con una mezcla de odio y súplica. Luego soltó otro quejido y se encorvó hacia delante, como si rezara a algún dios de los mares.

—Vale —dije—. Vamos al puesto de la Cruz Roja. Está al final de la playa. Agárrate a mí y no hagas movimientos bruscos.

—¿Y el chiringuito?

—El chiringuito sobrevivirá. Tú, no lo sé.

Echamos a andar. Fue el paseo más largo de mi vida.

No porque el puesto estuviera lejos —eran doscientos metros escasos—, sino porque el hombre caminaba como zambo, con las piernas separadas y las rodillas juntas, apoyando todo su peso en mí.

Los bañistas nos miraban. Un niño preguntó a su madre si el señor se había hecho caca encima.

La madre le dijo que se callara, pero no muy convencida.

Una pareja de guiris nos hizo una foto. Yo levanté el dedo corazón sin soltar al herido. El herido ni se enteró.

—¿Cómo te llamas? —le pregunté, más que nada para distraerle.

—Álvaro.

—Pues Álvaro, dentro de una hora te estarás riendo de esto.

—¿Dentro de una hora?

—Bueno. O dentro de dos. O de tres. El dolor fuerte dura un rato. Luego remite.

—¿Tú cómo sabes tanto?

—Llevo siete veranos en el chiringuito. He visto más picaduras que el puto Discovery Channel.

Álvaro soltó una carcajada medio camino entre la risa y un aullido lobuno.

Llegamos al puesto de la Cruz Roja, una caseta blanca con una cruz pintada en la puerta y una camilla que había visto días mejores.

Dentro, el aire acondicionado estaba cascado y olía a crema solar y a desinfectante de hospital.

Y allí, de espaldas a nosotros, ordenando un botiquín, estaba ella.

—Doctora —dije—. Traigo un marisco.

Se giró. Era joven, morena, con el pelo recogido en una coleta tirante y unas gafas de pasta que le daban un aire a universitaria aplicada.

Llevaba una bata blanca sobre el bikini verde lima, cosa que siempre me ha parecido un puntazo estético.

Y me miró con una ceja levantada, como si ya estuviera acostumbrada a mis apariciones.

—Gael —dijo—. Cada vez que vienes es para traerme un desastre. ¿Qué ha pasado?

—Pez araña.

—Vale. ¿Dónde le ha picado?

—En los huevos.

La doctora parpadeó. Una vez. Dos. Luego miró a Álvaro, que seguía doblado sobre sí mismo y agarrado a mi brazo como un náufrago a una tabla. Luego me miró a mí.

—¿En los testículos?

—En los dos, creo. O en uno. No le he preguntado el detalle.

—Madre mía.

—Eso mismo he dicho yo.

Álvaro levantó la cabeza. Vio a la doctora.

La vio de verdad. Y aunque estaba en pleno pico de dolor, con el veneno recorriéndole las partes nobles y la dignidad por los suelos, noté que algo en su expresión cambiaba.

Como si el cerebro le hiciera una foto rápida y la archivara en la carpeta de «emergencias que igual no son tan malas».

—Siéntalo en la camilla —dijo ella—. Y tú vete.

—¿Cómo que me vaya?

—A ver, Gael. Al chiringuito. Que esto es un puesto médico, no un bar de copas.

—Pero...

—Pero nada. Ya lo cojo yo.

—¿Seguro?

—Seguro. Llevo tres veranos aquí. He visto cosas peores.

—¿Peores que una picadura de pez araña en los huevos?

—Peores. Mucho peores. Vete.

Me fui. No porque yo fuera obediente, sino porque la doctora me fulminó con una mirada de esas que no admiten réplica.

Y además, porque intuí que allí dentro iba a pasar algo más interesante que en el chiringuito.

El instinto del camarero, ya sabéis. Ese que te dice cuándo retirarte y dejar que la gente se conozca sin público.

—Vuelvo en diez minutos —dije desde la puerta—. No hagáis nada que yo no haría.

—Eso nos da mucho margen —respondió ella sin girarse.

Me reí. La doctora me caía bien. Se llamaba Irene y era de las pocas personas en esta playa que me trataba sin condescendencia. Algunos días le llevaba café y ella me recetaba ibuprofeno cuando la espalda me mataba. Teníamos un pacto no escrito de mutua indiferencia cordial.

Me fui caminando despacio, con las manos en los bolsillos. Detrás de mí, oí la voz de Irene:

—A ver, quítate las mallas y el bañador.

Y la de Álvaro:

—¿Cómo?

—Que te lo quites. No te puedo tratar con la ropa puesta.

—Pero...

—Miraaa...

—Álvaro.

—Álvaro. Esto es una consulta médica. Yo soy doctora. Tú, un paciente. Y si tienes una picadura de pez araña en una zona que requiere exposición, no me voy a escandalizar. Bastante tengo con el sueldo que me pagan como para escandalizarme por un pene.

Me alejé sonriendo. Me gustaba Irene. Me molaba un huevo. Si tuviera otro tipo de vida, hasta me plantearía invitarla a cenar. Pero no era el caso.

☼☼☼

Dentro de la caseta, mientras tanto, Álvaro se estaba muriendo de vergüenza.

—¿El bañador entero? —preguntó.

—Entero. Y las mallas de licra esas que lleváis los nadadores también.

—¿Cómo sabes que llevo mallas?

—Porque si te ha picado un pez araña en los testículos, es que estabas haciendo snorkel. Y si estabas haciendo snorkel, llevabas mallas. Y si llevabas mallas, ahora mismo están empapadas de agua salada y no ayudan en nada. Lógica médica. Quítatelas.

Álvaro obedeció. Con torpeza. Con dolor.

Con la sensación de que el universo le estaba gastando una broma cruel.

Allí estaba él, un hombre de treinta y pico años, con un máster en dirección de empresas y un puesto de responsabilidad en una multinacional, en pelota picada sobre una camilla de la Cruz Roja, delante de una doctora que no tendría más de treinta años y que le miraba la entrepierna con la misma expresión que si estuviera revisando un parte de incidencias.

—Bueno —dijo Irene—. No está tan mal.

—¿Cómo que no está tan mal?

—La picadura, digo. No está tan mal. Tienes suerte. El pez no ha clavado mucho. En diez minutos con agua caliente se te pasa.

—¿Agua caliente?

—Sí. El veneno del pez araña es termolábil. Se degrada con el calor.

—Eso me ha dicho Gael.

—Gael sabe muchas cosas. Demasiadas para un camarero. —Irene fue hasta un armario, sacó una palangana y empezó a llenarla de agua caliente—. Siéntate. Esto te va a doler un poco. Pero luego te va a aliviar.

Álvaro se sentó en el borde de la camilla, con una sábana de papel cubriéndolo apenas. Irene puso la palangana en las manos de Álvaro y, con toda la naturalidad del mundo, le indicó que metiera los testículos. Luego le dijo que se inclinara hacia delante.

—¿Para qué? —preguntó él.

—Porque el agua tiene que cubrir la zona afectada. Y la zona afectada no son los pies.

—Ah.

—Sí.

Álvaro metió los cataplines en la palangana. Se inclinó. Y durante unos segundos, el mundo se redujo a un agua muy caliente, un dolor punzante que poco a poco se fue convirtiendo en alivio, y una doctora que le sujetaba el hombro con una mano firme.

—Así —dijo ella—. Respira.

—Estoy respirando.

—Pues respira mejor. Más despacio. Como si estuvieras en una clase de yoga.