CAPÍTULO 3
El doble turno
A mí me pagan por mirar. Esa es la putada.
Ocho horas subido a una torre de madera con el silbato al cuello y las gafas polarizadas, vigilando que nadie se ahogue, que ningún crío se pierda, que ninguna medusa le fastidie el día a un guiri despistado.
Todo el mundo me dice: «Qué suerte tienes, Darío, todo el día en la playa sin dar golpe».
Y yo asiento y sonrío porque no me apetece explicarles que mi trabajo consiste en ver cosas que luego no puedo quitarme de la cabeza por mucho que cierre los ojos.
Lo de Lucía empezó un lunes cualquiera. O quizá fuera un martes.
Los días en verano se me amontonan como las latas vacías en la papelera del chiringuito.
Llevo tres temporadas en esta playa y ya sé distinguir a los bañistas por categorías: están los que vienen una semana y desaparecen, los que vienen todo el verano pero nunca bajan a la orilla, y los que vienen todos los días a la misma hora y se sientan en el mismo sitio, como si la arena tuviera butacas numeradas.
Lucía era de las últimas. Llegaba a las doce, se ponía justo delante de mi torre —y digo justo, con una precisión que me pareció sospechosa desde el primer día— y se tumbaba boca abajo con un libro que nunca pasaba de la página veinte.
Venía siempre con él. Con el novio. Un tío grande, de esos que van al gimnasio para que se les note y llevan tatuajes que significan algo que ellos no saben explicar.
Un dragón en el hombro derecho. Y en la muñeca, el nombre de ella: «Lucía».
Por si alguien tenía dudas de que era suya.
Yo qué voy a decir. El tío me caía mal de lejos. De lejos y de cerca, cuando pasaba por delante de la torre y me echaba una mirada de esas que dicen «tú a lo tuyo, chaval, que para algo te pago el sueldo con mis impuestos». Como si él declarara algo. Como si el dragón ese facturara.
Pero a Lucía... A Lucía no podía dejar de mirarla.
Y eso que soy profesional. En serio. Llevo tres veranos viendo culos, tetas, bronceados imposibles y alemanas en topless sin que se me mueva una ceja.
Uno aprende a mirar sin mirar, a registrar la playa como un radar sin detenerse en nada que no sea una señal de peligro.
Pero ella era distinta. No sé por qué. No era la más guapa de la playa —que igual sí, pero no iba de eso—.
Era algo en la manera de moverse. De echarse el pelo hacia atrás.
De reírse poco y sonreír mucho, que no es lo mismo.
El caso es que yo la miraba. Y ella lo sabía.
Me di cuenta el tercer día. Estaba yo en la torre, con la bandera verde izada y el termómetro marcando treinta y dos grados, cuando ella levantó la cabeza del libro, se quitó las gafas de sol y me miró.
Directamente a mí. Sin el disimulo de la gente normal que aparta la vista si la pillan.
No. Ella me sostuvo la mirada tres segundos.
Luego otros tres. Luego volvió al libro.
Y yo me quedé con el corazón bombeando como si acabara de hacer un rescate.
A partir de ahí fue peor. Porque ya no era solo mirar. Era esperar que ella me mirara. Y cuando lo hacía —porque lo hacía, joder, lo hacía todos los días—, yo sentía una descarga eléctrica que me recorría la columna y me dejaba tonto el resto de la mañana.
Pero luego estaba él. El del dragón. Que le llevaba la toalla, le abría la nevera, le daba crema por la espalda con esa familiaridad de los que se han visto desnudos mil veces.
Y a mí me entraban ganas de bajar de la torre y decirle cuatro cosas.
Pero no bajaba. Porque soy socorrista. No salvavidas sentimentales.
El jueves fue el día del atardecer.
La playa se había vaciado. Quedaban cuatro sombrillas rezagadas y un grupo de chavales jugando a las palas.
Yo estaba a punto de bajar la bandera, con el cansancio de ocho horas metido en los huesos y la garganta seca de tanto silbar a los que se pasaban de la zona de baño.
Y entonces los vi. A ellos dos. Solos en la orilla, con el agua por la cintura.
Al principio pensé que se estaban bañando. Pero luego el dragón la cogió por la cintura, la levantó y ella se enroscó a él como una hiedra. Y yo me quedé paralizado. Con el puto silbato en la mano y las gafas puestas, viéndolo todo como quien presenciaba una película que nunca quiso ver.
No voy a describir lo que pasó. No hace falta. Solo diré que el mar estaba tranquilo, que el sol se estaba poniendo y que era casi bonito si no fuera porque yo estaba allí arriba, de pie, con la bandera a medio arriar, sintiéndome el tío más imbécil de todo el litoral.
Y entonces ella levantó la cabeza del hombro de él y me miró.
Otra vez.
Como el primer día. Como el segundo. Como todos los días de aquella semana.
Pero esta vez no llevaba gafas de sol. Esta vez estaba a cincuenta metros, con el agua llegándole al pecho, el pelo mojado y los brazos alrededor del cuello del otro.
Y me miraba. A mí. Al socorrista. Al pringado de la torre que no sabía dónde meterse.
Duró un segundo. O dos. O una eternidad, yo qué sé. Luego el dragón le dijo algo al oído, ella bajó la cabeza y se acabó. Salieron del agua, se secaron, recogieron las toallas y se fueron por el paseo marítimo como si no hubiera ocurrido nada.
Porque no había pasado nada. Para ellos. A mí, en cambio, me habían jodido el día. La noche. La semana. El verano entero.
☼☼☼
A las once y media de la noche me subí a la plataforma de la discoteca con el estómago revuelto y la cabeza en otra parte.
Llevo dos años haciendo esto. Tres noches por semana.
De día soy Darío, socorrista, veintiséis años, responsable, factor cincuenta, silbato al cuello.
De noche, «Dante» —el nombre me lo puso el dueño, que decía que Darío no vendía—, gogó, torso desnudo, pantalones de cuero, con una capa de purpurina que me echo yo mismo en el baño de personal mientras pienso en lo mucho que se avergonzaría mi madre si me viera.
No me gusta que me llamen gogó. Suena a chiste.
A tío que no ha estudiado. A carne de discoteca.
Pero me pagan el doble que en la torre y a mí la pasta me hace falta.
Así que me subo, me pongo las gafas de sol que me da el jefe —gafas de sol de noche, en serio, qué ridiculez— y bailo.
Bailo reguetón, dance, electrónica, lo que me echen.
Muevo las caderas y los brazos y a veces cierro los ojos para no ver a los turistas borrachos que me tiran billetes y me gritan obscenidades.
Las mismas obscenidades en todos los idiomas.
El ser humano es muy poco original cuando está cachondo.
Esa noche estaba yo bailando, con el sudor resbalándome por la espalda y las luces azules dándome en la cara, cuando la vi.
Lucía.
En primera fila.
Con el dragón al lado.
Me quedé tieso. Literalmente. Dejé de bailar un segundo, lo justo para que el de la mesa de mezclas me mirara con cara de «¿te pasa algo?
». Seguí bailando. Pero ya no era lo mismo.
Porque ella estaba allí, a tres metros de mí, con un vestido blanco y una sonrisa de esas que no sabes si son para ti o para el de al lado.
El dragón bebía cerveza y miraba el móvil.
A ella no le hacía ni puto caso. Pasaba de todo.
Como si la discoteca fuera un trámite y Lucía un accesorio.
Y ella me miraba a mí.
Otra vez.
Con la misma intensidad que en la playa.
Con la misma calma. Como si supiera algo que yo no.
Como si me hubiera reconocido debajo de la purpurina, las gafas ridículas y el nombre falso.
Como si supiera que el gogó de la plataforma era el mismo pringado que por la mañana la había visto follar en el agua y había tenido que hacer como que no pasaba nada.
No sé cuánto tiempo aguanté. Bailé una canción, dos, tres.
Ella seguía allí. El dragón seguía con el móvil.
Y yo empecé a mosquearme. Porque una cosa es que te miren en la playa, a plena luz del día, con la excusa del paisaje.
Y otra muy distinta es que te sigan hasta la discoteca y te miren desde la primera fila mientras te ganas la vida moviendo las caderas.
¿Era casualidad?¿Me estaba montando una película?
Terminé el turno. Me bajé de la plataforma, me puse la camiseta y me fui directo a la barra a por una botella de agua. Y allí estaba Gael. Apoyado en el mostrador, con su cara de filósofo de barra de bar.
—La has visto —dijo.
—¿Tú también?
—He venido a verte bailar. Muy bonito todo. Pero ella estaba en primera fila y tú casi te caes de la tarima. ¿Vas a hacer algo o vas a seguir haciendo el idiota?
—No sé de qué me hablas.
—De la chica del dragón. Que te ha seguido hasta aquí. Que te mira como si quisiera comerte y no me refiero a la boca.
—Gael, por favor.
—Darío, hazme caso. Una mujer que te mira mientras está con otro es una mujer que está tomando una decisión. Y tú no eres la decisión. Eres la excusa. Como mucho, el detonante. Pero no el resultado.
—No me hace falta un psicólogo.
—No soy psicólogo. Soy camarero. Que es peor. Los psicólogos te escuchan. Yo te pongo copas y te digo la verdad.
—¿Y cuál es la verdad?
—Que te vas a hacer daño. Pero el daño a veces es instructivo. Así que haz lo que te salga de los huevos y luego me cuentas.
Me fui a casa con un cabreo de cojones: contra Gael, contra el dragón, contra la purpurina que se pegaba en las sábanas aunque me duchara mil veces, pero sobre todo contra Lucía. Contra esa manera de mirarme que tenía. Esa manera de estar sin estar. De pedir sin pedir.
A la mañana siguiente volví a la torre. Preparé la bandera, el silbato, el protector solar. Y a las doce en punto, allí estaban. Ella y él. La toalla justo delante de mí. El libro por la página veinte. El dragón paseándose como si la playa fuera suya.
A las dos, el dragón se levantó y dijo en voz alta —se oía desde la torre, os lo juro—:
—Voy al chiringuito a por unas cervezas. ¿Quieres algo?
—Agua —dijo ella.
Y se fue.
Lucía se quedó sola en la toalla. Boca abajo.
El libro abierto pero los ojos cerrados.
No sé qué me pasó. No sé si fue el cansancio, el cabreo, la falta de sueño o las ganas de dejar de ser un gilipollas por una vez en la vida.
Así que descendí de la torre como un guerrero.
Dejé el silbato colgado de la barandilla y bajé los escalones de madera con las piernas temblándome.
Llegué a la arena, caminé los veinte metros que me separaban de su toalla y me planté delante de ella. Me quité las gafas de sol.
—Hola —dije.
Ella abrió los ojos. Me miró desde abajo, con la barbilla apoyada en las manos. Tardó un segundo en reaccionar. Luego sonrió.
—Hola —dijo.
—Soy Darío. El socorrista.
—Ya lo sé.
—¿Sabes también que soy el gogó de la discoteca o eso todavía no lo has adivinado?
Silencio. La sonrisa se le torció un poco. No de enfado. De sorpresa. Como si no esperara que yo fuera tan directo.
—Lo sabía —dijo—. Te reconocí la primera noche.
—Entonces sabes que te he visto.
—¿Visto dónde?
—Ayer. En el agua. Con él.
Se incorporó. Se puso las gafas de sol, quizá para esconderse, quizá para darse tiempo. Luego se las volvió a quitar. Tenía los ojos verdes o grises. O verdes y grises según les diera la luz.
—No era... —empezó—. No es lo que piensas.
—No pienso nada. Solo digo que te vi. Y que tú me viste a mí. Y que esto es un poco raro.
—Un poco, sí.
—¿Quieres contarme algo o sigo con mi turno?
Se rio. Miró hacia el chiringuito para comprobar si venía el dragón. Luego se dirigió a mí de nuevo:
—Se llama Mario. Llevamos cinco años juntos.
Cinco. Y no sé si le quiero. —Lo dijo de corrido, como quien soltaba una piedra de mil kilos—.
Llevo un año sin saber si le quiero. Y ahora vengo aquí, a la puta playa, y te veo a ti subido a esa torre con cara de buena persona, después en la discoteca bailando, dejándote el pellejo, como si te fuera la vida en ello, y no sé qué me pasa.
—Yo te digo lo que te pasa. Que no te gusta tu novio.
—Eso es muy fácil de decir.
—Es mi opinión profesional.
—¿Profesional?
—De socorrista. Vemos a mucha gente empeñarse en ahogarse cuando todavía podría salir solita, por sus propios medios…
Se mordió el labio. El labio inferior. Lo hacía cuando pensaba, como descubrí más tarde. Luego se levantó, se sacudió la arena de las piernas y se quedó de pie frente a mí. Era más baja de lo que parecía desde la torre. Y más guapa. Y más triste.
—Darío —dijo, y fue la primera vez que oía mi nombre en su boca—, no sé qué quieres de mí.
—Nada —mentí—. Solo que la próxima vez que me mires no haya un tío con un dragón en el hombro, delante. O detrás. O donde sea.
—¿Y si le dejo?
—Eso es cosa tuya.
—¿Y si no le dejo?
—Pues para de mirarme. Porque yo no soy de esos.
—¿De esos qué?
—De los que se meten en medio de una relación. Bastante tengo con meterme en el agua cuando alguien se ahoga.
Se rio otra vez. Esa risa. Y yo supe, en ese mismo instante, que estaba jodido. Porque una tía que se reía así, con los ojos verdes o grises y el pelo mojado y un novio que no le quería bien, era el tipo de mujer por la que un tío normal dejaba de serlo y empezaba a hacer gilipolleces.
—Tengo que volver a la torre —dije—. Está la bandera puesta y la playa sin vigilar.
—Vale.
—Nos vemos.
—Sí.
Di media vuelta. Caminé dos pasos. Y, entonces, ella dijo:
—Darío.
Me giré.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por bajar de la torre.
No supe qué responder. Así que cerré la boca.
Me puse las gafas de sol, subí los escalones de madera y me quedé allí, de pie, con la bandera verde ondeando y el corazón a ciento veinte pulsaciones por minuto.
A los cinco minutos volvió el dragón con dos cervezas y una botella de agua.
Le dio el agua mientras él se bebió la cerveza de un trago y se tumbó al sol como si no hubiera pasado nada.
Porque no había pasado nada. Para él.
Para mí, en cambio, había ocurrido de todo.
☼☼☼
Aquella noche no trabajaba en la discoteca. Me quedé en el chiringuito de Gael hasta tarde, bebiendo tinto de verano y dándole vueltas a la cabeza. Gael me escuchó sin abrir el pico. Luego me puso delante un plato de olivas y dijo:
—¿Sabes lo que más me gusta de ti, Darío?
—¿Mi capacidad para meterme en líos?
—No. Que eres de los que bajan de la torre.
—¿Y eso es bueno?
—Es lo único que importa.
No lo entendí entonces. Lo entendí después, mucho después, cuando Lucía dejó al dragón y vino al chiringuito una noche, sola, con un vestido azul y el pelo suelto, se sentó en mi mesa y me dijo: «Ya está.
Ya no hay dragón. Ahora dime tú qué hay».
Y yo no dije nada. La besé. Sin purpurina, sin gafas de sol, sin torres de vigilancia.
Solo ella, yo y el ruido del mar.