Noches con tinto de verano CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

La que volvió

Nunca vuelvas al pueblo del que te fuiste diciendo que no lo harías jamás, ni muerto, ni harto de wiskis. Es el primer mandamiento de la vida adulta y yo lo incumplí un jueves de julio a las seis de la tarde, con veintinueve años, una maleta rota y el orgullo todavía más roto que la maleta.

Mi abuela había muerto en mayo. Me dejó el apartamento de la costa, ese que olía a naftalina y a veranos de la infancia, con las persianas verdes y un porche minúsculo desde el que se veía el mar si te ponías de puntillas.

Mi plan era venderlo. Llegar, tasar, firmar y largarme de vuelta a Madrid con un cheque y cero ataduras sentimentales.

Pero los planes, como los hombres, nunca salían como una espera.

A las cuarenta y ocho horas de aterrizar ya me había bebido todos los tintos de verano del «Náufrago», había llorado en la arena dos veces —una por mi abuela, otra por un gato que no era mío, pero que me miró con tristeza— y había aceptado un trabajo de camarera que no necesitaba.

Gael, el dueño, me conocía desde hacía tiempo.

Fue él quien me dijo: «Martina, estás hecha un cuadro.

Ponte un delantal y deja de dar pena, que la pena espanta a los clientes».

Dije que sí porque llevaba tres días comiendo arroz blanco y la propina me venía bien.

O eso me repetía en la cabeza una y otra vez.

El caso es que servía copas. Otra vez. Como a los dieciocho, cuando me escapaba del instituto para ganar cuatro perras y comprarme vinilos que pinchaba en casa de mi abu .

El «Náufrago» no había cambiado mucho en estos años.

Mismas luces de colores, misma clientela variopinta: guiris achicharrados, parejas al borde de la ruptura y grupos de amigos que se creían los protagonistas de una película francesa.

Lo único distinto era la música y yo, que ya no tenía dieciocho años ni ganas de comprarme discos ni la certeza de que la vida me debía algo.

El viernes de mi tercera semana allí, a las diez de la noche, entró él.

Pablo Márquez. La misma edad que yo, obvio.

Abogado. O arquitecto. O algo con corbata que exigía afeitado diario.

En el instituto fue mi enemigo mortal. Bueno, enemigo es una palabra fuerte.

Digamos que yo era una adolescente insoportable con complejo de escritora maldita y él era un pijito de urbanización vestido de arriba a debajo de marca y que un día me llamó «la rara» delante de toda la clase y yo le volqué un batido de fresa en la camisa de Ralph Lauren.

La mancha no se fue nunca. Su madre llamó a mi madre. Hubo un conflicto diplomático.

Desde entonces nos evitamos con éxito. Años evitándonos. Y ahora ahí estaba él, en la barra, pidiendo una caña y mirándome como si fuera la aparición de la Virgen del Carmen entrando en el puerto y sirviendo copas….

—¿Martina?

—No —dije—. Soy su hermana gemela. Martina murió en un naufragio. ¿La cerveza con limón?

—Sin limón.

—Qué sieso.

—¡No me digas!

Le serví la cerveza sin tirársela por la cabeza, que ya fue un gesto de madurez por mi parte.

Pablo se sentó en el taburete del extremo —el mismo que yo había asignado mentalmente a los clientes imbéciles— y se quedó mirándome mientras yo secaba vasos con el trapo inmundo de Gael.

Tenía el mismo careto que a los diecisiete.

Mandíbula cuadrada, nariz recta, ese aire de tío al que todo le ha ido bien y encima duerme ocho horas.

Pero algo le había pasado en los ojos. Algo turbio, como de cansancio acumulado o de derrota reciente…

«Los ojos no envejecen, decía mi abuela. Solo se ensucian».

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—Servir cervezas. ¿Y tú? ¿No tenías que estar en un despacho iluminando el mundo con tu corbata y tus trajes Tom Ford?

—Sin corbata. Y sin despacho. —Dio un sorbo y dejó el vaso con cuidado—. Lo dejé.

—¿El despacho?

—Todo. El despacho, la empresa, la ex, el perro. Bueno, el perro no. El perro se quedó con ella.

—Tú tenías perro.

—Tú tenías un batido de fresa.

Nos miramos. Fue una mirada larga, de esas que no han olvidado y un montón de cosas que ninguno de los dos iba a decir ni muerto. Yo no sabía si odiarlo o sentir curiosidad. Él no sabía si pedir otra cerveza o salir corriendo. Ganó la cerveza.

—¿Sabes lo peor de volver? —dijo de repente—. Que todo el mundo te pregunta qué tal te va y tienes que elegir entre mentir o contar la verdad y que te miren con lástima.

—Yo he optado por la tercera vía.

—¿Cuál?

—Servir copas y no contarle mi vida a nadie. Es muy terapéutico. Deberías probar.

—No sé servir copas.

—Se nota. Bebes la cerveza como si estuvieras en un velatorio.

Pablo soltó una risa corta, de esas que se derramaban por las comisuras de la boca, sin permiso. Luego se pasó la mano por la cara con un gesto cansado, y apoyó los codos en la barra.

—Estoy viviendo en casa de mis padres, Martina. Con los mismos años que tú. En la misma habitación donde me hice la primera paja. ¿Tú crees que hay un término clínico para definir esto?

—Sí. Se llama «verano en el pueblo». Le pasa a mucha gente.

—No es verano. Es un exilio.

—Pues exíliate con estilo. Pide otra cerveza y cuéntame lo de la ex. Tengo tiempo y no tengo vida social.

Me lo contó. La ex era del tipo «mujer perfecta que un día decidió que quería otra cosa».

La otra cosa era un compañero de trabajo de Pablo, un tal Ricardo, que según sus palabras «llevaba tirantes y se reía como una hiena».

La traición había sido doble: sentimental y laboral.

Por eso lo había dejado todo. Por eso estaba allí, en el pueblo, en casa de sus padres, durmiendo en una cama de noventa y desayunando galletas María.

—Joder —dije—. Y yo que creía que mi vida daba vergüencita…

—¿Y la da?

—Vine a vender el piso de mi abuela y llevo tres semanas de camarera. Tengo cero euros en la cuenta, un contrato temporal y un gato que no es mío pero que ya duerme en mi cama. Tú dirás.

—El gato es un punto a favor.

—El gato no duerme, como es natural, y me ronronea en la oreja.

—Pues ya tienes algo más que yo.

Me reí. Llevaba tres semanas sin reírme con ganas.

Pablo me miró con esos ojos «sucios», y por un segundo me acordé del instituto, de los pasillos, de aquella vez que me llamó «la rara» y yo sentí una rabia tan grande que me duró todo el verano.

Pero también me acordé de que antes de lo del batido, mucho antes, en primero de la ESO, él me había pasado un papelito que decía: «Me gustas.

¿Quieres salir conmigo?». Y yo no respondí.

Por miedo. Por orgullo. Porque a los doce años el orgullo es una forma de respirar.

—Oye —dijo Pablo—. ¿Tú crees que a los treinta y pico todavía se puede empezar de cero?

—No lo sé. Yo estoy en el menos uno.

—Pues el menos uno tiene barra libre. Eso es algo.

—Sí. Y aire acondicionado. No subestimes el aire acondicionado.

Se quedó hasta el cierre. Yo le serví cervezas y él me sirvió su vida, trozo a trozo, con una sinceridad que no esperaba y que me desarmó. A las dos, Gael me dijo que recogiera y me guiñó un ojo con esa sabiduría de tío que ha visto demasiadas reconciliaciones improbables en su barra.

—¿Te apetece un paseo por la playa? —preguntó Pablo.

—¿Es una cita?

—No. Es un paseo. Las citas son para gente que sabe lo que quiere.

—Vale. Pero te advierto que si intentas algo te tiro un batido. Y ya no tengo fresas, así que será de cerveza.

Caminamos por la orilla con los zapatos en la mano.

La arena estaba fría y la luna parecía una uña cortada.

No hablamos del instituto. No hablamos del papelito de primero de la ESO.

Hablamos de nuestros fracasos como quien habla del tiempo, con esa ligereza que solo tienen los que ya han tocado fondo y saben que desde ahí solo se puede subir.

Me dijo que siempre le había gustado escribir pero que su padre le obligó a estudiar Derecho.

Le dije que yo siempre había querido publicar una novela pero que trabajaba en una editorial haciendo informes de lectura y destrozando libros ajenos por cuatrocientos euros al mes.

«Qué par de mierdas», dijo él. «Y tanto», dije yo.

Cuando llegamos al espigón, nos sentamos en las rocas y nos quedamos callados. El mar sonaba como suena siempre: a promesa y a despedida. Y entonces, sin previo aviso, Pablo dijo:

—¿Te acuerdas del papelito?

—¿Qué papelito?

—El de primero de la ESO.

—Ah. Ese papelito.

—Nunca me respondiste.

—Porque eras un imbécil.

—Eso es verdad. Pero la pregunta sigue en pie.

Lo miré. Tenía los ojos menos sucios. O quizá era la luz de la luna, que todo lo maquillaba.

—¿Me estás pidiendo algo, Pablo?

—Te estoy preguntando si puedo besarte. Con consentimiento y todas esas cosas que ahora hay que decir.

—¿Y si te digo que no?

—Pues no me besas y ya está. No voy a montar un drama. Bastantes dramas tengo ya.

—Eres más majo que antes.

—Antes era un niñato con zapatillas de marca. Ahora soy un fracasado con una cama de noventa. Se crece.

—Pues sí —dije—. Puedes.

—¿Puedo qué?

—Besarme. ¿No era eso?

—Era eso. Pero ahora me has puesto nervioso.

—Pues bésame antes de que me arrepienta.

Me besó. No fue un beso torpe de esos que chocan narices.

Fue un beso raro, como de quien vuelve a casa después de mucho tiempo y no sabe si las llaves iban a funcionar.

Pero funcionaron. Vaya si funcionaron. Duró un rato largo, con las olas de fondo y una gaviota que nos miraba con cara de pocos amigos.

Cuando nos separamos, Pablo tenía una sonrisa de idiota y yo también, aunque intenté disimular.

—Bueno —dijo él—. Ya está. Ya me has besado. ¿Ahora qué?

—Ahora te invito a mi casa, que tengo un gato que ronronea y un porche con vistas al mar.

—¿Y eso es una cita?

—De momento, no. Las citas son para gente que sabe lo que quiere.

—¿Y tú qué quieres, Martina?

—Todavía no lo sé. Pero el batido de fresa ha caducado. Eso es un avance.

Volvimos caminando en silencio, pero era un silencio distinto.

De esos que no pesan. Yo pensé en mi abuela, en el apartamento que ya no iba a vender, en el gato que roncaba, en los diecisiete años que habíamos tardado en darnos cuenta de que los papelitos, a veces, solo necesitan tiempo.

Y luego pensé en Gael, que a la mañana siguiente me iba a mirar con esa ceja levantada y me iba a decir algo como «te lo dije».

Y yo le iba a contestar: «No me has dicho nada». Y él: «Porque no hacía falta».

Pero eso sería mañana. Ahora era de noche. Y Pablo caminaba a mi lado con las manos en los bolsillos y la cerveza aún impregnando el aliento. Y, por primera vez en mucho tiempo, julio no me parecía un mes cualquiera.

De hecho llamé a Gael y ya no volví al día siguiente.