Noches con tinto de verano
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CAPÍTULO 1
Noche de rescate
El hielo del primer tinto de verano llevaba diez minutos derretido cuando Valeria aceptó que la habían vuelto a dejar plantada.
Lo supe antes que ella, porque en este oficio aprendes a distinguir a la clienta que espera de la clienta que ya sabe que no va a venir nadie y se queda por orgullo.
Valeria estaba en ese segundo grupo desde el minuto uno.
Lo que no sabía era que iba a ser la única mujer en la historia del «Náufrago» que me hiciera olvidar el cansancio de siete veranos.
Pero no me quiero adelantar a los acontecimientos.
Eran las nueve y media de un sábado de julio.
El chiringuito olía a crema solar y a aceite de freír calamares, esa mezcla inmunda y deliciosa que para mí ya huele a gloria bendita.
Yo estaba detrás de la barra, secando vasos con un trapo que había perdido la batalla contra la dignidad dos temporadas atrás, cuando ella entró: vestido rojo, sandalias que costaban más que todo mi fondo de armario, el gesto de quien se ha arreglado para alguien que probablemente no se lo merecía.
Se sentó en el taburete del extremo, el que tiene vistas al paseo marítimo y al fracaso, y pidió un tinto de verano.
Estaba buenísima. Era un pibón de chica.
—Con limón, por favor. Y sé generoso con el vino de tetrabrik, si no te importa.
La voz le temblaba un poco. Lo justo para que un camarero decente no preguntara nada. Yo no soy un camarero decente. O sí, depende del día. Pero me mordí la lengua y le serví la copa helada con una rodaja de limón clavada en el borde como un pequeño salvavidas amarillo.
El verano traía tres clases de clientes: los que venían a beber, los que venían a olvidar y los que creían que una cita de Tinder les iba a cambiar la vida.
Valeria pertenecía a las tres categorías, aunque tardé un par de horas en confirmarlo.
Durante la primera, ella miró el móvil diecisiete veces.
Las conté: diecisiete veces en sesenta minutos.
Encendía la pantalla, la apagaba, dejaba boca abajo el móvil y al cabo de medio minuto lo giraba otra vez.
El ritual de la plantada con experiencia…
La que ya ha pasado por esto y sabía que no había peor enemigo que tener la esperanza intacta.
Cuando pidió el segundo tinto, ya le había puesto yo una tapa de ensaladilla sin que me la pidiera.
La ensaladilla del «Náufrago» no es gran cosa, pero tiene el poder de distraer a las almas en pena.
Te lo digo por experiencia: una cucharada de mayonesa bien fría arregla más corazones rotos que todos los consejos de las amigas.
—¿Esperas a alguien o el tinto es lo único que te hace compañía? —le solté cuando ya no pude contenerme.
Me miró con una mezcla de «a ti qué coño te importa» y «gracias por preguntar». Las mujeres como Valeria tenían ese don: te fulminaban con la mirada y te lo agradecía todo a la vez y con el mismo gesto indescifrable.
—Esperaba. En pasado. Ya no.
—¿Quieres que te diga «lo siento» o prefieres que te mienta y te diga que ha llamado diciendo que se ha quedado atrapado en un ascensor?
Soltó una carcajada. Sonó a cristales rompiéndose, de esos que cuando se estampan en el suelo y piensas «qué pena».
—¿Tienes mucha experiencia en esto?
—Llevo siete veranos aquí. He visto más plantones que un jardinero.
Me llamo Gael, aunque eso se lo dije más tarde, cuando ella ya iba por el tercer tinto y se había quitado una sandalia y la balanceaba colgada del dedo gordo del pie como si el chiringuito fuera el salón de su casa.
Tengo treinta y cuatro años. Los mismos que ella, como descubrimos en algún momento de la noche.
Dejé Historia del Arte en tercero porque a mi madre le diagnosticaron un cáncer y alguien tenía que pagar los recibos de la casa y, desde entonces, los veranos y los inviernos cálidos me los paso aquí, con este delantal tan chulo y esta capacidad de leer la mente a la peña en tres segundos. A Valeria la leí en dos.
El tal Ángel —supe su nombre al tercer tinto, y casi escupí la aceituna al oírlo, porque ¿quién demonios se llama Ángel y hace ghosting ?
— era, por lo que ella contó, un compendio de red flags con forma de vendedor de seguros.
Llegó tarde a la primera cita. Habló de su ex en la segunda.
Le pidió pagar a medias en un sitio vegano donde una ensalada costaba dieciocho euros.
Y en la tercera, la de esta noche, ni siquiera tuvo la decencia de mandar un mensaje.
Valeria lo contaba con sorna, restándole importancia, pero yo veía el ceño entre sus cejas, ese que aparecía cuando una mujer inteligente se preguntaba por qué demonios seguía dando oportunidades a tipos que no llegaban ni al aprobado mental por muy pibonacos que fueran.
—Dime, Gael —dijo apoyando la barbilla en la mano—, ¿hay algo más patético que una mujer de treinta y cuatro años esperando a un tipo que conduce un Seat León blanco?
Me reí con ganas. De verdad. Hacía meses que no me reía así.
—¿Seat León blanco? Joder. Ese tío es un peligro público.
—Lo sé. Y yo, una idiota.
—No. Tú eres una mujer que da oportunidades, que no es lo mismo. ¿Quieres un consejo?
—Vale.
—Imagínatelo en la taza del váter, cagando. Eso te sube la autoestima en cero coma.
—¡Ja, ja, ja!
Lo dije sin pensar. Sin el tono de camarero que esperaba propina. Lo dije porque era verdad. Y ella se dio cuenta, porque después de partirse de risa, apartó la mirada y se concentró en la copa como si de repente le diera vergüenza que alguien la tratara bien.
La noche avanzó con ese ritmo perezoso de los sábados de julio.
El chiringuito se llenó, se vació, se volvió a llenar.
A mi izquierda, una pareja discutía en susurros —ella con un mono blanco precioso, él con cara de no entender nada— y yo los observaba mientras llenaba jarras de cerveza y pensaba que todas las historias de amor se parecían demasiado.
A mi derecha, un grupo de amigas celebraban un divorcio con más euforia que una despedida de soltera.
Y al fondo, en la barra, Valeria seguía allí.
Ya no miraba el móvil. Miraba el mar. O me miraba a mí. O las dos cosas.
En mi descanso, me senté a su lado. No solía hacerlo.
El manual del buen camarero dice que no confraternices con los clientes, pero el manual del buen camarero no había conocido a una mujer que te hiciera olvidar que llevabas ocho horas de pie y que el riñón te estaba mandando señales de socorro.
Compartimos unas aceitunas y unas copas que saqué de la barra.
Me contó que trabajaba en Recursos Humanos y que odiaba el término «Recursos Humanos» porque ponía a las personas a la altura de las grapadoras y los paquetes de folios.
Le conté que este chiringuito era un curro de verano que se había alargado siete años, hasta convertirse en un modo de vida a tiempo completo cuando el tiempo lo permitía.
—¿Y no te cansas? —preguntó.
—¿De qué? ¿De servir copas o de ver a la misma gente cometer los mismos errores todos los veranos?
—De las dos cosas.
—Sí. Pero también me canso de mí mismo y no por eso me voy a otra parte.
Ella entendió eso. Lo vi en sus ojos. Esa clase de comprensión instantánea que solo se daba entre desconocidos que no tenían nada que perder.
Me entraron ganas de contarle más cosas.
De mi madre, por ejemplo, que murió hacía dos años.
De las clases de Historia del Arte a las que nunca volví.
Del cuadro de Hopper [1] que tenía colgado en mi cuarto, ese del camarero solitario en un bar nocturno, y de cómo a veces me sentía exactamente así, solo que con más calor y menos glamour .
Pero no lo hice. Porque era su noche. La noche en que le habían dado plantón.
Y yo no era nadie para convertirla en la mía.
A la una, el móvil de Valeria vibró. Ella lo miró. Lo dejó boca abajo. Lo volvió a mirar. Era Ángel, obviamente:
«Perdona, surgió un problema. ¿Sigues por allí?».
Valeria me enseñó la pantalla con una sonrisa torcida. Luego bloqueó el contacto. Así, sin aspavientos. Como quien tira un ticket de compra que ya no sirve.
—¿Brindamos? —dijo alzando la copa.
—¿Por qué?
—Por la mierda de cita que me ha traído hasta aquí.
Cogí una copa, la llené de tinto y la alcé.
—Por los Seat León blancos. Que les den por culo.
Brindamos. Soltó una carcajada. Y yo pensé que no había nada más precioso que una mujer que se ríe de sus propias desgracias con un tinto de verano en la mano.
Cerré el chiringuito a las tres. Apagué las luces de colores.
Recogí las sillas. Barrí la arena que siempre se cuela por todas partes.
Y cuando ya estaba a punto de bajar la persiana, Valeria seguía allí.
No se había ido. Se había quedado en la orilla, con las sandalias colgando de los dedos, mirando el mar negro y la luna que parecía una rodaja de limón gigante.
—Te he guardado un tupper con ensaladilla —le dije—. Para mañana. La resaca con hambre es muy traicionera.
Se rio. Otra vez esa risa de cristal. Cogió el tupper con las dos manos como si fuera un regalo de cumpleaños.
—Eres un tipo raro, Gael.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo sé. Por eso gracias.
Se quedó un segundo callada. Luego dio dos pasos hacia el paseo marítimo.
Y entonces se paró. Se giró. Volvió. Se puso de puntillas —porque era más baja que yo, aunque con esas sandalias de tacón casi me llegaba a los ojos— y me plantó un beso en la boca.
Un beso rápido, torpe, de esos que pillaban a contrapié y sabían a tinto y a limón y a «¿qué estoy haciendo? ».
—Para que no pienses que yo también dejo plantados a los tíos —añadió.
Y se marchó.
Así, sin más. Con el tupper en una mano y las sandalias en la otra, caminando por la orilla como si el verano acabara de empezar y todas las posibilidades estuvieran aún por estrenar.
Me quedé quieto, con el sabor del beso en los labios y una estupidez inmensa en la cara.
Toqué el lugar exacto donde me había besado.
Vi la mancha de carmín en la yema del dedo.
Me la quedé mirando. Luego apagué la última luz y eché el cierre.
Esa noche no dormí. Me quedé en la arena, con una cerveza que ni siquiera me apetecía, pensando en un Seat León blanco y en lo mal que conducían algunos y en lo bien que lo hacían otros.
En la suerte que tenía ese coche de haberla conocido antes que yo.
En la suerte que tenía yo de que ella hubiera decidido girarse y besarme...
No sabía si volvería mañana. Pero, si lo hacía, ya tenía preparado un tupper de unas croquetas. Uno aprende con el tiempo a no desperdiciar las segundas oportunidades.