Noche púrpura 68. Solo soy una chica hecha de realidad y sueños
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68. Solo soy una chica hecha de realidad y sueños

SOLO SOY UNA CHICA HECHA

DE REALIDAD Y SUEÑOS

-H e venido a suplicar. A rezar, si lo queréis —dijo Persi. ¿Cómo podía explicárselo todo?

La Diosa, Perséphonia, vestía una túnica de mangas tan largas que le cubrían las manos.

Al apoyarlas en el regazo, la tela cayó hasta el suelo y colgó por debajo de las rodillas y los pies descalzos hacia aquel vacío.

Ladeó la cabeza. En su mirada brillaba algo parecido a la compasión, pero que también tenía tintes de advertencia, como si observara a una mariposa acercarse demasiado a una llama en su vuelo.

—¿Por qué? —preguntó.

—Para que os marchéis, si podéis. Para que no volváis a dormir y dejéis de soñar con mi mundo.

La Diosa emitió un «mmm» que sonó curioso e indiferente al mismo tiempo. El Dios del Olvido soltó una carcajada que recordó a un leño partiéndose en la hoguera.

Persi se sintió confundida. ¿Debía asustarse o reírse también?

—No entiende por qué es gracioso —dijo la Diosa, ahorrándole hacer a ella la pregunta.

El Dios del Olvido suspiró.

—Es gracioso lo que pides. Porque es vuestro poder el que nos mantiene encerrados.

Persi, consciente de que mucha gente estaba atenta a esa escena, preguntó:

—¿Los altari os encerraron?

Perséphonia hizo un gesto extraño con los ojos. De no ser porque era una diosa, Persi habría pensado que acababa de ponerlos en blanco.

—Los altari no son lo bastante fuertes para algo así.

Entonces, quién. ¿Quién había tan poderoso para encerrar a los Dioses? El Dios del Olvido, Haidas, respondió como si hubiera oído sus dudas.

—Fueron los humanos, claro.

—¿Por qué lo hicieron? —Tampoco entendía cómo, pero no quería cuestionarlos—.

Sois vosotros los que, mientras soñáis, les robáis las fuerzas y las transformáis en energía para los altari.

Sin vosotros, no existiría el Descolor y los humanos tendrían poder para defenderse.

Tal vez así no tendrían que vivir oprimidos.

Los Dioses intercambiaron una mirada perpleja.

—¿Qué clase de opresión?

Persi les habló, igual que había hecho en sus vídeos, de lo difícil e injusto que era crecer siendo un humano en aquel mundo. Y, para su sorpresa, los Dioses la escucharon.

—Nos apena ver a Onyria desmoronarse así —dijo la Diosa—, y saber que aquellos que invocaron a los altari han olvidado el poder de sus sueños y han perdido la libertad.

—¿Los que invocaron a los altari? ¿A qué te refieres?

—Los humanos crearon las runas, todas las esencias les pertenecen —dijo la Diosa—. Cuando llegamos a este mundo era un lugar inhóspito. Pero, como buenos invocadores, la nada no nos asustaba. Habíamos aprendido a moldearla en nuestro camino entre mundos.

—¿Invocadores?

—Es lo que éramos, antes de ser Dioses. Soñábamos y, cuando invocábamos, podíamos dar vida a nuestros sueños.

El Dios del Olvido continuó:

—Llamamos a esta tierra Onyria, pues la construimos a partir de nuestros sueños. Soñamos con ciudades prósperas y cómodas, donde la energía fluía libremente. Usábamos las runas como herramienta y nuestros sueños como mármol.

»Éramos pocos los que habíamos llegado tan lejos y pronto comenzamos a sentirnos solos.

Echábamos de menos a las criaturas con las que habíamos convivido en otros mundos y acompañado anteriormente en nuestros viajes.

Así fue como creamos a los primeros altari; los hicimos surgir de los fragmentos de nuestra memoria.

Eran bellos y encantadores, y, aunque no podían controlar la magia de las runas como nosotros, les concedimos el poder de una de las runas. Siete runas para catorce castas.

La Diosa asintió con una nostalgia profunda.

—Cuando el sueño, la invocación, creció… Requería cada vez más poder, más del que nuestras horas de sueño podían ofrecer. Tuvimos que decidir entre preservar la vida que habíamos creado o permitir que los altari desaparecieran.

La voz de la Diosa se apagó. Su angustia hizo que Persi contuviera el aliento.

—Nos sumimos en un sueño eterno para crear la mayor de las invocaciones: el Prisma —susurró la Diosa de la Creación—.

En él se acumula el poder puro de los nuestros y se difracta en las siete esencias.

Las Raíces lo llevan a las ciudades, donde la Lluvia Ascendente nutre a los altari.

El poder remanente abastece de energía los sistemas de luz.

«Exactamente lo que había descubierto Enaire.»

—Pero ahora estáis despiertos, ¿cómo es que el Prisma sigue funcionando?

La Diosa de los Sueños le sujetó la mano al Dios del Olvido. Fue un contacto comedido; quizá, el primero que tenían en miles de años.

—Perséphonia invocó el Prisma con su sueño —explicó el Dios del Olvido—.

Yo usé el mío para invocar las memorias de luz.

Así, cuando un invocador muriese, su alma cruzaría el Río, pero su memoria permanecería.

Su espíritu hallaría descanso eterno, pero sus recuerdos seguirían soñando Onyria y guiando a los futuros invocadores con sus consejos.

Algún día, esas memorias bastarían para mantener Onyria y a los altari con sus sueños, y nosotros podríamos marcharnos y descansar al fin.

—Pero ese día no llegó —adivinó Persi.

—Ese día debió llegar hace siglos, mestiza. Pero no previmos cuán pronto invocadores y altari nos olvidarían. El Acervo que escribimos fue malinterpretado y tergiversado; no quedó nadie que nos recordara, nadie que viniera a liberarnos. Los invocadores olvidaron el saber de las runas.

La runomancia, dedujo, los invocadores ya la practicaban. Enaire tenía razón con la interpretación que había hecho de los textos antiguos. Persi se sintió orgullosa.

A la vez, un estremecimiento la recorrió al comprender la magnitud del sacrificio de los Dioses.

—No creas que pagamos un precio alto —aclaró Ella, leyendo la dirección que habían tomado sus pensamientos—. Los demás pagaron un sacrificio mayor. Miles de años de encierro no son nada comparados con dejar atrás todos los recuerdos.

Persi estuvo a punto de contradecirla, pero pensó en Enaire. Si eso era cierto, ella y Persi no podrían reconocerse nunca en el más allá. Ya no le parecía un sacrificio tan pequeño.

—No temas por tu amiga. —La Diosa leyó sus emociones—. Las almas verdaderamente afines siempre vuelven a encontrarse, incluso en la siguiente vida, incluso sin recuerdos.

—¿Qué hay del Descolor? —preguntó, apartando aquellos pensamientos—. Cada día más humanos se ven arrastrados a un sueño eterno para nutrir al Prisma.

Porque eso era el Descolor, comprendió. Un sueño constante que afectaba a los humanos, a los invocadores, y que era necesario para conservar la existencia del mundo.

—Las memorias deberían bastar para mantener el Prisma y a los altari —dijo Ella—. Pero la luz que consume vuestra tecnología proviene de los invocadores vivos y la demanda es cada vez más alta. A este ritmo, pronto ningún invocador volverá a abrir los ojos.

—Y Onyria desaparecerá —añadió Él—. Sin importar cuántas memorias haya en los Jardines Dormidos. Dejarán de soñar cuando el último invocador fallezca. Así fue soñado.

—¿Ni siquiera con vuestro sueño es ya suficiente?

—Nosotros dormimos. Pero estamos ya cansados de soñar. Nuestro descanso es vacío. Solo esperamos a ser liberados o a la muerte. Ambos nos llevarán a un lugar mejor.

—¿Qué os impide marcharos?

—Un juramento. Prometimos quedarnos hasta que un representante de la realidad y los sueños, un invocador y un altari, nos diese su consentimiento para partir.

Persi se miró las manos, desesperada. Nada de aquello le servía. Había acudido al Prisma con la esperanza de que los Dioses lo resolvieran todo… solo para descubrir que eran también víctimas del Prisma.

—Está bien —dijo—. Podéis marcharos. Os doy mi permiso.

—¿Cómo dices?

—Soy mestiza. Soy al mismo tiempo humana y altari. Si mi permiso os sirve, os lo concedo. Sois libres.

Él hizo entonces algo poco divino: titubeó. Ambos compartieron una mirada cargada de un universo de emociones; de esperanza. Sin embargo, no se marcharon de inmediato.

—No eres la primera que llega al Prisma. Pero sí eres la primera que se ofrece a liberarnos —dijo la Diosa de la Creación—. ¿Por qué?

—Porque sé lo que es querer huir con todas las fuerzas.

Haidas y Perséphonia intercambiaron una mirada.

—Esta tierra está ahora maldita por el Prisma. Es vuestra bendición y vuestra maldición —dijo Ella—. Si los humanos dejan de soñar, los altari desaparecerán; si no lo hacen, en unos años el Descolor los habrá consumido a todos. Como mestiza, si te quedas sufrirás en ambos casos.

—¿Si me quedo?

—Existe un lugar más allá del Pliegue donde podrías empezar de cero —explicó Haidas—. En ese lugar, el Prisma no existe e invocadores, mestizos y altari conviven. Podríamos llevarte con nosotros, como agradecimiento por liberarnos.

—¿El Pliegue?

—El plano que conecta los mundos. Lo usaremos para regresar al nuestro. Tras marcharnos, lo cerraremos para siempre, pero podrías venir, si así lo desearas.

Persi esperó el tirón de anhelo en la boca del estómago.

Aquel que durante años la había alentado a huir en cuanto la oportunidad se le presentaba, a dejarlo todo atrás y empezar de cero.

Esperó… pero el tirón no llegó. A través de las paredes irisadas del Prisma, amanecía.

Miró hacia los edificios colindantes, muy por debajo del Prisma.

Entre ellos, en alguna parte del templo, estaba Hades, esperándola.

—Creo que voy a quedarme. He encontrado un lugar al que pertenezco.

—Piénsalo bien. Incluso cuando nos vayamos, el Prisma permanecerá. Los invocadores podrían entregar más energía sin sufrir Descolor, pero solo si la cedieran voluntariamente, en lugar de ser drenados —dijo la Diosa.

—¿Podrían? —preguntó Persi, viendo por primera vez una salida.

Ella asintió.

—Sí, fue algo que no previmos: el drenaje los agota, por lo que sus sueños contienen menos poder.

Los invocadores que se liberen del Prisma, igual que lo has hecho tú, lo seguirán alimentando con sus sueños por las noches y podrían donar parte de su esencia pura durante el día, la que usábamos para crear con las runas.

—¿Bastaría para alimentar el consumo de energía?

—No del todo, pero podréis mantener una parte —dijo el Dios—. Pero ¿estarán los invocadores dispuestos a donar voluntariamente su poder después del trato que han recibido de los altari? Si se liberan y dejan que los altari desaparezcan, podrían alimentar sin problemas el consumo de luz actual.

—¿Qué pasaría con los mestizos? —preguntó ella.

—Quizá vuestra parte humana sea capaz de mantener vuestra mitad altari, quizá no —dijo la Diosa—. Sois algo nuevo, algo que solo empezaba a existir cuando decidimos dormir. No podemos saberlo con certeza.

Perséphonia, la Diosa, estrechó la mano de Haidas. Persi supo que estaban a punto de marcharse y que sus próximas palabras serían las últimas que pronunciarían en Onyria.

—¿A quién salvarás? ¿Condenarás a unos al sueño eterno o a otros a su desaparición? ¿O acaso estáis listos para renunciar a las comodidades de la luz de Prisma?

—Ni una ni otra. Tengo un plan que nos beneficiará a todos.

Esperó a que los Dioses desaparecieran y materializó sus nuevas alas a la espalda.

Antes de retomar el vuelo que la llevaría a casa, recogió el teléfono, que todavía seguía retransmitiendo.

Los espectadores superaban ya por mucho el número de seguidores de Hades.

El mundo al completo estaba pendiente de su decisión.

Y Persi la usó para presentar su candidatura a las elecciones.