67. Hasta los Dioses necesitan su sueño reparador
HASTA LOS DIOSES NECESITAN
SU SUEÑO REPARADOR
C uando Persi abrió los ojos, lo que vio la desconcertó. El interior del Prisma estaba oscuro, pero notaba las miles de luces que serpenteaban hacia el templo bajo ella, y, muy arriba, a una distancia infinita a través de la cima del cristal, brillaban las estrellas.
Había, además, una tercera fuente: era tenue y sintió que tenía que caminar mucho hasta alcanzarla. En la pantalla de su teléfono se acumulaban reacciones y comentarios, pero no se detuvo a leerlos. No cuando comenzó a sospechar de dónde procedía aquella luz.
Una neblina rala formaba jirones a la altura de los tobillos. Le recordó a la que flotaba entre los Asfódelos de los Jardines Dormidos, solo que esta relucía, iluminada como las nubes al caer la tarde.
Entonces, a través de la niebla, los vio. Los Dioses yacían en el suelo, enroscados como niños dormidos. De ellos manaba aquella luz cálida y mansa como la del crepúsculo.
Los Dioses de la Creación: la Diosa de los Sueños y el Dios del Olvido.
Estaban tendidos el uno frente al otro, con las piernas en direcciones opuestas.
Tan reales como sueños, más eternos que las estrellas que colgaban sobre sus cabezas.
Ella, que tenía la piel oscura como la tierra fértil; Él, con la suya pálida como la muerte.
Eran un oxímoron: opuestos por naturaleza, solo encontraban significado al existir juntos.
Y sin embargo... No eran imponentes ni espectrales. No parecían Dioses en absoluto. O eso fue lo que pensó Persi, pero ¿qué sabía ella de Dioses? Se acercó a sus figuras, que lucían extrañamente vulnerables. No se atrevió a despertarlos; no sabía cómo llamarlos.
La Diosa de los Sueños con la que Persi compartía nombre tenía el cabello ensortijado sobre el rostro.
Un brillo diferente al de las hadas la rodeaba; era movedizo, como sepultado bajo capas de agua.
El Dios del Olvido, Haidas, apenas se distinguía de las tinieblas que lo envolvían sino por la forma, que era sólida como la piedra de una lápida.
Con una profunda sensación de intrusión, Persi apoyó el teléfono en el suelo —si acaso aquello era un suelo—, todavía retransmitiendo. Aunque sabía que estaban conscientes, o en algún estado cercano, se sobresaltó al verlos despertar.
La Diosa abrió los ojos primero. Eran del azul verdoso de un mar rebosante de vida. Suspiró y el suave murmullo llenó el silencio del Prisma como una ola rompiendo en un océano lejano. Persi se estremeció.
—¿Eres tú…? —No pudo evitar susurrar—. ¿Son ustedes los Dioses?
Transcurrió un tiempo, ignoraba cuánto, en que solo un silencio de siglos pareció responderle.
Entonces, con una lentitud perezosa, el Dios del Río abrió los ojos.
A pesar de llevar una vida dormidos, y de llevar todavía más tiempo sin recibir una visita, no prestaron atención a Persi.
Lo primero que hicieron fue mirarse a los ojos.
La Diosa sonrió primero; Él le devolvió la sonrisa un instante después, como un eco.
Él, el Dios del Olvido, fue en cambio el primero en hablar. Se incorporó hasta quedar de rodillas frente a ella.
—Hija de realidad y sueño —la saludó con aquel título otra vez. Su voz era un murmullo de hojas marchitas y finales inevitables—. ¿Por qué has venido a interrumpir nuestro sueño?
~ ~ ~
Se hizo el caos en el pasillo. Kara flotó como una exhalación, atravesó a Lauren y Jess y metió a Celandia en el ascensor.
Hades y las dos chicas apuntaron a los Asfódelos, que parecían desorientados tras la caída de su líder.
De los tres, Hades era el único que llevaba runotecnia protectora y se situó como pudo para cubrirlas.
Esperaba que no tuvieran balas con aquella solución capaz de neutralizar la runotecnia.
No llegó a descubrirlo, por fortuna, porque en ese instante varios constructos irrumpieron en el pasillo y se lanzaron contra los Asfódelos. Izan iba detrás, rezagado para evitar el combate. Sacó una granada de la chaqueta y la lanzó al corazón de la refriega.
—¡Uruz! —exclamó, colocándose una máscara sobre la nariz.
Hades captó la advertencia y se cubrió la nariz y la boca bajo el casco.
La runa de Uruz se iluminó, protegiéndolo de la toxina.
Jess, como nereida, no necesitaba runomancia para contener la respiración, pero dibujó las runas adecuadas sobre la piel de Lauren.
No necesitaba una fuente para usar esencia de Uruz; era de su propia casta.
Los constructos aguantaron. Ya estaban muertos, así que respirar no les preocupaba. Los demás altari se desplomaron. Hades bajó el arma e Izan asomó tras los constructos.
—Siento no haber podido... —Se calló al ver a las chicas detrás de Hades y, por la manera en la que se apoyó en uno de los constructos, prácticamente colgándosele del brazo, parecía a punto de caer de alivio sobre las rodillas—.
Las has encontrado. Ah, por todos los colores del Prisma, qué preocupado estaba.
Hades, herido y agotado, dejó escapar una risa.
—Más bien ellas me encontraron a mí —replicó. Rodeó a Lauren con el brazo, agradecido de tenerla a salvo junto a él—. Todavía no he tenido tiempo de preguntarles cómo.
Ellas intercambiaron una mirada.
—Estábamos en la celda cuando se fue la luz de pronto. Fallaron los sistemas y la puerta se abrió. Sugestioné la compasión del guardia para que nos dejase huir, y tu hermana le dejó un buen recuerdo en la cabeza. Las pistolas eran suyas —contestó Jess.
Lauren le devolvió una sonrisa cómplice. Izan asintió.
—Tuvo que ser cuando entramos. Dio logró desconectar la luz, aunque terminaron atrapándonos e hicieron sonar las alarmas. Todo el mundo empezó a venir a por nosotros.
—Dio. —Lauren pronunció el nombre con una mezcla de nervios y esperanza—. ¿Está aquí?
—Más o menos. —Izan se acercó, seguido por una pequeña tropa de cinco constructos.
El resto, casi una veintena, se habían quedado atrás, asegurando el pasillo y registrando a los Asfódelos para retirarles las armas.
El vampiro se sacó un montón de cenizas del bolsillo de la chaqueta y lo sostuvo ante ellos—. Aquí está.
Lauren abrió los ojos con horror. Se oyó un pequeño «pío», e Izan levantó las manos para que viesen al pequeño fénix, poco más que un polluelo, sacudirse entre las cenizas.
Y entonces, Jess se llevó una mano a la cabeza y dijo:
—Por favor, otra vez un Dio adolescente no.