Noche púrpura 66. Una visita a los Dioses creadores
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66. Una visita a los Dioses creadores

UNA VISITA A LOS DIOSES

CREADORES

E l viento helado rugía mientras ascendía hacia el Prisma.

Todavía no dominaba las alas, pero logró mantenerse precariamente entre las corrientes de aire hasta encontrar un aleteo uniforme que la llevó, lenta y a trompicones, hacia el cristal ancestral.

Este se elevaba sobre el templo, brillando como una estrella en la oscuridad sin Ascendente propia de la Vigilia.

Le temblaban las manos, pero hizo lo imposible por mantener la cámara firme mientras retransmitía.

Había sido un acierto mencionar su reciente matrimonio al inicio de la retransmisión: cientos de miles de usuarios se habían unido ya.

No en vano emitía desde la cuenta de millones de seguidores de Sabatier.

Cada palabra era una revelación: un golpe de verdad contra las mentiras que había defendido el Acervo.

Al llegar al Prisma, solo tendría dos opciones: que los Dioses la ayudasen, o…

Persi prefería no pensar en las alternativas, que oscilaban entre ser arrojada a las Prisiones Incoloras o reunirse con Enaire antes de lo previsto.

Para cuando alcanzó el Prisma, había más de un millón de personas conectadas.

Bien: necesitaba que toda Onyria presenciase aquello.

Flotó ante el Prisma, suspendida sobre el mar de farolillos que brillaban cientos de metros más abajo, en las calles.

Giró la cámara para mostrar el Prisma un instante.

Se aproximó, resplandeciente no solo por la potencia que tenía su Brillo ahora que el vínculo no la ataba al Prisma, sino también por el fulgor del propio cristal.

La voz le salió tensa y algo entrecortada.

Hacía tiempo que no estaba tan nerviosa frente a una cámara.

—… y esa es la situación. —Posó la mano sobre la superficie del Prisma con cautela.

Esperaba que quemara, o que al menos estuviera tibia, pero estaba fría como el viento nocturno.

Sus siguientes palabras fueron apenas un susurro; una súplica dirigida a los Dioses—.

Necesito hablar con vosotros. Por favor, dejadme entrar.

La estructura se estremeció ante su presencia. El resplandor blanco cambió, y Persi se vio reflejada en un espejo. Cerró los ojos, el mundo enmudeció. El cristal tembló y las paredes de luz se plegaron.

El Prisma la absorbió, y la oscuridad lo envolvió todo.

~ ~ ~

Sin Dio para guiarlo, Hades avanzaba por el complejo a ciegas. Izan sabría liderar a los constructos, pero carecía de la habilidad del fénix para infiltrarse en las cámaras y anticipar los movimientos enemigos. Así que Hades siguió el sonido de los disparos.

O se disponía a hacerlo, cuando vio a Celandia y a Kara huyendo en dirección contraria al final de un pasillo. Cambió de rumbo y echó a correr tras ellas. Kara sabía dónde tenían a su hermana; sonsacárselo sería la manera más rápida de encontrarla.

—¡Alto ahí! —Disparó al aire para alertarlas de su presencia.

El hada echó un vistazo atrás cargado de pánico.

La expresión, los rasgos... Eran idénticos a los de Persi, pero no se le parecía en nada.

Kara, que flotaba un metro por delante, se detuvo.

Le hizo un gesto a Celandia para que no dejase de correr y se encaró con Hades, dispuesta a ganar tiempo para que su jefa escapase. Sacó un arma de la chaqueta.

Bueno, la espectro se ganaba el sueldo, reconoció Hades.

—Celandia no es tu enemiga, Sabatier —intentó distraerlo—. Está aquí por Perséfone. Quiere ayudarla.

—Celandia solo sabe ayudarse a sí misma.

—¿Y crees que tú sí puedes protegerla? —replicó Kara con desprecio—. Calix nos lo contó: eres solo un humano.

Hades apretó la pistola. Había dejado atrás su gemela, ya sin munición.

Kara se equivocaba, él había cometido el mismo error: Persi no necesitaba protección, sino alguien que la apreciara, que la animara, que la valorara.

Celandia no había sabido hacerlo. Iba a decírselo, pero se dio cuenta de algo:

—¿Desde cuándo eres uno de ellos? De los Asfódelos, me refiero.

Kara vaciló, sorprendida, pero luego asintió.

—¿Qué me delata?

Incluso Celandia, que esperaba el elevador al final del pasillo para huir, se volvió hacia ella. ¿Era traición aquella emoción amarga que le brillaba en la mirada?

—Lo mismo que a los demás: tu odio. Es evidente que mi naturaleza te resulta ofensiva. Por eso nunca llegaste a cogerle aprecio a Persi de niña, ¿verdad? —le preguntó. Le había hablado de ello una vez—. Porque era una mestiza.

— No están en la celda… —oyó a Izan entrar en pánico—. Alguien se las ha llevado .

Hades maldijo, y volvió a hacerlo al ver que el ascensor estaba a punto de llegar.

No le importaba que Celandia Cerys escapara, pero, una vez a salvo, Kara desaparecería atravesando las paredes.

Los espectros eran escurridizos. Podían volverse intangibles para evitar la munición y no estaba seguro de que estuviera dispuesta a interceptar los disparos por Celandia.

Y, sin ella, quizá no encontraría a Lauren.

—No puedo decir que la aprecie —admitió Kara.

Hades solo intentaba ganar tiempo, pero fingió escucharla—, pero no se trata de su sangre mestiza.

Si hubiera aceptado la oferta de Celandia y crecido entre altari, podría haberse redimido.

Pero era demasiado hija de su padre. Vivir entre humanos la corrompió.

Lo demostró al rechazar un matrimonio que la habría elevado.

Renegó de su parte altari y ha sido una vergüenza para Celandia.

La campanita del ascensor anunció su llegada. Hades apuntó al hada. Tal vez Kara sí estuviera dispuesta a negociar por ella. Parecía serle más leal que a los Asfódelos.

—Aprieta el gatillo —amenazó Celandia—, y cada bala que dispares contra mí se volverá contra quienes ames.

Hades palideció al sentir el geis cerniéndose, la presión de la maldición mágica adhiriéndose a su alma. Bajó el arma. Oyó pasos y voces a su espalda. No necesitó a Dio para saber que Calix y sus altari estaban a punto de alcanzarlo. Celandia sonrió, radiante.

El ascensor se abrió tras ella. De pronto, la expresión del hada se congeló y cayó hacia delante como un libro de un estante.

Jess apareció sonriente tras ella, pistola en mano.

La había golpeado con la culata, dejándola inconsciente.

Hades estaba a punto de devolverle la sonrisa cuando oyó la voz de Calix a su espalda:

—¡Ahí está! ¡No dejéis que escape!

Se volvió hacia los recién llegados justo a tiempo para ver cómo una bala atravesaba la frente de Calix. Había sido el tiro más espectacular que Jess jamás... Solo que no había sido Jess. Recién salida del ascensor junto a la nereida, aún con la pistola en alto, estaba su hermana.

—No fuiste el único al que enseñaron a disparar.