Epílogo
Un año más tarde
P ersi acudió al templo de Irisada a donar parte de su poder de invocación.
Llevaba el pelo a la altura de los hombros.
Había crecido de su castaño claro habitual y ya solo las puntas conservaban aquel tono blanco que le había dejado el acercarse al Descolor.
Se lo había dejado sin teñir; esa tonalidad había sido un recordatorio apropiado durante aquellos primeros meses tras lo que ya se conocía en Onyria como el Éxodo de los Dioses.
Apoyó la mano contra uno de los recolectores: uno de los artefactos más recientes de Infra.
Hades hizo lo mismo a su lado. No era el primer método que implementaban, pero sí el más rápido y el único, por el momento, que no exigía dormir al donante.
Y ellos eran los primeros en probarlo en el día de su inauguración.
Esperaron a que las siete runas se iluminasen sobre el panel antes de apartarse. Una pequeña parte de su energía —no tan pequeña en el caso de Hades, como humano completo— viajó al Prisma para nutrirlo. Saludaron a la sacerdotisa, que registró sus nombres.
La candidatura de Persi al Gobierno de Irisada había sido tan irregular como el contexto en que se había dado.
Cuando su nombre había aparecido escrito (de forma también irregular) en la gran mayoría de las urnas, nadie se había atrevido a oponerse a su investidura.
Que Dio hubiera filtrado todo lo relativo a Athanasiou antes de ir a rescatarlos también había contribuido un tanto.
Persi se convirtió en la primera gobernadora mestiza de Irisada y una de sus primeras decisiones fue instaurar aquel sistema de donaciones.
Una medida que las demás ciudades de Onyria no tardaron en seguir.
Había decretado que los voluntarios recibirían el agradecimiento de Onyria: una remuneración equivalente a la que habían dispensado los oficios humanos (abolidos, pues la base legal que los sostenía provenía de un Acervo que se había demostrado falso) y acceso gratuito a la luz de Prisma.
Esta última medida, tras las restricciones e impuestos necesarios para garantizar el abastecimiento de las ciudades, había despertado una oleada de generosidad sin precedentes.
Modificar todas las leyes necesarias había sido un trabajo arduo y Persi había estado encantada de dejárselo a los expertos.
La relación con el clero también había sido tensa.
Los representantes se habían ocultado los primeros días, avergonzados por haber defendido un Acervo errado.
No sabían cómo tratar a Persi, pues, tras haber ascendido al Prisma y hablar con los Dioses, había empezado a ser considerada la figura más cercana a la divinidad que quedaba en Onyria.
Por su parte, Persi había rechazado los títulos que intentaron concederle y, a pesar de estar oficialmente en excedencia, se vio obligada a escribir una nueva norma en la pizarra de Infra: «Queda terminantemente prohibido referirse a Persi como la Ascendente del Prisma, la Testigo Ascendida, la Heraldo del Mensaje, la Profeta de la Luz, la Iluminada del Prisma, la Intercesora de los Eternos o cualquier variante de estas.
Especialmente en combinación con la palabra influencer . En serio, no lo hagáis».
Había quedado muy bien encima de: «Que Dio muera no es gracioso. Repito: no es gracioso. Por lo tanto, queda prohibido hacer chistes al respecto, incluso después. Y especialmente justo después».
Al lado, alguien (Izan) había escrito «pío».
Persi ahogó una risa al recordarlo y su marido la miró con curiosidad.
Salieron del templo cogidos de la mano. Las cámaras los fotografiaron y a ella no le costó saludarlos con una sonrisa.
Tal vez porque sabía que aquel era su último acto público como gobernadora.
Se retiraba, y no tendría que exponerse a los flashes durante una buena temporada.
A pesar de la hora temprana, los primeros donantes del día ya esperaban su turno.
No había sido tan complicado establecer aquella nueva normalidad.
Al principio, cuando había descendido desde el Prisma, había cundido el pánico.
Sobre todo, entre los altari, que temían que los humanos dejaran de soñar, provocando el cese de las Lluvias Ascendentes que los nutrían.
Por una vez, no podían hacer nada para obligarlos y eso los asustaba.
Eso fue lo que Persi disfrutó más de aquellos primeros días: ver a los altari agachar las cabezas y negociar.
Los humanos, además de convertirse en ciudadanos de pleno derecho, ahora disponían de magia propia: habían comenzado a recuperar sus poderes de antaño a través de la runomancia y la runotecnia había dejado de estarles vedada; ya no temían a los altari en ningún sentido.
Pronto estuvieron ante su coche.
—Conduzco yo. —Persi cogió las llaves y se dirigió al asiento del conductor.
Él se subió al asiento del copiloto, obediente, aunque un tanto suspicaz.
Persi había estado actuando de forma extraña desde primera hora, cuando había aparecido a recogerlo en Infra, donde él se había quedado dormido tras una larga noche de trabajo.
A lo mejor estaba enfadada con él, pensó. Había estado muy ocupado.
—¿Estás segura de esto? —preguntó, abrochándose el cinturón.
—¿De si quiero conducir?
—De renunciar al cargo. Has hecho un buen trabajo.
—Sí, estoy segura. Nunca quise el cargo, solo hice lo que me pareció correcto. Lo que quiero es trabajar en publicidad. No sé por qué todos insisten en darme otras responsabilidades —dijo, con una sonrisa que a Hades se le antojó misteriosa.
Antes de arrancar, Persi le pidió el móvil para poner música. Seleccionó una lista de reproducción que Hades no recordaba haber creado: se llamaba «Tenemos que hablar».
—¿Pasa algo? —preguntó, mirando preocupado a su mujer.
Hasta él era capaz de pillar una señal tan clara. Por eso supo que estaba metido en algún lío. Por eso, y porque Persi dijo:
—Sí, pasa. —Y luego, para mayor espanto, añadió—: Por eso no puedes conducir. No me fío de tu reacción.
—Me estás preocupando.
Persi se incorporó a la carretera. Hades estaba tan nervioso que ni siquiera se percató de que no se dirigían hacia el centro, hacia Infra, sino que estaban saliendo de la ciudad.
—Abre la guantera —le dijo ella.
Él obedeció, desconfiado. Dentro había un par de sobres y una bolsa con tentempiés; entre ellos, arándanos y barritas energéticas. Alzó las cejas, sorprendido. Debía de haberlo preparado todo antes de ir a por él, pero no tenía ni idea de con qué intención.
—¿Nos vamos de excursión?
—Puedes llamarlo así, si quieres.
Él cogió una de las barritas, entre divertido y curioso, pero dijo:
—Te recuerdo que deberíamos entrar a trabajar en cosa de veinte minutos.
Persi le quitó el snack y siguió conduciendo.
—Ah, ah —negó—. La comida es para después. El sobre naranja.
—Estás muy misteriosa.
—Coge el sobre.
—Estás muy guapa cuando te pones tan misteriosa —concedió él, más relajado, y tomó el sobre naranja, ya completamente intrigado.
—Ábrelo.
Él lo hizo. Dentro encontró varios papeles…
—¿Qué es esto?
—Una carta de dimisión.
—Eso ya lo veo.
— Mi carta de dimisión.
—Me he dado cuenta. Pero ¿por qué? Pensé que al dejar el cargo en Irisada querrías volver a Infra.
Persi se encogió de hombros. Había estado de excedencia todo aquel tiempo, pero la idea de regresar nunca le había parecido menos tentadora. Era hora de tomarse un pequeño descanso.
—No te ofendas, pero la runotecnia no es lo mío. Voy a llevar las redes sociales de Amanda Bernilla y, si tengo tiempo en un par de años, puede que algún proyecto más… Ya iré viendo.
Hades frunció el ceño al revisar los papeles que acompañaban la carta. Izan, al parecer, estaba al tanto: había tramitado la baja y resuelto el contrato. ¿Y no le había contado nada?
—¿A qué viene todo esto? —Y luego, dando vueltas a lo que le acababa de decir, añadió—: ¿Y por qué dos años? Eh, que por ahí se sale de la ciudad.
Persi tomó el desvío con una sonrisa en los labios.
—Llevamos demasiado tiempo en Irisada. Dijiste que te gustaría volver a Embra, ¿no?
—Pues sí —admitió él. Lo habían estado posponiendo, esperando a tener menos trabajo—. Oye, si querías que nos mudásemos, solo tenías que pedirlo. No hacía falta que me secuestraras —bromeó.
Pero ya parecía haber aceptado su condición de rehén, porque había recuperado la barrita y no le había pedido que diese la vuelta.
—Ya que vamos a estar de vacaciones, me parecía un buen momento —dijo Persi.
Le costó una barbaridad no echarse a reír cuando Hades la miró horrorizado:
—¿Cómo que de vacaciones? Yo no…
—Ay, claro que sí. ¿No has visto el correo?
Él comprobó el móvil con desconfianza. De hecho, sí tenía un correo, de hacía apenas cinco minutos. Era de Izan.
«Disfruta de las vacaciones. Nosotros nos encargamos.»
Vale, empezaba a asustarse. A lo mejor sí que había estado trabajando demasiado y aquello era una especie de terapia de choque.
—Si querías que hiciéramos una escapada o algo así, solo tenías que pedirlo —repitió.
—¿Te recuerdo que ni siquiera tuvimos vacaciones después de casarnos?
Era cierto. Habían celebrado una boda decente después de lo ocurrido, al menos.
Una a la que Julen había podido asistir, junto con Lauren.
Esa vez, para disgusto de Hades, no le permitieron acompañarla a elegir el vestido, aunque Persi fue a la misma tienda.
Pero, más allá de la pequeña celebración, apenas habían tenido tiempo para nada.
Habían sido unos meses complicados. Infra había trabajado duro para adaptarse a aquella nueva sociedad y Persi se había asegurado de que los cambios llegasen a Irisada como correspondía.
Por eso, ya merecían un descanso. Por eso, y por cierto tema que todavía no había tenido oportunidad de comentarle a su marido.
—¿Y que me habías prometido sesenta y nueve días cuando todo acabase?
A él se le escapó una sonrisa tonta.
—¿Es esto un viaje de bodas entonces? —Empezaba a emocionarse.
—Sí y no —repuso ella—. Todavía no hemos acabado de hablar, Sabatier.
Él se enderezó en el asiento. Y, de nuevo, ella tuvo que esforzarse para no reír.
—Coge el sobre verde.
Hades sintió que la inquietud volvía a embargarlo mientras rebuscaba en la guantera en busca del dichoso sobre.
A su lado, su mujer le dedicó un par de vistazos rápidos.
Había comenzado a retorcerse un mechón de pelo, lo que hizo que Hades se preguntase si debía prepararse para encontrar una carta de dimisión a su matrimonio o algo por el estilo.
Sacó el sobre. Era pequeño y abultado por un lado. Hades lo giró, sopesándolo.
—Ábrelo —le metió prisa.
Rompió el sello y deslizó el contenido en la mano: un pequeño dispositivo. Lo examinó con el ceño fruncido.
—¿Qué es esto? —preguntó, confundido, levantando la vista hacia ella.
—Eres el directivo de una de las principales compañías de tecnología. Estoy segura de que eres capaz de imaginártelo.
De algún modo, él consiguió sonrojarse y palidecer al mismo tiempo.
—¿Estás…?
—Sí.
La miró con una mezcla de miedo y creciente emoción.
—No lo entiendo.
—Ese aparatito mide una hormona que…
—Sé cómo funciona, pero no entiendo cómo ha podido pasar.
Ella resopló.
—Verás, querido, cuando un hada y un humano se quieren mucho…
—Persi —la cortó él—, quiero decir… ¿qué quieres hacer?
—¿No te dio ninguna pista que un día dejásemos de usar anticonceptivos?
—Pensaba… pensaba que no te gustaban los niños.
—Me encantan los niños —se quejó ella—. No sé por qué todo el mundo piensa lo contrario solo porque no quise tenerlos con un capullo.
—¿Entonces…?
—Entonces, si te parece bien, yo tomaré ácido fólico y tú abrirás tu agenda de villano para vaciar los planes de conquista mundial durante un tiempo para…
—Para el coche.
—¿Ves? Por eso era mejor que no condujeses. Baja la ventanilla, si necesitas aire.
—Persi, amor mío —repitió él con tono serio—, para el coche.
Ella lo miró de reojo, y debió de verle mal aspecto, porque le hizo caso.
Puso el intermitente, salió a una carretera secundaria y se detuvo en un área de descanso.
Estaban cerca del templo principal y el Prisma brillaba en la lejanía, pero, aparte de los vehículos que pasaban a cierta distancia, estaban solos en medio de un paraje natural.
Hades se bajó del coche.
—¿Adónde vas?
Persi se desabrochó el cinturón, dispuesta a seguirlo. Pero, entonces, él abrió la puerta del conductor y la sacó, echándosela a un hombro.
—Oye.
La dejó en el lado del coche contrario a la carretera y la aprisionó contra la carrocería, con un brazo a cada lado de su cara.
—Dime, Perséfone, ¿es posible que sientas algún impulso?
Ella se distrajo en la intensidad con que la miraba, pero se apañó para decir:
—Siento el impulso de besarte.
Él rio, una risa baja y llena de alegría contenida.
—¿Ganas de echar a correr? ¿De comprar un billete de avión?
Ella negó.
—¿Segura?
Ella asintió, moviendo la cabeza de arriba abajo.
—¿Qué mosca te ha picado?
—Solo hago las comprobaciones necesarias, antes de celebrarlo —explicó él.
Entonces la alzó en volandas y empezó a girar con ella en brazos hasta que acabaron tirados en el asiento trasero, mareados y felices. Pasaron allí horas, abrazados y viendo anochecer a través del techo acristalado.
Persi se apretó contra él. Y, cuando las gotas brillantes de la Ascendente comenzaron a elevarse hacia el cielo nocturno, sumiéndolos en una oscuridad violácea, Persi supo que no tendría que huir más; el amanecer los aguardaba más adelante.
A través de la noche púrpura.