Noche púrpura 64. Del desastre al glow-up en tres sencillos pasos
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64. Del desastre al glow-up en tres sencillos pasos

DEL DESASTRE AL «GLOW-UP»

EN TRES SENCILLOS PASOS

E l estallido le retumbó en los oídos con tanta fuerza que sintió que nunca dejaría de oírlo.

Los fragmentos de luz flotaban en el aire, iluminados por el parpadeo de las luces de emergencia.

Las partículas de polvo se desvanecían como estrellas fugaces en la noche, violáceas y de un blanco prístino, noche y día.

Violeta, como la esencia de Ansuz: la memoria usaba esencia nigromántica para activar la tecnología de Infra y darle voz. Y blanco, como la luz de Prisma, porque...

«El Prisma es una memoria de luz, Persi.» Y las memorias de luz eran Prismas en miniatura.

Extendió la mano, y, al tocar los restos de la memoria, notó...

poder. Dibujó con el dedo la runa del Prisma sobre la palma de su mano.

A su alrededor, las partículas desaparecieron, atraídas hacia la runa.

Ya no quedaba más que vacío donde habían estado los últimos recuerdos de Enaire.

Añadió otros trazos, insegura: liberar. Aquí y ahora. La runa se iluminó de un blanco puro.

El tirón desapareció.

Fue como… fue como si hubiera estado sumergida bajo el agua durante años y de pronto pudiera ascender a la superficie. Y tomó una bocanada de aire.

El primer cambio fue el Brillo, que bulló con tal fuerza que amenazó con desbordarse.

El segundo fueron los hilos, que aparecieron con una nitidez asombrosa ante ella, como líneas doradas.

Por último, las fuentes de esencia que portaba se recargaron con luz blanca, capaz de alimentar cualquiera de las siete esencias.

La runotecnia que llevaba encima volvía a funcionar.

— ¿Persi? Persi, ¡te estoy oyendo!, ¿estáis bien? ¿Está Hades contigo ? —preguntó Dio en cuanto se restableció la conexión.

—Sí —dijo Persi, sin importarle que la escucharan—. Tienen a Lauren.

— Lo sé. Izan y yo estamos dentro, vamos a sacaros .

Los altari fruncieron el ceño. La habían visto agacharse entre los restos de la memoria y garabatear con el dedo, pero, desde donde estaban, no habían visto la runa.

Hades alzó las cejas. Fue un gesto sutil que disimuló enseguida, pero que dejó encendida una chispa de esperanza en su mirada.

—Perséfone, querida, me estás preocupando —dijo Celandia.

Persi la miró. Estaba impecable: peinada, bien vestida, como si fuera todo un mero trámite. No se dejó impresionar por aquella frialdad distante, tan propia de su madre. No la veía como a una hija, sino como un activo, algo para usar y, si era necesario, descartar.

—No, todavía no —respondió, irguiéndose—. Pero te daré motivos para que te preocupes.

Se apartó los mechones de la cara. La piel recuperaba paulatinamente su color original tras romper el vínculo con el Prisma; su cabello, sin embargo, conservaba aquel blanco platinado, más claro que el de Celandia.

—Ha intentado provocarse el Descolor, como su amiga, pero su mitad altari se ha impuesto —imaginó Calix, con la voz áspera—. Rob, influénciala para que nos cuente cómo. Después, podéis llevárosla.

Rob se acercó. Persi tuvo que reconocerle internamente que era el que más inseguro parecía con aquella decisión. Celandia guardó los documentos en el bolso y se puso en pie.

—Vamos —le instó—. Hay mucho de que hablar, especialmente sobre cómo debe comportarse a partir de ahora. Por el momento, basta con que acepte estar bajo mi custodia.

—La ilusión no durará mucho —advirtió Rob.

—Pronto descubriré cómo liberarnos del Prisma. Entonces, tendrás el poder de hacerlo permanente —contestó Calix. Transmitía seguridad.

Ella los ignoró y se enfocó en Hades. Apretaba la mandíbula con tanta fuerza que Persi temió que fuera a partírsela. Estaba a punto de hacer alguna estupidez.

—Quiero despedirme primero —dijo, sin apartar la mirada de él. Estaba nerviosa, pero no asustada. Hades lo percibió y su furia se aplacó un tanto para dejar paso a la confusión.

Celandia empezó a protestar, pero Persi miró a Robian.

—Lo que me dijiste el otro día me hizo pensar.

—Ah, ¿sí? —preguntó, desconfiado.

—Sí. Tenías razón, los dos cometimos errores.

—Persi vaciló, dudando de hasta dónde llegar.

Tenía que convencerlo, pero si se pasaba perdería credibilidad—.

Deja que me despida e iré contigo por voluntad propia y todo volverá a ser como antes.

Seguiremos adelante con la boda… con todo. Será como si nada hubiera pasado.

Él le dedicó una mirada incierta, tratando de leer el engaño en sus palabras.

—Tengo que influenciarte —le dijo, y sonó casi como si estuviera disculpándose por ello—. Es la única forma en la que podemos estar seguros de que colaborarás.

—Lo entiendo. Tampoco me opondré a eso.

Persi notó que estaba a punto de convencerlo. El influjo funcionaba mucho mejor si la víctima no se resistía, Rob lo sabía. Presionó un poco más, jugando su última carta.

—Rob, aún te quiero. Nunca dejé de quererte. Solo… estaba enfadada.

Bingo. Rob abrió los ojos de par en par. Las palabras o, mejor dicho, escucharlas de sus labios, lo habían pillado por sorpresa. Y no solo a él: Hades, al otro lado de la mesa, se había quedado pálido.

Rob avanzó un paso hacia ella.

—¿De verdad?

—¿Acaso te he mentido alguna vez?

Celandia frunció el ceño, suspicaz, pero Persi percibió el momento exacto en el que la expresión de Rob cambiaba. Hasta entonces había mostrado disgusto, pena..., celos. En ese instante afloró una emoción completamente nueva: esperanza. Lo tenía.

—Está bien. Tienes dos minutos.

Le sobraba uno. Rodeó la mesa y se acercó a Hades. Él parecía totalmente desorientado. Tenía el rostro desencajado. Persi leyó dolor en él. Sabía, por la forma en que se sujetaba el pecho, que le estaba partiendo el corazón. Y parecía que cada paso que daba hacia él se lo rompía un poco más.

—Has sido muy bueno conmigo —susurró, cuando llegó junto a él—. Te estoy agradecida por lo mucho que me has ayudado estas semanas.

Lo tomó con cariño de la mano, aunque con distancia, y notó un temblor apenas perceptible. Era evidente, por la manera en la que él sacudía la cabeza, que no entendía nada de lo que ocurría. Y, aun así —y Persi podría haberlo amado solo por eso—, dijo:

—Volvería a hacerlo. Siempre querré ayudarte.

—Eres un buen hombre. —Sonrió, conteniendo las lágrimas.

Y lo abrazó. Y, durante el breve instante que duró el abrazo, le susurró en el oído:

—Dio e Izan están dentro. Acabo de recargar tu runotecnia.

—¿Qué?

—Y necesito tu móvil. —Lo tomó del bolsillo de sus vaqueros.

Se separó de él. Celandia y Calix habían permanecido ajenos al intercambio. El oído de Rob, sin embargo, era más fino.

—¿Qué Prismas ha sido eso?

Celandia, que sujetaba con avidez el bolso con los papeles contra el pecho, ladeó la cabeza al ver la reacción de Rob y observó a su hija con renovada atención. Persi le sonrió.

—¿Contenta con tu nueva compra, mami?

Ella apretó los labios. Persi nunca, en toda la vida, la había llamado «mami».

—Robian, haz tu parte —pidió sin dejar de estudiar a su hija.

Persi giró los ojos hacia el vampiro, dedicándole una mirada torva.

—Acércate, Robian, y te aseguro que te arrepentirás de haberme conocido.

Él dio un paso atrás, hecho un lío.

—Has dicho que colaborarías.

Ella sonrió.

—Mentí.

Hasta Calix parecía preocupado.

—¿Cómo?

—Runotecnia cortesía de Infra —respondió ella—. Me hacen precio de amigo.

Y, en ese preciso instante, saltaron todas las alarmas del complejo.