Noche púrpura 62. ¿Qué puede salir mal? Ah, sí todo
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62. ¿Qué puede salir mal? Ah, sí todo

QUÉ PUEDE SALIR MAL?

AH, SÍ: TODO

- A dónde vamos? —No era la primera vez que lo preguntaba.

Hasta donde ella sabía, las profundidades del Inframundo bajo el Templo del Prisma estaban ocupadas por los Jardines Dormidos, pero aquellos pasadizos subterráneos parecían tener otro destino.

Calix se había referido a su destino como el Punto Delta.

Calix suspiró y la ignoró una vez más.

—Está tardando más de lo previsto —murmuró para sí.

—¿El qué?

Él sonrió e hizo un gesto hacia la puerta que los esperaba al final del pasillo.

—¿Preparada para reunirte con tu amiga?

Persi intentó no estremecerse ante la amenaza que encerraba la pregunta. La había dejado sin esencia con aquella sustancia, así que tampoco tenía esperanzas de que mantuviese su palabra respecto a lo de Enaire.

—¿Por qué iba a creerte?

—Podrás hablar con ella, no te preocupes. Lo que ocurra después depende de ti.

Lo fulminó con la mirada, pero él solo sonrió, satisfecho de tener la ventaja.

—¿A qué te refieres?

—Quiero que le preguntes un par de cosas que a nosotros no ha querido decirnos.

—Enaire nunca ayudaría a alguien que pretende causar Descolor a más personas.

—Seguro que sabrás convencerla. El Descolor alimentará el Prisma cuando los altari seamos libres; los humanos sostendrán el consumo de luz de nuestra sociedad.

—Estás mal de la cabeza.

Él la miró, extrañado, como si le sorprendiera que Persi no viera las ventajas.

—Es un sacrificio necesario. Imagina lo poderosos que seríamos sin ese maldito Prisma drenándonos. No tendríamos que limitarnos a esta… versión reducida de lo que somos. ¿Sabes lo fuertes que éramos en el pasado?

Persi lo observaba en silencio, cada vez más convencida de que estaba frente a alguien que había cruzado una línea sin retorno en lo que respectaba a la cordura. La ambición que veía en sus ojos tenía algo de enfermizo, de desesperado.

—Eso son cuentos para niños.

—¡No lo son! —gritó, con una furia que la hizo retroceder y reverberó en el túnel. Luego, continuó con una calma desconcertante—: Pero ya lo verás. Muy pronto.

Se interrumpió cuando las luces del túnel parpadearon.

—Ya era hora —murmuró Calix.

—¿Hora de qué?

Un motor rugió en la distancia. Las luces se apagaron. ¿La Lluvia Ascendente? No, esa noche era Vigilia, se recordó Persi. Fue solo un segundo, pero, cuando las tiras de luz de emergencia se encendieron, Calix había desaparecido.

La moto irrumpió como un trueno en el túnel.

Persi echó a correr: Hades había ido a por ella, insistiría en sacarla sin importar el plan, pero ella no podía marcharse sin la memoria; tenía que enmendar su error.

Era la única manera de detener a Calix. Solo así Enaire podría perdonarla desde el otro lado del Río, solo así Persi podría perdonarse.

Alcanzó la puerta y empujó la barra horizontal para abrirla. La sala estaba en penumbra. Sobre una mesa de metal, su antiguo teléfono proyectaba un tenue resplandor azul.

—¿Enaire? —Persi dio un paso hacia la luz.

Al otro lado de la puerta, el motor de la moto se detuvo.

—¿Persi? —La voz desesperada de Hades resonó en el túnel—. ¡Mierda! Dio, ¿dónde?

El hada siguió avanzando hacia el teléfono. Detrás, la puerta se abrió ante un umbral vacío. Un instante después, Hades apareció a su lado levantando la visera del casco.

—¿Te ha hecho algo? —La abrazó, le tocó el pelo, la cara.

—Estoy bien.

La pantalla del teléfono seguía encendida, abierta en una conversación vacía con «Ena MAPS ❤ ». El teclado estaba abierto y el cursor parpadeaba, como invitándola a hablar. Persi cogió el teléfono con manos temblorosas.

— Tenéis que salir de ahí . —Advirtió la voz de Dio a Hades en el casco.

En ese momento, un tropel de altari irrumpió en la sala y varias armas los encañonaron. Les habían tendido una trampa. Hades desenfundó y dio un paso al frente, interponiéndose entre ellos y Persi.

—Soltad las armas y dejad la memoria sobre la mesa —advirtió uno de los Asfódelos.

Persi tenía los dedos suspendidos sobre el teclado. Con lágrimas en las mejillas, comenzó a teclear. Hades vio el mensaje que había escrito. Eran solo cuatro palabras.

«Lo siento. Te quiero.»

Y entonces Persi arrojó el teléfono contra el suelo con todas sus fuerzas.

El sonido del dispositivo al romperse fue casi tan terrible como la expresión de Persi.

—Cría estúpida —bramó una voz femenina, a pesar de que la puerta seguía cerrada—. ¿Crees que romper la memoria servirá de algo?

Hades tardó un instante en reconocer a la espectro cuando se hizo visible.

—¿Kara? —Persi salió de detrás del Jinete.

Esta se recolocó el pelo corto y recto detrás de la oreja.

—Has sido un quebradero de cabeza constante para tu madre —la saludó—. Me has dado mucho trabajo y ¿para qué? ¿Para romper un teléfono?

—Cometí un error, pero aprendí de él. Es lo que Enaire habría querido.

Hades la observó horrorizado al comprender que ese había sido su plan desde el principio al acudir sola: había esperado que Calix le tendiese una trampa, que no consiguiera huir con la memoria, y había planeado ir igualmente, para destruirla y frustrar los planes del fauno.

La miró, profundamente dolido: lo había engañado.

Había tramado aquello para salvarlos a todos, a costa de jugarse la vida, el futuro que se habían prometido.

—Adorable —se burló Kara—. Pero ¿crees que Calix te lo pondría tan fácil? El teléfono estaba vacío. Ya la ha transferido a su recipiente original.

—No. —Persi retrocedió, echando una mirada llena de horror a los restos del teléfono.

—Sí —dijo Kara sin emoción, tecleando en la tableta gráfica que la acompañaba a todas partes—. Vais a tener que acompañarme, hay toda una junta esperándoos.

Hades la encañonó con una de sus pistolas.

—No vamos a ir contigo a ninguna parte.

Los altari se removieron en el sitio; la presencia del Jinete les traía recuerdos desagradables. Kara, sin embargo, no se inmutó.

—Ay, Sabatier, claro que lo harás. Si quieres volver a ver a tu hermana, claro.

~ ~ ~

No les quedó más remedio que acompañarla.

Los altari le inyectaron a Hades el mismo líquido que Calix le había inoculado a ella, inutilizando toda la runotecnia que llevaba.

Pero ¿qué otra salida tenían? Si no accedían, si no acompañaban a Kara por los túneles, quién sabía lo que harían con Lauren.

Kara se la había mostrado en la tableta.

Estaba monitorizada por cámaras, encerrada en una sala muy parecida a la que acababan de dejar atrás. Jess estaba con ella.

Persi tiritaba: de ira, de miedo, de frustración…

Hades sentía el temblor en el brazo al que ella se aferraba.

Tomaron un ascensor; la energía había regresado después de que hubieran dejado a Hades sin runotecnia.

Había perdido la comunicación con Dio, y este, al parecer, el acceso a los sistemas.

¡Qué frágil había resultado ser su plan!

Ya no estaban bajo tierra. Desde el ventanal del pasillo al que salieron se veían los farolillos celebrando la Vigilia y, a poca distancia, el resplandor del Templo del Prisma.

Kara los condujo hacia una puerta metálica.

Acercó una tarjeta a la puerta, que se abrió con un pitido.

Se apartó y les hizo un gesto para que entrasen.

La calidez de la estancia contrastaba con la aséptica frialdad de los túneles.

Estanterías de madera oscura decoraban una pared y, al fondo, sobre un viejo aparador, una pantalla retransmitía un fuego crepitante.

Una mesa acristalada dominaba el centro de la sala; reunía a tres rostros que, por desgracia, conocían bien.

De entre ellos, Calix fue el primero en hablar.

—Bien, bien, ahora que estamos todos reunidos podemos empezar las negociaciones. —Hizo un gesto hacia el único asiento que todavía estaba libre alrededor de la mesa.

Hades buscó a Persi con la mirada, pero ella la rehuyó. Había fracasado. Lauren les había advertido: Calix quería Infra. Su plan para destruir la memoria no solo había fallado, sino que le había servido en bandeja lo que más quería: a Hades… Y al Jinete.

No había duda de por qué estaba tan sonriente.

—Sabatier, toma asiento —pidió Calix—. Vamos a necesitar que firmes algunos papeles.

Cuando este se adelantó para tomar asiento, Persi lo sujetó por el brazo, reteniéndolo a su lado.

No había apartado la vista de las otras dos figuras: Robian y su madre.

Dos personas a las que había intentado querer, pero que solo le habían hecho daño a cambio.

Los ojos de Rob se abrieron con sorpresa ante el gesto, y luego se entornaron.

—Dijiste que estaba fingiendo —le gruñó a Calix—. Que no había nada entre ellos.

—Nada que no puedas solucionar si la influencias —le restó importancia el fauno—. Cuando nos liberemos del Prisma, tus poderes serán diez veces más fuertes.

Robian frunció el ceño, pero al cabo asintió.

—Muy bien, pero mantendrás tu parte: no le harás daño.

—Trato —sonrió Calix.

Persi dio un paso hacia Robian.

—Rob, ¿de qué está hablando?

Él evitó mirarla.

—¿Quién crees que le pidió que te hiciera una visita hace unos días? —dijo Calix—. Necesitaba información. Estabais actuando los dos de lo más misteriosos. Le pedí que fuera y se las apañase para colocaros un micrófono. Vaya noche más animada, ¿eh?

Persi palideció. Su teléfono: Robian debía de haberlo puesto al cogerlo.

—¿Sabes? Intentar engañarlo para venir sola… Fue un movimiento inteligente. Por un momento estuve a punto de creer que ibas a cumplir tu parte. Menos mal que Jess y tú repasasteis el verdadero plan con tanto detalle. Fue conveniente.

Ella sintió que le cedían las rodillas. Hades la sujetó. El fauno tomó un mando de la mesa y presionó un botón, apuntando a la televisión. La imagen cambió a una pantalla dividida: a la derecha, Lauren y Jess encerradas en una celda; a la izquierda, una sala vacía.

—Sabatier, no tengo todo el día. —Calix señaló el asiento vacío—. Kara, llévate a Persi.

La espectro abrió la puerta, pero Persi no la siguió.

—No voy a marcharme a ningún lado.

Rob la miró con aquellos ojos azul tormenta que ella había empezado a detestar.

—Perséfone, hazle caso.

Era una orden. Después de todo lo que había pasado entre ellos, seguía pensando que podía tomar decisiones por ella. Cerró los puños a los costados.

—Cierra el pico, Rob. O te juro que…

—Perséfone. Sé razonable, aunque sea por una vez.

Persi retrocedió ante la voz de su madre. No se había atrevido a mirarla a los ojos desde que había entrado en la habitación. Lo hizo entonces:

—No eres nadie para mí. No tienes derecho a exigirme nada.

Calix miró a Robian.

—Está limpio. Lo hemos dejado sin runotecnia. —Hizo un gesto hacia Hades.

Rob captó el mensaje en el acto. Se abalanzó sobre Hades y le clavó los colmillos en la garganta. Persi gritó ante el gruñido de dolor de Hades.

—¡Para!

Se abalanzó sobre Robian, intentando quitárselo de encima a Hades. Era simplemente imposible. Su fuerza no era nada comparada con la de un vampiro.

—Calix, por favor —suplicó—. Iré con Kara.

Este la evaluó con la barbilla en alto durante un segundo infinito antes de decir:

—Bien. Robian, puedes detenerte.

En lo que dura un parpadeo, Rob volvía a estar sentado en su sitio. Usó el pulgar para limpiarse el hilillo de sangre que le resbalaba por la barbilla y lo lamió. Persi cayó de alivio a los pies de Hades, abrazándolo con torpeza y enterrando la cabeza entre sus rodillas.

—Lo siento, lo siento mucho.

Él le pasó una mano temblorosa por el pelo. Incluso en ese momento, Persi sintió un hormigueo agradable bajo su tacto.

—Estoy bien. Ve —consiguió decir—. Negociaré con ellos. Lo solucionaré.

Ella sacudió la cabeza, aguantándose las lágrimas que amenazaban con escapársele.

—No. Esto no es ninguna negociación. Es una trampa. Es…

Calix chasqueó la lengua.

—Kara, acompáñala.

Persi apretó con fuerza la mano de Hades una vez. Y luego, se apresuró a seguir a la espectro.