61. Quiero renunciar a mi contrato de protagonista #2
—¿Qué me has hecho? —exigió, llevándose la mano al hombro dolorido.
— Persi, tienes que… —La voz de Dio se cortó de golpe en su oído.
Quiso preguntar qué ocurría, pero no podía hacerlo sin delatar la presencia de Dio tras los auriculares.
La línea permanecía en silencio. Un estremecimiento de horror la recorrió al darse cuenta de que las fuentes de esencia se habían vaciado de golpe.
Ya no sentía su poder por más que se concentrara.
La runotecnia que tenía tampoco parecía funcionar.
—Runotecnia —maldijo, observando la inyección. Sabía que el Jinete tenía balas capaces de dejar sin poder a los altari. Aquello debía de ser algo similar.
—Tengo que darte las gracias. Mis investigadores han podido avanzar mucho gracias a la runotecnia que robabas para nosotros.
En especial a esas fuentes de esencia. Es injusto que guarden toda esa runotecnia bajo llave en Infra, ¿no crees?
Durante uno de nuestros experimentos para intentar reproducirla, se produjo una suerte de serendipia: obtuvimos esta sustancia, capaz de consumir hasta el último vestigio de esencia. ¿No es asombroso?
A Persi no le parecía asombroso, pero explicaba que hubiera dejado de oír a Dio.
Y si toda la esencia que llevaba encima había desaparecido...
Estaba en problemas. Persi había sabido que se dirigía a una misión suicida, pero, si los Asfódelos poseían un medio para inhabilitar la runotecnia, tenía que encontrar la forma de advertir a Hades de ello.
Calix no esperó respuesta. Contento con aquel silencio atónito, la tomó del brazo.
—Ven. Es hora de que te reúnas con Enaire.
~ ~ ~
Las risas y las copas circulaban, las agujas del reloj continuaban su curso, y Persi seguía sin aparecer.
Tampoco respondía al teléfono. Al final, no le quedó otra que contactar con Dio.
Esperaba que su amigo se burlara de su paranoia, que le recordara el tráfico interminable de Irisada en una noche como aquella.
— La buena noticia es que sé dónde está —le dijo en cambio, con el tono grave.
Un latido le sacudió el pecho. Hades apretó la copa que llevaba en la mano.
—¿Y la mala?
— Ha ido a reunirse con él. Sola. Y... la ha dejado sin esencia. La he perdido .
Hades no respondió. Las paredes del ático se cerraron sobre él como pulmones que inhalaban.
Necesitó de todo su autocontrol para alejarse con tranquilidad del grupo de empresarios con el que había estado charlando.
La fiesta era lo bastante grande para perderse en ella y Hades quería desaparecer.
Necesitaba marcharse de inmediato, sin importar lo que pudieran pensar sus invitados.
Pero, antes de que pudiera moverse, la música se cortó y las luces se apagaron.
Hades se abrió paso a empujones, sin prestar atención a aquella rareza, convencido de que el Ascenso estaba por comenzar...
sin percatarse de que seguían en Vigilia.
Las pantallas holográficas que flotaban en la sala cambiaron a la vez.
En todas apareció la misma imagen: el rostro de porcelana del enmascarado, la sonrisa pintada sobre sus grietas.
—¿Qué está pasando? ¿Cómo ha conseguido...?
— Debe de tener algún cómplice en el edificio —dijo Dio—. Esas pantallas no están conectadas a ninguna red externa. Avisaré a Izan, si se da prisa aún podría atraparlo en ...
Hades dejó de escucharlo. Las pantallas mostraron un vídeo.
El interior de una nave industrial. La imagen tenía mala calidad, pero podía verse una moto caída en un rincón.
A poca distancia de ella, una pareja. Una joven de espaldas y el Jinete.
El Jinete quitándose el casco. Un casco que reveló el rostro de Hades Sabatier.
El brillo de las luces fue cegador cuando regresó.
Se produjo una conmoción colectiva en el ático: murmullos de incredulidad, flashes de móviles, exclamaciones.
Hades se vio completamente rodeado. Usó sus constructos para huir hacia el pasillo y bloqueó las puertas.
Y allí, regresando del baño, del todo ajeno a lo que había ocurrido en la fiesta, se encontró con el fauno que llevaba toda la noche tratando de captar su atención.
—¿Recuerdas la oferta que querías hacerme? —le preguntó directamente.
—¿La de…?
—Sí. Esa misma. Hablemos en un lugar más privado.
—Eh, claro. Por supuesto. —Lo siguió.
Hades lo tomó por el hombro y lo llevó hasta su despacho, cerrando la puerta tras ellos. El fauno se paró frente al escritorio. Hades no le prestó atención. Ya estaba asomado a la ventana, calculando la altura: muchísima. Los vehículos eran diminutos puntos de luz en las profundidades.
—Me alegro de que hayas decidido…
—Te voy a proponer un trato —lo interrumpió Hades—. Me temo que acabo de recibir noticias… urgentes. Y voy a necesitar que me cubras esta noche.
El fauno parpadeó, confundido.
—Escucha con atención. Pase lo que pase, no abras esa puerta. Si preguntan por mí, les harás creer que estoy aquí contigo. Inventa lo que quieras para mantenerlos engañados el máximo tiempo posible.
El otro asintió con gesto nervioso, atónito.
—Si lo haces —añadió Hades, con un deje amargo—, tendrás lo que quieres: veinte minutos de mi tiempo. Eso te lo garantizo. —Se sacó una tarjeta de la chaqueta y la dejó sobre el escritorio.
El invitado tragó saliva y asintió con lentitud, asimilando lo que Sabatier le pedía.
Hades se giró hacia la ventana y la abrió.
El aire nocturno entró con fuerza, trayendo el murmullo lejano del tráfico de Irisada y el sonido de helicópteros.
Salió y se deslizó con precisión por la cornisa.
Un instante después, había desaparecido en la noche.