61. Quiero renunciar a mi contrato de protagonista
QUIERO RENUNCIAR A MI CONTRATO
DE PROTAGONISTA
P asaron seis días y llegó la última de las Noches Tranquilas. Las calles de Irisada estaban a rebosar. La Vigilia de los Dioses había llegado; la noche en que, según el Acervo, los Dioses despertaban y compartían una velada juntos antes de dormir durante doce largos meses.
El ático acristalado se elevaba sobre los cientos de luces que provenían de las calles, donde las procesiones recorrían la ciudad para celebrar el inminente restablecimiento del ciclo de Lluvia Ascendente.
Los camareros, constructos animados, cruzaban los suelos de mármol oscuro espejado, portando copas de cristal.
La música de cuerda apenas se imponía al rumor de las conversaciones.
Afuera la ciudad celebraba la Vigilia de los Dioses, pero dentro el ambiente estaba teñido por las tensiones políticas esperables de la víspera de las elecciones.
Hades Sabatier se movía entre los invitados.
Traje negro, copa en mano, daba la bienvenida a los recién llegados.
Izan lo acompañaba, susurrándole comentarios sarcásticos sobre este o aquel invitado que le arrancaban alguna que otra sonrisa seca.
Había localizado a Athanasiou y Dio le había confirmado por los auriculares que estaba todo listo.
No dejaba de buscar a Persi entre la multitud.
El hada aún no había llegado; había tenido un pequeño accidente con el peinado y le había pedido que se adelantase.
Jess se había acercado al hotel a echarle una mano.
—Sabatier. —Una voz nasal lo asaltó. No era la primera vez—. Te aseguro que esta vez mi propuesta te va a interesar.
Era un fauno bajo, de bigote mal recortado y demasiada colonia.
Llevaba toda la noche persiguiéndolo de corrillo en corrillo; llegado de Elatheia, planeaba establecer su negocio en Irisada y quería contar con el apoyo de Hades.
Al principio, había sospechado que se trataba de un espía de los Asfódelos, enviado por Calix para tener a Persi controlada, pero había terminado llegando a la conclusión de que solo era muy pesado.
—Si lo sigues mirando así, lo matas —le susurró Izan, disimuladamente.
Hades soltó un suspiro y los guio a ambos hacia un grupo con la excusa de presentarle a un conocido. Lo abandonó con ellos tan pronto pudo. Sacó el teléfono y llamó a Persi.
~ ~ ~
Jess no había ido a solucionar una urgencia estética, sino a ayudar a Persi a ejecutar su plan y, más concretamente, a echarle una mano ocultando toda la runotecnia bajo la vestimenta.
Había pasado por Infra antes de ir al hotel y se la había traído ella misma.
Percibía la incomodidad del hada: sabía lo extraña que se sentía con aquellas sandalias de esparto, que ataban sus tobillos con tiras de tela, con la túnica asimétrica, cuya capucha estaba decorada con incrustaciones iridiscentes.
Pero Calix le había pedido que no llamase la atención y la única forma de pasar desapercibida en un templo era vestir igual que las sacerdotisas.
La nereida le ajustó la gargantilla. Su cara interna, al igual que las de los brazaletes, estaba inscrita con runas, pues eran fuentes de esencia que le permitirían emplear runomancia.
Después, le colocó una capa ligera sobre los hombros, asegurándose de que cubriera el tatuaje de la parte baja de la espalda que la túnica dejaba al aire.
Las runas habían sido tatuadas con esencia: Kaunaz y Berkana, para aumentar fuerza y velocidad; Fehu y Uruz, por si las cosas se torcían y necesitaba curarse.
—Ten. —Jess le entregó un estuche negro. El logo de Infra estaba grabado en la tapa—. Es un nuevo prototipo. Lo he tomado prestado esta mañana en los laboratorios.
Persi lo abrió, muerta de curiosidad. Sacó un brazalete del interior. Era una alhaja delicada, con brillantes incrustaciones violetas.
—¿De los laboratorios, dices? Pues he estado comprando joyas en el lugar equivocado.
—Bueno, tenía que pasar desapercibido —sonrió Jess—. Llevan tiempo tratando de desarrollarlo, pero temía que no estuviera listo para esta noche.
—¿Qué hace? —preguntó Persi, haciéndolo girar, tratando de comprender el efecto de las runas que había grabadas en el interior.
—Te permite mentir.
Persi dejó de examinar el brazalete, paralizada durante un segundo.
—¿Cómo dices?
—Permite que las hadas puedan mentir. Pensamos que te vendría bien, ya que te vas a encontrar con Calix.
El hada no dijo nada, pensativa. Aún no había asumido que esa maldición que la había acompañado desde que nació, uno de los pocos rasgos característicos de su casta que había recibido, pudiera ser anulada.
Caminaron juntas hasta el garaje, donde el coche de Hades esperaba en la penumbra.
Jess le dio un abrazo largo, silencioso.
Persi conduciría sola hasta el Templo del Prisma, tal y como Calix había exigido.
Mientras, la nereida viajaría hacia la Infraciudad para estar con Lauren, que seguía consciente.
—¿Estás segura de esto? —le preguntó Jess, sin soltarla del todo.
—No es que tenga muchas opciones —respondió Persi, asintiendo—.
Es crucial que Hades convenza a Athanasiou si queremos ayudar a Lauren y a mi padre cuando descubramos la cura.
Pero esta es nuestra mejor oportunidad para descubrir dónde guarda Calix la memoria y recuperarla.
Sabes que Hades nunca me dejaría ir sola...
y sinceramente creo que Calix podría estar tendiéndole una trampa. Al Jinete o a él..., no lo tengo claro.
Jess la miró con una mezcla de preocupación y respeto.
—Hades me matará cuando sepa que te he ayudado.
—Lo sé.
—Pero... yo haría lo mismo, si fuera la memoria de Lauren.
—Lo sé —repitió Persi, más suave esta vez—. Gracias.
Se separaron. Mientras Persi arrancaba el motor recibió una llamada de Hades.
— ¿Jess ha decidido secuestrarte ?
— No seas envidioso, ha sido muy maja al ayudarme. Se notaba que estaba preocupada —dijo, una verdad que esperaba que no la delatase.
— Yo también .
—Los supervillanos no se preocupan.
— Digo que yo también estaba pensando en secuestrarte .
Incluso estando ella vestida con aquella ropa sacramental y a punto de jugarse el cuello, Hades conseguía hacerla reír.
—¿Sigue siendo un secuestro si acabamos en la cama?
— Solo si no dejo que te escapes después .
—Me gustaría verte intentarlo.
— Ya lo creo que te gustaría .
—Creído.
— Preciosa .
Apenas colgó la llamada, encendió los auriculares que llevaba por pendientes.
—¿Dio?
— Aquí estoy .
Persi puso el intermitente y se incorporó a la carretera, menos sola gracias a Dio.
Condujo siguiendo sus indicaciones. El fénix había accedido a ayudarla, pero seguía tratándola con cierta distancia.
Pero ¿cuándo no lo había hecho? Tras un par de intentos de conversación, Persi, quizá porque era un poco entrometida, le dijo:
—He visto a Lauren, lleva un anillo igual al tuyo.
Dio tardó en contestar y Persi temió que decidiera abandonarla.
— No esperaba que lo llevara puesto .
—Parecía especial para ella.
— Pues siento decirte que no se te da muy bien leer a las personas. Concéntrate, te has pasado la salida. Da la vuelta en esa rotonda .
Persi obedeció y tomó el desvío correcto. Dejó atrás Irisada y circuló por la autovía hacia el centro de la península, donde se ubicaba el Templo del Prisma.
—Yo creo que sí se me da bien. Creo que somos parecidas.
Dio suspiró al otro lado del auricular.
— No, qué va. Robian era un capullo y, aun así, no lo engañaste. Ni siquiera cuando era evidente que estabas colada por Hades. No le digas a Hades que he dicho esto… pero eres una tía legal. A pesar de que nos hayas robado .
Guau. Eso iba a ser lo primero que le diría a Hades cuando volviera a verlo. Una punzada de dolor repentina la atenazó al comprender que quizá no lo haría.
—Se arrepiente de lo que hizo. Creo que... Deberías hablar con ella. Quería verte.
Él soltó un bufido.
— Entonces es que el Descolor le ha afectado a la cabeza del todo .
—Pero…
— Persi, empezabas a caerme bien. Anda, cierra el pico y no lo jodas .
Ella suspiró, pero no insistió. Le costó varios intentos aparcar en el único espacio reducido que encontró cerca del templo.
Alrededor del Templo del Prisma no había una ciudad como tal, pero el malestar que aquejaba a los altari si se alejaban de los Ascensos no afectaba a los humanos y el templo era lo bastante grande para que hubiera una cantidad considerable de casas a su alrededor: viviendas de los sirvientes y sacerdotes que trabajaban en él.
Esa noche, además, humanos y altari se aproximaban a ver las procesiones y sus vehículos abarrotaban las calles.
Persi se deslizó entre los festejantes hasta llegar al templo.
Subió la escalinata de la entrada principal sin que nadie reparara en ella.
La capilla interior estaba desierta. Era el recinto donde se pregonaba el Acervo, donde los fieles acudían con plegarias a los Dioses.
Aquella noche, incluso los sirvientes estaban fuera, participando en las procesiones.
Persi avanzó entre los bancos, caminando sobre el suelo prístino, hasta encontrar a Calix junto al altar, ataviado con la oscura túnica sacramental. Al verla, se sacó la máscara rota.
—Mi querida medio hada. Has venido sola.
—¿Has traído la memoria? —preguntó Persi.
—No seas así. —Bajó los peldaños del altar y se acercó a ella. Incluso sin tacones, Persi le sacaba un palmo de altura—. Estamos en Vigilia, ¿no vas a darme un abrazo?
Ella se tragó la expresión de asco que le sobrevino.
—No sé qué clase de paripé…
—Compláceme —insistió él, con una sonrisa ambigua.
—¿Me darás la memoria? —preguntó a cambio.
—Promesa de fauno.
Una que no valía nada. Pero Persi obedeció y lo rodeó con un solo brazo, manteniendo el cuerpo lo más lejos posible. Él la atrajo hacia sí, ignorando su rigidez.
—Gracias —dijo.
Persi sintió un pinchazo que le hizo perder el equilibrio. El fauno se apartó, complacido, guardándose una especie de inyección entre los pliegues de la túnica.