Noche púrpura 60. Un fauno archimentiroso
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60. Un fauno archimentiroso

UN FAUNO ARCHIMENTIROSO

H ades se volvió hacia ella con el rostro teñido de angustia.

—Tengo que ir. Te acercaré hasta la fiesta y… —dijo, dividido.

—Voy contigo.

—Si Calix no nos ve juntos, quizá sospeche que tramamos algo.

—Calix ya sospecha, por eso tiene a gente vigilándonos. Y también sospecha lo de Lauren.

—¿Perdona?

—Cuando llegué a Irisada me advirtió sobre ti. Me habló de la desaparición de tu hermana, decía que había rumores de que la mantenías en algún lugar del Inframundo. No importa. El evento está en dirección contraria, si me acercas perderás tiempo con ella.

Eso pareció convencerle.

—Está bien. —Se dirigió al chófer—: A los establos.

Persi lo miró curiosa, pero él se recostó en el asiento y le dedicó una media sonrisa. Qué misterioso.

~ ~ ~

—¿Qué es este lugar?

—En teoría, uno de los tropecientos almacenes de Infra.

—¿Y en la práctica?

Rodearon el edificio abandonado. Hades levantó la puerta metálica de un garaje de aspecto decadente. La sujetó para que Persi pasara al interior, lleno de trastos, y la dejó caer. Encendió una luz, que parpadeó como si fuera a fundirse en cualquier momento.

—Si aquí es adonde traes a tus ligues, no me extraña que no hayas tenido novia.

Él le clavó el pulgar entre las costillas y se acercó a una esquina del garaje.

Se agachó y dibujó una runa sobre el suelo: Ansuz.

Luego: espectros, invisibilidad, negar. Apareció una trampilla o, más bien, dejó de ser invisible.

Hades la desbloqueó con otra sucesión de runas y Persi pudo ver que se abría a unas escaleras que descendían hacia la oscuridad.

En cuanto Hades puso un pie dentro del pasadizo, unas luces se iluminaron en las paredes.

El túnel al que llegaron era amplio: una autovía subterránea. Había decenas de puertas metálicas idénticas a los lados, también como las de los garajes. Hades se aproximó a una y trazó runas. La puerta se elevó. Dentro, iluminada desde varios ángulos, había una moto.

—¿Es…? —No era una moto cualquiera. Era una de las motos del Jinete.

—Sí. —Tomó un casco de la estantería y se lo pasó a Persi. Luego se puso otro—. Te dije que íbamos a los establos.

—¿Y si alguien nos hubiera seguido? —preguntó ella, asustada.

—Dio está bastante seguro de que hemos conseguido perderlos, pero, aunque descubriesen la entrada, la puerta está configurada para abrirse solo con mi presencia.

Y dentro no encontrarán nada. Nadie que desconozca la runomancia lo hará.

Además, te sorprendería la cantidad de defensas contra altari que tiene este lugar.

Persi sacudió la cabeza, impresionada, y se subió a la moto cuando Hades se lo indicó.

—¿Hay una de estas detrás de cada una de las puertas?

—Detrás de casi todas —dijo él—, aunque ninguna es como esta. Cada una tiene sus propias características.

Salieron al túnel y la puerta se cerró sola. Persi se aferró a la cintura de Hades.

—¿Y a esta qué la hace especial? —preguntó ella.

—Es la más rápida.

Y después el túnel se convirtió en un borrón.

~ ~ ~

La primavera no había llegado a la habitación de Lauren y Persi pensó que ojalá hubieran tenido tiempo para llevarle algunas flores que alegrasen aquella estancia sin ventanas, perdida en las profundidades de la Infraciudad.

Observó a los hermanos desde la puerta. Lauren tenía un rostro estrecho y elegante.

La primera vez que la había visto, inconsciente, le había dado la impresión de que se parecía mucho a su hermano, pero despierta desbordaba una expresividad alegre que le daba un aspecto opuesto a la ecuanimidad de Hades.

Imaginó que, si fuesen un tentempié, Hades sería una barrita de proteínas y Lauren, un regaliz recubierto de azúcar.

Eso hacía incluso más funesto el aspecto que le daba el Descolor: la piel blanca y sin vida, el cabello níveo y los iris tan traslúcidos que parecían rojos.

—Siento mucho lo que te dije la última vez —se disculpaba Lauren. Dejó escapar una risita, exhausta—: Te diría que me he sentido fatal, pero no he sentido nada desde entonces.

—No me enfadé. Ya ni me acordaba.

—Claro. Para ti habrá pasado mucho, ¿cuánto…?

—Tres meses.

—Para mí es como si hubiera sido ayer —suspiró—. Ven, ayúdame a levantarme.

Hades la ayudó a alcanzar un sofá cercano. La fragilidad de Lauren se hizo evidente en la facilidad con que la levantó. El camisón le iba grande. Hasta el anillo que lucía en el anular parecía demasiado ancho. No aparentaba los cinco años que les sacaba a ambos.

Los nervios de Persi aumentaban a cada segundo.

No tenía claro por qué. No se consideraba una persona tímida, pero aquello...

conocer a la hermana de Hades, verlos charlar con tanta familiaridad...

Prismas. Era real. Estaba cruzando un umbral sin remedio.

Antes de que se planteara si estaba cometiendo un error, antes, incluso, de que pudiera pensar en huir, los hermanos repararon en ella.

Hades le hizo un gesto para que se acercase.

—Lauren —dijo Hades con una sonrisa apenas insinuada, pero cargada de una adoración tan tierna que bastó para templarle los nervios—. Quiero que conozcas a Perséfone.

Lauren alzó las cejas y sonrió.

—Tú debes de ser la influencer .

Al oírla, Persi reconoció la expresión por Dio y supo al momento que debía de haber sido una broma recurrente en su grupo de amigos. Con todo, Lauren no lo dijo con burla. Ni la hizo sentir avergonzada.

—Prefiero Persi —dijo esta—. Me estoy tomando un descanso de las redes.

—He oído hablar de ti. Mucho —precisó, con los ojos brillantes—. Pensé que nadie podría hacerle bajar la guardia, pero me alegra saber que me equivocaba. ¿Ya le has contado lo de la moto? —le preguntó a Hades.

Este se tensó.

—No deberías hablar de eso tan a la ligera.

—Se ha chuleado de su colección de motos hace menos de veinte minutos.

Hades puso los ojos en blanco; un gesto muy poco serio por su parte.

—Es curioso —comentó Lauren—. Cómo pasa el tiempo mientras estoy dormida. No tengo recuerdos, pero de alguna manera percibo su paso. Siento que ya no soy la misma persona que era hace años, a pesar de que apenas he vivido desde entonces.

—Estamos cerca de la cura. Pronto tendrás la oportunidad de recuperar el tiempo perdido —le prometió Hades.

Lauren esbozó una sonrisa triste.

—¿Cómo está Dio?

—Te echa de menos.

—¿Él e Izan…?

—Están bien. Se llevan bien.

—Bien —dijo ella. Giró el anillo que llevaba sobre el dedo, distraída—. Nunca pretendí que discutieran. ¿Crees que esta vez Dio querrá hablar conmigo?

—Creo que le gustaría mucho, pero no vendrá a menos que tú se lo pidas, ya lo sabes.

Lauren asintió lentamente, digiriendo las palabras.

—Tal vez debería. Quiero verlo. Y quiero que él lo sepa. Que entienda por qué no volví a buscarlo después de… —Se interrumpió, tragando las palabras que parecían pesadas. Miró a Persi con interés—. ¿Qué harías tú?

—No sé qué pasó entre vosotros.

—Llevábamos seis meses saliendo cuando me pidió que me casara con él. Le dije que me lo pensaría y esa misma noche me pilló besando a su mejor amigo.

—¿Por qué?

Hades, que hasta entonces había mantenido la expresión impasible, la observó de reojo, como si también quisiera entender los motivos de su hermana. Lauren giró el anillo.

—Porque tenía miedo —admitió—. Miedo de no merecérmelo. La noche que se declaró, sus padres me lo dejaron claro: sabían que yo no era altari y en cuanto nos quedamos a solas me dijeron que, si aceptaba, le destrozaría la vida.

—¿Dio lo sabe?

Lauren bajó la vista al suelo. Negó.

—Me aferré a la excusa de que era lo mejor para él: sabotearlo, sabotearme, destruir lo nuestro.

Temía que no me creyera si se lo contaba.

Temía que se lo creyera y no le importara.

Temía que le importara y estropear la relación que tenía con sus padres.

Ahora me parece una estupidez; en ese momento me parecía el fin del mundo.

—Se llevó las manos a la cara—. Y lo peor es que me lo creí.

Cuantas más vueltas le daba, más me parecía que estaría mejor sin mí.

Me pareció que estaba haciendo lo correcto: un acto de amor retorcido. Ahora veo que solo estaba huyendo.

—Él nunca entendió qué pasó. Se lo tomó como un rechazo —le dijo Hades con cautela.

—Iba a hablar con él al día siguiente, a explicárselo. Pero esa noche vino el Descolor y… todo cambió. No hubo tiempo para remordimientos. No hubo tiempo para nada.

Persi sintió una punzada de empatía.

—Aún hay tiempo. No puedes cambiar lo que pasó, pero puedes hablar con él.

—Ninguna explicación justifica lo que hice.

—Tal vez no, pero merece saber la verdad. Merece ser él quien lo decida. Los dos os merecéis esa conversación. Huir puede parecer fácil, pero los problemas terminan por alcanzarte si no los enfrentas. Créeme, sé de lo que hablo.

Hades la miró con algo que podría haber sido orgullo. Persi apartó la vista, sintiendo que esas palabras la exponían más de lo que quería admitir. ¿Acaso el plan que tenía en mente no era solo otra forma de huir?

Lauren asintió despacio.

—Hablaré con él —dijo—, dile que venga a verme. Él se portó muy bien conmigo después de lo de Calix y yo… En fin. Fui una idiota.

—Hades me contó que rompiste con él —intervino Persi a modo de pregunta implícita, sin poder contenerse.

A aquellas alturas, ya no se creía ni una palabra de lo que le había contado el fauno, y no le cabía ninguna duda de que Lauren había tenido motivos para dejarlo.

Pero Calix le había dado a entender que habían roto a raíz de que Hades le presentara a Dio por considerarlo un mejor partido para ella y esa parte, al menos, parecía ser cierta.

—En realidad fue él quien rompió conmigo —admitió, con un tono más bajo. Le dio un apretón en la mano a su hermano, que parecía genuinamente sorprendido—. Fue un año antes de que empezase a salir con Dio.

—Es parte de los Asfódelos —le dijo Hades—. Su líder, por lo que sabemos.

Lauren lo miró con interés.

—Él siempre quiso tener las cosas bajo control…

Ya en Infra, no le bastaba con ser nombrado director creativo, siempre buscaba más poder, le insistió muchas veces a nuestro padre en ello.

Decía que quería prepararse para ayudar a Hades en todo lo posible —explicó, con un tono que intentaba ser neutral, pero que se rompía ligeramente—.

Tardé mucho en darme cuenta de sus verdaderas motivaciones.

—¿Cuáles eran? —preguntó Persi. Saberlo podría ayudarla a predecir mejor sus intenciones.

—Hacerse con el control de Infra, claro —respondió ella, sin un ápice de duda—.

Calix siempre menospreció a Hades. Al principio, pensé que era por lo callado que era de niño.

Muchos confundían su timidez con falta de inteligencia, pero yo sabía que no era así.

Hades era observador, sensible y muy intuitivo.

Y, por desgracia para Calix, lo caló desde el primer momento.

—Me daba malas vibras —se justificó Hades.

—Y yo las tuve en cuenta. Sobre todo cuando vi que, en vez de cambiar de opinión a medida que Hades crecía y demostraba su talento, Calix parecía aborrecerlo más.

Empecé a verlo de otra manera, a desconfiar de él, y decidí ponerlo a prueba.

Renuncié a mi parte de Infra a favor de Hades.

Nunca tuve interés por liderar la compañía, de todas formas.

En cuanto Calix lo descubrió, rompió conmigo.

Creo que fue la única razón por la que estuvo conmigo...

y sospecho que sigue siendo lo que quiere.

—¿Dirigir Infra? —quiso asegurarse Persi.

—La runotecnia —puntualizó ella—. Estaba muy interesado en la capacidad de desactivar los rasgos propios de las castas. No dejaba de hacerme preguntas al respecto.

—¿Como las pastillas que desactivan la vulnerabilidad al sol de los vampiros? —preguntó Persi. Lauren asintió—. ¿Y se lo explicaste?

Fue Hades el que respondió.

—Lauren no conoce las runas. Solo nosotros y los investigadores que crean runotecnia estamos familiarizados con ellas.

Persi contuvo el aliento; estaba atando cabos.

—Quiere la memoria de Enaire para descubrir cómo provocar el Descolor a los humanos, pero todavía necesita una manera de que los altari dejen de ceder esencia al Prisma. —Notó que el pulso se le aceleraba. Miró a Hades—. Sabe lo de Lauren; seguramente sospeche que estás tras la cura.

La última pieza del puzle encajó:

—Por eso planeó el saqueo a los laboratorios, por eso los robos: quiere averiguar cómo fabricar runotecnia que le permita desactivar la parte de los altari que cede poder al Prisma —comprendió Hades.