Noche púrpura 59. Un futuro en el que imaginarnos juntos
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59. Un futuro en el que imaginarnos juntos

UN FUTURO EN EL QUE

IMAGINARNOS JUNTOS

H ades condujo a Infra la mañana siguiente.

Gracias a Dio, sabían que un coche los había seguido a distancia durante el trayecto desde el hotel.

Era una buena señal. Desde su llegada a Irisada, esperaban que los vigilaran.

De lo contrario, se habrían preocupado: la alternativa era que lo hicieran sin que se dieran cuenta.

Les resultó fácil representar el papel que se esperaba de ellos.

Hades abrió la puerta del coche, Persi se puso de puntillas sobre los tacones y se apoyó contra su pecho.

Él la cubrió con su chaqueta, como si quisiera protegerla de las cámaras que los aguardaban en la acera.

El beso que Hades le depositó en la cabeza mientras atravesaban las puertas acristaladas fue el broche perfecto a la actuación.

En cuanto entraron en el despacho de Hades, Izan salió de la sala de reuniones, asomando desde detrás de la estantería.

—¿Se os han pegado las sábanas?

No ayudó en nada que Hades se sonrojara. Y mucho menos que carraspeara, como para disimular. Izan entornó los ojos. Jess se asomó, percibiendo las emociones, y soltó una carcajada.

—No me digáis que, de tanto hacer de pareja, al final os lo habéis creído —bromeó.

Persi buscó su expresión. Era la primera vez que coincidía con la nereida desde lo sucedido y no sabía si le guardaba rencor. Pero encontró un rostro libre de hostilidad.

—Hades tiene cara de habérselo creído más —pinchó Izan.

El hada le palmeó el hombro al pasar junto a él de camino a la sala de reuniones.

—Cuando te bajen el sueldo, no vengas a llorarme —se metió con él.

Jess la siguió, pero Izan le bloqueó el paso a Hades.

—¿Os habéis acostado?

Su jefe le sostuvo la mirada con una expresión seria y ceñuda.

—Estás despedido. Recoge tus cosas —replicó sin perder la compostura.

—¿Has oído, Jess? Despido improcedente —dijo Izan, llevándose una mano al pecho.

—Esto puede durar un rato —le advirtió la nereida a Persi, dejándose caer en una silla. Luego le preguntó—: ¿De verdad pasó?

Persi asintió, con una sonrisa mal disimulada.

—Ay, Prismas… y te gustó —articuló Jess con los labios.

Demasiado bajo para que Hades lo oyera, pero no para Izan, que se giró hacia Persi sonriendo como un bobo. Ella carraspeó y echó un vistazo a los documentos sobre la mesa.

—Bueno —dijo—, entonces, ¿cómo vamos a hacernos con el control de Irisada?

~ ~ ~

El plan consistía en amenazar a Athanasiou seis noches más tarde, el día antes de las elecciones.

Hades se ocuparía de ello durante la recepción de la que sería anfitrión.

Dio estaría preparado para filtrar a la prensa todos los trapos sucios que habían descubierto del hada si este se negaba a colaborar.

Lo cierto era que Persi se había distraído después de que Hades entrelazara sus dedos con los de ella bajo la mesa, mientras señalaba algo en la tableta de Jess.

El directivo se había entretenido jugando con un anillo de Persi, moviéndolo del dedo corazón al anular.

Para cuando concluyó la reunión, solo pensaban en excusas para volver al hotel y aprovechar unas horas juntos antes del evento de esa noche.

Recogió sus pertenencias y salió de la sala de reuniones con pasos rápidos.

Ya tenía un pie fuera del despacho cuando vio que Jess e Izan la observaban… sin haber recogido aún.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Hades se había quedado al margen, hablando por teléfono. Persi tuvo la sensación de que era premeditado, para concederle ese momento a solas. Jess fue la primera en hablar.

—No tuve tiempo de decírtelo antes de que te marcharas de Embra... antes de que todo se torciera. Pero me encantaría poder considerarte una amiga. No solo por lo que significas para Hades. De verdad, Persi. Me caes muy bien.

Persi parpadeó para contener las lágrimas. El peso de los últimos días se aflojó un tanto.

—Ya te considero una amiga desde hace tiempo —respondió, con la voz más baja de lo que habría querido. Eran palabras que había creído que no volvería a pronunciar—. Solo que ya no me sentía con derecho a decirlo.

Izan se adelantó y la levantó en un abrazo cálido.

—Todos cometemos errores. Estoy muy contento de que hayas decidido volver con nosotros. Hasta Dio lo está.

Persi soltó una risa temblorosa.

—Hades te ha pagado para que digas eso, ¿verdad?

Él rio, dejándola en el suelo, y le guiñó un ojo.

—También me pagó para que lo negara si me preguntabas.

Persi ensanchó la sonrisa.

—Muy bien. —Hades se aproximó a ellos, guardándose el móvil en el bolsillo interior de la chaqueta—. Ahora que ya habéis tenido vuestro momento con Persi, ¿qué os parece si vamos a descansar, darnos una ducha y arreglarnos? Nos vemos esta noche.

Aquella noche estaban invitados a la fiesta que ofrecía un socio de Infra.

Era importante que los vieran durante la semana, que participaran en los eventos y mantuvieran las apariencias; de lo contrario, Calix podría empezar a sospechar que tramaban algo.

Resultaría extraño que el directivo hubiera regresado tan pronto a Irisada si no fuera por una apretada agenda social.

—Guau. ¿Tiempo libre? Ojalá te hubieras echado novia antes. —Izan no daba tregua.

—Persi, dile a Izan que queda suspendido de sueldo durante dos meses.

—Pero ¿no de empleo?

—Exacto.

Izan le dedicó a Persi una mirada de disculpa, dando a entender que no pretendía meterse con ella, pero que no podía desaprovechar la oportunidad de hacerlo con su jefe. Se despidió con un gesto y desapareció a velocidad vampírica. Jess suspiró.

—Odio cuando hace eso. ¡Si se está quedando en mi piso y no tiene llaves! Seguro que estará esperando junto al coche cuando llegue.

Salió también del despacho. Persi se disponía a seguirla cuando Sabatier la detuvo.

—He pensado que podíamos repasar el plan.

Persi alzó las cejas: no le cabía duda de qué plan quería repasar.

—Te tenía por un tío discreto —le dijo.

Él sacó un dispositivo pequeño y plano del cajón del escritorio: una fuente de esencia.

—¿Por qué no me enseñas la runa que usaste con Alexios? —dijo, entregándosela.

Persi rio y se acercó a la puerta con la fuente.

Trazó una runa con la yema del dedo contra la superficie, la misma que había usado en el reservado de Alexios para impedir que el sonido escapase.

Se iluminó con un resplandor estable. Apenas se dio la vuelta, Hades la empujó con delicadeza contra la madera.

El primer beso fue lento, cuidado. Se detuvo en el labio superior y le besó luego el inferior.

Persi hundió los dedos en su pelo, apartándole con suavidad el flequillo abierto antes de perderse entre los mechones color miel.

Hades respondió pegándose más a ella, presionándola contra la pared.

Con un gesto firme y confiado, la alzó por los muslos y la cargó hasta sentarla sobre el escritorio.

Persi se tumbó de espaldas sobre la madera de ébano. Él le recorrió el muslo con la mano. La deslizó hacia arriba, subiéndola hasta levantar la fina tela del vestido ajustado.

—No tienes ni idea de las veces que te he imaginado aquí tumbada para mí —le dijo.

Ella levantó la mano hacia los botones de su camisa, pero él la interceptó y la detuvo. Se inclinó sobre ella y Persi jadeó al notar las caricias bajo la ropa, el contacto directo de sus dedos sobre la piel desnuda. Era una sensación electrizante.

Los siguientes sonidos fueron la caída suave de alguna prenda descartada, la cremallera del vestido, resuellos, un portalápices que rodaba sobre la mesa y caía al suelo del despacho.

Caricias, gemidos y besos. De Hades. Escalofríos e impaciencia.

De Persi. Roces lentos de un cuerpo desplazándose entre los muslos.

La respiración entrecortada de ambos. El «ping» de un correo electrónico al que no prestaron atención.

Pelo castaño, de ella, que era apartado al interponerse entre los labios.

Un jadeo y una blasfemia. El aroma del sándalo, que se entremezclaba con el del jazmín. Sudor.

En el ascensor, de vuelta en el hotel, volvieron a besarse con una urgencia apenas contenida mientras subían a la habitación. Hades entró en la suite sacándose la chaqueta y Persi se deshizo de los tacones con un par de patadas.

El camino hacia la cama fue un baile farragoso.

Entorpecido por desabrochar una camisa o esquivar una maleta, detenido por un beso o alguna que otra caricia.

Persi se dio cuenta de que con Rob cada momento de intimidad venía atemperado por la promesa de un pago en sangre y era ensombrecido por una pronta desaparición al remate.

Entre beso y beso, había tratado de imaginar cómo sería el después con Hades.

Pero no se había imaginado aquella calma: estar juntos en la cama, con las piernas entrelazadas bajo las sábanas, sin prisas, sin manchas de sangre en la garganta ni despedidas.

Era solo el calor de su piel contra ella, solo las caricias soñolientas en el pelo, era solo nada solitario. Estar el uno al lado del otro.

Casi la hacía desear quedarse. No seguir adelante con el plan. No conformarse con disfrutarlo esos últimos días.

—¿Qué estás pensando? —preguntó Hades. Su aliento le hizo cosquillas en el pelo.

—¿Mmm?

—Has empezado a retorcerte el pelo. Lo haces cuando algo te preocupa.

Ella alzó la barbilla y lo besó en el hombro.

—Es que se está muy bien. No me apetece nada prepararme para esta noche.

Hades la aferró contra él.

—Cuando esto termine, tendremos todo el tiempo que tú quieras —respondió él, pero Persi no pudo evitar notar la pregunta implícita en el tono. Como de costumbre, había leído más allá de la mentira.

—Eso me gustaría.

—Pero ¿no crees que vaya a suceder? —preguntó Hades, calándola.

«Sé que no, porque no te estoy contando toda la verdad», pensó. Calix no estaba tan equivocado: Persi sí estaba utilizando a Hades, solo que no de la manera que él pensaba. Se estaba aprovechando de la compañía que le ofrecía para hacer más dulce la despedida.

—Háblame de ello. Quiero imaginarlo —pidió.

Hades le dio el gusto.

—Podríamos regresar a Embra, si quisieras.

—Le acarició la espalda, distraído—. Sé que no se te da bien quedarte en un sitio.

Solo avísame con tiempo para que pueda hacer las maletas e iré contigo a partir de ahora.

A Meridol, Irisada o a cualquier otra ciudad a la que quieras mudarte. Siempre que a ti te parezca bien.

Ella se encogió de hombros contra él.

—Pero seguro que trabajarás todo el día y solo nos veremos para cenar en Berkana. He visto suficientes series.

—Has visto demasiadas series —protestó él—. Me niego a verte una vez a la semana. Te necesito para que me bajes los humos, o acabaré convirtiéndome en un supervillano.

Persi rio contra su pecho.

—Me gusta Embra —susurró. Y hasta ese punto se atrevió a soñar. Tampoco era cuestión de respirar demasiado hondo a través de la herida.

—A mí me gustas tú.

Ella se acurrucó un poco más contra él.

—Déjame tu móvil —pidió.

—¿Qué?

—El móvil. Ya —exigió, dándole un par de golpecitos sobre el pecho—. Quiero ver lo ocupado que tienes el calendario.

Hades estiró un brazo para coger el teléfono de la mesilla de noche y lo desbloqueó con resignación. Persi se lo quitó y comenzó a trastear en la aplicación.

—Ja. Lo sabía, tienes un montón de cosas.

Hades soltó una risa suave, bajando la mirada hacia ella.

—Trae. Te haré un espacio en mi apretada agenda de supervillano.

Borró los eventos posteriores a la fecha a partir de los seis días siguientes. El día que Calix la había citado. Persi tragó saliva.

—Una jugada atrevida. ¿Obligarás a Izan a colocarlos todos otra vez?

—Chist —la hizo callar. Creó un nuevo evento y se lo mostró a Persi—. ¿Qué te parece?

«Atravesar la noche púrpura con Persi.» Ella calló unos instantes, digiriéndolo.

—No sé yo si nos dará tiempo a atravesarla en un día —protestó débilmente.

—Tienes razón. —Seleccionó el evento y lo extendió durante más de dos meses—. Y podemos ampliarlo, si hace falta.

—Invítame —le pidió ella, y su teléfono vibró junto a la cama con la notificación.

Lo tomó para verlo y le sonrió a la pantalla.

—No me lo puedo creer —murmuró Hades, con un tono tan funesto que Persi lo miró asustada—. ¿«Jefe Infra»? ¿Me tienes guardado como «jefe»?

—Es lo que eres —terminó de hundirlo ella.

—Madre mía, Persi… —Se incorporó sobre ella y la besó—. ¿Y ahora?

—Ahora eres un jefe majo.

Él entornó los ojos.

—Oye, ¿es casualidad que el evento dure sesenta y nueve días o es uno de esos guiños maestros que planeáis los villanos? —preguntó ella.

—Sigo esperando a que me cambies el nombre de contacto.

—Supongo que sí que es una casualidad, entonces. Lo más probable es que ni sepas lo que es —se metió con él.

Él le quitó el móvil de las manos y lo apartó a un lado, para obligarla a mirarlo.

—Una cosa es que no haya tenido novia y otra que haya vivido en una cueva hasta ayer, mariposa.

Ella se zafó de él y se incorporó en el borde de la cama.

—Solo preguntaba. Por si necesitabas que te lo explicase, pero si no lo necesitas… me parece que iré a darme una ducha —replicó, calzándose las zapatillas.

—Espera —le pidió él, reteniéndola—, me parece que estoy teniendo una laguna. A lo mejor sí que necesito la explicación.

—Mmm… Qué conveniente.

—O si lo prefieres también puedo echarte una mano en la ducha —argumentó.

Ella se rindió y regresó a la cama.

—Si solo vas a prestarme atención en una cosa, que sea en esta, Sabatier —dijo misteriosamente, sentándose sobre él a horcajadas.

—Tienes toda mi atención —le aseguró él.

—Hacerlo bajo el agua está sobrevaloradísimo.

Y después, le explicó un par de cosas más, y él le prestó toda la atención mientras se perdían entre las sábanas.

~ ~ ~

Salieron del hotel apenas una hora después, preparados para ser el centro de atención una noche más.

El coche que se acercó a recogerlos lo conducía uno de los constructos de Hades; Persi lo saludó al sentarse en el asiento trasero, aunque él solo asintió, concentrado en el trayecto.

Se les había hecho tarde y era extraño ver la ciudad sin Ascendente a aquellas horas.

Cualquier otra semana, la esencia carmesí de Kaunaz estaría tiñendo ya las calles: las Noches Tranquilas habían comenzado.

Mientras el vehículo avanzaba bajo las luces de la ciudad, el teléfono de Hades vibró. Miró la pantalla y el rostro se le tensó de inmediato. Contestó sin decir una palabra, limitándose a escuchar con una expresión que fue cambiando de la confusión a la sorpresa.

Persi lo observó, inquieta. Los dedos de Hades aferraron el teléfono con fuerza.

—¿Qué pasa?

Hades bajó el teléfono con lentitud. Tragó saliva antes de hablar.

—Es mi hermana —dijo, con la voz apenas controlada—. Se ha despertado.