Noche púrpura 58. Una penitencia para mis pecados #2
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58. Una penitencia para mis pecados #2

—Pero si la convencieran de que eres tú, a ti estaría dispuesta a contártelo. A no ser que... ¿lo ha hecho ya? ¿Te lo ha contado?

Persi negó con la cabeza.

—Eliminaba los últimos días de su memoria antes de hablar con ella. No quería que recordase lo que había ocurrido. —Se había sentido culpable cada una de las veces, pero había sido la única forma de mantener la farsa.

—Siento haberte confrontado como lo hice en Embra —dijo él, tragando con dificultad—. No tenía ningún derecho a...

—Tenías todo el derecho —lo contradijo Persi, apoyándose contra él—. Hace tres años me salvaste la vida como el Jinete... y después, volviste a traerme de vuelta del sueño irreal en el que me empeñaba en vivir. Esta vez, como Hades.

Él se inclinó sobre ella, apoyando la mejilla contra su pelo.

—Desde el día en que te conocí, mi corazón viaja a tu servicio. Si hiciera falta, te traería de vuelta una y mil veces... de la muerte, del sueño, o de cualquier otro dios que se atreviera a reclamarte.

Persi sonrió de oreja a oreja.

—Estás hecho un auténtico hereje, Hades Sabatier.

—Si eres tú el pecado, no me importa la penitencia.

~ ~ ~

Esa noche, el hada reflexionó sobre cuál sería la penitencia para sus pecados tendida en la cama junto a Hades.

Había tenido una idea, una idea terrible que estaba decidida a poner en práctica y que no la había dejado pegar ojo.

Irisada dormía bajo un manto de neblina púrpura del Ascenso que ya se disipaba cuando se levantó.

Hades la encontró cerca del amanecer. Desde la terraza de la suite, Perséfone contemplaba las luces encenderse en la distancia a medida que el apagón terminaba. Se había sentado en el borde, con las piernas colgando hacia el vacío y una taza de café que se enfriaba lentamente entre las manos.

Él se sentó a su lado. El silencio entre ambos era cómodo.

—Me siento fatal. No debí haberte robado. Todavía no me he disculpado como debería —dijo ella, avergonzada, cuando llevaban ya varios minutos callados—. Debería haberte hablado de los mensajes. Estaba tan dispuesta a hacer cualquier cosa por ti, por el Jinete... Me siento una verdadera idiota.

—Te sentías en deuda conmigo —la justificó él.

—Era más que eso: te admiraba. Te veía como una especie de héroe invencible.

—No te culpo por dejar de hacerlo tras haber tenido que salvarme el culo en la persecución —bromeó él, mirándola de reojo.

Persi puso los ojos en blanco.

—Descuida, desde que lo vi, mi corazón está al servicio de tu culo —dijo ella, arrancándole una carcajada a Hades.

Bajó la vista hacia su taza. Más seria, añadió—: Siempre te admiré.

No había día que no pensara en ti, porque, mientras yo grababa vídeos para intentar defender a los humanos a salvo en mi habitación, tú estabas fuera, ayudándolos de verdad.

Dando la cara. Bueno, el casco. —Rio con suavidad—.

El caso es que tú salías a la calle y te peleabas con los malos.

Ayudabas a personas reales, con nombre y apellidos. Y yo me sentía tan... poca cosa.

Hades la miró boquiabierto. Los últimos rastros de la Lluvia Ascendente habían desaparecido y una brisa matutina le movía el cabello, que parecía del dorado cálido de la miel bajo los primeros rayos del sol.

—Siempre te admiré yo a ti, Perséfone. Porque tú actuabas a plena luz del día. No necesitabas esconderte detrás de ningún casco para defender lo que creías justo.

—Pero yo solo hablaba...

—No. Tú cambiabas la forma de pensar de la gente —replicó él—.

Les abrías los ojos, hacías las preguntas que nadie se atrevía a hacer.

Yo no empecé a disfrazarme de Jinete por ningún sentimiento noble.

Fue por rabia. Por culpa. Por algo que ni siquiera acababa de entender entonces.

Poca gente lo sabe, pero la muerte de mi padre no fue un accidente.

Fue un robo como el de hace unos meses. Los Asfódelos intentaron entrar en uno de los laboratorios.

Mi padre los detuvo... pero lo mataron antes de huir.

La culpa volvió a atenazar a Persi por haberlos ayudado durante meses.

—Hades, yo... Lo siento —murmuró.

Él negó con la cabeza. Aún no había terminado.

—Empecé a buscarlos y, cuando descubrí lo que hacían, las desapariciones de humanos con los que experimentaban... No pude quedarme quieto. Pero buscaba venganza, no justicia. Y... —hizo una pausa—, en el fondo buscaba sentirme mejor conmigo mismo.

»Soy humano, Persi. Lo sabes. Pero me crie entre altari, con todos sus privilegios.

Los humanos sufrían mientras yo fingía ser un elevado: acudía a sus banquetes, asistía a sus reuniones, era parte de su mundo.

Salir cada noche a pelear era, al principio, solo una forma de...

equilibrar la balanza. De no odiarme tanto por lo injusto que era.

Persi dejó la taza a un lado y se acercó a él.

—La injusticia no se vuelve justa al repartirla. Lo justo sería que todos los humanos hubieran tenido tus oportunidades, no al contrario. No haber pasado por lo mismo no te hace egoísta ni culpable.

—Lo fui. —Hades le dedicó una sonrisa cansada—.

Pero cambié, gracias a ti. Lo creas o no, cuando descubrí tus vídeos y entendí de verdad cómo se sentían a través de ti, empecé a luchar por algo más que por redimirme, empecé a luchar porque alguien debía hacerlo.

Nunca estuve solo. Te tenía a ti, a mi manera.

Cada vez que flaqueaba, eran tus vídeos los que me daban fuerza.

Yo podía salvar a una persona cada noche, pero sabía que fallaba a miles.

E incluso aquellos a los que salvaba no dejaban de estar en peligro.

Pero tú cambias mentes. Cambiaste la mía.

Y yo solo tenía que ganarte tiempo, porque tú cambiarías el mundo.

Tú eres... la clase de heroína que Onyria necesita. La clase que yo nunca supe ser.

Persi se lo quedó mirando: el contorno de su perfil, la línea recta de su nariz, los labios que empezaba a conocer tan bien. La idea que había comenzado a tomar forma en su cabeza se volvió nítida como los ojos castaños de Hades al amanecer.

—Puede que no cambiaras el mundo, pero sí que cambiaste el mundo para alguien.

Lo cambiaste para mí. Y... —Buscó las palabras, las que harían que todo funcionase—: Podrías hacer más, podrías ser más...

Si aprovechases la ceremonia de Infra para hacerte con el Gobierno de Irisada tras las elecciones.

Hades se quedó completamente inmóvil por la sorpresa.

—Es demasiado tarde para presentar una candidatura —dijo, considerándolo—. Y aunque lo hiciera, nadie me votaría.

—Bueno, en realidad no lo necesitas. Athanasiou encabeza las encuestas, pero nosotros tenemos información sobre él que no querrá que salga a la luz. Podemos amenazarlo para que permita el acceso humano a la runotecnia si llega al poder.

—Madre mía, Persi. Eso es extorsión. ¿Quién es el villano corrupto ahora?

—Athanasiou —replicó ella sin sombra de duda, consciente de que ya lo había convencido—. Por eso tenemos material para amenazarlo.

—Podría funcionar. Pero tendría que encontrar la forma de abordarlo nada más empezar la fiesta, para tener tiempo de seguirte a la cita con Calix.

—Sobre eso... —empezó, escogiendo las palabras con cuidado otra vez—.

Lo he estado pensando y... Siento que estamos yendo directos a una trampa.

—Respiró hondo, evitando mirar a Hades—.

Estamos aceptando sus condiciones: el cuándo, el dónde...

Creo que no es buena idea reunirnos con él.

—Esperó mientras Hades fruncía el ceño. Entretanto, Persi le daba vueltas en la boca a las palabras como a un caramelo…

Así que tomó aliento y jugó su última carta.

No tuvo que fingir las lágrimas que le resbalaron por las mejillas—: Y no quiero ir. Me da miedo.

Fue auténtico dolor lo que cruzó el rostro de Hades. La abrazó y la atrajo contra su pecho y Persi supo que había ganado.

—Eh, está bien, está todo bien —le dijo, malinterpretando los sollozos de Persi—. Encontraremos otra manera. Averiguaré dónde esconden la memoria e iré a por ella antes de que puedan descifrarla.

Persi solo se abrazó más a él, sin atreverse a hablar. Temerosa de decir cualquier cosa que pudiera delatarla. Cuando por fin pudo contener las lágrimas, Hades se apartó de ella para mirarla. La besó en la frente, en los párpados cerrados.

—Te quiero. Y si cuando todo esto acabe quisieras mi compañía, sería feliz de compartir el resto de mi vida contigo.

—Cuando todo acabe, estaré encantada de hablar contigo sobre el futuro. —Le sonrió.

Y en esa sonrisa estaba su última mentira. Porque cuando su plan acabara no habría ningún futuro que contemplar para ella.

Pero, al fin y al cabo, era un hada y las hadas eran expertas en engañar.