58. Una penitencia para mis pecados
UNA PENITENCIA PARA
MIS PECADOS
A ninguno de los dos le importó que la cena se hubiera enfriado para cuando estuvieron lo bastante desenredados como para acordarse de otras formas de hambre.
Hades observó a Persi dejar a un lado el plato vacío y clavar la cuchara en el postre.
La camiseta que llevaba puesta era de él.
La naturalidad con la que se la había enfundado, junto con el conocimiento de que era lo único que llevaba puesto, lo hizo sonreír como un bobo.
Ella lo miró mientras se llevaba la cuchara a la boca.
—¿Qué?
—Nada.
Lo miró con suspicacia, pero dejó correr el tema. En cambio, dijo:
—Entonces, ¿esperabas esto cuando reservaste la habitación?
Hades se detuvo a mitad de un bocado. Tuvo que contener otra sonrisa cuando comprendió a qué se refería con «esto». Dejó el tenedor sobre el plato.
—No soy tan optimista.
—Pero ¿te lo imaginaste alguna vez cuando empecé a trabajar en Infra? —insistió.
—No puedes preguntarme seriamente si he imaginado acostarme con la persona de la que estoy enamorado.
Esa respuesta pareció satisfacerla. Rebañó los restos del postre en silencio.
—Pero no me contactaste solo por Fianne —aventuró—. O porque te fiases de mí.
—¿No te parecen buenos motivos? Sabes que no me sobran las personas de confianza.
—Mi padre dice que todo el mundo tiene dos razones para hacer algo: una buena razón y la razón verdadera. Creo que esa es la buena, pero no necesariamente la verdadera.
Hades recogió los platos y los colocó en un montón, haciendo tiempo para responder.
—Sabía que te buscaban y quería averiguar por qué —admitió—. Pensé que si te tenía cerca sería más fácil descubrirlo, y también…
—¿También?
—Que sería más fácil mantenerte a salvo —admitió.
Persi lo apuntó con la cuchara vacía.
—Sabía que eras tú quien me había ayudado aquel día saliendo de Fugaz.
—Fue una de muchas —admitió—. Cometí un error la noche de la subasta.
—Fue la última vez que Lauren despertó —recordó Persi—. Recibiste una llamada de Jess y saliste pitando.
Hades suspiró y añadió:
—Estabas con Robian y por aquel entonces todavía creía que era capaz de mantenerte a salvo. No pensé que fueras a marcharte sin él y meterte de cabeza en problemas.
—Un error comprensible. Llevaba unos meses muy tranquilos —admitió con una sonrisita.
—Pues sí, tonto de mí por creer que duraría.
—¿Por qué lo mantuviste en secreto? —Le costaba no sonar dolida. Lo había buscado tantas veces…
Él se encogió de un hombro, incómodo.
—Parecías feliz en tu nueva vida. No quería romper esa felicidad contándote que había una secta persiguiéndote para robarte, o secuestrarte, o quién sabía qué.
Pensé que, si podía evitar que esa oscuridad tocase tu vida, habría ganado.
Quería pensar que al menos uno de los dos había logrado rehacer su vida después de aquella noche.
Pero el motivo verdadero —añadió, al ver que Persi se disponía a protestar— era que temía que me guardases rencor.
—¿Rencor?
Hades se acercó a la ventana y apartó la vista hacia la Ascendente. Estaba llegando a su fin y la lluvia se había convertido en una bruma malva. Aquella noche Persi había perdido a Enaire, y él había perdido la esperanza de curar a su hermana.
—Fui buscando una cura para el Descolor —confesó Hades en un susurro—. Me enteré de que se llevarían a cabo unos experimentos capaces de revertirlo.
—¿Un chivatazo?
—Más bien una conversación pinchada. —Cerró los ojos, combatiendo el arrepentimiento—. Lo malinterpretamos. No lo investigamos lo suficiente. Mi hermana había caído presa del Descolor unos días antes y encontrar una cura era mi prioridad, mi obsesión.
Persi asintió, dando a entender que lo comprendía.
—Yo hubiera hecho lo mismo por mi padre. Así fue como terminamos Enaire y yo en las Prisiones Incoloras aquella noche, en realidad.
—¿Qué quieres decir?
—También estábamos investigando el Descolor.
Hicimos preguntas sin cuidado y nos tendieron una trampa.
—Subió los pies a la silla y se abrazó las piernas—.
Enaire trabajaba en uno de los templos. Ninguna universidad estaba dispuesta a aceptarla siendo humana, pero le encantaba la historia.
Se hizo sacerdotisa porque era el único lugar en el que podía seguir aprendiendo al acabar el instituto.
Cuando mi padre cayó presa del Descolor empecé a investigar al respecto. Era complicado porque…
—Porque apenas hay información disponible sobre la enfermedad.
—El Acervo lo censura porque está relacionado con el Prisma —asintió ella—. Así que, curiosamente, la fuente más amplia de información que encontramos…
—Estaba en los templos —adivinó Hades.
Ella volvió a asentir.
—Enaire se volcó en la investigación desde el principio.
Empezó a hacerlo porque quería ayudarme, pero se obsesionó.
Pronto necesitó documentos más técnicos para avanzar en sus teorías y comencé a sacar textos de la universidad para ella.
Solicité traslados a universidades en otras ciudades para tener acceso a sus bibliotecas y también para que Enaire pudiese acudir al templo local con un permiso de viaje para visitarme.
—Por eso estabais las dos en Embra cuando ocurrió aquello —comprendió Hades.
—Sí, ella llevaba la investigación casi al completo.
Yo me encargaba de estudiar para que siguieran concediéndome los traslados que pedía, de buscar la información que Enaire necesitaba y de preparar contenido para redes.
No solo tenía que hacerlo para pagar las facturas que llegaban del hospital, también financiaba nuestra investigación sin que Celandia se enterase de los gastos.
Hades contuvo la respiración.
—No quieren la memoria por algo que ocurrió la noche en que murió, sino por algo que había descubierto antes.
Persi asintió, era lo que ella pensaba también. Y luego, recordando lo que Hades había empezado a contarle, añadió:
—¿Y tú? ¿Qué pasó con el experimento del que te enteraste?
Hades apoyó la espalda contra la ventana.
—El día que el Descolor afectó a Lauren hubo un pico de energía en la ciudad.
Nos habría pasado desapercibido de no ser porque ocurrió durante la Ascendente.
Estábamos juntos en Embra charlando en el porche cuando ella perdió el color y se desmayó.
Justo entonces las luces de la casa se encendieron, todas ellas.
»Y no fue la única vez. Jess averiguó que los picos en los registros de la tensión de luz de Prisma coincidían con momentos en los que el Descolor afectaba a una nueva víctima.
—Pero ¿qué tiene que ver eso con lo que le ocurrió a Enaire?
—No lo sé. —Hades se pasó las manos por la cara—. Esa noche detectamos un pico de tensión y la conversación que interceptamos hablaba de que estaban tratando de revertir el Descolor. Eso bastó para que no me lo pensara dos veces. Tal vez me precipité.
—Enaire. —Persi lo miró con aprensión—. Calix dijo que se había provocado el Descolor para ocultar lo que había descubierto.
Trataron de revertirlo; querían saber cómo lo había hecho.
Es lo que él quiere: que los humanos sustituyan a los altari alimentando el Prisma.
Dice que las víctimas del Descolor le aportan energía y pretende provocárselo a todos los humanos y liberar a los altari de donar esencia al Prisma. ¿Crees que es cierto?
—La noche en que Enaire murió hubo un pico de tensión —reconoció él.
—La mataron para tener acceso a su memoria al comprender que no iban a poder interrogarla. Y si consiguen que se lo cuente…
Se le quebró la voz. Hades se acercó y la atrajo hacia él con suavidad, apoyando el mentón sobre su cabeza.
—No vamos a permitirlo —le aseguró.
Sin embargo, estaba tenso. Persi lo notó.
—¿Qué es lo que no me estás contando? Intentaste salvarnos. ¿Por qué creías que te guardaría rencor?
—No intenté salvaros.
—¿Qué quieres decir?
—Sabía que habían secuestrado a alguien como parte del experimento. Y no me importó. Me dije que, si eso nos ayudaba a descubrir la cura, ya la ayudaría más tarde. Estaba desesperado por salvar a Lauren y fui egoísta.
El rostro de Persi no revelaba nada.
—¿Valió la pena? —le preguntó. La misma pregunta que él le había hecho aquella noche—. ¿Descubristeis algo?
Él negó y, en un susurro, añadió:
—Lo siento. No hay día en que no me arrepienta de no haber entrado antes.
Esperó su reacción con resignación. Merecía saber qué clase de persona era antes de involucrarse más con él. No había querido ponerlas en peligro… pero lo había hecho.
Persi se acercó a la ventana. Se sentó en la moqueta y apoyó la mano en el cristal, que llegaba hasta el suelo. La esencia se reflejaba en sus lágrimas, haciéndolas parecer violetas.
—Dime algo, por favor —pidió él. Lo que fuera. Cualquier cosa antes que aquel silencio.
—No puedo… —comenzó, y Hades se preparó para lo peor—. No puedo culparte.
—¿Cómo? —Parpadeó, atónito.
—Sí, estoy enfadada. Y dolida. Pero no contigo.
—Persi… Lo que hice…
—Lo sé —lo cortó ella—. Pero no fueron las decisiones egoístas de un hombre desesperado las que me robaron a Enaire.
Fueron ellos. Y enfadarme contigo sería vendarme los ojos ante la verdadera amenaza que sigue fuera.
Sé cómo se siente vivir odiándote por haber sobrevivido a lo que aquellos que amabas no sobrevivieron.
Sé lo difícil que es perdonarse. Así que yo lo haré por ti, Hades.
Te perdono. Vamos a detenerlos, pero no por venganza, sino porque esto tiene que acabar — dijo con determinación.
Fue demasiado. Hades se derrumbó, dejando escapar un profundo sollozo.
No era la reacción que esperaba, ni la que merecía.
Pero era la que necesitaba. La que había necesitado durante todo aquel tiempo.
Se acurrucaron junto a la ventana. Las heridas del pasado ya no podían separarlos, no cuando los estaban soldando, uniéndolos en algo más fuerte.
—Tenemos que evitar que obtengan la información de la memoria —dijo él, al cabo.
—No lo harán. —Persi estaba segura.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque conozco a Enaire y no se lo va a poner fácil.