Noche púrpura 57. Cuando más oscura es la noche
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57. Cuando más oscura es la noche

CUANDO MÁS OSCURA

ES LA NOCHE

E n términos de flipar, Hades estaba flipando mucho.

Persi lo supo porque la miró con los ojos muy abiertos y dijo: «Guau». Y luego, añadió: «Perdona, es que estoy flipando».

Y eso que el beso tampoco había sido impresionante.

Un roce de labios bastante torpe. Persi se apartó para verlo mejor.

Tenía el pelo aún húmedo y despeinado tras ponerse la camiseta y la miraba con las mejillas teñidas de rosa.

Lo observó durante unos segundos agónicamente incómodos, acalorada tras haber aplastado los labios contra los suyos.

Todavía lo sujetaba del brazo y notaba su bíceps tenso bajo los dedos.

Hasta que Hades inspiró con fuerza y recorrió la distancia que los separaba para besarla otra vez. El beso volvió a ser raro. Sobre todo, porque Hades tuvo que apoyarse en la pared para inclinarse en una postura que parecía bastante mala para la espalda.

Pero aquello cambió pronto. Él le rodeó la cintura bajo la bata y la acercó hacia sí, transmitiéndole una calidez agradable a través de la fina tela del camisón.

A pesar de lo recatado del beso, Persi se descubrió fundiéndose contra él.

Deslizó una mano por su cuello y lo acarició a la altura de la nuca.

Notó a Hades suspirar y abrió los labios en respuesta, permitiendo que sus lenguas se acariciasen.

Él la levantó y la inclinó sobre el sofá.

El beso se hizo más profundo. Ajustaron las posturas.

Persi le rodeó la espalda con la pierna, acercándolo.

Le deslizó las manos bajo la camiseta y las subió por su abdomen, acariciándole el torso.

Le quitó la camiseta en el proceso con un movimiento fluido.

Él la observó, atento, y la dejó hacer. Persi lo besó con más ganas, sujetándole el labio inferior entre los dientes un instante.

—No sé si… —lo oyó decir.

Pero Persi sí sabía sí… Se colocó una de las manos de Hades sobre el muslo.

Hades la crispó sobre la tela del camisón, tan rígido que Persi buscó mirarlo a la cara.

¿Algo iba mal? Pero a él le tomó solo un instante retomar las caricias, deslizándolas bajo el camisón.

Persi sintió sus labios sobre la mejilla y el cuello...

Y se encogió involuntariamente cuando le rozó la cicatriz de la garganta.

—Estoy bien —lo tranquilizó—, solo…

—Perdona —se disculpó él, acariciando la mácula con delicadeza—. Te he asustado.

Ella le atrapó la mano con delicadeza, no para detenerlo, sino porque…

—Estás temblando.

Él no respondió. Persi retrocedió, saliendo de debajo de él para ponerse de rodillas sobre el sofá y mirarlo mejor. Observó el torso desnudo, se detuvo en él. Cuando llegó a la cara, Hades le evitó la mirada.

—¿Qué ocurre?

—Nada.

Los interrumpió un repiqueteo en la puerta.

—Debe de ser la cena. Ya voy yo —dijo Persi, y se apresuró a recolocarse la bata para atender a la llamada.

Lo dejó en el sofá y recibió la cena. Llevó las bandejas a la mesa del comedor.

Antes de reunirse con Hades, pasó frente al tocador y se colocó el pelo delante del espejo con prisa.

Rebuscó en su bolso, jurando que tenía...

sí, un paquete de preservativos que a aquellas alturas ya estaban convencidos de no utilizar.

Tomó aliento para calmar los nervios y regresó a la habitación, donde había dejado al directivo a medio desnudar.

Hades estaba sentado en el sofá y con la cara escondida entre las manos. Se había vuelto a poner la camiseta. «Mala señal.»

—No tenemos que hacer esto si no quieres —dijo con cautela, acercándose insegura.

Él soltó una risa baja y amarga que le sacudió los hombros. Negó con la cabeza.

—Lo digo en serio —insistió ella, a pesar de que, cuando él la miró con unos ojos de un castaño intimidante, solo pudo pensar en que tenía los labios hinchados de besarla y en que quería que lo hiciera otra vez.

—Persi, llevo queriendo hacer esto desde la primera vez que te vi.

Ella sintió un estremecimiento agradable.

—¿Entonces?

—Pues que estoy tan nervioso que me va a dar algo.

Ella entornó los ojos y empezó a negar con la cabeza.

—No pretenderás que me crea que… —empezó.

—¿Que no he estado con nadie antes? —terminó él—. Pues, te lo creas o no, es la verdad.

—Pero habrás tenido citas.

Él se encogió de hombros. Se apoyó contra el respaldo con un suspiro.

—Algunas —admitió—. Pero ninguna que pasase de lo que acabamos de hacer. Y ninguna que se acercase a… lo cachondo que estoy.

Persi sonrió sin pretenderlo, aceptándolo como un halago.

—¿Por qué no?

—No lo sé. Algunas fueron cuando era adolescente. Y luego… soy una persona ocupada. Tengo poco tiempo y me fío de pocas personas.

Se acercó a él, rozándole las rodillas con las piernas.

—Pero te fías de mí.

Él tragó saliva.

—Sí.

Ella se sentó sobre él y le apartó el pelo de la frente. Él inclinó el cuello para mirarla.

—¿Y quieres continuar?

Hades asintió con la cabeza.

—Pero es posible que la cague —reconoció.

—Ya la has cagado —dijo Persi.

Él soltó un suspiro a medio camino entre una risa y un lamento, pero Persi notó que parte de la tensión lo abandonaba.

—Entonces a lo mejor eres tú la que no quiere continuar.

Ella le puso un dedo sobre el pecho.

—La has cagado porque has vuelto a ponerte la camiseta.

—Ah.

—Ah —repitió ella, con una sonrisita inocente.

Él la sujetó por la cintura, pellizcando la tela del camisón con delicadeza.

—Si es por eso, puedo volver a quitármela.

Persi apoyó la mano sobre su abdomen. El esmalte plateado de sus uñas destacó contra la camiseta oscura. Las luces se atenuaron hasta apagarse. Se quedaron a oscuras, hasta que las gotas de Ascendente repiquetearon contra las ventanas de la habitación con un tenue resplandor violáceo.

Le pidió que levantase los brazos y él obedeció, sin dejar de mirarla mientras le quitaba la camiseta y la dejaba a un lado.

—Es muy fácil —lo instruyó ella, besándolo en la barbilla, luego en el cuello, luego en el hombro—. Es como el juego de cartas al que jugamos en Embra. Empiezo yo: ambos nos morimos de ganas de volver a besarnos.

—No has dicho qué tengo que hacer si te equivocas. No tenemos vaso.

Persi puso los ojos en blanco.

—¿Me he equivocado? —preguntó. Hades negó—. ¿Y por qué no me estás besando?

Él la besó, atrayéndola hacia él.

—No está mal. Te toca.

—Ambos queremos repetir ese beso.

Persi frunció los labios.

—Así no es el juego. No puedes repetir lo que yo diga.

Él enroscó un grueso bucle castaño de la melena de Persi alrededor de la muñeca. La caricia sobre la raíz del pelo la hizo estremecer.

—Creo que te estás inventando un poco las normas —protestó él.

Ella sonrió, besándolo en la barbilla.

—Culpable. Pero soy la que tiene experiencia, así que vas a tener que hacerme caso.

Hades la acarició, deteniéndose en la tira del camisón. Fingió pensar unos momentos, aunque, por el brillo que le titilaba en los ojos, Persi adivinó que ya tenía la siguiente.

—Ambos pensamos que el otro debería llevar menos ropa.

Persi le rodeó el cuello y soltó una risita contra su mejilla.

—Anda, pues tenías razón en lo que me dijiste cuando nos conocimos —le dijo.

—¿El qué?

—Aprendes muy rápido, Sabatier.

Hades la tumbó contra el sofá, preparado para enseñarle cómo de cierta era esa afirmación. Y, sin embargo, tenía que parar un segundo todavía, tenía que detenerse, tenía que asegurarse... Tragó con dificultad.

—Tienes que saber que no pretendía esto cuando te ofrecí... Que de verdad quería ayudarte.

Persi puso los ojos en blanco.

—Hades, ni por un segundo se me ha pasado por la cabeza que te estés aprovechando de mí —dejó ella bien claro.

—Es que... Dioses, sí que lo estoy haciendo. Tú accediste a venir conmigo porque perdiste la ciudadanía, no te quedaba otro remedio y yo...

—Y tú me ofreciste una solución. ¿Lo ves? En todo caso, soy yo la que te está extorsionando —lo tranquilizó ella.

—No lo entiendes. Yo quería esto, te quería a ti, lo llevo queriendo desde hace tanto ya que no recuerdo cómo se siente no desearte.

Ella lo agarró por la muñeca, guiándolo con determinación bajo la tela.

—Dioses... —fue lo único que logró decir; las palabras lo rehuían, reemplazadas por sensaciones cálidas.

—¿Me crees ahora o…?

Hades la besó, le rodeó la cintura con el brazo; deslizó la caricia bajo la bata y subió por su torso, hasta detenerse sobre las costillas, justo bajo el pecho de ella.

Persi se aplastó contra él, arqueando la espalda y estirándose para facilitar que le quitara las capas que llevaba encima. Se entregó a las caricias, susurrándole al oído promesas que lo impulsaron a arrancarle la ropa que aún llevaba puesta.

La fascinación de verla en ropa interior le produjo un escalofrío en la espalda baja.

Le temblaban las manos, literalmente, cuando le acarició la espalda, los costados, deteniéndose otra vez en el borde de la tela del sujetador.

Acariciándola también por encima. Se alejó con un suspiro, deteniéndose a observarla.

Era tan preciosa que apenas era capaz de soportarlo.

—Llevo imaginándote así desde la foto que me enseñaste en la oficina —le dijo—. Casi me provocas un paro cardíaco. No pude concentrarme en todo el día.

Ella se carcajeó, encantada. Echó el cuello hacia atrás de una forma que acercó todavía más su cuerpo hacia el de Hades.

—¿Hice caer las acciones de Infra?

—Me derrumbaste a mí a tus pies —aseguró él, con la garganta tan constreñida que la voz le salió grave y rasposa.

Persi le rodeó la cintura con la pierna y lo atrajo hacia sí en respuesta.

Hades enredó los dedos en su cabello castaño, que olía a jazmín nocturno y ámbar.

Rozó con los labios la piel expuesta del escote fuera del sujetador, mientras peleaba con el cierre.

La satisfacción que sintió al lograrlo se vio eclipsada por la fascinación de verla desnuda.

Ella deslizó la mano hacia sus pantalones, hacia la dureza que aguardaba debajo. Él jadeó contra su cuello. Empezó a decir todo lo que quería hacerle, pero ella lo silenció presionando la boca contra la suya, como si quisiera besar también las palabras.

Lo empujó con suavidad y acabó sentada sobre él, desnuda y tirando de la escasa ropa que le quedaba a él. Hades reclinó la cabeza contra el respaldo, sin importarle que el gemido que soltó cuando lo acarició se escuchara en el resto del hotel.

Sintió las caderas de ella encima; sintió el movimiento y la humedad ahora que nada se interponía entre ambos. Dejó que ella le colocase la mano sobre el punto exacto donde quería sentirlo y él se entregó a la tarea, como si no hubiera nada, nada, nada más a lo que entregarse.

Se concentró en sentirla, en cómo lo tocaba, cómo le deslizaba una protección (¿de dónde Prismas la había sacado?); escuchó cómo murmuraba, allí, junto a su oído, haciendo que sus jadeos se mezclaran con los de él.

Pensó en el tacto de su piel, en su sabor, en su olor, en los suspiros de placer que le arrancaba.

Aprendió de todos ellos, memorizándolos. Y luego dejó de pensar.

Y cuando ella gimió su nombre, temblando en sus brazos, desaprendió todo lo aprendido.

Hubo un momento de oscuridad y silencio.

Solo interrumpido por el sonido de sus alientos, de sus corazones latiendo el uno contra el otro y de la Lluvia Ascendente, siempre presente, repiqueteando contra el cristal. Piel contra piel, sudor y calor y gotas púrpuras rodeándolos.

Él la rodeó con un brazo, como si tuviera miedo de que se marchara a algún lado.

Ella cerró los ojos contra su hombro y buscaron la forma de acomodarse en el sofá, tendidos, relajados.

Todavía tan entrelazados que a Hades le costaba distinguir sus extremidades de las de ella.

Miró su boca, las comisuras que se torcían en una sonrisa.

Quiso besar esa sonrisa y no dejar de hacerlo nunca.

—Hades. —Solo esa palabra, oír su nombre en esos labios, podría haber acabado otra vez con él.

—Dime.

—Tenías razón, es la más oscura.

Él tardó un instante en entender a qué se refería. Echó un vistazo a la esencia púrpura del exterior; apenas emitía luz y, al otro lado del cristal, parecía haber un mundo de oscuridad infinita.

—Sí que lo es.

—Aquí tumbados no parece tan oscura, ¿verdad?

Él sonrió y le dio un beso en la frente.

—Verdad.

Alargó el brazo para coger la bata que había quedado olvidada en el suelo contra el sofá y se la extendió por encima, notando que la piel empezaba a enfriársele. Ella se recolocó entre sus brazos.

—Hades —repitió, al cabo de unos segundos.

—Dime.

—Creo que voy a subirte el sueldo.

—¿Tú a mí?

—Alguien tiene que hacerlo.