Noche púrpura 56. Mis estándares eran altos mi realidad, no tanto
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56. Mis estándares eran altos mi realidad, no tanto

MIS ESTÁNDARES ERAN ALTOS;

MI REALIDAD, NO TANTO

R obian se acercó con una sonrisa forzada. La tensión en su cuerpo era visible. Tenía los colmillos fuera y las pupilas tan dilatadas que sus ojos parecían negros en vez de azules.

—No sabía que vendrías a la ciudad. ¿Por qué no me avisaste?

Persi sostuvo la puerta, ocultando el interior de la habitación: la chaqueta de Hades sobre la cama, los zapatos al lado.

No era un secreto que estuvieran juntos, formaba parte del plan, pero, con Robian delante, la culpa le atenazó el estómago.

La culpa… y el miedo. Si entraba en la habitación, le daría alcance antes de que pudiera avisar a Hades...

Solo que no podía entrar en la habitación: era un vampiro y ella no lo había invitado a pasar. Y, aunque aquello no era su casa, era donde se hospedaba y funcionaba como tal. Rob se lo había explicado muchas veces. Por primera vez, Persi se alegró de su naturaleza.

El agua de la ducha seguía corriendo. Por la luz de Prisma. Lo más probable era que Hades no se hubiera enterado de que había abierto la puerta. A pesar de la bata, sintió frío.

—No pensé que fuera de tu incumbencia. —La voz le salió con un tono cortante que le recordó al de Celandia. Pero ¿avisarlo? Seguía hablando como si Persi le debiera algo.

—Ven, vamos a tomar algo. Hay muchas cosas de las que tenemos que hablar.

—No.

La palabra restalló áspera en el silencio del pasillo. Robian la miró, por primera vez en mucho tiempo, prestándole verdadera atención. Se fijó en la bata de Hades; en el camisón, que le quedaba más justo que cuando se había marchado de Irisada, y en la frialdad con la que lo miraba.

—Estás… cambiada.

—Cambié el día en que me dejaste desangrándome en nuestra habitación.

Él se mordió el interior de la mejilla.

—Vamos, Perséfone, invítame a pasar. Solo quiero hablar.

—Ya estamos hablando —replicó.

Una cólera fría le veló la mirada a Rob. Dio un paso hacia la puerta y gruñó al encontrar una barrera invisible en el umbral. Miró hacia los lados, como si temiese que lo vieran.

—Tú ganas. Lo siento, no debí herirte. Pero los dos metimos la pata, tú me engañaste.

—No lo hice.

—¿Y por qué no me miras a los ojos?

—¿Para que uses tu influencia sobre mí? No, gracias.

La había usado con ella en el pasado, para que cediera y le permitiese morderla.

Persi lo había consentido porque… le había consentido demasiadas cosas, y el influjo hacía que fuera más fácil.

Pero había vuelto precisamente porque estaba cansada de escoger el camino fácil.

Y si Robian la influía, la obligaría a invitarlo a pasar.

O peor, la sacaría del hotel, lejos de Hades.

Robian era consciente de que estaba con Hades, comprendió. Y lo temía.

—Calix me envió aquellas fotos. No estaba en mis cabales. Y luego empezaste a acusarme de haberte drogado con la bebida y…

—Sé que no fuiste tú, sino Calix. Pero eso no cambia lo demás.

Lo que se había roto aquella noche ya no podía repararse.

—¿Calix? ¿De dónde has sacado esa tontería?

—Él mismo me lo confesó.

—¿Por qué iba él a…? —Persi vio cómo las palabras calaban y cómo, lentamente, se daba cuenta de que eran ciertas porque no podía mentir—. Será cabrón.

—Por una vez estamos de acuerdo en algo. Un poco tarde, sin embargo.

El agua de la ducha seguía corriendo, pero la puerta del baño estaba entreabierta. Robian interpretó sus palabras como una vacilación y aprovechó para presionarla:

—No lo sabía, corazón. Estás haciendo un circo de una serie de malentendidos. No tienes ni idea de lo que he pasado estas últimas semanas. Te necesito de vuelta en casa.

Extendió la mano, tan rápido que Persi no logró reaccionar antes de que le arrebatase el teléfono. Unos centímetros más y habría podido arrastrarla fuera de la habitación.

—Devuélvemelo.

—Ven a por él.

Alzó el móvil tras el umbral, delante de ella. Persi retrocedió y sujetó la hoja de la puerta, dispuesta a cerrarla y perder el teléfono. Fue entonces cuando vio a Hades detrás. Desnudo, salvo por la toalla anudada a la cintura y una pistola en la mano como accesorio.

Mantuvo la expresión imperturbable cuando volvió la vista hacia el vampiro.

—¿A qué has venido, Robian?

—Me han dicho que has ido con él. A la fiesta de Celandia.

No hizo falta que dijese que se refería a Hades.

—Sí.

—Entonces es verdad. ¿Estáis juntos?

Ella asintió, evitando mirar a Hades.

—¿Está ahí contigo?

—Deberías irte.

Él apretó los puños; parecía dispuesto a abalanzarse sobre el vano de la puerta. Pero, al final, dejó caer los brazos a los costados. Dejó el teléfono en el suelo y lo empujó suavemente hacia el interior: una ofrenda de paz. Persi lo recogió con cautela.

—Voy a hacer solo una pregunta. Y quiero la verdad —dijo Rob. Persi no se molestó en recordarle lo evidente—. ¿Eres feliz con él o solo lo estás haciendo para incomodarme?

Persi notó la mirada de Hades sobre ella, pero no apartó los ojos del vampiro.

—¿La verdad, Rob? Dejarte para marcharme con él fue el principio de encontrar una felicidad que no sabía que existía.

Robian le mostró los colmillos.

—No podrás salir siempre acompañada. Entonces, hablaremos —la amenazó, deslizando la lengua por los colmillos con un gesto siniestro que dejaba claro que no era lo único que tenía en mente.

La amenaza caló. Se notó temblar. Viviría huyendo el resto de sus días…

No .

Estaba harta de huir. Liberó su Brillo hasta envolverse en un halo amenazante, el único poder de la casta de las hadas que poseía y, sin embargo, se oyó decir:

—Vuelve a amenazarme y juro que cada palabra que susurres contra mí te será devuelta.

Los que intentes manipular se volverán contra ti, los que tomes por aliados te traicionarán, y los que ames te dejarán caer sin mirar atrás.

Hasta que no quede nadie que recuerde siquiera tu nombre —lo amenazó, con la voz baja y afilada.

Las luces del pasillo oscilaron, como si reaccionaran ante el juramento: ante el geis . Robian retrocedió, apartándose con estupor.

—No puedes pronunciar geasa .

—¿Estás seguro?

—Es solo la Ascendente que se avecina. Eres una mestiza sin poder. Ya ni siquiera eres altari —protestó, dirigiendo un vistazo rápido a las luces.

Persi se mantuvo firme. Su ciudadanía ante la ley no iba a influir en su capacidad de realizar un geis , para bien o para mal. Rob retrocedió, amedrentado por la mirada acerada del hada… Y por Hades a su lado, que lo encañonaba con el arma.

—Habla en serio. Tiene pruebas para llevarte a los tribunales y al escrutinio público. Y razones de sobra para hacerlo —dijo Hades.

—Nadie la creería.

—Robi, ¿no has visto las cámaras que hay en el pasillo? —canturreó—. Serán pruebas muy sólidas ante cualquier tribunal. ¿Saben tus clientes que te dedicas a amenazar a tus ex?

Rob lo maldijo con saña, volviendo a adoptar una posición agresiva.

—Cuida la lengua —siseó Persi—, o lo añadiré a la lista de personas que no debes amenazar.

El vampiro le dedicó una mirada torva.

—Así que ahora eres como él —dijo, fuera lo que fuese lo que eso significara.

—Soy en lo que he tenido que convertirme para sobrevivir.

—¿Qué te ha prometido? ¿Dinero? ¿Protección?

—Márchate, Rob. Y no vuelvas a buscarme. Hablo en serio —dijo Persi.

—Eres una puñetera interesada.

—Suficiente —sentenció Hades—. Sacadlo de aquí.

Cuatro constructos aparecieron por el pasillo, dos desde cada lado.

Debían de haber estado ocultos desde el principio y se habían hecho visibles ante la orden.

Persi pensó que hubiera estado bien haberlos visto antes, pero sabía que solo reaccionaban ante los mandatos de Hades. Rob les lanzó una mirada nerviosa.

—Pronto se aburrirá de ti y te quedarás sola y desprotegida.

Atente a las consecuencias. —Los constructos lo cercaron, todos ellos cadáveres animados por la nigromancia, pero armados con la suficiente runotecnia para estar al nivel de poder de un altari.

Pero Rob no había acabado. Dirigió una última mirada a Sabatier y escupió—: No hay nada en ella que vaya a ser tuyo, ningún lugar en el que puedas tocarla donde no haya estado yo antes.

Persi dio un paso, saliendo de la habitación.

—Ni siquiera arañaste la superficie —espetó. Esta vez, incluso Hades la miró sorprendido, bajando el arma—. Te ofrecí mi corazón y ni siquiera te acercaste a tocarlo. No estuviste ni cerca. No ha habido ni un día que te haya echado de menos desde que te dejé.

—Y supongo que Sabatier ha hecho las cosas mejor —susurró Rob con sorna.

«Las ha hecho», pensó. Pero no podía decirlo, no podía confesar esa verdad por si llegaba a hablar con Calix; debía seguir convencido de que Persi estaba utilizándolo.

—¿Quién dice que esté buscando el amor? He venido por asuntos personales y Hades es un compañero realmente divertido —improvisó, estirando el brazo y acariciando el torso desnudo de su acompañante.

Rob empezó a negar con la cabeza. La traición y el dolor le contorsionaban el rostro.

—Acompañadlo a la salida —ordenó Hades a los constructos, que parecían estar esperando una orden para llevárselo—. No uséis la violencia... a menos que sea necesario.

Obedecieron al instante.

—Recordarás este día, Sabatier —gruñó Rob mientras lo arrastraban—. Te arrepentirás de haberte interpuesto.

Persi le dedicó un gesto vulgar y cerró la puerta.

Observó la superficie lisa durante varios segundos, hasta que Hades se le puso delante, apoyando la espalda contra la madera.

Le sujetó la mano con delicadeza y Persi se dio cuenta de que estaba retorciendo un mechón alrededor del dedo.

Lo soltó. Hades le alzó el rostro para mirarla.

Aún tenía la piel caliente por la ducha y Persi tuvo la absurda revelación de que Hades Sabatier era mucho mucho más atractivo que Rob.

—¿Estás bien?

—Sí, creo que sí.

—Bien. —Sonó aliviado—. ¿De verdad le has puesto un geis ?

Persi se encogió de hombros.

—Qué va. No llevo esencia encima para usar runomancia y ni siquiera tengo poder para materializar un par de alas.

Cualquier hada completamente altari podía hacer aparecer sus alas a voluntad. Los geasa , en cambio, eran un poder que no estaba al alcance de cualquiera.

Él la evaluó con interés.

—¿Y lo demás? ¿Era verdad?

—Bueno, es verdad que puedes ser un compañero divertido, pero quería que lo malinterpretara, por si Calix…

—Lo sé. Me refería a lo que dijiste antes. Sobre ser feliz desde que lo dejaste.

Persi asintió despacio. Hades le acunó las mejillas entre las manos y le confesó:

—Quiero que sepas que haré todo lo que esté en mi mano para llegar hasta ti, si me das la oportunidad. No solo a la superficie. Quiero saberlo todo, hasta lo más recóndito.

—¿Por qué?

—Porque te quiero.

Era la primera vez que se lo decía de forma tan directa y con tan pocas palabras…, y sin camiseta.

—Este es el problema de ser un hada. Todo el mundo sabe cuándo dices la verdad, pero nosotras no tenemos forma de saber cuándo alguien es sincero.

—Te lo repetiré hasta que me creas. —Le apartó el pelo tras la oreja con ternura y se alejó hacia el interior de la suite—. Quédate en la cama. Tengo que contestar unos correos antes de dormir. Me vendrá bien el sofá.

Persi se volvió para observarlo caminar hacia la habitación contigua, conectada por un arco sin puertas a la habitación principal, donde la esperaba una cama enorme.

Lo observó detenerse junto a la maleta para coger una camiseta.

Lo siguió, interceptándolo del brazo con suavidad antes de que alcanzase el sofá.

—Hay otra cosa que no le he dicho a Rob.

Él se detuvo y la miró expectante.

—Que quiero hacer esto desde hace mucho tiempo.

Se puso de puntillas y lo besó en los labios.