Noche púrpura 55. Se viene mi era de villana #2
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55. Se viene mi era de villana #2

—¿Sabe ya que su amante tontea con las ideas de los Asfódelos? A lo mejor podrías convencerlo de colaborar con nuestros propósitos. Su origen me repugna, pero tiene recursos que podrían sernos de ayuda y está claro que sabes cómo influir en él.

Ella meditó sus próximas palabras.

—No tonteo con vuestras ideas. Solo quiero un intercambio.

—Ah, pero deberías. La sangre altari debería proteger del Descolor a los mestizos y, quién sabe, es posible que también os fortalezcáis, aunque sea en menor medida.

Persi tenía muy claro qué le gustaría hacer con esa fuerza: tenía que ver con la cabeza de Calix y la copa que tenía en la mano.

—Ahórratelo. Solo hago esto por Enaire. No pienso volver a ayudarte.

Aquella pareció ser la respuesta correcta, porque logró que Calix retomase el tema.

—Y hablarás con ella pronto —le aseguró—, con una serie de condiciones.

—¿Qué condiciones?

—Te enviaré una ubicación por mensaje y deberás acudir sola. Si te presentas con compañía o intentas cualquier cosa extraña, será el fin de nuestra pequeña colaboración. Y créeme: lo de Meridol es solo una muestra de cómo es estar en malos términos conmigo.

—Puedes ahorrarte las amenazas. ¿Puedo saber cuándo o también es un secreto?

—La noche de la Vigilia de los Dioses no hagas planes.

Persi se estremeció. Esa era la última de las Noches Tranquilas, antes de que la Lluvia Ascendente volviera a reiniciar su ciclo; la noche antes de las elecciones en las que, según las encuestas, Athanasiou saldría vencedor.

La festividad más grande del año, cuando la mayoría de los altari de Irisada estarían...

—Sabatier organiza una fiesta esa noche.

—Sí, y espera que lo acompañes, ¿verdad? Tendrás que inventarte alguna excusa. Venga, no creo que necesites mis consejos para manipularle.

~ ~ ~

Persi caminaba agitada de un lado al otro de la suite del hotel. Todavía no se había quitado los tacones ni el vestido, aunque había dejado el bolso sobre la cama.

—Si vas a la celebración, no podrás seguirme, pero, si no lo haces, Calix sospechará.

Hades la miró entre los mechones desordenados que le caían sobre la frente, libres del efecto fijador. Había dejado la chaqueta del traje sobre la cama y se había descalzado.

—Pues que sospeche. No vas a ir sola.

—¿Y si ha descubierto que eres el Jinete? A lo mejor por eso ha escogido ese día.

Él contempló la idea por unos segundos.

—Improbable. Si lo supiera se habría negado a colaborar contigo.

—¿Y qué hacemos?

—Es tu elección. No tienes que arriesgarte si no quieres.

—No es por mí por quien estoy preocupada —objetó ella—. Es…

Le rugió la tripa, interrumpiéndola. Se sonrojó. Puede que compartieran habitación y fingieran ante Irisada que estaban juntos, pero eso no significaba que hubieran traspasado el umbral de confianza necesaria para ignorar los ruidos fisiológicos incómodos.

—Lo siento.

—¿Por qué te disculpas?

—Porque… —Porque con Rob habría tenido que disculparme—. Estoy acostumbrada a disculparme por las cosas que recuerdan mi humanidad. ¿Adónde vas?

Hades se había levantado. Se aflojó la corbata y la dejó junto a la chaqueta.

—A pedir comida. Seguro que no probaste bocado por miedo a que te envenenasen.

—Tengo mis motivos —replicó ella, sorprendida.

—Ya lo sé. Vamos, ponte cómoda. Podemos seguir discutiéndolo cuando hayas cenado. —Se dirigió a la mesilla y levantó el teléfono de la habitación.

Frunció los labios, lista para protestar. Hades alzó las cejas en una demanda silenciosa, preparado para escuchar sus quejas. El estómago de Persi volvió a rugir. Se lo pensó mejor y se fue directa a la ducha.

Quince minutos después, salió con el pelo mojado y en camisón. Había elegido uno recatado: cubría más que los vestidos que solía llevar, pero la velocidad con la que Hades apartó la mirada, casi con timidez, la hizo sentirse mucho más atractiva.

—¿Tienes frío? —le preguntó, malinterpretando los nervios que la hacían acariciarse el brazo desnudo—. Ten.

Era una bata. Una bata de villano. Un batín.

Persi la aceptó con un cosquilleo en el estómago.

Todavía le costaba tener claro quién era Hades Sabatier.

Por un lado, estaba el directivo que la había sacado de quicio durante sus primeras semanas en Irisada, luego estaba el hombre que la había acogido cuando su vida se había desmoronado y casi se le había declarado y, después, estaba aquella otra parte, la del Jinete.

Persi todavía estaba averiguando cómo reconciliarlas todas; cómo encajaba lo que sentía hacia cada uno de aquellos hombres en el que tenía delante.

Se puso el batín y se desenredó el pelo frente al tocador.

Se concentró en el cepillo y se sintió torpe al pasarlo entre las hebras húmedas.

Podía sentir su mirada y una ola de calor le recorría el cuerpo donde imaginaba que posaba la vista.

Encontró sus ojos en el espejo y enrojeció.

El peine se detuvo al encontrarse un nudo y se le cayó con un golpe seco contra la mesita. Apretó los labios. Hades carraspeó.

—Deberías ducharte —espetó ella.

—¿En eso pensabas? —Le pareció que ocultaba una risa.

—Ve. Ya me encargo yo de recoger la cena.

Él entró en el baño con un bufido. Llamaron a la puerta. Con el sonido de la ducha, Persi tardó un instante en darse cuenta.

—Voy —dijo, dejando el cepillo sobre el tocador.

Se echó un vistazo en el espejo y se ajustó la bata. Le quedaba bien. A lo mejor convencía a Hades de que se la regalase. Todavía sonriendo, fue a la entrada y abrió la puerta.

—Perséfone.

Persi ahogó un grito y retrocedió, manteniendo las distancias.

—Robian.