55. Se viene mi era de villana
SE VIENE MI ERA DE VILLANA
L a celebración en la Mansión Cerys parecía querer acallar con sofisticación las habladurías que Persi pudiera haber traído sobre Celandia.
La música era suave y las copas tintineaban, contribuyendo a la atmósfera de aquella última noche de Ascendente antes de las Noches Tranquilas.
No obstante, nadie prestaba atención a las suntuosas fuentes ubicadas en el salón ni al gran árbol, instalado en el centro de la estancia para que los invitados colgaran sus deseos.
Ni siquiera a Athanasiou, que se paseaba fachendoso entre los invitados, dando por inminente su reelección en las urnas a solo una semana de las elecciones.
Todas las miradas se dirigían a una pareja.
Hades y Perséfone avanzaron con naturalidad por el recibidor, cogidos del brazo y ajenos en apariencia a las miradas que los seguían.
Celandia no la había invitado, por descontado, pero, por primera vez desde su llegada a Irisada, no acudía como protegida del hada, sino como acompañante de Sabatier.
Dejó escapar su Brillo y, durante unos segundos, la multitud contuvo el aliento.
—¿Me he pasado? —le susurró a Hades, rozándole la oreja con los labios, consciente de que los observaban.
Él tensó la mano sobre la de ella: la única señal de que el gesto lo había pillado desprevenido.
—Sí, en el buen sentido.
—Oh. Explícate.
—Eres bonita —dijo con naturalidad.
—Qué elocuente.
—Sabes que no soy el mejor en expresarme.
—Te estás expresando muy bien. Por favor, no pares.
Pasearon por la sala fingiendo contemplar la decoración.
Desde que Sabatier había confirmado que asistiría con acompañante, las especulaciones no habían tardado en alcanzar las redes sociales.
¿Sería Perséfone? ¿Se atrevería a presentarse con una humana?
¿O ya la habría reemplazado por una altari de casta distinguida?
De Persi, antes omnipresente en redes, quedaban solo dos imágenes en Prismanet, gracias a Dio.
En la primera, mostraba la cicatriz plateada de la garganta; la segunda, publicada solo unas horas atrás, mostraba su silueta a contraluz, envuelta en un vestido de brillantes negros con la espalda al aire y la mano entrelazada con la de alguien que no llegaba a aparecer en la foto.
Descubrir quién era el dueño de esa mano había privado de horas de sueño a una parte significativa de la población de Irisada.
Una publicación con la que iniciar aquel nuevo comienzo, con la que trasladar una nueva imagen: elegancia, donde antes había mostrado belleza; inteligencia, donde antes había transmitido alegría; poder, donde antes había irradiado proximidad.
Incluso el vestido, el mismo que vestía esa noche, había sido elegido para comunicar aquel mensaje.
Guio la mano de Hades con estudiada lentitud hasta situarla sobre el escote que le descendía entre los omóplatos. La notó caliente sobre la piel. Él le dedicó una mirada interrogante.
—Solo les estoy dando un buen plano. Esa mano ha suscitado muchas teorías —dijo ella, refiriéndose a la foto que había publicado.
—¿Ah, sí? —Hades entornó los ojos, divertido—. ¿Y cuál es tu favorita?
—La que dice que lo importante no es a quién pertenece, sino lo que sabe hacer.
Por toda respuesta, Hades trazó unos círculos distraídos sobre su espalda.
Perséfone recorrió la sala con la vista, buscando los colores rechinantes de Calix entre los invitados. Había recibido un mensaje en el que este le pedía que se encontrase con él en la fiesta. Cuanto antes hablaran, antes podrían marcharse.
Sin embargo, a la primera que encontró fue a su madre. Los observaba con recelo desde el otro lado del salón. Persi se dirigió hacia ella. Celandia la saludó con el rostro tenso.
—Sabatier, Perséfone, qué sorpresa teneros de vuelta por Irisada —soltó con tono gélido, aunque era evidente que disfrutaba de que la atención de la sala estuviera puesta en ellos.
—Gracias por la invitación. Es un gusto volver —la saludó Hades, inclinando la cabeza en un gesto cortés que desentonaba con la apatía que le brillaba en los ojos.
Celandia apenas lo miró. Centró la atención en su hija: escudriñó cada detalle de su atuendo, postura y expresión, percibiendo un cambio de actitud.
Persi le devolvió la mirada con serenidad.
Por primera vez, no se sintió mermar en su presencia.
Aquella mujer la había abandonado de niña y la había usado a conveniencia, desechándola cuando le estorbaba.
Cuando el Descolor había afectado a su padre, solo la había preocupado ocultarlo.
Había usado el dinero para controlarla, aun sabiendo que era ella quien sufragaba los gastos del hospital mientras estudiaba.
Persi se había preguntado muchas veces qué había visto Julen en ella.
¿Había cambiado Celandia o él había tardado en darse cuenta de cómo era?
¿Podía estar alguien tan ciego? Ahora sabía que sí.
Y también sabía que no necesitaba malgastar el tiempo tratando de entender a Celandia.
Su padre tenía razón: la vida era para dedicársela a quienes importaban, para que las flores no se convirtieran en un símbolo de arrepentimiento cuando faltaban.
No le debía nada. No necesitaba su aprobación, su cariño ni su reconocimiento.
Comprenderlo la liberaba: el problema nunca había sido ella.
Su madre era simplemente demasiado egoísta para considerar los sentimientos de los demás.
Y ahora que le había arrebatado la ciudadanía, ya no le quedaba nada con lo que hacerle daño.
Sin ser consciente, le había entregado el poder que tenía sobre ella; era libre.
—Perséfone, estás radiante —le dijo, burlándose del Brillo que se le escapaba.
Sintió la mano de Hades en la espalda, reconfortándola.
—Es un diseño de Amanda Bernilla —se adelantó Persi, cortando de raíz el siguiente comentario de Celandia—. Las diseñadoras independientes tienen mucho que aportar a la moda actual, ¿no crees, madre?
—¿El diseñador de siempre ya no te inspiraba confianza? —preguntó con tono afilado.
—Sus diseños no eran de mi gusto como para comprometerme —respondió—. Aunque veo que Fugaz lo tuvo claro cuando decidió prescindir de una modelo para conservarlo.
—Ay, vamos, ¿crees que lo estaba priorizando a él? —atajó Celandia, tomándola por sorpresa—. Funcionabas mucho mejor como modelo que él como diseñador… hasta que te convertiste en un problema para la marca.
—Me alegra que la marca esté a salvo sin mí. Siempre ha sido tu mayor prioridad —replicó Persi con una suavidad calculada.
Celandia torció los labios en una sonrisa que duró un instante incómodo.
—Veo que la tuya sigue siendo encontrar a alguien que te cubra los gastos. Has estado ocupada estos días de exilio.
Persi tomó a Hades del brazo sin perder la sonrisa y lo pellizcó con suavidad en advertencia, para evitar la contestación que notaba pugnando por abandonarle los labios. Aquello era entre su madre y ella.
—Sí, he estado con papá. Te manda saludos.
A Celandia se le congeló la sonrisa.
—¿Quieres pintarme como el monstruo de tu historia? Muy bien, adelante. Pero yo amaba a tu padre, Perséfone, y sabía que él sería capaz de criarte bien. Te di una infancia lejos de Irisada.
—A mí me parecías bastante interesada en traerme a Irisada este año.
Celandia resopló.
—Fuiste tú quien empezó a acudir a eventos de moda. ¿Sabes qué te habría pasado si te hubiera dejado a tu aire? Se te habrían comido. De entre todas las cosas que he hecho por ti, esa es la que más deberías agradecerme.
—Lo único que podría agradecerte sinceramente es que eligieses a Julen como marido.
Su madre le dedicó una mirada furibunda.
—Una pena que no hayas heredado de mí esa cualidad. Espero que esta vez tus elecciones te traigan más felicidad que las anteriores —dijo, deslizando los ojos hacia Hades.
Persi se marchó sin responderle, pero las palabras la hicieron apretar los labios. Obligó a Hades a seguir caminando, aferrada a su brazo, y no lo soltó hasta que detectó a Calix junto a una mesa con aperitivos. Tiró de Hades para comentárselo al oído. Habían quedado en separarse.
El fauno la siguió con la mirada conforme se acercaba. Llevaba una chaqueta verdosa que le recordó a los lagartos del reptilario que había visitado en una excursión del colegio. Calix le ofreció una copa. Ella la tomó sin acercarla a los labios.
—Has venido, admito que no esperaba que lo consiguieras. ¿Cómo has conseguido que te perdone? ¿Te has acostado con él?
Persi no respondió a la insinuación, pero tocó su fibra sensible.
Habían salido de Embra casi de inmediato hacia Irisada para llegar a la fiesta de esa noche.
Y, al estar ocupados en resolver todo el papeleo necesario para que Persi pudiera viajar de forma legal, esta todavía no había encontrado el momento para disculparse de forma clara.
Hades no se lo había recriminado. Quizá la había perdonado porque entendía que ella estaba convencida de estar ayudando al Jinete; o sea, a él.
Pero eso no significaba que Persi no se siguiera sintiendo fatal por haberlo engañado.
—He cumplido mi parte, los detalles no son de tu incumbencia —abrevió—. ¿Has traído la memoria?
—Claro que no. —Calix sonrió divertido, arrugando la nariz de una forma que a Persi le había parecido inocente en el pasado—. La tengo a buen recaudo.
Era la respuesta que Persi había esperado.
—¿Cuándo podré verla? —insistió a pesar de ello.
Calix hizo un gesto hacia el salón, donde Hades estaba inmerso en otra conversación.
—Venga, ¿cómo lo has hecho? Que Sabatier coma de la palma de tu mano —aclaró.
—Esa actividad todavía no la hemos puesto en práctica.
Él alzó las cejas.
—No, pero me imagino la clase de actividades que sí. Se habrá gastado una fortuna en arreglar tu traslado. ¿Te contó que lleva años babeando por ti? A Rob no le gustó nada descubrirlo.
Persi no respondió. Él puso los ojos en blanco.