Noche púrpura 54. Encuentra un chico y grítalo
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54. Encuentra un chico y grítalo

ENCUENTRA UN CHICO

Y GRÍTALO

L a notificación sorprendió a Hades al salir de la ducha.

Seguía teniendo el brazo herido, vendado y en cabestrillo.

Se había gastado una pequeña fortuna en rehacerse los tatuajes de esencia, pero prefería reservar su poder curativo para emergencias.

Aguantaría el dolor como cualquier humano, hasta poder inyectarse la siguiente dosis regenerativa ocho horas más tarde.

Su cuerpo necesitaba un descanso de runotecnia de vez en cuando.

Miró el teléfono con los labios ligeramente entreabiertos.

Era la primera vez que Persi publicaba desde que había dejado Irisada.

Entró en su perfil y se sorprendió al ver la cicatriz plateada que le había quedado en la clavícula tras el mordisco de Rob.

La furia bulló en su interior. Esperaba que sus constructos lo hubieran dejado caer desde un poco más alto de lo necesario al devolverlo a su barrio en Irisada; lo habían dejado ir tras comprobar que no sabía nada.

Había hecho recados para Calix, pero este había sido lo bastante astuto para no compartir con él ninguno de sus planes.

Al menos, el interrogatorio lo mantendría humilde y acobardado una temporada.

Persi había borrado todas las publicaciones anteriores.

La nueva foto era simple, directa: vestía un top negro de tirantes que dejaba ver la cicatriz plateada en su clavícula.

El rastro del mordisco parecía brillar con un resplandor metálico.

El cabello castaño le caía desordenado sobre los hombros desnudos, realzando su delicadeza y acentuando el contraste con la grotesca herida.

Y la descripción… era una declaración de guerra.

«Algunas cicatrices son medallas y otras, advertencias. No olvidaré cuál es esta. #SiQuieresCasarteNoMuerdasALaNovia #MejorHumanaQueEnterrada #FelicesNochesTranquilas.»

Había comentarios tachándola de inventárselo.

Persi no había respondido, pero tampoco los había borrado.

Hades contuvo el impulso de leer más; solo acabaría enfadándose.

En su lugar, se quedó mirando la foto y volvió a fijarse en la descripción: «#FelicesNochesTranquilas».

Bajó las escaleras, todavía con el móvil en la mano, y entró en el salón.

Ignoró a Izan, que estaba sentado en el sofá resolviendo crucigramas, y cruzó la estancia a largas zancadas hasta el árbol.

Buscó entre las ramas el deseo que Persi había escrito.

Hades desató la nota y la desdobló.

«Atravesar la noche púrpura.»

Era lo que Persi había deseado. Le arrebató el bolígrafo de la mano a Izan y desató su propia cinta, que colgaba en blanco.

—¿Qué mosca te ha picado? —Izan se levantó para ver qué hacía.

—Mañana empiezan las Noches Tranquilas. Hoy es el último día para escribir un deseo.

Lo colgó junto al de Persi. No se molestó en doblar la cinta para ocultar el texto, como había hecho ella.

«Llegar juntos al amanecer.»

Un sueño que parecía más lejano que nunca. Persi no había intentado ponerse en contacto con él. No es que Hades hubiera contado con ello, pero sí había tenido la esperanza. Una esperanza ingenua.

—¿Tengo que recordarte que ha estado meses robándonos? —Izan lo miró incrédulo.

—Mi memoria funciona perfectamente.

—Llevamos semanas intentando averiguar quién se estaba colando en los almacenes y la teníamos delante de nuestras narices. Hasta podríamos haberlo discutido delante de ella… y ni siquiera pareces enfadado —protestó.

Era verdad, no estaba enfadado. Tan solo un tanto decepcionado, en cierto modo, consigo mismo: sabía que alguien le había escrito a Persi de forma anónima. Lo sabía y no había hecho nada, centrado como estaba en mantenerla con vida y en ver si Rob la trataba bien.

—Fue un error por nuestra parte no sospechar de ella.

Reconócelo, la subestimamos. —En ese momento, supo que él también lo había hecho—.

Además, si ayudó a Calix fue porque creía que se trataba del Jinete, no porque compartiera los objetivos de los Asfódelos.

Es una mierda, Izan, pero no es la villana que crees que es.

Para ser justos, una parte racional de él le decía que debería estar furioso.

Pero la otra solo podía imaginársela colándose en el almacén, retorciendo un mechón de pelo entre los dedos, nerviosa por ser descubierta; usando la runomancia como una experta después de solo unas semanas y engañándolos a todos.

Y, encima, creyendo que lo hacía para ayudar a quien la había salvado.

—¿Estás sonriendo? —Izan sacudió la cabeza—. Tío, que nos traicionó.

—Nos engañó —corrigió él—. Y nos robó. Pero no nos traicionó: se acordaba de mí, después de estos años, y quería ayudarme.

—¡Pero ella no sabía que eras tú! Hades, lleva semanas ayudando a los Asfódelos.

—Eso no lo sabía, Izan. La conozco lo suficiente para saber que tiene que haberse sentido fatal al descubrirlo. Pensándolo bien, tal vez debería llamarla…

Izan usó su velocidad vampírica para quitarle el teléfono.

—Devuélvemelo —protestó Hades.

—Te estoy haciendo un favor.

—Vas a conseguir que te despida.

—No me obligues a romperlo —replicó el vampiro.

El estruendo de un frenazo en el jardín hizo que ambos olvidaran el teléfono y se precipitaran hacia la ventana.

—Creía que no te gustaban los coches ostentosos. —Izan miraba el deportivo con incredulidad.

—Ese no es mío.

—¿Y por qué no están haciendo nada los dispositivos de runotecnia de defensa?

Pero Hades no parecía preocupado, solo… estupefacto. Izan siguió su mirada hacia las puertas que se elevaban como alas a los lados del vehículo al abrirse.

—La única persona autorizada aparte de nosotros es…

Persi descendió del vehículo.

Hades salió disparado de la casa, dejando la puerta de la entrada abierta de par en par. Ella corrió hacia él, con tanto ímpetu que pensó que lo abrazaría. No lo hizo, se quedó de pie ante él, resollando sin aliento.

—Hola.

—Hola —contestó Hades, cubriendo la distancia restante y abrazándola. No pudo contenerse—. No es fácil conseguir permiso para salir de Meridol.

Ella negó contra su pecho.

—No lo has pedido —adivinó.

—No —afirmó ella con la boca pequeña. Luego añadió—: Los controles por carretera no son tan estrictos como en los aeropuertos.

—Has tenido suerte de no encontrarte ninguno.

Persi levantó la cabeza para mirarlo.

—En realidad, me dieron el alto a la entrada de Embra.

—¿Pero?

—Pero no paré.

—¿Cómo?

—Aceleré.

—Esa parte la imaginaba.

—Me llevé los conos por delante.

—Madre mía, Persi.

—Puede que me sigan —añadió.

—Veré qué puedo hacer.

Ella sonrió, apartándose.

—Me gusta que seas tan resolutivo.

—Y a mí me gusta cuando puedo resolver tus problemas —sonrió también.

La expresión de Persi se tornó grave.

—He venido porque quiero arreglar lo que he hecho. Quiero demostrarte que no te equivocaste al confiar en mí.

—No tienes que demostrar nada. Que hayas venido es suficiente.

—Sé cómo recuperar la memoria antes de que la utilicen… pero tengo que volver a Irisada.

Hades suspiró.

—Aunque podamos librarte de los cargos de fuga y, por algún capricho del Prisma, consigamos que te concedan el traslado a Irisada, no puedo garantizarte la libertad de movimiento que tenías.

Si continúas comportándote como una altari, acabarán deteniéndote.

A no ser… —se calló. Tomó aire. Le puso una mano en la mejilla—.

Lo que te ofrecí sigue en pie, si tú quieres.

Ella lo cogió de las manos y él notó algo duro en el interior de su palma: un pequeño aro de metal que le transformó el gesto en asombro.

—Quiero, pero tengo una condición.

—Pues claro que la tienes —sonrió él.

—Vas a tener que cambiar la lista de reproducción. «A través de la noche púrpura» —aclaró, al ver que él la miraba con confusión—. La última canción debería ser feliz, así debe concluir la noche.

—La cambiaré.

—Entonces no volveré a huir, porque sé que valdrá la pena atravesarla.