Noche púrpura 53. Puestos a equivocarse, mejor hacerlo a lo grande
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53. Puestos a equivocarse, mejor hacerlo a lo grande

PUESTOS A EQUIVOCARSE

MEJOR HACERLO A LO GRANDE

P ersi se despertó con un rayo de luz acariciándole el rostro. Estaba... en su cama, en el apartamento de su padre, en la que había sido su habitación durante años. El personal de Hades, aquellos constructos de mirada perdida, la había llevado tras sacarla del agua.

El peso de la realidad le cayó rápidamente.

Los había traicionado, había traicionado a los primeros amigos que había tenido en años.

Lo había hecho desde el primer día: a Hades, a Jess, a Izan, a Dio…

y también a Enaire. Sabía que esta habría preferido que destruyera la memoria antes de que cayera en manos de los Asfódelos.

Se quedó tumbada, mirando hacia el techo, con la culpa comiéndole las entrañas. Hades se había convertido en su principal apoyo, le había hecho creer que su vida sin Enaire todavía valía para algo y ahora lo había perdido. Lo que tenían y lo que podía haber sido, lo que llevaba sintiendo meses.

Él no se lo había reprochado, no le había pedido explicaciones.

Para ser justos, apenas habían hablado. Pero la había dejado en Meridol con un puñado de seguratas y se había marchado a Embra con los demás.

Persi dudaba que necesitase la protección; los Asfódelos ya habían conseguido lo que querían de ella.

Se levantó de la cama y recorrió el apartamento con paso vacilante.

Nunca antes le había parecido tan frío, tan vacío.

Lo peor era que seguía echando de menos a Enaire.

Quería hablar con ella, pero la había perdido.

También había perdido el teléfono, aunque, de haberlo conservado, tampoco habría tenido a nadie a quien llamar: Izan y Jess la odiarían en cuanto Dio les contase lo de los robos.

Ya ni siquiera tenía una comunidad con la que compartir sus vídeos.

Eso la hizo sentirse aún más sola y, aunque estaba acostumbrada a apañárselas por su cuenta, la verdad era que no le apetecía.

No lloró, estaba demasiado cansada. No hacía ni veinticuatro horas que Hades había averiguado la verdad sobre Enaire y la había obligado a afrontar la realidad.

Hades . Él había sido el Jinete desde el principio.

Con razón había descubierto su secreto: sabía mejor que nadie que Persi había estado con una amiga la noche que la atacaron.

Si no había atado antes los cabos, estaba segura de que solo se debía a que no creía que pudiera ser capaz de engañarse de aquella manera.

Con todo, deseaba que hubiera sido sincero con ella: habría confiado en él desde el primer día si se lo hubiese contado.

Salió a la calle. Miró a los lados, tratando de sorprender a algún centinela de Infra. No vio a nadie. Cogió el autobús en dirección al hospital y observó el edificio desaparecer en la distancia. Se apeó en el andén, y rígida, con el cuerpo dolorido, caminó hacia la entrada.

Un ángel aterrizó frente a ella cuando estaba a punto de entrar. Era ancho de hombros y llevaba el pelo recogido en un moño. Vestía la túnica naranja que lo identificaba como un mensajero del Gobierno.

—¿Perséfone Alcaris? —Persi asintió y el ángel sacó un sobre de la bolsa que llevaba cruzada a la espalda.

El correo ordinario era repartido por ciudadanos humanos; solo las notificaciones certificadas por las autoridades, que debían ser entregadas a la persona con urgencia, eran trabajo de oficiales altari—.

Usted ha sido dada de baja como ciudadana.

Por tradición, como mestiza expulsada por petición de su progenitor elevado, ha sido acogida bajo la runa dominante en la ciudad de su padre humano.

No puede abandonar la ciudad de Meridol a menos que sea requerida por el Gobierno o con un permiso previo.

Se la añadirá a la lista de trabajadores humanos y tendrá que prestar sus servicios en los oficios de la ciudad. ¿Lo ha entendido?

Persi asintió y el ángel le entregó el sobre. Esos servicios serían la única manera que tendría de ganarse la vida en el futuro. Con su historial, dudaba que ninguna empresa quisiera contratarla.

—Ahí tiene toda la información. Necesito su huella: aquí y aquí.

Miró la almohadilla oscura con la tinta dactiloscópica.

—Soy medio hada —explicó—. No puedo mentir.

Lo común entre los altari era utilizar gotas de sangre, pero a las hadas no se les requería nada; bastaba con su palabra.

—A mí lo único que me consta es que es humana. La huella, haga el favor.

Persi suspiró e hizo el favor. Se guardó el sobre en el bolso y entró en el hospital. Subió las escaleras. Había dos personas a los lados de la puerta de la habitación de su padre, un hombre y una mujer. Dos centinelas de Hades.

Se detuvo ante la puerta y los saludó. Ellos le devolvieron el saludo sin palabras. Entró en la habitación.

—¿Persi?

Logró esbozar una sonrisa. Se acercó y besó a Julen en la frente. Había perdido color; pronto volvería a caer presa del Prisma. Persi se sentó a su lado en la cama.

—¿Cómo te encuentras?

—Ya sabes cómo. —Llevaba las gafas en la punta de la nariz y tenía los dedos manchados de la tinta del periódico. Persi estaba convencida de que era el único que seguía leyéndolos en papel. Cuando alzó la vista lo encontró mirándola—. ¿Cómo te encuentras tú?

Esbozó una sonrisa que le salió torcida.

—¿Mmm? —la alentó su padre.

La resistencia de Persi se quebró. No tenía fuerzas para inventar algún engaño con el que evitar la pregunta y, de cualquier manera, su padre siempre la calaba.

—Mal —confesó.

Y luego le contó todo lo que había pasado la noche anterior.

~ ~ ~

Era una sensación extraña, tener veintitrés años y sentir que tenía cinco mientras su padre le pasaba los dedos entre el pelo.

—¿No estás enfadado conmigo?

—¿Enfadado? —preguntó él, distraído—. No. Persi, ¿sabes por qué llaman Jardines Dormidos al lugar donde descansan nuestros muertos?

—Porque sueñan eternamente.

—No, no me refiero a esa parte. ¿Por qué Jardines?

Persi frunció el ceño. Tenía la cabeza apoyada en la cama junto a su padre. A través de la ventana solo se veía la fachada del edificio de enfrente.

—Bueno, está lleno de flores.

—Flores que la gente siembra cuando visita a un ser querido. Hay más flores junto a nuestros muertos que en nuestras casas.

—Eso es porque las flores son caras.

—Sí que lo son. Pero hacemos el esfuerzo para plantarlas con los difuntos, en lugar de regalárselas a nuestros seres queridos que todavía están vivos y podrían disfrutarlas. ¿Y sabes por qué?

—¿Porque es la única forma de demostrar que los seguimos queriendo?

—Porque nos remuerde no haberlo demostrado lo suficiente cuando estaban vivos —la contradijo él—.

Las flores son el pago por nuestro arrepentimiento.

Es una lección que solo se aprende con los años: a honrar a quienes se marcharon, pero no por encima de los que todavía siguen con nosotros. Algunos no la aprenden nunca.

Durante los días siguientes, Persi fue al apartamento solo a ducharse y a dormir. El tiempo que no pasaba durmiendo o en el hospital lo usaba para realizar las tareas que le asignaban; principalmente, echar una mano en la limpieza del templo de la ciudad, erguido en honor a Berkana.

El trabajo no la molestaba; al contrario, la distraía. Y los horarios —nocturnos, para no molestar a los altari que lo visitasen— le permitían aprovechar más el tiempo con su padre.

También tenía mucho tiempo para pensar en lo que le había dicho sobre las flores y en cómo se aplicaba a su vida.

Enaire estaba muerta. Los días sin ella eran como un grito.

Y las conversaciones con su memoria eran lo único que la había mantenido a flote desde que se había ido.

No había ido a terapia. Julen le había organizado cita tras cita durante el primer año después de su muerte, cada vez que el Descolor le daba una tregua, pero Persi no se había presentado a ninguna.

No había podido. Hablar de lo que había pasado la habría enviado a las Prisiones Incoloras.

Durante un tiempo, lo había intentado por su cuenta: había leído libros de autoayuda, practicado la atención plena, y finalmente se había rendido.

Algunas cosas, cuando se rompían, no podían repararse.

Pero Enaire no era la única persona que le importaba. Y, fregando los escalones del templo noche tras noche, se dio cuenta de que, si le hubiera ocurrido algo a Hades, no se lo habría perdonado nunca.

Había estado entregando flores a quien menos las necesitaba.

Y supo también que, si la había aterrado tanto que Hades descubriera lo de Enaire, se debía solo a que era consciente de que la única manera de seguir viviendo con la farsa a partir de entonces sería alejarse de él. Había descubierto que no quería hacerlo.

Después de tres años de soledad, era un sentimiento vertiginoso.

~ ~ ~

Julen estuvo despierto una semana más. Ocho Ascendentes después, Persi lo encontró dormido. Se sentó a su lado, tomándolo de la mano como había hecho mientras estaba consciente, esperando a que despertara… hasta que comprendió que ese día no lo haría.

«No abandones a los vivos por la memoria de los muertos.» Su padre había vuelto a repetirle aquel mensaje antes de volver a recaer. Persi no podía dejar de pensar en él.

Salió del hospital, compró un teléfono nuevo y, al llegar a casa, hizo una foto y programó su publicación. Luego abrió la aplicación de mensajería y descargó de la nube sus antiguos mensajes recibidos.

Tenía turno en el templo esa noche. Si quería llegar a tiempo, debía meterse en la ducha en ese momento. En lugar de eso, se preparó un café mientras los mensajes se descargaban.

A la vez que se bebía los primeros sorbos, deslizó la lista de conversaciones sin abrir: mensajes que había recibido durante aquellos días sin teléfono.

No eran muchos, la mayoría de sus contactos parecían decididos a evitarla ahora que era humana.

Sospechaba que los escasos que se habían dignado a hablarle lo hacían para cotillear o despreciarla.

Encontró pronto el mensaje que buscaba: el último que había abierto antes de perder su teléfono.

Alguien que se preocupa por ti, y del daño que podrías causarnos.

El último mensaje de la conversación que había mantenido con Calix durante tanto tiempo sin saberlo. El único hilo del que Persi podía tirar si quería arreglar lo que había hecho. Se llevó el café a los labios, buscando las palabras adecuadas. Escribió:

Tienes algo que quiero y tú todavía me necesitas.

La respuesta tardó menos en llegar de lo que había esperado.

Habla.

Vale, Prismas. Podía hacer aquello. Si le había respondido, solo podía significar una cosa. Con el corazón martilleándole en el pecho, aventuró:

No habéis conseguido que Enaire os cuente lo que necesitáis.

Estaba segura de que era verdad, conocía a su amiga. Era el momento de jugar sus cartas.

Solo hablará conmigo.

Persi esperó la respuesta durante varios minutos. Se metió en la ducha, por si resultaba que su plan se iba al garete y tenía que ir a trabajar. Maldijo mientras se enjabonaba. A lo mejor había sido demasiado directa y Calix había sospechado. O a lo mejor sí que habían conseguido hacerla hablar.

El teléfono vibró mientras se secaba el pelo.

Muy bien, ¿qué quieres?

Solo hablar con ella una vez más. Para despedirme.

Esperó la respuesta, confiando en que la considerara lo bastante rota y desesperada como para estar dispuesta a ayudarlo por ese precio. Pero, maldita fuese, lo estaba. Una parte débil y vulnerable se moría por hablar con ella una última vez.

Y Calix lo sabía.

No hay manera de que consigas permiso para salir de Meridol. Y no hay ninguna posibilidad de que yo me arriesgue a sacar la memoria de donde la guardo.

Persi había contado con ello.

Me las apañaré para viajar. ¿Tenemos trato o no?

La última vez que abrí las redes me pareció que te habías quedado sin recursos.

Cierto. Pero conozco a alguien que tiene de sobra.

Si quieres volver a hablar con tu amiga no pienses siquiera en implicar al Jinete.

No estoy hablando de él. Interesante.

Persi tecleó una respuesta con impaciencia.

¿Eso es un sí?

Demuéstrame que puedes arreglártelas para entrar en Irisada. Después, hablaremos.

Hablarían pronto, si todo salía como planeaba. Bajó al garaje del edificio.

Allí, cubierto por una sábana, estaba el coche que su madre le había regalado por su decimonoveno cumpleaños y que ella no había arrancado ni una vez.

—Ya era hora de sacarle partido a tus regalos, Celandia.