Noche púrpura 52. Más de lo que puedo soportar
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52. Más de lo que puedo soportar

MÁS DE LO QUE PUEDO

SOPORTAR

A lo mejor Persi llevaba la derrota escrita en la cara, porque esta vez los altari no se molestaron en dispararle. No podía verlos, cegada por los faros del vehículo, pero distinguía las siluetas. Reconoció la complexión del hombre lobo pese a que había regresado a su forma humana.

No fue él quien avanzó, sin embargo, sino una figura más menuda que llevaba una máscara rota. Al principio, Persi pensó que se trataba de una mujer, pero, cuando se acercó, vio su verdadero aspecto.

Una risita divertida se alzó sobre el sonido de las olas. Persi conocía aquella risa.

Y, cuando el altari se apartó la máscara, reconoció aquel rostro.

—¿Eras tú desde el principio? —Una pregunta estúpida, pero necesitaba oírlo.

Él se limitó a teclear en un móvil, antes de guardárselo en la chaqueta de traje dorada.

A Persi le vibró el teléfono en el bolsillo. Lo tomó con una mano temblorosa ante la atenta mirada de Calix. Era un mensaje de un número oculto, continuaba la misma conversación que había mantenido con un desconocido durante meses.

Alguien que se preocupa por ti, y del daño que podrías causarnos.

Calix no había cambiado desde la última vez que Persi lo había visto: pelo ondulado con las puntas teñidas, elaborados pendientes con motivos florales en las orejas y una nariz pecosa…

No llevaba ningún fular colorido a la vista, pero la túnica, a pesar de ser lo bastante larga para ocultar del todo sus patas de cabra, tenía una combinación de texturas —terciopelo, cuero y seda— que mantenía la estética exuberante que lo caracterizaba.

Una detrás de la que ella no había sabido ver.

Persi forzó una expresión neutral, encerró la rabia, la decepción y el miedo en un rincón de su mente.

Rabia porque una de las únicas personas que había sido amigable con ella a su llegada a Irisada lo hubiera hecho con mala intención; decepción por no haberse dado cuenta, por no haber adivinado tampoco que los mensajes que recibía no eran amistosos; miedo por lo que estaba a punto de ocurrir.

—Tiene la memoria en el teléfono. —El licántropo apuntó hacia Persi con la barbilla.

Ella cerró la mano alrededor del dispositivo en el bolsillo de la cazadora de Hades, con la mirada fija en el fauno. Calix se balanceó sobre las pezuñas, examinándola con una atención asfixiante.

— Gana tiempo —le aconsejó Dio—. Distráelo .

Persi pensó en algo irreverente que decir, algo como: «¿Tenías tanto tiempo libre que decidiste fundar una secta? Pensaba que la nueva colección te mantenía ocupado».

—¿Por qué? —Las palabras le rasparon la garganta; las únicas que logró pronunciar para ganar tiempo.

—¿Por qué tomarme tantas molestias contigo? —Calix rio, tambaleándose con las pezuñas sobre la pasarela—. No es nada personal, Persi. Tienes algo que quiero. Y has resultado ser una pieza muy muy importante para conseguir otras muchas cosas que necesitaba. Me divertí mucho escribiéndote.

—¿Cómo? —jadeó.

—Ay, ¿aún no te lo has imaginado? Llevo años siguiéndote la pista. ¿Dónde crees que acabó tu maleta cuando llegaste a Irisada?

Persi se estremeció, pero liberó su Brillo para disimular lo asustada que estaba.

—¿Te gustó mi ropa interior?

—Me gustó mucho más tu portátil. No encontré la memoria, pero me dio buen material con el que trabajar. Me quedé muy impresionado al ver la de veces que Sabatier intentó ponerse en contacto contigo. Y me dio acceso a tus cuentas personales. ¿Te gustaron las fotos que publiqué?

— No me dijiste que habías perdido un portátil —refunfuñó Dio en su oído.

—Pero sobre todo me gustó toda la información que habías recabado sobre el Jinete —continuó el fauno—. Fue tan fácil hacerme pasar por él para manipularte...

Persi apenas era capaz de respirar. La noche que le robaron el maletín de Rob, adivinó, fue un error. Era la memoria de Enaire lo que habían estado buscando.

Calix soltó un bufido, un silbido entre los dientes que sonó triunfal.

—Rob, por supuesto, también fue de mucha ayuda: a raíz de que empezase a salir contigo até cabos y supe que la memoria estaba en tu poder. Y solo tuve que esperar unos meses para que te trajera a Irisada, donde tenemos más influencia.

—Entonces, ¿Rob es uno de los vuestros?

—¿Un Asfódelo? Qué va, odiaría que le dieses más crédito del que tiene.

Es solo que el muy imbécil es muy fácil de manejar si sabes qué teclas presionar.

Está tan desesperado por destacar... Hizo todo lo que le pedí a cambio de un puesto en Fugaz.

La verdad es que lo tuve un poco ocupado estas semanas.

Pero no hay mucho que puedas criticarle, ¿verdad?

Después de todo, tú también has estado trabajando para mí.

—¿ De qué está hablando? —preguntó Dio.

Persi cerró los ojos. El fauno se pasó la lengua por los labios, disfrutando.

—El chico es un poco inestable, pero reconozco que no era sencillo apartarlo de ti. Aceptaba los encargos que le pedía, pero insistía en que te dejara fuera. Una vez me pasé por vuestro apartamento y estuvo a punto de atraparme, casi no lo cuento. Tu chico es un poco tóxico, si quieres mi opinión.

Persi no la quería, pero sí que quería que siguiese hablando, por lo que dijo:

—También hizo que me marchara de Irisada, así que supongo que no fue como esperabas.

—No finjas entender mis planes, Persi. ¿De dónde crees que sacó el sobre con las fotos?

Entre nosotros, fui yo quien te condimentó la bebida, no él.

¿Te gustó? Estabas actuando muy raro y tenía cosas importantes que hacer esa noche.

No podía dejar que me estropeases los planes, corazón —dijo, usando el apodo que utilizaba Robian.

Persi sintió que el suelo se tambaleaba bajo sus pies.

Los faros iluminaban la espuma de las olas negras entre las tablas y se sintió tan mareada como si hubiera caído a la deriva en su vaivén.

Rob no la había drogado. Eso no lo excusaba de nada de lo que le había hecho después, pero…

había sido Calix. El pensamiento le revolvió el estómago.

—Estaba empezando a confiar en Sabatier y eso te asustaba. Intentaste usar los celos de Rob para separarnos. Sabías que no tardaría en enterarme de cómo eras en realidad.

Solo estaba aventurando esa parte, pero estaba claro que Hades y los demás le tenían… cierta aversión.

—De nuevo, te equivocas. Quería poner a Rob en contra de Sabatier. Intenté poner al Jinete en su contra, pero no salió bien, así que Rob era mi segunda apuesta. Sabía que contigo el enfado se le pasaría pronto. No conté con que fueses a salir huyendo.

—¿Por qué estás tan obsesionado con él?

—No todo lo que te conté era mentira: es repugnante que alguien como él haya conseguido tanto poder.

¿Llegó a contarte lo que es en realidad?

—Persi calló y él sonrió con aire cómplice—.

Ahora que lo sabes, ya no hace falta que guarde silencio por el geis .

Es un asqueroso humano. Ni siquiera un mestizo; con vosotros, solo hay que esperar una generación para que se os clasifique donde pertenecéis.

Pero ¿Sabatier? Él se pasea entre los altari de pleno derecho.

Es la prueba viviente de que nuestra sociedad está en declive.

Los gobernadores son cada vez más laxos con los humanos, y cada vez hay más partidarios de legalizar su acceso a la runotecnia de Infra, como Sabatier ha querido siempre.

¿Te imaginas? ¿Otorgar privilegios altari a simples humanos? El Acervo está siendo olvidado.

— Cinco minutos más —susurró la voz de Dio en su oído.

—¿Es eso lo que te preocupa? ¿Tanto te asusta el cambio?

—No te equivoques. Lo que quiero es precisamente que las cosas cambien. La humanidad es el parásito que consume nuestra sociedad. Es injusto que disfruten de la energía que el Prisma nos arrebata a los altari.

—Los humanos pagan por el uso de esa energía con sus trabajos —rebatió Persi. El Gobierno les asignaba tareas; a cambio, tenían acceso a la red de energía y a la Prismared.

—No lo suficiente, pero haremos que lo hagan: es hora de que sean ellos los que alimenten al Prisma. Es una pena que los sujetos queden tan exhaustos que ni siquiera puedan levantarse de la cama.

—¿Hablas… de los Descoloridos?

— Eso es imposible —raspó Dio.

—Es terrible lo poco que el Acervo comparte sobre esa dolencia, ¿sabías que es el Prisma lo que la provoca?

Cuando el Prisma decide alimentarse de la energía humana, como carecen de esencia, los agota.

Imagina lo hermoso que sería un mundo donde todos los humanos durmiesen, alimentando al Prisma, para que los altari pudiésemos ser libres y alcanzar todo nuestro potencial.

Persi se estremeció imaginando aquel escenario digno de pesadilla.

—¿Para eso quieres la memoria de Enaire? —Persi apretó el teléfono con más fuerza.

—Tu amiga sabía mucho sobre el Descolor: descubrió cómo causarlo. Y decidió provocárselo a sí misma antes de que mis investigadores le sonsacasen cómo.

¿Que Enaire había hecho qué? A Persi le temblaron los hombros.

—Con ese conocimiento, podríamos dormir a los humanos para que alimentaran al Prisma. Intentamos despertarla, pero ah... Ya sabes lo difícil que es: no hay cura para el Descolor. La única forma que se nos ocurrió de acceder a sus recuerdos fue matarla para extraerle la memoria.

—Aunque lo consiguierais, seguiríais sin saber cómo evitar que el Prisma tomara esencia de los altari.

—Confío en que la runotecnia nos ayude con esa parte. Cuando dimos el golpe a Infra, descubrimos una investigación muy interesante en sus laboratorios.

—La cura para el Descolor —susurró Persi. Si el Descolor ocurría cuando el Prisma intentaba tomar esencia de los humanos, la cura pasaría por liberarlos de ese drenaje, y si los altari utilizasen esa cura...

—Exacto —asintió Calix—. Y ahora, gracias a toda la runotecnia que has robado para nosotros, estamos mucho más cerca de entenderla.

— Persi, ¿de qué Prismas está hablando ?

Se oyó el sonido de un helicóptero en la distancia. Persi lo buscó con la vista y se dio cuenta demasiado tarde de que el gesto no le había pasado desapercibido a Calix.

—Basta de cháchara. Dame el teléfono.

— Ni se te ocurra —le advirtió Dio—. Si lo que dice es cierto, tenemos que evitar por todos los medios que se haga con la memoria .

Persi retrocedió hasta que sus talones encontraron el final de la pasarela. El viento salpicó el visor levantado de su casco con agua marina. Calix se acercó a ella con la palma de la mano extendida. Persi sacó el teléfono y lo sostuvo sobre la oscuridad del mar.

—No te acerques. ¿O quieres tener que buscarlo en el fondo? —amenazó.

El fauno se detuvo, pero la sonrisa no le flaqueó.

—Vamos, Persi. Si esa memoria toca el agua, se extinguirá. Ambos sabemos que no eres capaz. Me darás la memoria y huirás, como haces siempre.

—¿Tan seguro estás? —lo retó.

Un farol. Un maldito farol.

— Destrúyela —ordenó Dio—. No dejes que la tenga .

Persi aferró con fuerza el teléfono, mientras varias armas la apuntaban. Calix avanzó.

— Suéltala —insistió Dio.

Lo intentó. Trató de soltar el móvil, pero solo logró aferrarse a él con más desesperación. Las lágrimas le resbalaron por el interior del casco. Era todo lo que quedaba de Enaire. Si lo soltaba, ella desaparecería para siempre.

Calix extendió de nuevo la mano.

—Vamos, ya has trabajado para mí todo este tiempo. ¿Una vez más?

Persi le entregó la memoria. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas.

— ¡No ! —El grito de Dio cubrió la pregunta que acababan de hacerle a Calix los suyos.

—Ya no la necesito —dijo Calix, alejándose con el teléfono en la mano—. Disparad.

Persi se colocó el visor sobre los ojos y se dejó caer hacia atrás.

Las aguas oscuras la abrazaron mientras se hundía.

La potente luz de un helicóptero rasgó la noche, iluminando la pasarela y disparando hacia los Asfódelos.

Vio a través del agua cómo la munición cruzaba el aire con destellos fugaces.

Oyó el rugido de los motores acelerando por la pasarela, huyendo bajo el fuego del helicóptero.

Los gritos de Dio resonaban en el interior del casco.

— Os dije que no debíamos confiar en ella. Os lo dije .

Dejó que la corriente fría la arrastrara, invisible, a medida que la vergüenza por la traición que había cometido y las olas la engullían.