Noche púrpura 51. Como si hubiera tenido otra opción
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51. Como si hubiera tenido otra opción

COMO SI HUBIERA TENIDO

OTRA OPCIÓN

H ades había aprendido a disparar a altari antes que a afeitarse.

Su padre había asignado a algunos de sus mejores guardaespaldas a entrenarlo.

La mayoría eran constructos: cadáveres levantados con el poder de la nigromancia.

Habían sido duros e intransigentes con él, hasta el punto de que su madre había cuestionado que semejante formación fuese apropiada para su edad.

No le faltaban motivos; Hades había crecido pasando más tiempo entre los muertos que entre los vivos, algo que no había cambiado hasta que había llegado a la universidad y conocido a Izan y los demás.

Era como si su padre hubiera adivinado lo que le esperaba al crecer, reflexionó Hades sentado en el interior del almacén, apoyado contra la caja caída en el accidente y sujetando la pistola con la mano sana.

Como si hubiera presentido lo difícil que sería para un chico humano alzarse en su posición en un mundo dominado por los altari; sabiendo que toda aquella preparación apenas conseguiría equilibrar la balanza.

Había sido su padre el que lo había alentado a aprovecharse sin pudor del poder que le ofrecían las runas… y también a no depender únicamente de ellas.

Amartilló el arma y se pegó todavía más a la caja metálica, atento a los pasos que se acercaban.

El recién llegado, fuera quien fuese, no había estado entre los que les habían dado caza por la carretera.

Había oído el coche detenerse. Quizá fuera alguno de los que había abatido en casa de Persi, ya recuperado.

Sin Dio, Hades solo podía hacer conjeturas.

Sabía que la caja no bastaría para ocultarlo. Las castas de oído más fino serían capaces de captar su respiración, los latidos de su corazón. Algunos altari pertenecientes a las castas de Raido podrían localizarlo por el calor que emanaba de su cuerpo.

«Son tan mortales como tú —solía repetirle su padre durante las lecciones—. No te dejes engañar por sus diferencias físicas. Sangran como cualquiera y, si el Prisma no los consumiera, los Jardines Dormidos estarían tan llenos de sus restos como de los humanos.»

El problema era que él sangraba con más facilidad.

Las runas que llevaba tatuadas con esencia sobre la piel del brazo, borradas casi por completo, lo confirmaban.

No eran una fuente de curación rápida, pero sí una que no le podían arrebatar fácilmente.

Había sanado las heridas más graves —el disparo, las hemorragias internas—, pero las magulladuras superficiales persistían; aún tenía el hombro en carne viva y, a juzgar por el tiempo que estaba tardando en sanar, sospechaba que debía de haberse roto algo en la caída.

Sin el casco, no estaba seguro de que solo hubiera un altari.

No tenía más guía que el sonido casi imperceptible de los pasos.

Necesitaba tenerlo a tiro. Y necesitaba un buen disparo.

Una bala, por muy profunda que se clavase, rara vez era rival para la regeneración altari.

Tenía que alcanzar músculos, tendones…, partes que los dejaran sin movilidad y le permitieran ganar tiempo: para huir o para rematarlo por otros medios.

Y, si uno contaba con balas capaces de neutralizar la naturaleza altari (cuya comercialización estaba prohibida), entonces había que incrustarlas profundamente, para que no pudiera extraérselas, pero no tanto como para que saliesen por el otro lado.

Un sitio insólitamente adecuado para aquello eran las nalgas.

Le bastó con estirar el brazo para encañonar justo a esa parte de la anatomía del recién llegado cuando pasó junto a la caja tras la que se ocultaba.

Sorprender a un altari, situarse en el sitio preciso para emboscarlo y accionar el gatillo sin siquiera vacilar era mucho más fruto de la experiencia que de la casualidad.

Que el altari resultara ser Robian solo pudo atribuirlo a la buena suerte.

El vampiro cayó de bruces por la fuerza del disparo.

Hades lo mantuvo encañonado mientras el otro se incorporaba, furioso.

Entonces lo vio dudar, con los ojos abiertos de pánico: la herida no sanaba.

Y no solo eso: su velocidad, su fuerza y sus sentidos vampíricos no respondían como estaba acostumbrado.

—¿Qué me has hecho? Joder, me has disparado... Tú. —Lo reconoció.

—Yo. —Hades no dejó de apuntarlo—. ¿Qué haces aquí?

Robian le mostró los colmillos, ahora del tamaño de los de un humano.

—Me enteré de que Perséfone estaba en Meridol. Alguien la vio por la calle y lo subió a redes. Tenía la sospecha de que te encontraría con ella.

Hades no respondió. Él se llevó la mano al trasero y la retiró cubierta de sangre. Estuvo a punto de limpiársela en la camisa, pero cambió de opinión y se la limpió en el pantalón. A pesar de la bala, su resistencia seguía siendo bastante buena.

—Fui al apartamento de su padre. Capté tu rastro, tal y como había esperado...

—Te ha pedido que me mates, ¿verdad?

—No... —Suspiró—. ¿Cómo lo sabes?

«Porque a mí, como el Jinete, me pidió lo mismo y me negué, y sabía que era cuestión de tiempo que buscara a otra persona para hacer el trabajo sucio», pensó.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para ellos? —contestó en cambio.

—Yo no... No trabajo para ellos. Soy diseñador, Sabatier. Estas situaciones me gustan tan poco como a ti. —Una risa seca. Luego, titubeó—: Solo... hago recados. Empezó a pedírmelo a principios de año. Eran cosas inocentes, lo juro. Entregar paquetes, contestar llamadas...

Hades agitó la cabeza con incredulidad. ¿Era un farol? ¿Estaba con los Asfódelos? ¿O de verdad era tan imbécil como para involucrarse por error con el grupo?

—¿Con qué te engañaron para que accedieses?

Rob levantó la barbilla, con el orgullo herido.

—No me engañaron. Me hicieron buenas ofertas a cambio y las cumplieron. Una vida en Irisada, un puesto en Fugaz, Perséfone...

—¿Persi? —escupió Hades, con la voz cargada de rabia—. ¿La metiste en el trato? ¿Te la ofrecieron como si fuera un paquete?

Él contrajo los labios en un rictus.

—Claro que no. Me prometieron una oportunidad para presentarme y cumplieron. Todo lo demás fue cosa mía. Yo la conquisté . —Hizo un gesto hacia la sangre, hacia los escombros a su alrededor—. Pero esto... Yo nunca... No he matado a nadie.

—Y como no estabas muy convencido, te enviaron las fotos del centro comercial para convencerte —adivinó Hades.

El rostro de Rob se endureció.

—Y te aseguro que funcionaron —dijo, con la voz afilada como un cuchillo—. ¿Por qué tenías que elegirla a ella? ¿Por qué no podías buscarte a cualquier otra?

Cualquier otra ... Como si el corazón pudiera elegir dos veces. Como si, desde el instante en que la había conocido, hubiera tenido alguna otra opción. Como si el amor pudiera dominarse con más firmeza que los sueños.

—A lo mejor deberías empezar a preguntarte por qué ella vino conmigo.

—Cada vez tengo más ganas de matarte —lo amenazó Rob.

—¿Cómo puedes ser tan bobo? ¿No ves que te están utilizando?

Hades reconoció a uno de sus constructos entrando en el almacén. El vampiro, de espaldas y con sus sentidos reducidos a los de un humano, no lo percibió.

—Tú sí que eres un bobo si crees que le interesas.

Está metida en problemas, como ya te habrás dado cuenta.

La buscan. Buscan algo que tiene en su poder.

No me contó nada, pero está claro que está metida en algún asunto turbio.

Si se marchó contigo fue porque necesitaba tu protección e influencia, no a ti.

Su madre no la traga y está claro que tiene motivos para no querer estar sola.

Aquello fue demasiado para Hades. Hizo una señal y el constructo que había visto y algunos más salieron de sus puestos y apuntaron al vampiro.

—Las manos en alto —advirtió uno—. Diez pasos hacia atrás, alejándote de Sabatier.

Robian esbozó una sonrisa arisca libre de colmillos.

—Primero me dejas sin poderes y ahora te escudas tras tus mercenarios. No seas cobarde, enfréntalo como un elevado: de altari a altari.

—¿Cobarde? No, solo ocupado con asuntos más importantes: proteger a quien me importa… algo que tú jamás comprenderías.

Robian dio un paso hacia Hades, con la rabia contorsionándole el rostro.

El sonido de las armas amartillándose resonó en el almacén.

Hades detuvo a su equipo con un gesto. Robian gruñó y se abalanzó sobre él con una furia ciega.

Hades lo esquivó con facilidad, y lo golpeó en la cabeza con la culata de su arma. El vampiro cayó, inconsciente.

—Lleváoslo —ordenó a los constructos, que se acercaron para apresarlo.

Hades Sabatier se colocó el auricular que le tendieron. Enseguida oyó la voz de Dio.

—Voy para allá.