Noche púrpura 50. No conozcas a tus ídolos… o sí
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50. No conozcas a tus ídolos… o sí

NO CONOZCAS A TUS ÍDOLOS...

O SÍ

P ersi no sabría decir cómo acabó dentro del casco.

Hades debía de habérselo puesto al ver que no reaccionaba.

Había sucedido rápido y ahora una voz atronadora le gritaba en los oídos.

Era una voz familiar: la de Dio, que maldecía y le pedía a Hades que levantase el culo y saliese de allí.

Pero Persi, que lo tenía delante, sabía que no sería capaz.

—Vamos, no hay tiempo —la apuró Hades con una calma forzada. Le bajó la visera.

Sus perseguidores habían encontrado el boquete. Los haces de luz de las linternas recorrían el interior de la nave desde la abertura, iluminando las columnas de hormigón y las cajas de metal. Era cuestión de tiempo que entrasen y los encontraran.

Persi apenas comprendía el centenar de gráficas que le mostraba el visor del casco. En un mapa en la esquina superior, un punto señalaba un lugar no muy lejano. Había una cuenta atrás. Debía de ser el lugar del que hablaba Hades. «Donde llegará la ayuda», pensó.

El visor le mostró la silueta de tres figuras al otro lado de la pared, una de ellas agazapada junto al hueco. «Están esperando. No saben que Hades es humano. Tienen miedo de que ya se haya recuperado y les esté tendiendo una emboscada.»

—Persi, tienes que marcharte —la instó él con urgencia.

— Si lo dejas, lo matarán —bramó Dio.

Se vistió las mangas de la chaqueta de Hades.

Luego, se acercó a él y le rodeó el torso con los brazos.

Hades levantó el brazo sano para abrazarla, creyendo que pretendía despedirse.

La malinterpretaba. Lo que hizo fue tomar el par de pistolas que Hades llevaba enfundadas a los costados.

Se guardó una y le devolvió la otra, se la empujó contra el pecho.

Ella no era una justiciera enmascarada: necesitaría las dos manos si quería disparar y, además, no quería dejarlo indefenso.

Confuso, él dejó de abrazarla para sujetar el arma.

El casco detectó la pistola: apareció una mirilla en el visor, alineada con el lugar al que apuntaba el arma, y un contador de munición, que indicó trece disparos restantes. Se encargaría de no desperdiciarlos.

—No dispares, a menos que mi plan falle, o lo echarás a perder —advirtió.

Lo que estaba a punto de hacer era una locura, pero también su única opción para proteger a Hades y mantener su identidad en secreto. Tenía que dar a sus perseguidores lo que esperaban: un Jinete dispuesto a plantarles cara.

Por supuesto que Hades protestó. Persi alzó una mano temblorosa y le acarició la mejilla. Limpió un surco húmedo que se abría paso entre el polvo con el pulgar. Hades se quedó callado. Hasta Dio guardó silencio al otro lado de la línea.

Persi se levantó el casco.

—No he dejado de buscarte en tres años.

Sus respiraciones se entrelazaron, separados solo por milímetros de aliento compartido. Persi recortó la distancia y lo besó en los labios, que estaban febriles y ásperos. Fue un roce suave y delicado, como el posar de una mariposa.

Se recolocó el casco y se acercó a la moto. Hades tardó en reaccionar.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó, pasando del asombro al pánico.

Persi enderezó la moto. Pensó que le costaría levantarla, pero, en cuanto lo intentó, la runa de Berkana se iluminó en la chaqueta y el peso desapareció.

«Vaya, así que era un tramposo», pensó. «Por eso dicen que no conozcas a tus héroes.

» Al igual que había ocurrido con el arma, tan pronto estuvo sobre el vehículo apareció nueva información en el visor.

—Huyendo a pie pasarás más desapercibida —dijo Hades desde el suelo.

—¿Quién ha dicho que vaya a huir? —susurró Persi, haciendo rugir la moto. Su voz salió del casco con el timbre grave que tenía la del Jinete.

El visor le mostró las figuras rondando la abertura.

La habían oído y trataban de divisarla entre las sombras del almacén.

Persi apuntó. La mirilla parpadeó para indicarle que tenía a uno a tiro.

Abrió fuego; tres disparos. El arma apenas tenía retroceso.

No acertó ninguna de las balas, pero bastó para que los altari se pusieran a cubierto.

Apretó los puños sobre el manillar y aceleró, lanzándose hacia la abertura.

El rugido del motor reverberó en el espacio cerrado del almacén.

Los disparos de respuesta resonaron. Una bala se desintegró contra la moto con un chisporroteo de energía.

Aun sin escudos para protegerla, el material resistía.

Persi se pegó contra la moto, evitando la línea de fuego, y avanzó en línea recta hacia el grupo.

—¿Les he dado? —preguntó con su propia voz, desactivando el distorsionador—. Me parece que no —se contestó a sí misma, usando la voz del Jinete.

Cruzó la abertura como una exhalación. Los altari se apartaron para esquivar la moto.

«Por favor, que funcione. Por favor…»

Los gritos de júbilo de Dio llenaron el casco. El mapa del visor le indicó que los tres perseguidores ya corrían hacia sus vehículos. Los había engañado. Desconocían cómo funcionaba la invisibilidad del Jinete y creían que ambos iban sobre la moto, invisibles.

—¿Me están siguiendo? —preguntó Persi, sin dejar de acelerar.

— Eh, sí. En nada los tienes encima. Pero, Persi, eso ha sido increíble .

—Gracias.

— No, en serio. Estaba seguro de que te ibas a comer el suelo, con tantos bandazos. Ha sido lo más caótico que he visto en mi vida. Una vez, Hades condujo bajo los efectos de la ponzoña de una lamia, iba cieguísimo, y hasta él llevaba la moto más estable que tú…

—Lo pillo —lo cortó Persi—. ¿Por dónde ahora?

Sufrió para seguir las instrucciones de Dio.

El casco le protegía la vista del viento y de la Ascendente, que arreciaba.

Maniobró por terreno irregular. La moto, más estable que en la que había aprendido a conducir gracias a una dirección asistida por runotecnia, apenas lo compensaba.

A cada minuto, sus perseguidores recortaban distancia.

Sabía, gracias al minimapa y al tono de urgencia de Dio, que pronto le darían alcance.

Trazó un semicírculo por la periferia de la ciudad.

Una señal en la autovía anunció un ramal de regreso a Meridol.

La carretera principal se alejaba hacia el centro de Onyria, en dirección al Templo del Prisma.

A una indicación de Dio, giró bruscamente para tomar el desvío en el último momento.

Estuvo a punto de perder el control. Uno de sus perseguidores se lo pasó de largo. Bien. Quedaban dos.

— Refuerzos en tierra —le informó Dio— . Recogen a Hades y van a por ti. Aguanta .

«Solo un poco más», pensó forzando la moto al límite. Aun si la capturaban, valdría la pena. Quien la había salvado... había sido él, Hades. Y por fin podría devolvérselo.

Una ráfaga la alcanzó por detrás. Los tenía encima.

Las balas se desintegraron contra el casco y la chaqueta con una oleada de calor que le abrasó la espalda.

El impacto casi la estampó contra el manillar.

El visor se llenó de alertas; en la esquina inferior, la silueta del Jinete parpadeaba en naranja: casco y chaqueta al límite. No resistirían mucho más.

El puerto se recortaba a lo lejos, iluminado por el resplandor menguante de la Ascendente. Más allá, había solo un muro de negrura: el mar. La Lluvia no ascendía en el océano, salvo en Orthilia. «¿Y ahora?», pensó, acelerando con aquella oscuridad a la izquierda.

— Hay un problema: Hades tiene compañía. Los refuerzos van a retrasarse. Han entrado en combate .

—¿Qué? —preguntó Persi, rozando la histeria.

— Vas a tener que resolverlo por tu cuenta. Puedes hacerlo, pero necesito que mantengas la calma. ¿Está bien ?

Prismas. Estaba muerta. Eso era lo que estaba. Respiró hondo.

—No está bien —dijo.

— Vale, supongo que es lo mejor que voy a sacar de un hada. Ahora dispara hacia atrás .

—No puedo.

— Dispara. Hacia. Atrás .

Persi lo intentó, pero era incapaz de soltar una mano del manillar sin perder el control.

La siguiente ráfaga de acero activó un aviso de emergencia en el visor: sin escudos.

Los pitidos de alerta ahogaban la voz de Dio.

Frenó en seco; giró, derrapando en un ángulo cerrado sobre la carretera mojada, hasta quedar en sentido contrario.

Plantó un pie en el asfalto y encajó ambas manos en el arma. El casco reaccionó y comenzó a guiarla.

— ¿Qué Prismas estás… ? —El estruendo del primer disparo sofocó la voz de Dio.

Con el segundo derribó a uno. El otro la rebasó, demasiado rápido para frenar a su altura.

Persi se giró sobre el asiento y le disparó mientras se detenía.

El altari bajó de la moto y cambió a su forma lupina.

Persi le acertó dos balas, pero no bastaron para derribarlo.

Necesitaba una más. Justo la que le quedaba.

Apretó el gatillo. La bala le atravesó el pecho y salió por la espalda.

No detuvo al altari. Estaba sin munición.

Cerca, el primero al que había derribado comenzaba a levantarse.

Persi maldijo y arrancó la moto, volviendo por donde había venido.

Detrás de ella, el lobo le siguió el ritmo hasta los ochenta kilómetros por hora.

Vio unos focos a lo lejos; el altari que había dejado atrás en el desvío, le confirmó Dio.

Iba directa hacia su luz. En una maniobra desesperada, tomó un desvío que en el minimapa parecía adentrarse en el mar.

—¿Tiene salida? —No llegaba a ver el final.

— No. Es una marina para las embarcaciones recreativas .

La pasarela de madera se extendía hacia la negrura como un río entre las barcas amarradas en el puerto. Sus perseguidores la siguieron hacia aquel callejón sin salida.

— Si estás pensando en arrojarte al mar… —empezó Dio.

No terminó la frase. La idea no le parecía tan mala.

Perdería la moto, pero dudaba que intentaran buscarla en aquella nube negra que era el oleaje.

En el agua, su olor se disiparía y, mientras llevase el casco, sería invisible.

El problema era el teléfono. Y, más importante, la memoria de luz que almacenaba: se arruinaría en cuanto tocara el agua.

Frenó en seco cerca del final de la pasarela.