Noche púrpura 49. Quería paz, pero la vida tenía otros planes
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49. Quería paz, pero la vida tenía otros planes

QUERÍA PAZ, PERO LA VIDA

TENÍA OTROS PLANES

H ubo un momento de ingravidez, de la moto suspendida entre gotas doradas de Ascendente y la oscuridad de la ciudad sin energía. Luego, vino una caída espantosa.

Persi chilló. Después, recordó que estaban en un décimo piso y chilló más fuerte. Se sujetó al conductor como si le fuera la vida en ello (lo que no estaba lejos de la realidad). El Jinete aceleró tras un aterrizaje más suave que el de muchos aviones comerciales.

—¿Cómo Prismas entraste por la ventana? —preguntó Persi sobre el rugido del tráfico.

Los cláxones sonaban a su alrededor. Puede que estuvieran yendo en sentido contrario. Persi llevaba la cara pegada contra la cazadora del Jinete y no se atrevía a comprobarlo.

—Con cuidado —replicó él sobre el estruendo de la carretera—. Me costó encontrar un edificio desde el que saltar.

Persi quiso decirle que sus dedos habrían agradecido que llegase antes, pero habían vuelto a su lugar, curados por lo que fuese que le había inyectado, y apenas sentía ya un tenue dolor. Un beneficio así hacía que el riesgo de conseguir la runotecnia valiese la pena.

—¿Adónde estamos yendo?

—Ni idea. —Giraron a la izquierda y Persi maldijo al ver cuánto se inclinaban. Prisma bendito. Hades le había enseñado a montar en moto, pero lo que hacía el Jinete era un deporte extremo—. Solo intento quitármelos de encima.

Entraron en la autovía, dejando atrás Meridol. Persi se atrevió a echar una mirada hacia atrás. Tres balas se aplastaron contra el escudo a escasos centímetros de su nariz.

—¡¿Nos están disparando?!

—Eso parece.

—No lo digas tan tranquilo.

—Perdona.

—¿Cuánto nos va a proteger este escudo?

En respuesta, el Jinete dio unos golpecitos al cuadro de mandos, donde los iconos de cada runa tenían un porcentaje que bajaba a una velocidad considerable.

—Hasta que esto llegue a cero. —Señaló una runa que brillaba en naranja: Raido.

Abandonaron la autovía y se adentraron en un polígono industrial. Sus perseguidores —Persi contó tres— seguían a su zaga. El Jinete serpenteó entre fábricas y depósitos, tratando de perderlos. El indicador de Raido parpadeó en rojo; casi sin energía.

—Ponte mi chaqueta.

—¿Qué?

—Te protegerá de la munición.

—Pero tú…

—Tú vas detrás y sin casco —zanjó, soltando un brazo y sacando una de las mangas.

Una nueva ráfaga llegó desde atrás. La barrera protectora cayó. La primera bala rebotó inofensiva contra la chapa de la moto; la segunda silbó junto a Persi. La tercera atravesó el hombro del Jinete, justo donde se había bajado la chaqueta.

Persi gritó. Él perdió el control y la moto derrapó en un zigzag vertiginoso hasta salirse de la carretera. Pasó en segundos, pero lo vio en cámara lenta. El rugido del motor se tornó un chirrido contra el asfalto y Persi fue arrastrada por la inercia.

Atravesaron la pared de un almacén, derribando la chapa. Se inclinaron y el suelo se acercó demasiado rápido. La moto se deslizó de lado, metal contra hormigón. Persi impactó contra el suelo y rodó varios metros. Luego, todo se detuvo.

El dolor fue una ola brutal que la sacudió y hundió en la oscuridad.

La trajeron de vuelta la frialdad del hormigón y el calor punzante de las heridas.

Intentó moverse y lo consiguió. La moto debía de haberlos protegido, pensó aturdida.

Eso, o aún tenía runotecnia reparadora circulando por su sistema.

Localizó al Jinete debajo de la moto, que humeaba a escasos metros de distancia. Gruñía, intentando liberarse. Persi se tambaleó en su dirección. La moto no era lo único que lo mantenía atrapado: una de las cajas de metal del almacén había caído sobre él.

—Tienes que irte —jadeó él al verla.

Ella sacudió la cabeza con obstinación. Se sentó a su lado.

—A la de tres —dijo, colocando los pies contra el escombro—. Una, dos…

Empujaron a la vez: él con los brazos, ella con las piernas.

El peso cedió y logró hacerse a un lado.

Persi cayó junto a él, entumecida pero aliviada al verlo con vida.

Miró la abertura en la pared del almacén; fuera, la luz danzante de un foco indicaba que sus perseguidores habían desmontado y los buscaban. Volvió la vista hacia la moto.

—Tenemos que salir de aquí. ¿Crees que seguirá funcionando…? —se incorporó.

Él la detuvo, agarrándola de la muñeca, con una mirada cargada de gratitud y culpa. Tenía mal aspecto. Todavía llevaba la chaqueta en un brazo, pero el otro… Santo Prisma. Estaba completamente ensangrentado.

Persi lo ayudó a sacarse la chaqueta. Tenía un tatuaje en el brazo sano: dos líneas horizontales. La tinta se desvanecía por momentos, liberando un humo plateado.

—Un tatuaje de curación —lo reconoció. Había visto un tatuaje como ese casi a diario.

Él apartó el brazo, como si quisiera esconderlo de ella.

—Terminará por sanarme, pero tardará —dijo—. Escúchame, hay refuerzos en camino. Tienes que llegar al helipuerto, está cerca de aquí. Te pondrán a salvo.

Ella lo miró, tratando de buscar sentido a lo que le decía.

—No quiero marcharme sin ti.

—Tienes que hacerlo. No me harán daño…

—Mentiroso. Que no pueda mentir no significa que no sepa cuándo me mienten.

Él soltó una risa afligida. Sonó como una tos.

—No me matarán. Llevan demasiado tiempo queriendo atraparme. —Se sacó la chaqueta y la colocó sobre los hombros de Persi con torpeza, usando el brazo sano.

No . ¿Qué pasaría si lo dejaba y no sobrevivía?

Peor aún, ¿y si sobrevivía para ser torturado en el Inframundo?

Ella aún vivía porque él la había salvado.

Tres años de tiempo prestado que el Jinete había robado al Dios del Olvido para ella.

¿Cómo serían el resto de sus días si se lo pagaba abandonándolo?

¿Los pasaría con un agujero en el pecho?

—Voy a darte el casco —siguió diciendo él—. Mientras tengas la visera bajada, serás invisible. Póntelo y no pares de correr hasta llegar a la zona segura.

—No... —Toda réplica murió antes de abandonarle los labios.

Un silencio insondable la envolvió cuando el rostro de Hades quedó al descubierto.